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| Dino es atendido por la doctora Adriana Mieses en Neurocardiovet. |
Dino Buzzati nos acaba de dar un susto muy grande. Tuvimos que bajar con él de la Loma a las tres de la mañana. Pero al final solo fue eso, un susto.
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| Dino es atendido por la doctora Adriana Mieses en Neurocardiovet. |
No conocía otros pisos que los de tierra
ni otra luz que la que tenía olor a keroseno.
Todo a su alrededor ardía una vez al año,
cuando quemaban los cañaverales
para que hombres tiznados de pies a cabeza
los cortaran a machetazos.
Era su fiesta preferida y para la ocasión se ponía
vestidos de poliéster, brillantes y ceñidos,
de colores soviéticos, alemanes o búlgaros.
Aquella tela la hacía sudar tanto
como a los hombres que se enfrentaban
a las cenizas y el humo
de la paja que no dejaba de arder.
El rojo de sus labios y cachetes,
el azul de sus párpados
y las nubes de talco en el pecho y el cuello,
iluminaban el fantasmagórico paisaje.
Los hombres, aquellas exhaustas siluetas,
le llamaban Pinturita y, agradecidos,
celebraban el rubor de su cara
cada vez que aparecía
con una lata de aceite carbón llena de agua.
Su rostro y su vestido seguían teniendo color
hasta que las cenizas y el humo,
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| Las excentricidades de Sandro Castro, nieto del dictador Fidel Castro, han logrado más seguidores que las publicaciones de Miguel Díaz Canel, quien nominalmente aparece como líder del país. |
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| Manuel Marzel y Bladimir Zamora en un fotograma de A Norman McLaren (1990). |
Una mañana llegué a La Gaveta y descubrí que había un nuevo elemento en la pared. Era un cartel. “Documental cubano de Manuel Marzel”, decía en una esquina; “A Norman McLaren”, ponía en el centro, dentro de un recuadro amarillo.
El fondo era rosa. Una figura con traje gris, bigotes de Dalí y habano en mano se colocaba un sombrero en medio de un revuelo de aves, viejos almendrones (ya se les decía así a los antiguos automóviles norteamericanos en La Habana) y la luna de Georges Méliès, con el cohete clavado en un ojo.
Bladimir Zamora se mantuvo cruzado de brazos y risueño mientras yo detallaba aquella pieza que sacaba a las paredes de La Gaveta de la representación ceremonial y las metía de lleno en la irreverencia y la desesperación con la que Cuba había entrado en los años noventa.
—Tienes que conocer a Marzel, así, con zeta —me dijo.
Con aquella pasión visceral con la que Bladi contaba sus descubrimientos, me aseguró que aquel muchacho había venido de Oriente para sacar al cine cubano del callejón sin salida en que lo habían metido esos “viejos cañengos”. Su rostro de hombre sabio se transformó, entonces, en el de un niño eufórico:
—Además, yo actúo en su documental —anunció.
En efecto, en el minuto 2:50 del corto aparecen unos vertiginosos fotogramas en los que Bladimir carga a Marzel en un parque de La Habana. Ambos miran a la cámara, sonríen y desaparecen. Aunque ya había colaborado en algún que otro Noticiero ICAIC y asesorado varios documentales, para él, aquellos segundos se convirtieron en su más importante participación en la gran pantalla.
Hace unos días, Antonio José Ponte, Marianela Boán, Alejandro Aguilar, Diana Sarlabous y yo fuimos a San Román, el bar que Bladimir convirtió en su oficina en Madrid. Cuando Manuel Marzel vio las fotos que compartimos en Facebook, escribió un comentario: “Estuve en ese bar con él hace como 28 años”.
Quise responderle enseguida y mandarle un abrazo virtual, pero Diana me llamó la atención, me pidió que soltara el móvil y me reintegrara al grupo. Luego no lo hice, como tampoco me dio tiempo a responder el mensaje de cumpleaños que me envió.
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| Liceo de San Fernado de Camarones, principios de los años 60. |