26 junio 2008

¡Feliz viaje, Nené!

Mañana Ana Rosario cumplirá unos cuantos sueños. La palabra Grecia la oyó por primera vez en La edad de oro, se encontró con la palabra París en los Aristogatos, oyó hablar de Amsterdan en la misma conversación donde se mencionó a Venecia, de Madrid y Barcelona su padre le contó muchísimas historias, de Praga todo lo que sabe tiene que ver con Kafka o con su madre, que la conoció de la mano de Milos Forman.
El itinerario es mucho más largo y, por lo que leo en el folleto que nos ha entregado la agencia de viajes, incluye Brujas, Bremen (¡la ciudad de los músicos, los del cuento!), Hamburgo, Berlín, Dresde, Viena, Bratislava, Venecia, Florencia, Roma (donde cayó mortalmente herido el Gladiador, ¿te acuerdas?) y un crucero por las islas griegas.
Mañana Ana Rosario se va por primera vez de casa. Su mamá, su papá y su abuela le diremos adiós en Las Américas como me decían adiós a mí cuando me iba para el ESBEC José de San Martín. La terraza del aeropuerto de Santo Domingo será la punta del andén de Camarones: un lugar donde se despide a un niño para recibir a un adulto.
Lo único que te pido, Nené, es que no olvides nuestro primer viaje. Aquella travesía por El Vedado en una bicicleta china es el origen de todo. El trayecto más largo, como dice el proverbio, empieza siempre con el paso más corto.

25 junio 2008

Se derrumba el Coloso

Todo parece indicar que Asensio Juliá, un colaborador de Goya, es el verdadero autor de El Coloso. Varios expertos de El Museo del Prado, que participaron en un intenso debate durante los últimos años, han llegado a la conclusión de que la célebre obra no fue realizada por el maestro de Fuendetodos.
La primera medida que tomaron las autoridades del Museo con el gigante que camina entre la multitud que huye despavorida, fue excluirlo de la exposición Goya en tiempos de guerra. Eso hace pensar que, aunque la obra ha sido admirada por más de dos siglos, caerá en desgracia por sus problemas de paternidad.
¿Admirábamos realmente a El Coloso o a la “marca” Goya? ¿Nos conmovía la simbólica escena o la luciente firma de su autor? ¿Valorábamos la experiencia estética que nos producía o el precio del lienzo en el mercado? El futuro de esta obra será una lección sobre los propósitos y el destino del arte, su suerte será una moraleja que ojalá alcancemos a entender.

24 junio 2008

Piedra

En el andén de la estación de Mataguá había un viejo coche de madera. El vagón estaba pintado de amarillo y había sido el albergue de las tripulaciones del mixto. Pero cuando cerraron el ramal y aquel tren, mitad de viajeros mitad de carga, dejó de circular, el coche de madera se convirtió en la casa de Piedra.
Del pasado del viejo coche y del viejo hombre sólo se sabían las cosas que resaltaban a simple vista. El vagón había sido construido en Chicago en 1908. Por los rótulos que han ido quedado al descubierto, primero perteneció a la Union Pacific, en Estados Unidos, y luego a los Ferrocarriles Unidos de La Habana.
Piedra era negro como el betún, debía tener unos 80 años, era cojo y apenas veía. La única persona que de verdad sabía algo de él era David Sánchez, el jefe de estación, pero nunca dijo nada. Sólo se limitó a impedir que lo molestaran y pidió excusas por su silencio. “Es difícil de explicar la vida de ese hombre”, esto lo que dijo.
Una mañana de noviembre el viejo coche de madera amaneció envuelto en llamas. No hubo forma de apagar aquellos listones curtidos por la brea de la línea y los soles de un siglo. Tampoco fue posible saber si entre todas aquellas cenizas estaban los restos de Piedra. Lo cierto es que ambas historias se consumieron el mismo día.
Lo único que sobrevive en el lugar es una plancha de hierro. Una plancha de hierro y el silencio. El silencio y el andén vacío de la estación de Mataguá.

Estación Central

La Estación Central de La Habana mereció la portada de la revista Bohemia del 8 de diciembre de 1912. “La inauguración resultó en sí un acto solemne, al que prestaron brillo nuestras primeras autoridades, entre ellas el Ilmo. señor Obispo quien bendijo el local y las líneas”, dice el primer párrafo de la crónica.
Luego, se burla de la campaña mediática que desató el canje de los terrenos de la antigua estación de Villanueva por los del Arsenal y le reclama a la prensa que de cuenta de nuevos “chivos”, siempre y cuando otro trozo de la capital se revalore y se convierta “en un barrio hermoso y rico”.
En el momento de su construcción, en la Estación Central de los ferrocarriles cubanos confluían las líneas de las principales compañías del país y era la más moderna y activa del continente. “La Habana cuenta con un nuevo edificio, propio de una gran ciudad. Alegrémonos, y esperemos que otros la hagan digna del nombre de que disfruta en el mundo”, concluía el reportaje.
96 años después de su inauguración, la Estación Central luce un edificio exageradamente grande e innecesario. Su Salón de Espera es ridículamente amplio para la cantidad de pasajeros que se embarcan y sus líneas demasiadas para los trenes que llegan o parten.
La Estación Central, la puerta por donde casi todos los guajiros entremos a La Habana, ahora es un sitio donde los recuerdos tienen más espacio que los viajeros. El edificio, como la ciudad misma, se ha convertido en un lugar perfecto para perder el tiempo o esperar algo, cualquier cosa que no sea un tren.

23 junio 2008

Fidel, el navegante

En su más reciente Reflexión, el Comandante en Jefe confiesa que navega. “Solicité los servicios de Internet para analizar el sustantivo diatriba. Respuesta: Discusión o escrito violento e injurioso contra persona o cosa”.
Luego de un punto y aparte, el Máximo Líder hace otra búsqueda en Google o quizás directamente en Wikipedia: “Pido definición de injuria. Respuesta: Hecho o dicho contra razón y justicia”, escribe (o dicta, ese es un dato que nunca sabremos a ciencia cierta).
En uno de sus últimos escritos, Fidel sostiene una diatriba con Yoani Sánchez y acaba injuriándola. Si nos apegamos a su propia definición, Las reflexiones del Comandante en Jefe son una especie de blog, como Generación Y. En ambos espacios cada quien dice lo que piensa con absoluta libertad. La única diferencia es que él tiene libre acceso a Internet, algo que ella tiene prohibido.

Rodolfo

Son once canciones y fueron grabadas el día en que Fito Páez decidió volverse a llamar Rodolfo. “Como al disco lo hice sólo en mi casa con mi piano, decidí ponerle el nombre que me dio mi padre”, esa es la única excusa que tiene el músico para presentar a su más reciente criatura.
La discografía de Fito Páez está llena de obras osadas, hechas a contracorriente y con las que el autor de El mundo cabe en una canción se nota dispuesto a correr cualquier riesgo. Pero hasta ahora ninguna había sido tan atrevida como Rodolfo.
Ahora, el hecho de que el rockero se haya quedado a solas con su piano, no quiere decir que se trate de una obra caprichosa o autocomplaciente. Los temas, los puntos de vista y la intensidad siguen siendo las mismas, sólo que aquí el silencio tiene más oportunidades de oírse. Rodolfo es el mismo Fito de siempre, pero encerrado en una habitación, como si nadie lo estuviera escuchando.