20 julio 2023

El retrato inconcluso de Sorolla


En "Belgrano", la canción que Andrés Calamaro compuso cuando supo que Luis Alberto Spinetta había muerto, se hace preguntas que siempre me producen desasosiego: "cuáles fueron tus últimas palabras/ tu último destello de conciencia/ qué dejaste escrito en una carta/ qué canción elegiste escuchar...".
A veces, cuando salgo de Santo Domingo para la Loma o para Portillo, le envío a mi hija Ana Rosario el archivo más reciente de mi novela (que espero por fin acabar de publicar a nuestro regreso), por temor a lo que pueda pasar en las siempre extremas rutas dominicanas.
En el estudio de Sorolla está el retrato en el que trabajaba cuando sufrió una hemiplejia y su obra llegó a su fin. Él vivió unos años más, pero el artista acabó ahí, en esos trazos inconclusos. Cuando estábamos frente a él, Diana se quejó porque me comentó algo y no le presté atención.
Es que la canción de Calamaro estaba sonando en mi cabeza.

19 julio 2023

Cazón en adobo


En España me he reencontrado con muchos de los olores y lo sabores de la cocina de Atlántida. Aquí he descubierto que mi abuela, aún en las precariedades de la Cuba de los 70, era lo más fiel que podía a sus orígenes. Sus garbanzos, frijoles blancos, lentejas y sopas sabían como ahora me saben los caldos y fabadas de Galicia y Asturias.
Pero el sabor extremo de la cocina cubana, ese exceso que perseguimos en cada plato, se debe sobre todo a la cocina andaluza. Basta con probar el cazón (tiburón) en adobo para comprender dónde está la raíz de nuestro "problema". Nada como esta delicia para demostrar por qué acabamos siendo tan exagerados.

05 julio 2023

Los gansos de Ana Rosario


Ana Rosario ha documentado durante meses la estancia de esta familia de gansos del Nilo (Alopochen aegyptiaca) en el Manzanares. Tiene fotos de los padres, acabados de llegar, y de los polluelos desde que rompieron el cascarón. 
Como ellos se mueven con libertad por el río, ella tiene que caminar muchísimo para reencontrarlos. Hoy, a modo de colaboración, le reporté que se encontraban a la altura de El Matadero. 
 Aunque los gansos del Nilo son aves de paso en España, el río de Madrid les ha quitado las ganas de emigrar. Desde que se documentó la presencia de la primera pareja, en 2013, su población ha ido creciendo. 
La familia de Ana Rosario, por lo visto, tampoco parece dispuesta a volver a África.

02 julio 2023

Carlos Alberto Montaner


En la Cuba donde nací y crecí, aquella neocolonia soviética que se proponía parir un hombre nuevo, teníamos enemigos jurados. En primer lugar, el imperialismo. Luego China (aunque ahora nos parezca inconcebible). Y por último los cubanos que denunciaban la represión y la falta de libertades en la isla.
Un día sí y otro también, la prensa oficial del régimen denostaba a sus enemigos. En el caso de los individuos, atacaban insistentemente su reputación y su talento. Carlos Alberto Montaner era una de las mayores víctimas de aquella saña. El día que lo conocí, le pedí perdón por haberme creído, sin leerlo, que era “un pésimo escritor”.
—Hasta yo llegué a dudar de mí —me dijo con su peculiar sonrisa irónica.
Aquel mismo día, en casa de un amigo común, pude comprobar que padecía de una cubanidad irremediable. A pesar de haber vivido en Madrid gran parte de su vida, hablaba como si acabara de llegar de La Habana. De su Habana, quiero decir. Oírlo, era oír al país que perdimos, el que nos dejamos quitar.
Pocas personas han sido víctimas de tantos ataques y tanta persecución de la dictadura de Fidel Castro como Carlos Alberto Montaner. Asistí a una conferencia suya en Santo Domingo, donde la embajada de Cuba le organizó un acto de repudio con la complicidad de la ultraizquierda dominicana.
Los alrededores del lugar fueron empavesados con pintadas llamándolo asesino, terrorista y traidor. Luego, dentro de la sala, le interrumpían constantemente para que no pudiera hilvanar una idea. Patricia Solano, una reconocida comunicadora y activista dominicana, se puso de pie y pidió respeto. Solo así pudimos oír al ponente.
La intolerancia y la mala educación del régimen persiguieron a Carlos Alberto Montaner a donde quiera que fuera. Él, sin embargo, nunca se rindió. Hasta su último día fue consecuente con sus ideas libertarias y consigo mismo, que es a veces lo más importante. Su ingenio y su gran sentido del humor le sirvieron de gran ayuda.
A menudo solía comentarme los posts que yo publicaba en El Fogonero. A veces me elogiaba y a veces me contradecía. Siempre, con una paciencia que solo tienen los maestros, se tomaba el tiempo de abundar y explicarme lo que él pensaba sobre el tema. 
En 2014, publiqué un post donde me imaginaba la vejez de Diana Sarlabous y mía. Pocos minutos después de compartirlo, recibí un email de Carlos: “Buena, aunque melancólica reflexión. Te cuento, desde mis 71, que todavía estás muy lejos de ser viejo. Incluso, a mi provecta edad descubres que hay un cuarto periodo, ya sí muy jodido, que suele comenzar a los 80. Un abrazo, CA”.
Justo a los 80, con la valentía a la que nos tenía acostumbrados, decidió ponerle el punto final a una de las vidas más cubanas que conozco. Asumo su último acto como otra de sus esenciales enseñanzas. Estoy seguro de que su ingenio y su gran sentido del humor también le sirvieron de gran ayuda en ese momento.
Algún día mi país tendrá que pedirle perdón por tanto vilipendio y llevar, con los honores que merece, su nombre de regreso a La Habana.

11 junio 2023

Felicidades, mamá

De izquierda a derecha: mi hija Ana Rosario, mi madre Lérida Rosario Yero
y mi abuela Atlántida Mosteiro Góngora.

Hoy se cumple el 109 aniversario del natalicio de Atlántida Mosteiro Góngora. Ayer Diana y yo vimos una entrevista donde Arturo Pérez-Reverte reconocía todo lo que aprendió, como escritor, de los silencios y las miradas de las mujeres de su familia. Inmediatamente pensé en mi abuela.
Como ella, mi abuelo y yo vivíamos solos en una apartada estación de trenes, la mayor parte de mi infancia transcurrió junto a ellos. Siempre me impresionó la sensibilidad de aquella mujer, que incluso cuando se callaba era capaz de expresarse de la manera más sabia.
Felicidades, mamá. Todos los días del mundo pienso en ti. Muchas veces me pregunto qué me aconsejarías frente a determinadas encrucijadas. Y siempre que cocino algo, lo someto a tu paladar, que fue el más exigente que conocí… hasta que nació tu biznieta Ana Rosario.
Como siempre me recordabas, felicidades también para la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones que, como tú, es del año catorce. Un largo pitazo de una locomotora de vapor suena por ustedes dos.

Cada día me parezco más a Filemón Ustariz


La última vez que crie gallinas ponedoras fue en el Paradero de Camarones, a principios de los años 90. Mi tío Ignacio Yero me regaló cinco a las que les puse nombre de escritoras. Al principio me era fácil mantenerlas. A diario pasaban trenes cargados de alimento animal. Bastaba con barrer los pasillos de los vagones cuando se detenían.
En la medida en que nos adentrábamos en aquella calamitosa década (al menos para Cuba), los trenes se fueron reduciendo hasta desaparecer. Mis gallinas, a las que había mal acostumbrado a tener la comida segura, empezaron a enflaquecer. Una a una, Lérida las fue sacrificando. Margarite Yourcenar fue la última.
—Esta es la sopa más culta que he probado —le dijo mi amigo Evelio de Luis y Capote a mi madre, mientras le servía un segundo plato.
El año pasado, cuando visitamos a nuestros consuegros en Marlow, Inglaterra, descubrí que usaban gallinas para autoabastecerse de huevos y abonar su impecable patio. Gracias a que tenía ruedas, todas las mañanas cambiaban la jaula de lugar. Hace unos días tuve un importante éxito laboral.
—¡Te mereces el gallinero! —me dijo Diana después de felicitarme.
Feliz como un niño, bajé al pueblo a buscar las gallinas. Alito me ayudó a elegirlas. Luego pasamos por El Cosechero Ortiz a comprar el alimento. Es especial para ponedoras y entre sus ingredientes tiene flores de cempaxóchitl, para que las yemas de los huevos brillen. 
Celina, Radeunda y Coralia, como las cantoras de la música campesina cubana, ya trabajan en la limpieza y abonado del patio. Cada día duermen en un lugar diferente. En cuanto las muevo, registran minuciosamente la nueva porción de tierra en busca de lo que para ellas son auténticos tesoros.
Cada vez me parezco más a Filemón Ustariz, el personaje de Gastón Baquero. Tengo tres perros, tres gallinas, un sombrero, una guataca, un machete… Gracias a esos animales y a esos implementos, los míos me siguen acompañando, lucientes y sombríos.