Es probable que sólo lleguemos a saber su nombre de pila: Pánfilo. Él mismo se presenta, aunque en un momento alguien que no se ve le llama “Papi”. Quizá esos sean los únicos datos que logremos. Tampoco queda claro quién filmaba el video y cómo sacrificó su propósito original para cederle todo el protagonismo a ese personaje que, en cuestión de días, ha hecho que millones de cubanos lloren de la risa... y de la rabia.
Gracias a Youtube y el Facebook, Pánfilo se ha convertido en un héroe nacional. Tanta es su celebridad, que ya ha merecido un post del Guamá y todos se envían y reenvían el link de su video, demostrando, entre carcajadas y lágrimas, la eficacia de la teoría de los escasos seis pasos que nos separan en la Web 2.0. El grito de guerra de Pánfilo, “¡Jama!”, será recordado como uno de los primeros que se universalizó en el imaginario popular cubano a través de la red de redes.
Aún en el Palacio de la Revolución no ha encontrado la manera de responderle a Barack Omaba su propuesta de tirar un cable al agua para que todos los cubanos tengan acceso a Internet, pero la velocidad con la que se ha difundido ese pequeño video es la evidencia de que ya no hay forma de evitar que una multitud cada vez mayor mire al nordeste.
(Este post se acababa en ese punto y aparte. Pero Jorge Luis García me ha enviado desde México una versión en reguetón de “¡Jama!”. Admito que aquí se me hace difícil decidir quién supera a quién, entre realidad y ficción).
La Erredecé, así le llamaríamos en una semana, si nos atenemos a nuestra fascinación por las siglas. Waldo Acebo Meireles comenta hoy en Cubaencuentro una idea del periodista estadounidense Patrick Symmes: “Entregarle la Base Naval de Guantánamo a los cubanos del exilio”.
Crear un minúsculo país, próspero y soberano, en un rincón de la Isla en ruinas y sometida. Según Acebo Meireles, Symmes propone retirar las tropas y abrir una zona de libre comercio, sin impuestos, a la que todos los cubanos tengan acceso. Ese oasis fiscal favorecería que algunos empresarios cubanos del exilio “construyan viviendas, abran negocios y pequeñas industrias, empleen a cubanos de la Isla y, quizás, establezcan instituciones políticas”.
Más allá de si la idea es disparatada, ingenua o lo que sea, prefiero imaginarme la discusión entre los intelectuales más patrioteros de si el himno nacional de esa porción de tierra debería ser “La Bayamesa” o “La Guantanamera”. Con toda seguridad ellos preferirán discutir si la bandera debe tener una o dos estrellas, cualquier bobería lo más alejada posible de las verdaderas prioridades de la minúscula nación.
La Erredecé, así le llamaremos en una semana, aunque en la vida real nunca exista.
Conozco a un escritor dominicano que cuando estamos solos sustituye la palabra revolución por la palabra dictadura para referirse a Cuba. Como mantiene un importante espacio en la prensa de su país, un día le pedí que escribiera todas las cosas que me dice del mío.
“¡Imposible! —me dijo casi espantado—. Eso yo te lo digo a ti, pero no puedo admitirlo en público”. Hace unos nueve años, en Bogotá, conocí de cerca a uno de los más importantes líderes de la izquierda colombiana. Era el día de mi cumpleaños y él propuso celebrarlo en su casa.
Después de tocar algo de Silvio en la guitarra, bajó la cabeza: “Voy a decir algo que nunca digo en voz alta —su tono era amenazante, dejaba bien claro que nadie podría repetir lo que oyera—. Fidel fue un prócer, pero ahora es un vulgar tirano”. Los cubanos que andamos desperdigados por el mundo, sea donde sea, estamos expuestos al discursito (a veces nostálgico, a veces ridículo y casi siempre ofensivo) de los devotos de la revolución.
Muchos de ellos ya admiten que el proyecto es inviable y dejará al país en ruinas, pero aún así insisten en que es importante que se resista todo lo que se pueda resistir. “Sé que al pueblo se lo está llevando el diablo —me dijo un día mi amigo dominicano—, pero yo no puedo salir ahora hablando mal de Fidel, no me pega...”.
Como él hay miles, pero nunca tantos como los 11 millones de cubanos que al final pagan las consecuencias de su recato moral.
El dominó demográfico de Cuba se está trancando y su población continúa decreciendo. La agencia Prensa Latina corrobora los datos con un reporte de la Oficina Nacional de Estadísticas. En 2008 el número de inquilinos de la isla disminuyó en casi 700,000, por lo que su cifra total ahora se redujo a 11.236.99. Si ese reporte fuera sobre alguna especie animal, el titular sería más drástico: “se extingue el cubano de Cuba”.
Sin embargo, Prensa Latina trata de restarle importancia al hecho asegurando que guarda relación con el “sostenido envejecimiento de la población”. Cerca de dos millones de cubanos superan los 60 años de edad. Dicho de otra manera, en el país cada vez hay más ancianos y menos niños.
Según el cable, en toda la historia de Cuba apenas hay dos momentos en que su población decreció: en 1899, tras acabar la guerra de independencia de España, y en 1980 cuando, después de un incidente en la embajada del Perú, más de 125.000 cubanos emigraron por el puerto del Mariel.
Si el inmovilismo político persiste y la crisis económica continúa agudizándose, la isla no sólo quedará completamente en ruinas, es muy probable que también se quede vacía.
Una habanera que aún vive en su ciudad y la respira todos los días, protestó por el texto donde digo que el olor del gas me recuerda a La Habana. “Tengo una amiga que trabaja fabricando perfumes. Yo muchas veces me pongo a tontear con ella y mezclamos olores para ver en qué resultan.
Estamos empeñadas en encontrar el olor de La Habana”, me confesó ayer, en un mensaje que dejó en una de las ventanas del Facebook. “No estoy de acuerdo contigo en que La Habana huele a gas de la calle, aunque de vez en cuando explote alguna cañería. Lo cierto es que mi amiga y yo no nos ponemos de acuerdo.
Para ella La Habana es marina y fresca, para mí es caliente y sensual, para ella huele a hierba cortada, para mí huele más a café recién colado y a canela encima del arroz con leche”, asegura. “En fin, que, como buenas brujas en medio de un aquelarre, comenzamos a juntar pociones y fuimos probando. Al final, encontramos algo que nos gustó a las dos. Eso es lo que te quiero mandar. No es un perfume, es un aceite esencial, sólo para ponérselo en el pliegue de la muñeca y olerlo de vez en cuando”, me advierte.
Acepto el envío y prometo que llevaré el olor de La Habana como un reloj, asido a la muñeca. Aunque es inútil esperar que anuncie la hora de volver, al menos me aliviará en algo. Espero que muchos lugares reaparezcan cuando levante el brazo y respire hondo. Eso es lo que le pido siempre de los olores: que me devuelvan los lugares y la gente que perdí de vista, las cosas que deseo.
Ayer en la noche coincidimos un grupo de cubanos alrededor de un postre y un café (le pido perdón a los que se sintieron ofendidos cuando yo no reconocí dos de aquellos manjares que, según ellos, eran signos de identidad del cubano. Lo siento, nací y crecí en la época del masareal y el polvorón. No alcancé a vivir en una patria con semejante nivel de elaboración en su dulzura).
Mientras repasábamos los últimos acontecimientos, todos coincidimos (sí, sí, hubo unanimidad en eso) en que la reflexión de Fidel de hoy era clave, porque de alguna manera tenía que devolver todas las pelota que Barack Obama había dejado su cancha. Pero, desafortunadamente, no hay nada nuevo en el texto que ha publicado por Granma hoy.
Sólo recorto y pego una frase que Fidel le envía al presidente de Estados Unidos. Aunque si se lee bien, el principal destinatario de ella podría ser él mismo, es algo que cualquier cubano podría reclamarle: “Deseo recordarle un principio ético elemental relacionado con Cuba: cualquier injusticia, cualquier crimen, en cualquier época no tiene excusa alguna para perdurar”.
Frente a ese pasado obtuso que representa hoy el Comandante en Jefe, recorto otra frase, publicada en Cubaencuentro. En la primera respuesta de una larga entrevista, Tania Bruguera habla en términos mucho más productivos: “Es totalmente aburrido, patético y políticamente peligroso que los que están a cargo de ese futuro, hagan lo mismo: a quien cuestiona la Revolución, se le define como enemigo, que no tiene valor, y se le realiza una campaña de desmoralización popular, y su inteligencia se convierte en mediocridad cultivada por el enemigo extranjero”, dice al hablar de un lado.
“Y que cuando uno reconozca cosas buenas de la Revolución, se le tilde de integrante de la Seguridad del Estado. Esta intolerancia no es productiva y, mientras siga, no habrá manera de intervenir en el proceso político de Cuba. Ninguna de las dos partes ha creado un lenguaje nuevo, ni están dispuestas a poner a un lado el dolor y pensar en un futuro de borrón y cuenta nueva, ni a inventarse un espacio con respeto para el otro, crear un puente donde esa fluidez nos haga sentir orgullosos”, dice respecto al otro.
Las palabras de Tania confirman algo que hablamos anoche. Es inadmisible que en este momento sólo cuente la voz de un cubano, tienen que hablar todos.
Los líderes del “socialismo del siglo XXI” (Hugo Chávez, Daniel Ortega, Rafael Correa y Evo Morales) se presentaron en la V Cumbre de las Américas con esa arenga caduca y redundante que dejan por donde quiera que pasan.
Esta vez, para colmo, llevaban una dama de compañía (Cristina Fernández de Kirchner) cuyo discurso fue tan abigarrado como su maquillaje. Tan anquilosada se ha quedado esa ala de la izquierda latinoamericana, que ahora es el gobierno de Estados Unidos quien tiene las concepciones más progresistas en el hemisferio.
Frente al anticuado radicalismo y el afán de confrontación de los líderes de Venezuela, Nicaragua, Ecuador y Bolivia, cada frase de Barack Obama fue un alivio. Como era de esperarse, la voz cantante en el bando reaccionario la llevó Hugo Chávez, quien no contento con todas las boberías que había dicho, le regaló a Barack un ejemplar de Las venas abiertas de América Latina, un libro escrito por Eduardo Galeano en 1971 y que ya hasta su autor debe estar conciente de su poca vigencia.
“Pensé que sería uno de los libros de Chávez. Le iba a dar uno de los míos a cambio”, comentó el Presidente norteamericano. “Yo no viene aquí a discutir del pasado, yo vine a pensar en el futuro”, dijo Obama al principio de su discurso. Esa frase provocó una ovación casi unánime. Sólo los líderes del “socialismo del siglo XXI” y su dama de compañía se abstuvieron de participar.
Es comprensible, sería una inconsecuencia que lo hicieran. En el futuro al que se refiere Obama no hay lugar para auténticos decadentes. Ellos lo saben.
Si a mí se me ocurriera al menos una de aquellas cosas
que decía Winston cuando se escondía del mundo
y se empinaba una botella de Black Label.
Si tuviera el valor de decir una frase osada,
algo así como la que dijo Neil cuando se elevó
y le puso una bota en la cara a la Luna.
Si yo tuviera el ingenio de aquel poeta
que se pudrió en una ciudad donde nada se podría.
Si yo fuera lúcido y mordaz,
como aquel muchacho que se abría paso
en el verano de La Habana,
ataviado con un paraguas que se robó
de la foto de un viejo lúcido y mordaz.
Si yo fuera capaz de entonar algo,
de hacer lo que hace Andrés
cuando se lanza de cabeza
contra el sentido de la corriente.
Si yo fuera cualquier individuo
que no sea el guajiro que soy,
ahora te diría todo lo que quiero decir
de un modo menos rudimentario.