15 septiembre 2021

El último de la lista


En mis años de estudiante, siempre fui el último de la lista. Como tenía que permanecer atento hasta el final, solía aprenderme de memoria el orden en el que mencionaban a mis compañeros de aula. Por años recordé sus nombres y apellidos, hasta que hace poco me di cuenta de que había olvidado a muchos.
De todas las escuelas donde estuve, la más entrañable para mí sigue siendo la Conrado Benítez del Paradero de Camarones. Es por eso que hace poco me di a la tarea de recuperar los nombres y apellidos de todos los que compartimos aquellas pequeñas aulas con viejísimos pupitres.
Poco a poco y gracias a las redes sociales, he ido reencontrándome con muchos de ellos. Con su ayuda, rehicimos la lista de principio a fin. Cuando leo sus nombres, escucho perfectamente las voces de Gustavo y Yayita pronunciándolos. Ellos fueron nuestros maestros en cuarto, quinto y sexto, esos cursos decisivos. 
Llegué al Paradero de Camarones en el verano de 1974, cuando mis padres se divorciaron (es falso que nací allí. En verdad vine al mundo en la Clínica del Maestro de Santa Clara y viví en Manicaragua hasta los 6 años). En 1979 me fui a la escuela al campo de El Nicho, en el Escambray.
Si esos cinco años fueron tan decisivos en mi vida y en quien soy, se debe en parte a los nombres que aparecerán a continuación. Siempre les envidié el hecho de que fueran de verdad del Paradero de Camarones y ese sentimiento me llevó a tener que mentir en mi biografía:

Rigoberto Aguiar, Vivian Águila, Marta Águila, Rita Calvo, Hilda María Capote, Idania Carballosa, María Victoria De La Rosa, Elizabeth Díaz, Diego Fleites, Leonardo Fleites, Alberto Gómez, Gerardo Gómez, Venancio González, Daniel González, Carlos Guedes, Orlando Guedes, Georgina Hernández, Moraima Leyva, Alina Melián, Javier Meneses, Alberto Migollo, Aymée Monzón, Rolando Monzón, Gladys Ortega, Idalberto Ortega, Paulín Ortiz, Aldo Pérez, Odalis Pérez, Adalio Pis, Miriam Pis, María Isabel Pérez, Yolanda Quintana, Osley Santa Teresa, William Sotolongo, Marlene Valdivia y Camilo Venegas.

A todos llegue un abrazo del último de la lista.

El rodeo


(Fragmento de la novela Atlántida) 

En el Paradero de Camarones no tenemos héroes reales. Para ver a nuestros ídolos, tenemos que ir al cine Justo. Solo allí podemos aplaudir al Zorro, el Corsario Negro o Sandokán. A los héroes de Manicaragua, el pueblo donde vive mi padre, uno de los puede encontrar en la calle.
Se llaman Pedro Yera y Orestes Castillo. Son los vaqueros más famosos del Escambray. A veces gana uno y a veces el otro, pero en ninguna otra parte hay nadie mejor que ellos. Donde quiera que van, vuelven invictos. En Cumanayagua los admiran como si fueran de allá.
Pedro Yera es altísimo y siempre anda con unas espuelas que van anunciando su paso: chin, chin, chin, chin, chin… Orestes Castillo se parece a Antonio Maceo, pero en lugar de un machete lleva un lazo atado a la cintura y anda por el pueblo enlazando cosas.
La gente los llama por sus nombres y apellidos y ellos siempre devuelven un saludo con un “¡Eeeyyyyy!”. Serafín es muy amigo de Pedro Yera. Ayer me llevó a su casa en La Campana. Además de vaquero es talabartero y Papi le encargó un cinto con mis iniciales.
—Eso sí es cuero de verdad —dijo Pedro Yera mientras pasaba el cinto por las trabillas de mi pantalón—, no la mierda que venden ahora en las tiendas.
Con un ágil movimiento de la boca, logró pasar su enorme tabaco de un lado al otro para poder acercárseme. Me preguntó si así estaba bien. Le dije que no, que estaba muy apretado. Lo aflojó un poco, pero para poder respirar bien me lo tuve que soltar un poco más.
—¿Van al rodeo? —le preguntó a Serafín.
—¿Vas a ganarle? —le preguntó Papi.
—Ya verás quién es el mejor vaquero del Escambray —me dijo poniéndose su enorme sombrero y subiendo de un salto a su caballo.
Una mitad de Manicaragua quiere que gane Pedro Yera. La otra mitad, Orestes Castillo. Cuando desfilaron, los aplaudían como en el Paradero de Camarones aplaudimos a al Zorro, el Corsario Negro o Sandokán. Varios amigos de mi padre me preguntaron quién me había hecho el cinto.
—¡Pedro Yera! —les respondía orgulloso, sujetando la hebilla con las dos manos.
Orestes Castillo logró enlazar al primer ternero en un tiempo récord. Rodillas en tierra le amarró las patas y, eufórico, le mordió el rabo. La mitad del pueblo empezó a gritaba y a aplaudía sin parar.
Poco después un toro logró alcanzar a uno de los payasos y lo lanzó contra la cerca de madera. No pudo levantarse. Se lo llevaron directo para el hospital de Santa Clara. A pesar de la gravedad de lo que acababa de ocurrir, todos aplaudían y celebraban. Las botellas de ron pasaban de mano en mano.
Pedro Yera no se quitó el tabaco de la boca para salir a enlazar su ternero. Lo hizo en un tiempo aún menor que Orestes Castillo. Cuando le amarró las patas, lo levantó en peso y lo tiró contra la arena. Torció la boca y escupió. La otra mitad del pueblo empezó a dar saltos de alegría.
Aunque la bulla era enorme, el chin, chin, chin de sus espuelas se oía por encima de todo. Después de saludarnos a todos, se puso el sombrero y se subió de un salto en su caballo. Después del desfile final quedamos atrapados en una nube de polvo. Serafín me hizo beber ron del pico de una botella. Me quemó todo por dentro.
Muy poco después se hizo de noche y Manicaragua se convirtió en un enorme silencio, como si hubiera gastado todos sus ruidos durante la tarde en el rodeo. Serafín preparó un jarro de agua con azúcar para él y otro para mí. Apagó la luz, se acostó al lado mío y me dio un abrazo.
—¿Por qué no te quitaste el cinto para dormir? —me preguntó.
Me hice el dormido.

14 septiembre 2021

Key*


(Fragmento de la novela
Atlántida)

Key siempre se lanzaba al andén antes de que el tren se detuviera. Todavía en el aire, hacía sonar su enorme silbato plateado. “¡Camaroneeeees!”, gritaba. Luego tomaba su gorra de plato por la visera y la levantaba apenas unos centímetros. “¡Yerooooo!”, decía ya junto a mi abuelo.

Durante años fue el guardafrenos de una de las tripulaciones del tren de Cienfuegos a Santa Clara. Alternaba con Pablo Ortiz, el Caballero del Carril. Eran polos opuestos. Ortiz, aunque era muy gentil, jamás se reía. Key, en cambio, mantenía una sonrisa en la cara durante todo el recorrido de los trenes.

Hace unos meses lo ascendieron a guardafrenos del Fiat de Cienfuegos a Ciego de Ávila. Aunque el coche motor pasa envuelto en una nube de polvo y jamás se detiene, Key sacaba la cabeza por una de las puertas para saludar a mi abuelo: “¡Yerooooo!”, grita mientras un haz de luz se refleja en su enorme silbato.

Hoy en la tarde fue la última vez que Key nos saludó. Según Aurelio, no logrará salir de la cárcel. “Se morirá de tristeza antes de cumplir la condena”, asegura. Él y Atlántida han estado murmurando desde que supieron lo que había pasado, pero lo hacen en ese raro idioma que tienen para tratar de que yo no los entienda.

Aun así, he logrado descifrar algunas cosas. Ocurrió un accidente terrible y, al parecer, la tripulación de Cienfuegos tiene la culpa. El tren que vimos pasar a toda velocidad y envuelto en una nube de polvo, acabó chocando cerca de Taguasco. “Se olvidaron de un cruce con otro tren de viajeros”, comentó Aurelio. 

Atlántida lo miró con una terrible cara de pregunta. Quería saber si había muertos. Aurelio le respondió con una cara aún más dramática. Mi abuela insistió con su expresión. Quería confirmar que mi abuelo había entendido. Él dijo que sí con la cabeza y enterró su barbilla en el pecho. 

—Iban muchos niños —susurró mi abuelo. Atlántida levantó los brazos y mencionó a Dios. 

Esa noche no oyeron el programa de la orquesta Aragón. Se sentaron en silencio y estuvieron meciéndose hasta que nos fuimos a dormir. Como no había sonidos en toda la casa, cada vez que matábamos un mosquito sonaba como una detonación. Días después, Aurelio contó la historia completa. 

Habló como si se tratara de algo que había ocurrido mucho tiempo atrás. Pero desde el primer momento supe a qué se refería. Para tratar de despistarme, le preguntó a mi abuela si recordaba un accidente que ocurrió hace mucho tiempo cerca de Zaza del Medio. 

Ella le pidió que se lo contara otra vez, porque había olvidado los detalles. Entonces él le dijo que el tren de Cienfuegos tenía un cruce con el 4014, el coche motor de Tunas de Zaza a Jatibonico, en un apartadero en medio de la nada. “Iban volando, tratando de recuperar un pequeño retraso”, agregó. 

El maquinista y el conductor olvidaron el cruce por completo. “¡No lo puedo creer!”, exclamó Atlántida interrumpiéndolo. “¡Y estamos hablando de dos estrellas!”, repitió varias veces Aurelio. Cuando un ferroviario es muy bueno, él suele decir que es una estrella.

“Dicen que el risueño sí estaba pendiente del cruce” —dijo finalmente. Con seguridad se refería a Key—. Iba caminando por el pasillo del coche en dirección a la cabina para recordárselo al maquinista, pero que una señora lo entretuvo preguntándole si él tren la podía dejar en Falcón”.

“Dicen que miró por la ventanilla y, al ver que el maquinista no estaba reduciendo la velocidad, salió corriendo y ahí mismo…”, Aurelio no terminó la frase. Después de un largo silencio dijo que habían muerto 21 personas, entre ellos Oscar Portales, el maquinista del 4014.

“¿Recuerdas a los hermanos Portales?”, preguntó y bajó la cabeza. Entonces Atlántida cometió un error. Después de asentir con la cabeza, levantar los brazos y mencionar a Dios, dijo “¡Pobre Key!”. Era mi única oportunidad para saber lo que había ocurrido y no la desaproveché. 

Mi abuela le abrió los ojos a mi abuelo pidiéndole ayuda. Él levantó las cejas y los hombros. Entonces ella se dio por vencida. Me lo contaron todo. El tren de Jatibonico a Tunas de Zaza venía lleno de niños que habían ido con sus padres a comprar los juguetes en la tienda del pueblo. 

Los dos trenes acabaron hechos un amasijo y, por casi cien metros, la línea estaba llena de cuerpos y juguetes destrozados. Aurelio se sabe de memoria las fechas en las que han ocurrido los grandes accidentes ferroviarios. Eso quiere decir que nunca más se olvidará del 10 de julio de 1978. 

Después de estar muy triste por un largo rato, empezó a reírse mientras contaba historias de los hermanos Portales: “Una vez, Juan, el que está vivo, iba de maquinista en el tren del Auxilio Menor y la locomotora, una alemana, se había calentado tanto que se quitó la ropa y siguió manejando desnudo”.

Las carcajadas de Aurelio no lograron que Atlántida perdiera su cara de tristeza. “Aldo me contó que Juan venía de maquinista en el viajero de Rancho Veloz y se enteró al cruzarse con el de Sagua —dijo de regreso al tema—. Se volvió como loco, pero no dejó que lo relevaran. Trajo su tren hasta Santa Clara… ¡Una estrella!”.

Entonces caí en cuenta de que nunca más vería a Key. Aquella escena que se repitió incontables veces durante tantos años ya no tenía la más mínima posibilidad de volver a ocurrir. Siempre se lanzaba al andén antes de que el tren se detuviera. Todavía en el aire, hacía sonar su enorme silbato plateado. 

Me imagino que su sonrisa se acabó en ese momento. Justo cuando miró por la ventanilla y advirtió que el maquinista no estaba reduciendo la velocidad. 


*El accidente al que se hace referencia en este fragmento de Atlántida es un hecho real que ocurrió en la misma fecha que se señala. Gracias a Juan Carlos Portales, sobrino de Oscar e hijo de Juan, y a Esteban Darias Domínguez pude reconstruir los hechos con la mayor precisión posible y recuperar los nombres de los ferroviarios implicados. 

La tripulación del tren de Cienfuegos eran Emilio Águila (maquinista), Nilo Álvarez Verdecia (conductor) y Primitivo Luis Key (auxiliar de conductor). La tripulación del coche motor de Tunas de Zaza, Oscar Portales (maquinista) y Manolo Puig (conductor). 

Manolo, que logró sobrevivir, contaba que Oscar, después de alertar a todos del inminente choque, se paró en medio del coche motor a esperar el impacto. Los tripulantes del tren de Cienfuegos, desde la cárcel, le enviaron una carta a la familia Portales, pidiéndoles perdón por todo el dolor causado. 

09 septiembre 2021

Celebrando a Freddy Ginebra

(Texto leído en el acto de premiación del Concurso Internacional de Casa de Teatro 2021)

De izquierda a derecha: Claudio Rivera, Richardson Díaz,
Antonio Taveras, Freddy Ginebra, Camilo Venegas y Reinaldo Disla. 

Aunque llegué a República Dominicana por el aeropuerto de Las Américas, mi verdadera puerta de entrada al país es esa que está ahí, abierta de par en par a todo el que esté convencido de tener la capacidad de crear. No olvido la primera noche que pasé aquí. Salí eufórico y, por supuesto, ebrio de gozo, como dijo el poeta.
Acababa de conocer a Freddy Ginebra y eso me hacía dueño de la ciudad, del país y del mundo. Al menos eso me hizo creer él apenas unos diez minutos después de que nos presentaran. Nunca más volví a ser el mismo. Unos meses después estaba aterrizando de nuevo en Santo Domingo, pero esta vez en un viaje que solo era de ida. 
Además de hacerme un hombre libre y de salvar a mi hija de tener que crecer en un país sin futuro, Freddy Ginebra le dio un nuevo sentido a mi vida. De eso hace 22 años. Entonces no existían ni Facebook ni Twitter, nos enterábamos de las noticias por los periódicos o los noticieros y los libros solo eran de papel. 
Todo ha cambiado muchísimo desde entonces, empezando por nosotros. Muy pocas cosas se han mantenido invariables y dos de ellas son Freddy Ginebra y Casa de Teatro. Contradiciendo todo tipo de lógica y desoyendo los consejos de amigos y seres queridos, Freddy se ha empecinado en mantener esa puerta abierta.
Eso significa que los que aún están convencidos de tener la capacidad de crear y siguen prefiriendo la imaginación por encima de cualquier bien y, sobre todo, de esa bobería que acaba arrastrando a la mayoría de los seres humanos en el mundo actual, saben que aquí tienen un refugio.
Además de una Casa, del otro lado de esa puerta los esperan los abrazos, la comprensión, el entusiasmo y el apoyo incondicional de un señor muy viejo que cada vez se parece más a Noé, el del arca, o al mismísimo Dios, según nos lo pintaban en los libros de nuestra infancia.
Hace un momento hablaba de todo lo que ha cambiado el mundo en los últimos 20 años y mencioné la palabra bobería. Lo hice para no tener que decir mierda, porque ese es en verdad el producto estrella de una época en que es más importante aparentar que ser.
Por eso hoy las empresas prefieren patrocinar a un influencer en lugar de un artista y triunfar en el mundo virtual en lugar de contribuir a mejorar el real. Esa es una de las razones por la que los concursos de Casa de Teatro fueron perdiendo apoyos y ayudas hasta que hubo un momento en que por poco desaparecen.
Si no lo hicieron, es porque Freddy nunca se rindió. Mientras menos eran los patrocinios, mayor era su empecinamiento. Y llegados a este punto tengo que reconocer el compromiso y la solidaridad de Antonio Taveras. Antonio dio la cara cuando muchos daban la espalda. 
Gracias a eso, todavía hoy, en 2021, podemos tener estos libros en las manos, olerlos, hojearlos, leerlos, subrayarlos... Nunca podría ser crítico literario, soy demasiado apasionado y me siento incapaz de ser objetivo. Las valoraciones sobre las obras que aparecen en estos dos volúmenes se las dejaremos a los lectores. 
Ahora celebremos el hecho de que aún exista Casa de Teatro, sus concursos y sus libros. William Faulkner nos aconsejó una vez que siempre soñáramos y apuntáramos más alto de lo que sabemos que podemos lograr. Estamos aquí porque Freddy Ginebra siempre sueña y apunta más alto de lo que nadie es capaz de imaginar.

Celebrar eso significa mantener un constante compromiso con la creatividad, la imaginación y el mundo que en verdad nos merecemos. Todo eso lo aprendí aquí mismo hace 22 años, cuando un tipo disfrazado de Dios me dio un abrazo y me cambió la vida.

Gracias a él y a ustedes, hoy tuve una excusa para volver y seguir celebrando.

La infanta inglesa que se perdió en un hierbazal de Coliseo


En 1959, Hunslet Engine Company diseñó una pequeña locomotora para diversificar su portafolio. Solo llegó a fabricar dos y una de ellas fue adquirida por los Ferrocarriles Occidentales de Cuba para su uso en los almacenes del puerto de Isabela de Sagua.
Llegó a la isla en 1960, cuando ya la empresa que la compró y los almacenes para los que estaba destinada habían sido expropiados por la revolución que acababa de triunfar. Sin sacudirse la sal de la travesía, se hizo cargo del movimiento de vagones de miel de purga y azúcar en un pueblo que solo sabía tratar con el mar.
La máquina llegó con el nombre de Carlos Alfert, en homenaje uno de los comerciantes azucareros más importantes de la isla y uno de los mayores promotores del gran desarrollo económico alcanzado por la región de Sagua la Grande. Casi de inmediato tacharon el nombre de Alfert.
Aún así, los ferroviarios la siguieron llamando de esa manera. Primero tuvo el número 5512, en 1969 pasó a ser la A-353 y en 1974 la 40201. Justo al final de la década de los 70, cuando el puerto de Isabela de Sagua empezaba a perder importancia y a convertirse en la ruina que es hoy, la pequeña locomotora fue enviada a un central azucarero de Coliseo, en Matanzas.
Nunca más volvió a ver el mar. A mediados de los años 80 su motor Gardner 8L3 acabó dándose por vencido y la máquina fue abandonada en un desviadero. Como muchos otros valiosos patrimonios de los Ferrocarriles de Cuba, acabó siendo irrecuperable.
Cinco años después de la llegada de la Hunslet, arribaron a Cuba diez enormes locomotoras inglesas de doble cabina. Las Clayton eran tan imponentes que los ferroviarios la llamaron Reina Isabel. Hasta la primera mitad de los 70, ellas reinaron en los trenes cubanos. Pero su destino final fue también el abandono.
A las 10 las llevaron para un desviadero en el antiguo central Hershey. Las malas hierbas y la desidia de un país que se niega a tener pasado se hicieron cargo de ellas. La Clayton y la Hunslet son hoy una de las más injustificables ausencias en el Museo del Ferrocarril de La Habana.
Tanto la Reina Isabel de los trenes nacionales como la pequeña infanta del puerto de Isabela de Sagua, merecían contarles a las futuras generaciones cómo vinieron a dar al Caribe y cómo era el país por el que tanto trasegaron y al que tanto le aportaron. 
Se les negó esa oportunidad, como a los cubanos el derecho a tener memoria. Se perdieron en un hierbazal. Como a la isla entera, la maleza acabó tragándoselas.

08 septiembre 2021

Dos misterios resueltos en viejas revistas Bohemia


Arroz Jon-Chi

Los frijoles negros de mi madre eran épicos, tanto para mi familia como para los amigos con los que tuve la oportunidad de compartirlos. Aunque esa era su plato estrella, todo lo que hacía le quedaba riquísimo.
Con el arroz era tan exigente, que siempre me pedía Pinco Premium, una de las mejores marcas del mercado dominicano. Y yo, feliz, la complacía. Mientras lo cocinaba, solía decir: "chi que crece, chi que desgrana, chi que te va a gustar".
Para mí, aquella frase era un invento suyo. Por mucho tiempo creí que era su manera de hacerme ver por qué había que pagar un poco más por el arroz. Hasta que una vieja revista Bohemia me ayudó a resolver el misterio.



Alco-Elite

Cuando se acababa el ron en el bar y en las dos bodegas del Paradero de Camarones, los borrachos de mi pueblo se dirigían resignados a la farmacia. Siempre se las ingeniaban para Sarita Rodríguez o Pura Carballosa les vendieran un frasco de alcohol de 90 grados. 
Después de diluirlo en agua y de echarle limón, se lo tragaban en seco. Le llamaban Alcolite y yo siempre me pregunté de dónde salía ese nombre. Hasta que un día di con este anuncio de Arechabala y entendí el origen de ese nombre que siempre escuché después de una larga mueca.
—¡Aaahhh! —decían siempre, mientras aquel alcohol se abría paso en sus cuerpos.