31 octubre 2021

El olor del salitre


Todavía oigo al mar.

Aquí,

mientras cae

la tarde en una ciudad

que no sabe

quedarse callada,

aún llegan los golpes

del agua

contra las rocas

alumbradas.

En aquel balcón,

con vistas a una tarde

que siempre

lograba esconderse,

dejamos

una noche inolvidable

y la flor

del búcaro

que me robé finalmente.

Si acercas tu oído,

escucharás al agua

con la furia

de alguien

que necesita ser

reconocido.

Por eso

digámosle océano

a eso 

que se oye ahora,

en medio de la tarde

de Santo Domingo,

mientras el olor

a salitre se esparce 

por el silencio

que estamos haciendo.

28 octubre 2021

Condado Vanderbilt


Esta noche que tenemos delante
es una vieja conocida.
Recuerda que estaba
en la Arzobispo Portes
aquella madrugada
en que me subí a tu carro
para besar las palabras
que estabas a punto de decir.
Solo un mes después,
en el malecón de La Habana,
se sentó junto a nosotros
para escuchar
aquellas voces de mala muerte
que tenía al mar
como música de fondo.
Luego nos volvimos a ver,
camino a Montecristi,
cuando tus ojos
era la única luz que teníamos
para avanzar por el bosque seco.
Ahora aquí,
con el Atlántico como testigo,
se extiende para que repitamos
todo lo que nos ha oído decir
tantas veces.

Tus manos pequeñas
dentro de las mías,
las constelaciones
proyectadas
en una enorme pantalla
y ella,
dispuesta a seguirnos
por el Viejo San Juan,
siempre atenta,
como si no quisiera
perderse
el momento
en que yo 
vuelva 
a besar tus palabras.

25 octubre 2021

Y de pronto llegaron las aves migratorias

Cigüita azul (Setophaga caerulescens). Foto: Rosalina Perdomo.

Nadie las escucha llegar. El momento de su arribo es imperceptible. Siempre nos damos cuenta al día siguiente, cuando ya han pasado la noche entre nosotros. Se han adueñado de las azaleas y las eugenias. A juzgar por la algarabía, este año parecen haber venido muchas más que nunca antes.
Los campesinos del Cibao aseguran que las aves migratorias llegan cuando los ciclones ya se han ido. Ellas intuyen el fin de la temporada ciclónica con una exactitud aún más precisa que los meteorólogos, tienen un instinto que nosotros perdimos o nunca tuvimos. 
El viernes en la tarde, mientras caminábamos por la Loma con Rosalina Perdomo (quien, además de ser nuestra vecina, es la madre de mi hermano Mario Dávalos), descubrimos una cigüita azul (Setophaga caerulescens) entre la hierba. Estaba oscureciendo y ella parecía buscar a toda prisa un lugar donde pasar la noche. 
—¡Esa es la más linda de todas las migratorias! —aseguró Rosalina, quien también es la directora de Babeque, el colegio donde Ana Rosario estudió el bachillerato. Aunque también me encantan el pegapalo (Mniotilta varia) y la candelita (Setophaga ruticilla)​​, no quise contradecirla. 
Diana, ella y yo seguimos a la cigüita azul hasta que se nos perdió en el follaje. El sábado y el domingo, mientras recogía café y podaba, me encontré con muchas. Traté de hacerle una foto a una con el celular. Pero, por la distancia, lo que conseguí fue una mancha borrosa.
La cigüita azul anida en los bosques caducifolios del este de Norteamérica, desde los Grandes Lagos hasta Nueva Escocia, y de New Brunswick hasta Georgia, a través de los Apalaches. No deja de sorprenderme que un ave tan pequeña logre recorrer una distancia tan larga para pasar el invierno.
Le comenté por el chat a Rosalina que no había conseguido hacerles una foto y ella, gentilmente, me envió una imagen que acababa de lograr en el patio de su casa. Diana, al ver a una posada en las azaleas, le dio la bienvenida a nuestro hogar. Poco después, empacamos para volver a Santo Domingo.
La cigüita azul, sin embargo, se quedó en la Loma de Thoreau. Seguramente pensará lo mismo de nosotros. Para ella, Diana y yo debemos ser los huéspedes, los verdaderos intrusos en un hábitat que le ha pertenecido a sus antepasados por miles de generaciones.
Las aves migratorias llegaron de pronto y ahora todo, incluso el sonido de los amaneceres y los anocheceres, depende de ellas… Hasta que decidan irse, cuando su instinto les diga que ha llegado el momento de volver a su hogar.

23 octubre 2021

Catimor


En 1978, cuando llegué a una escuela al campo en el Escambray, me tocó trabajar en el vivero. Tenía 11 años y debía cumplir una norma que consistía en llenar 200 bolsas de tierra y plantar, en cada una de ellas, cuatro granos de café. Para hacer más efectiva mi tarea, me llenaba los bolsillos de los pantalones de semillas.
Cada fin de semana mi abuela Atlántida encontraba granos de café en los bolsillos de mi “ropa de campo” (así le llamábamos a la muda que usábamos para ir a trabajar). Sin yo saberlo, ella y mi abuelo Aurelio fueron haciendo un pequeño vivero. Colamos café de aquellas matas cuando esa bebida se convirtió en un escaso lujo para los cubanos.
Una de las primeras cosas que hice en la Loma de Thoreau fue sembrar café. Compré más de 500 posturas de Catimor, una variedad enana con altos rendimientos y resistente a las enfermedades que se encuentra comúnmente en Malawi, Zambia y Zimbabue.
Ha llegado el momento de la cosecha y la parición ha sido increíble. Disfruto mucho ver las matas llenas de granos maduros. Pero hay algo que disfruto muchísimo más. Nadie preguntará por qué he sembrado ese café, ni de dónde saqué las posturas. Haré con él lo que quiera.
Esa libertad que tengo ahora para hacer lo que antes era una obligación, es el mejor homenaje que le puedo hacer al niño que debía cumplir una norma de 200 bolsas y a la abuela que recolectaba semillas de los bolsillos de su nieto. Muchas veces me he preguntado por qué sembré tanto café.
Ahora sé que lo sembré para probarme a mí mismo que soy un hombre libre.

22 octubre 2021

Inmaduro | Quién soy


Inmaduro

Mi madre, que era maestra de profesión, me enseñó a leer antes de que yo entrara a prescolar. Me aburría tanto mientras mis compañeros de aula se aprendían las vocales, en la escuela Silvio Fleites de Manicaragua, que la maestra Hebe sugirió pasarme para primer grado. Eso me condenó a compartir las aulas con estudiantes que eran, por lo menos, un año mayor que yo.
En todas las reuniones de padres, después de destacar mis buenas notas, los maestros siempre observaban que era un poco inmaduro. Mi madre entonces trataba de excusarme argumentando mi desfase con el resto de mis compañeros. Poco antes de morir, cuando todavía le quedaba algo de lucidez, Lérida me vio jugando con un tren y empezó a reírse. “¡Nunca maduraste!”, me dijo.
Les presento el espacio de trabajo de un niño que dentro de seis años cumplirá 60.

***


Quién soy

El farol de mi abuelo Aurelio colgando de un clavo de línea del ramal Cumanayagua, un poco de tierra del Paradero de Camarones, un pedazo del andén de la estación donde viví y el mapa de mi provincia para no perderme nunca. Todos los días cuando me siento a trabajar, ellos me recuerdan quién soy.

21 octubre 2021

Arkansas


(Fragmento de la novela Atlántida)

Dicen que Ramona, la encargada del Correo, salió de su oficina con las manos en la cabeza. También dicen que cuando Basilia se enteró de que le había llegado un telegrama, ya casi todo el pueblo lo sabía. La miraban de una manera extraña, aún más extraña de la manera en que ya la miraban.

Helemenia, la esposa de mi tío Roberto Yero, se encargó de explicarle a la familia lo que sucedía. Fue de casa en casa. Empezó por la de Chaco, uno de los hijos de Rao. Por el patio, cruzó para la casa de Aneve, otro hijo de Rao y, sin salir a la calle, se metió en la cocina de mi tío.

—¡Aaahhh jajá! —seguramente respondió Rao.

Cuando salió de casa de Leopoldo y Juana, vino a la estación. Llegó con las manos en la cabeza y diciéndole a mi abuela que no iba a creer lo que había pasado. Entonces, por primera vez en mi vida, escuché la palabra Arkansas. Fui corriendo para el aparador y saqué la caja de mapas que vino entre las cosas de Nellina.

Mientras Helemenia seguía insistiendo en que no lo podía creer, que esa muchachita se había desgraciado la vida y que nadie se imaginaba que las cosas habían sido de esa manera, yo buscaba desesperadamente entre los más de 50 mapas hasta que por fin di con el de Arkansas.

—Ahora todas las piezas encajan —dijo Helemenia y tomó un sorbo de café que la obligó a hacer silencio y a cerrar los ojos—. ¡Hum, el mejor café del Paradero de Camarones!

Arkansas no tiene costa, por eso los dibujos que resaltan sus características están del otro lado de sus fronteras, sobre los estados vecinos. Así aparecen los montes Ozark, las montañas de Ouachita, los sembrados de arroz, trigo y soja, las granjas de pollos y unos árboles barrigones que viven dentro del agua.  

—El dirigente pasó como un loco, ¿tú sabes de quien estoy hablando, verdad? —Atlántida dijo que no con la cabeza. Pero yo sí sabía, el dirigente es el hombre del Yugulí rojo­–. Dicen que ese hombre ni paró en los cruceros y dobló en la esquina a una velocidad que no hubo una desgracia de milagro. Dicen que dijo de todo en una reunión que hizo con los trabajadores de la granja Panamá.

En el mapa hay una foto del río Blanco. Enormes cipreses se elevan sobre el agua, un hombre y una mujer pasan entre ellos en un kayak. Las palabras ciprés y kayak siempre me han gustado, como estepa y taiga. En un recuadro, dice que el estado de Arkansas es el mayor productor de arroz de Estados Unidos y uno de los mayores productores de pavos, pollos y huevos.

—El telegrama es del padre del niño —continuó Helemenia—, él estudió lo mismo que ella en Alemania.

—Aaahhh —dije sin querer. Atlántida y Helemenia me miraron sorprendidas, mientras yo trataba de disimular.

—Él desertó —dijo Helemenia con tono misterioso—. Se quedó en un aeropuerto donde hacen escala los aviones que vienen del campo socialista para Cuba. Ahora se cree que los dos se iban a quedar y ella se arrepintió a última hora. ¿Te imaginas? Parece que como sabía que estaba embarazada… No sé, pobre muchacha, se ha desgraciado la vida.

Ahora entendí lo que pasó entre ella y el maestro Gustavo en la clase donde él habló de la península de Terranova. Busqué el Atlas. En este momento entre Terranova, Arkansas y el Paradero de Camarones hay un triángulo más peligroso que el de las Bermudas.

—Ya no será delegada al XI Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes —dijo Helemenia llevándose la mano a la boca, como si estuviera contando un secreto—. Allí mismo, delante de todos los trabajadores de la granja Panamá, el dirigente le quitó el carnet de la militancia.

Atlántida no entiende mucho de esas cosas. A Lérida siempre le ha costado mucho trabajo explicárselas cuando le cuenta de su trabajo en Cienfuegos. Quizás por eso se levantó y empezó a fregar las tazas de café. Cuando cerró la llave del agua, le preguntó a Helemenia si quería llevarse unas toronjas para hacer dulce.

—William, el hijo de Ada y Benigno, es el nuevo administrador —dijo mi tía mientras hacía sonar el manojo de llaves de su casa—. Imagínate, ese muchacho es muy serio, es de aquí, lo conoce todo el mundo, estuvo en Angola, ¿quién mejor que él, verdad?

En otro recuadro dice que el clima de Arkansas es suave, porque los vientos del sur impiden que los inviernos sean excesivamente fríos. Las temperaturas medias en invierno son de 2° C. En verano, de 27° C. Las precipitaciones medias anuales alcanzan a 1200 mm y rara vez cae nieve. 

—A ella no le quedará más remedio que irse —dijo Helemenia mientras mi abuela la despedía en la puerta de la calle.

Del otro lado de las líneas del tren y de los patios, estaban Mercedita, Barbarita y Aleida Pis. Las tres se habían llevado las manos a la cabeza. Con seguridad hablaban del telegrama que llegó de Arkansas. Mientras recogía los mapas, me imaginé navegando con Basilia por el clima suave del río Blanco.

—Ciprés, kayak, estepa, taiga —me fui diciendo a mí mismo.