06 agosto 2021

Los sabuesos asesinos de Cuba


El Cuban hounds, también conocido como Mastín cubano es una raza extinta de perro de tipo Bullmastiff que se desarrolló en la isla para auxiliar a los rancheadores en la captura de cimarrones (indios y negros esclavos que escapaban al monte).
Tenían un tamaño medio, entre el Bulldogs y el Mastín inglés. Eran tan eficaces en la persecución de fugitivos, que fueron exportados al sur de los Estados Unidos. Tras la abolición de la esclavitud, la raza desapareció.
En la segunda mitad del siglo XX se creó otra raza de perros cubanos también con el fin de perseguir y que es conocida popularmente como Boinas Negras. Confío en que pronto podamos celebrar su extinción.

04 agosto 2021

Mi brújula


Los cienfuegueros se orientan por el mar. Cuando descubrí eso me resultó incomprensible. Él niño que fui creció rodeado de cañaverales. Las torres de los ingenios eran mis faros. Las líneas de ferrocarril, mi costa, el punto de referencia ante cualquier pérdida.
Cuando llegué a La Habana, comprobé que el mar era también el principio o el final de toda referencia. Yo, en cambio, seguía fiel a mis instintos. La Estación Central, el crucero de Boyeros (esa barrera que divide al Cerro de Puentes Grandes), la Línea Sur (marcando el camino de regreso a casa)…
Hace unos días, en Chicago, Diana nos convidó a María y a mí a deambular por el Old Town. Después de caminar muchísimas calles, disfrutando de la arquitectura y de esos pequeños negocios cuya belleza y sentido resisten los embates de las grandes e insípidas plaza comerciales, nos perdimos.
Diana trató de averiguar en qué dirección estaba el lago Michigan. Yo, en cambio, busqué las líneas Brown y Purple del metro. “¡Sé dónde estamos!”, dije cuando descubrí la primera estación. Ya en el tren, de regreso al hotel, le di las gracias al niño que buscaba, entre las cañas, las torres de Espartaco, Balboa o Mal Tiempo.
Luego, navegando por el río Chicago, llegamos hasta un viejo puente de ferrocarril que permanece elevado 364 días del año. Lo bajan una sola vez para que pase un solo tren. La ciudad se congrega a su alrededor para aplaudir que aún funcione. 
Yo, de vivir allí, iría para celebrar que uno de mis caminos recupera su continuidad. Los cienfuegueros y los habaneros se orientan por el mar. Ese hecho me ayudó a aceptar mi condición de campesino. Mis puntos de referencia serían incompresibles para ellos.

José Antonio Méndez y Luis Lorente en el Casa Granda


Releyendo el texto dedicado a José Antonio Méndez en Kabiosiles. Los músicos de Cuba, de Ramón Fernández-Larrea, recordé una delirante anécdota con el autor de “Ese sentimiento que se llama amor”. Ocurrió a finales de los años 80, apenas unos meses antes de que una ruta 132 doblara a toda velocidad por la esquina de 23 y M.
El poeta Luis Lorente, ese matancero invencible y habanero imperdible que ha escrito algunos de los mejores poemas de su generación, fue invitado a un evento cultural en Santiago al que también asistió José Antonio Méndez, probablemente el poeta con más feeling que ha tenido Cuba.
A los dos los hospedaron en el Casa Granda, el majestuoso hotel que fue propiedad de los Ferrocarriles Consolidados. Luis hizo el check inn a primera hora de la mañana y supo que le había tocado la misma habitación que José Antonio. “El señor Méndez tiene la llave —le dijo la carpetera—. Él ya subió”.
Encontró la puerta abierta. El ventanal hacia el parque también estaba abierto. La bulla de la ciudad llegaba hasta allá arriba. Las dos camas aún permanecían tendidas. Pero sobre una había un pequeño maletín y el estuche de una guitarra. Luis llamó varias veces: “¡El King! ¡El King! ¡El King!”, pero nadie respondía.
Entonces descubrió dos pies que sobresalían por debajo de la cama del maletín y el estuche. Cuando Luis Lorente se sorprende, abre las dos manos, las lleva a la altura de los hombros y empieza a dar pequeños pasos sin moverse del lugar. Eso hizo.
—¡Coño, José Antonio, ¿qué tú haces metido debajo de cama? —preguntó asombrado.
—Co co cojone, por por por eso yo decía que que que el techo estaba ba ba bajito con pinga —respondió el autor de “La gloria eres tú”, con su inconfundible tartamudeao y varios rones encima.
Poco después, el 10 de junio de 1989, una ruta 132 dobló a toda velocidad la esquina de 23 y M. Un hombre trasnochado que iba pasando la calle con un estuche de guitarra en la mano, no pudo esquivarla. Murió en el acto. Era José Antonio Méndez.

03 agosto 2021

La segunda vida de Rosendo Stuart

El día que volví al Paradero de Camarones junto a gente
querida de mi pueblo. A mi lado, Rosendo Stuart.

Hoy fue un día extremo para mí, de esos que uno se queda recordándolos para siempre. Por unas obras que estamos haciendo en la Loma de Thoreau, tuve que subir sin Diana Sarlabous. Eso me hizo perder el sueño a las dos de la mañana. Cada vez que eso ocurre, me pongo a ver cualquier capítulo de “Band of Brothers”.

Al amanecer, traté de entrar en El Fogonero y tenía un aviso de que el blog había sido eliminado. Desde agosto de 2006, en unos días hará 15 años, comparto ahí la mayoría de las cosas que me pasan por la cabeza. La posibilidad de perderlas me provocó una terrible angustia. 

A media tarde, cuando mi mal día parecía empezar a mejorar, la nieta de Yuyo Serralvo me avisó de que había muerto Rosendo Stuart, mi hermano negro, uno de los mejores amigos que he tenido en mi vida. Me di por vencido y violé mi pacto de no beber alcohol entre semana. Semejante dolor llevaba ron.

Pero hace unos minutos la nieta de Paco de la Rosa me acaba de asegurar de que no es Stuart quien murió sino “el del otro banco de Cruces”. Volví a violar el pacto y me serví otro Brugal. Eufórico, puse a Beny Moré a cantar “Santa Isabel de las Lajas”. No exactamente el mismo pueblo, pero es de por allá.

En octubre de 1996, el huracán Lili atravesó mi provincia con vientos de hasta 176 km/h. Era viernes y Stuart, mientras cumplía su horario de jefe de estación, empezó a asegurar puertas y ventanas tanto de la estación como de la casa (es decir, la casa de mi madre).Una ráfaga abrió una puerta y el negro, literalmente, ondeó como una bandera.

“Yo pensé que se lo llevaba”, le gustaba contar a Lérida entre carcajadas. Hoy, ha vuelto a renacer, esta vez, gracias a una falsa noticia. Eso quiere decir que, aún en esta vida, tenemos la posibilidad de volver a sentarnos en el andén de Camarones a beber y reír. Felices de estar vivos para contarlo.

Aunque Lérida no estará entre nosotros, no podremos dejar de recordarla. Negro, te mando el abrazo más grande que soy capaz de dar.

Hoy perdí a mi hermano negro

Una querida amiga de mi pueblo me acaba de dar una tristísima noticia. Rosendo Stuart, el último jefe de estación que tuvo el Paradero de Camarones, falleció víctima del Covid-19. Nos vimos por última vez en septiembre de 2011, cuando llevé a Diana Sarlabous a conocer mi lugar en el mundo.
Al llegar a Cruces, me desvié del camino y empecé a preguntar por él. Quiero que conozcas a un hermano mío que vive en este pueblo, le dije. Se impresionó tanto, que por unos segundos dejó de ser el negro Stuart. Se quedó blanco como un papel… Y empezó a llorar.
Se fue con nosotros para el Paradero y, como hicimos incontables veces, nos sentamos en el andén a bebernos una botella de ron. A él fue la única persona, fuera de la familia, a quien mi madre me insistió que le llevara un regalo. “Aunque su apellido es Stuart —me dijo Lérida— yo lo quiero como a un Yero”.
Gracias a Stuart (ya lo puedo decir), pude jugar a que era un ferroviario de verdad. Muchas veces, cuando mi tío Aldo Yero trabajaba de despachador en Santa Clara, me quedaba solo en la estación dándole las vías a los trenes. Mi madre lo regañaba, pero él corría el riesgo. “Yo confío más en Camilito que en mí”, le decía.
En su casa, me dijo, conservaba muchas de las órdenes de vía y de las hojas del libro donde yo las asentaba. El día que nos reencontramos se las pedí, pero se negó rotundamente. “Ese es el único recuerdo que me queda de aquella época y del ferrocarril”, se excusó. Entonces, él ya laboraba en un banco.
En la gran depresión de los noventa a veces teníamos muy poco que comer. Pero en la mesa siempre se puso el plato de Stuart y compartíamos con él lo que hubiera. Cuando el mixto de Cumanayagua salía del ramal, íbamos en un motor de vía hasta el puente del Guajiro a buscar naranjas.
Un día nos cogió la noche y el motor no tenía luz. Volvimos totalmente a ciegas y a toda velocidad. Cualquier animal o el más mínimo obstáculo nos hubiera descarrilado. Llegamos con tres sacos de naranjas y unas yucas que nos regaló Hugo Lois a nuestro paso por la estación de San Fernando.
Ya a salvo, ron en mano, Stuart cayó en cuenta del peligro que habíamos corrido. “¡Nos jugamos la vida por unas naranjas!”, repetía una y otra vez. Esa frase fue la primera que me dijo en 2011, cuando recuperó el color y nos abrazamos. Entonces dejamos de llorar y soltamos una carcajada. 
Somos contemporáneos, eso quiere decir que pronto empezaré a ser más viejo que él… Hasta que podamos reencontrarnos en una estación del Paradero de Camarones donde todavía pasen los trenes y él le vuelva a decir a mi madre que se va y que me deja trabajando en la mesa.
Entonces yo llamaré a Cruces para pedir una vía y Lérida se irá para la cocina diciendo que nosotros estamos locos. Yo sé que daré otra vez con mi hermano negro y todas aquellas escenas se repetirán.

01 agosto 2021

¿Quién se comió la vergüenza de Silvio?


He leído en Diario de Cuba que Silvio Rodríguez quiere saber los nombre y apellidos de los responsables de que en Cuba “no se haya cambiado todo lo que se ha debido cambiar”. Lo puso en uno de esos comentarios que él va dejando en su blog Segunda Cita, a modo de susurro.
Es increíble que el mismo tipo que se hacía preguntas tan interesantes en la juventud o que se inquietaba cosas casi imposibles de saber, como quién se había comido su africana*, se le ocurra averiguar semejante obviedad en la vejez. A eso, al menos en el Paradero de Camarones, se le llama chochería.
Solo hay tres responsables, Silvio, no solo de que en Cuba no cambie nada (a pesar de que la dictadura se dice llamar “revolución”) sino de que el país se destruyera y su gente fuera condenada a llevar una vida paupérrima: Fidel Castro Ruz, Raúl Castro Ruz y Miguel Díaz-Canel Bermúdez.
Esa es la lista abreviada. Pero la ampliada tampoco es tan difícil, cualquier cubano medianamente informado podría responderla. Por cierto, en la segunda, tarde o temprano, tendrá que aparecer tu nombre. Demasiadas veces te has prestado para justificar lo injustificable, incluso frente a un paredón de fusilamiento.

*Galleta cubierta de chocolate que vendían en el parque Lenin de los 80, cuando el régimen de Cuba era subsidiado por la Unión Soviética (de ahí el nombre del lugar).