27 marzo 2021

La crisis de octubre

Coche motor Uerdinger con su trailer.

(Fragmento de la novela Atlántida)

Aurelio estaba leyendo “La lluvia”, un cuento de Ray Bradbury que habían publicado en la Bohemia de esa semana. Por eso dice que está confundido, que no sabe si el aguacero que recuerda caía en el Paradero de Camarones o en las páginas de la revista.
Por eso buscó en su colección de revistas viejas y, cuando logró parar de estornudar, empezó a buscar en el número 42 del 18 de octubre de 1962. Al llegar a la página 15, dio una palmada contra el papel y volvió a levantar una nube de polvo. Esta vez, los dos empezamos a estornudar.
—La lluvia continuaba. Era una lluvia dura, una lluvia constante, una lluvia minuciosa y opresiva —leyó en voz alta—. Era una lluvia que ahogaba todas las lluvias, y hasta el recuerdo de las otras lluvias.
Cerró la revista y la puso en mis manos. Luego hizo el gesto cuando ha comprobado algo. Eso quiere decir que el aguacero que tiene metido en su cabeza se debe al cuento que estaba leyendo y no a la realidad. Aun así, yo me sigo imaginando un día de lluvia sobre el Paradero de Camarones. 
El 174, el Uerdinger de Caibarién pasó a su hora, las 09:32. Aurelio recuerda haberle llevado él mismo la vía al maquinista. Como yo me sigo imaginando que llovía, lo hizo con un paso muy apurado. El maquinista corrió la puerta del coche motor alemán y se puso de cuclillas para alcanzar la hoja de papel con las indicaciones.
—Está fea la cosa, Yero —le dijo a mi abuelo.
—Sí, está fea la cosa, Quintana —le respondió Aurelio.
No se referían al estado del tiempo sino del mundo. Eran los días de la Crisis de Octubre. Estados Unidos había descubierto que la Unión Soviética había emplazado misiles nucleares en Cuba y la tercera guerra mundial parecía inevitable. Pero nada de eso impidió que los dos ferroviarios se despidieran como siempre, con una sonrisa.
—¿Tengo que parar en Hormiguero? —dijo Quintana.
—Sí, hay varios boletines vendidos —dijo mi abuelo.
El Uerdinger dio dos pitazos y salió disparado hacia Cienfuegos, a donde debía llegar a las 10:05. Si por fin no llovía, Aurelio debió quedarse en el andén a verlo pasar por los dos cruceros. Si el aguacero solo estaba cayendo en el cuento de Ray Bradbury, entró de una vez y llamó a la estación de Hormiguero para reportarle la salida del 174.
Poco después, recibió una llamada de Hormiguero. El 174 no había hecho su parada facultativa, a las 9:40. A mi abuelo le pareció muy extraño. Porque le había dicho a Quintana y él jamás olvida eso. Cinco minutos después, la estación de Cherepa alertó al despachador de trenes de Sagua.
—¡El 174 perdió los frenos! —Dijo.
Según Aurelio, los coches motores Uerdinger tenían ese problema. Portales, un maquinista que los conocía bien, siempre estaba diciendo que un día iba a pasar una desgracia. “Tienen los frenos directos, si se parte el tubo del aire, a la más mínima caída de presión, pierden los frenos”, advertía.
La estación de Palmira confirmó la mala noticia. El 174 había pasado como un bólido. “Yo no sé cómo no se ha descarrilado —dijo Omar Santos, el jefe de estación, al teléfono— va como a 100 kilómetros”. de inmediato el despachador dio la orden de desviarlo.
La línea acaba en la estación de viajeros de Cienfuegos. Si llega a esa velocidad al final, provocará una tragedia. Al dirigirlo hacia la estación de carga, existía la remota posibilidad de que la locomotora de patio lo persiguiera, lograra engancharlo y detenerlo. De lo contrario, caería al mar.
Pasara lo que pasara, aún en el peor de los casos, aquel incidente no llamaría la atención. El mundo estaba al borde de una guerra nuclear, que un tren sin frenos acabara cayendo al mar no era nada comparado con los misiles soviéticos que podían caer sobre Estados Unidos.
En aquel entonces mis abuelos aún vivían en la estación de San Juan de los Yeras. Aurelio estaba relevando a Morales, el jefe de estación de Camarones, que estaba de vacaciones. Ni siquiera podía llamar a Atlántida para contarle lo que estaba pasando. Si poder quitarse el teléfono del oído, nervioso, volvió a la Bohemia.
—Caía a goles, en toneladas —siguió leyendo mi abuelo—; entraba como hachazos en la selva y seccionaba los árboles y cortaba las hierbas y horadaba los suelos y deshacía las zarzas. Encogía las manos de los hombres hasta convertirlas en arrugadas manos de monos. Era una lluvia sólida y vidriosa, y no dejaba de caer.
Así me imagino a la locomotora del patio de Cienfuegos Carga, la 30815, persiguiendo al Uerdinger. Al final de la lluvia los esperaba el mar y, probablemente, la muerte de todos los pasajeros y la tripulación. La pequeña locomotora alemana perseguía al coche motor alemán. 
Al menos en este incidente, la Unión Soviética y Estados Unidos se mantenían al margen. “Yo no sé cómo no se ha descarrilado —dijo Arambares, el operador de Cienfuegos Carga, al teléfono— va como a 100 kilómetros”. Nadie más dijo nada hasta que se volvió a escuchar la voz del operador.
“Despechador, despachador”, dijo. “Dígame, Arambare”, se oyó lejana, la voz del despachador desde Sagua. “La 30815 alcanzó al 174, vamos a hacerle la vía para Cienfuegos Viajeros”. Los ferroviarios tienen por costumbre no hacer comentarios sobre las situaciones de peligro por teléfono, esa vez no fue la excepción. 
Al otro día, el 174 llegó puntual de Caibarién. El maquinista corrió la puerta del coche motor alemán y se puso de cuclillas para alcanzar la hoja de papel con las indicaciones. Esta vez, además de saludarse de lejos, se dieron la mano. Fue su manera de celebrar que todo había salido bien.
—Está fea la cosa, Yero —le dijo a mi abuelo.
—Sí, está fea la cosa, Quintana —le respondió Aurelio.
Sus rostros, sin embargo, no mostraban la más mínima preocupación. Aunque el mundo seguía en vilo por los misiles soviéticos emplazados en Cuba, para ellos lo peor ya había pasado. Ya no llovía. Como al final del cuento de Ray Bradbury, el sol estaba allá arriba, “cálido, caliente, amarillo y hermoso”. 

La 30815 en el andén de Cienfuegos Viajeros.

"La lluvia", cuento de Ray Bradbury publicado en la revista
Bohemia del 18 de octubre de 1962.

23 marzo 2021

El caballete


"Venga guano, caballero, venga guano,
estamos en el caballete y hay que acabar temprano",
Dúo Los Compadres

Disfruto muchísimo cada etapa de la construcción, desde las reuniones con el arquitecto o el momento en que se da el primer picazo (el real, no el simbólico), hasta el día en que por fin puedo empezar a poner las lámparas y armar los muebles. Pero si tuviera que elegir un solo momento, me quedo con el día en que se pone el techo. 
Ayer en la tarde cayó un aguacero torrencial. El resto de la noche se mantuvo lloviznando y con una neblina impenetrable. Por un momento perdí la confianza en los pronósticos del tiempo que aparecen en las aplicaciones y pensé que hoy sería un día lluvioso. Pero amanecimos con un sol espléndido y pudimos poner el techo tal y como lo teníamos planificados.
A las 3, cuando se fueron los constructores (son muchachos que viven en las comunidades cercanas a la Loma de Thoreau, prefieren empezar y acabar temprano), estuve un largo rato disfrutando el techo ya terminado. Soy guajiro, eso de llegar al caballete me emociona profundamente.

Sin prisa, pero sin pausa


A Frank Rainieri, el empresario dominicano que creó en una desolada costa uno de los destinos turísticos más admirados del mundo, le preguntaron cómo había hecho realidad el sueño de Punta Cana. "Sin prisa, pero sin pausa", respondió. Hace 4 años que llegamos a la Loma de Thoreau.
 
Sin apuro, pero sin descanso, hicimos el núcleo de la cabaña principal (a la que le pusimos Colibrí), luego el guest house (que nombramos Arriero), después levantamos el techo de la cabaña principal para hacerle una tercera planta, construimos el ala izquierda (comedor y cocina) y ahora el ala derecha (habitación principal y estudio). 
Lo hemos disfrutado mucho, pero hemos trabajado como mulos. Cada pared, cada puerta y cada ventana tienen una historia para nosotros.  Hemos soñado, aterrizado, discutido, peleado y celebrado muchísimas veces. También hemos hecho, deshecho y vuelto a hacer. 
Muchas cosas han cambiado de lugar en todo este tiempo, salvo los árboles. Porque desde el principio nos impusimos la condición de que nunca, bajo ninguna circunstancia, talaríamos uno. Y ahora, que llegamos a la última etapa de la cabaña principal, estamos felices de haber podido adaptar todos los espacios entre los árboles. 
A veces Diana habla con ellos. Trata al palo amarillo (un júcaro que le fascina), a las pendas, los ocujes y a los pinos más altos como lo que son, seres vivos que conviven con nosotros en este pequeño espacio de la increíble naturaleza dominicana. 
Aunque muchas veces me creo estar en el Escambray de mi infancia, al final tengo que darle las gracias a este país y a su gente por permitirnos lograr lo que en el nuestro hubiera sido imposible. Hace poco un amigo nos advirtió que nosotros, por lo que expresábamos en las redes sociales, ya no podíamos poner un pie en Cuba.
Que te nieguen el derecho de volver al país donde naciste, duele muchísimo y produce una incurable rabia. Pero no nos sentimos desterrados en la Loma de Thoreau. Aquí he criado hijos, he sembrado muchísimos árboles, he escrito un par de libros y he levantado una casa (algo de lo que, francamente, no me creía capaz).
Sin prisa, pero sin pausa, seguiremos soñando. No conocemos una mejor manera de vivir la vida real.

20 marzo 2021

El consejo de Florentino


De Cienfuegos, la ciudad que más me gusta a mí, recuerdo especialmente tres años: de 1987 a 1990. Acababa de graduarme de la Escuela de Arte y me habían enviado a cumplir el servicio social. Allí coincidí con “viejos” amigos de Cubanacán (graduados de teatro, como yo, y de artes plásticas).
Pronto empezamos a idear proyectos culturales. Con una ingenuidad a prueba de balas y toda la pasión que se tiene a esa edad, nos propusimos revolucionar la cultura de nuestra provincia. Enseguida empezamos a tener tropiezos y encontronazos con las autoridades. Uno a uno, nos fuimos dando por vencidos hasta que acabamos marchándonos todos. 
Por aquellos días obtuve un diploma de oro en un seminario nacional de dirección artística y me gané un viaje a Moscú. Pero el director de cultura de la provincia no me permitió ir. “Él tiene problemas ideológicos”, argumentó (razón no le faltaba). Pocos meses después desapareció la Unión Soviética, me había perdido la única oportunidad de conocerla.
Al enterarse de mi frustración, Florentino Morales me invitó a su casa una tarde. A cada rato solía pasar por el Museo para que el viejo historiador de la ciudad me hablara del pasado. Aquellas largas conversaciones nos fueron acercando y el día menos pensado me dijo “querido amigo”. Emocionado, le di un abrazo que le hizo traquear más de un hueso.
“La mayoría de las grandes frustraciones que tuve en mi vida ahora no me importan en lo más mínimo”, me dijo Florentino para tratar de calmar mi rabia. Su casa estaba junto a la Laguna del Cura y dentro de su biblioteca había una humedad casi irrespirable.  “Mira a ver si te interesa algo”, dijo mientras señalaba los estantes abarrotados de libros.
Elegí dos novelas de William Faulkner y una de Gabriel Miró, un autor que en aquel momento me fascinaba. “Puedes quedarte con ellos”, me dijo cuando yo salía a toda prisa, para no perder el último tren a Camarones. No nos vimos más. Poco después me fui a vivir a La Habana y solo volví a saber de él cuando leí en la prensa que había muerto.
Florentino tenía una memoria apabullante y era un gran conocedor del desarrollo de la industria azucarera y los ferrocarriles en la región. Recordaba la producción de cada ingenio año por año, arroba por arroba. La vieja estación de ferrocarril de Arango (hoy desaparecida) le provocaba una especial fascinación.
Aún hoy, con 53 años, ya camino a la vejez, sigo teniendo presente aquel consejo suyo. Cada vez que me frustro, pienso que llegará el momento en que eso no me importe en lo más mínimo. “¿Qué dice el futuro de la patria?”, me preguntaba cada vez que me veía llegar al Museo. “¿Qué dice el pasado glorioso de la nación?”, le respondía yo, también con una pregunta.

Atravesando la bahía  junto a mis compañeros
de sueños en el Cienfuegos de finales de los 80.

17 marzo 2021

El gran valor de Plantados


Cuando acabé de ver Plantados, acompañé por un rato el silencio de las montañas que me rodean. No pude dejar de seguir pensando en esa Cuba y esos cubanos que han sido negados, ignorados y vilipendiados por más de 60 años. En eso radica el gran valor de la película de Lilo Vilaplana, en mirar para un lugar al que muchos han evitado ver.
La dictadura de Cuba no asesina en plena calle, prefiere alta mar (como hizo con los hombres, mujeres y niños del remolcador 13 de Marzo) o hace que parezca un accidente (como ocurrió con Oswaldo Payá y Harold Cepero). Y antes de matar a alguien, siempre se asegura de haber asesinado primero a su reputación.
La dictadura de Cuba rara vez envía al ejército a reprimir al pueblo, prefiere disfrazar de civiles a sus tropas élites (como hizo ayer para secuestrar a Tania Bruguera). La dictadura de Cuba se niega a reconocer que en sus cárceles hay prisioneros políticos, por eso insiste en disfrazarlos de presos comunes.
Y esa es la historia de Plantados, la de esos cubanos que soportaron todo tipo de torturas y vejaciones antes de permitir que les quitaran lo único que les quedaba: su dignidad. La maquinaria de propaganda de la dictadura ha sido tan cruel como la maquinaria represiva. 
Con la misma facilidad que convirtió a asesinos en iconos, condenó a héroes al oprobio. Muy pocos jóvenes cubanos conocen a Hubert Matos, uno de los comandantes más valientes y queridos de la lucha contra Batista. Para desaparecerlo de la historia, lo borraron hasta de las fotos.
Por eso la Cuba del futuro, esa que tarde o temprano acabará llegando, tendrá que agradecerle a Plantados la valentía de iluminar las más oscuras mazmorras del castrismo y permitirnos ver los rostros de los que de verdad merecen ser absueltos por la historia.
Mientras tanto, la Cuba de hoy debe darle las gracias a Lilo Vilaplana, Juan Manuel Cao, Ángel Santiesteban, Carlos Cruz, Gilberto Reyes, Isabel Moreno, Carlos Acosta, Alberto Pujols, Grettel Trujillo y a todos los jóvenes que participaron en la película. Cada enfrentamiento a la historia oficial de la dictadura es también una pelea cubana contra el olvido.

11 marzo 2021

La mesa de cristal


(Fragmento de la novela Atlántida)

Casi todo el pueblo vino. Sin importar la hora, tocaban y decían que tenían que verla para creerlo. Entonces Atlántida abría de par en par la pesada puerta de la casa. Al fondo, en el centro de la saleta, alumbrada por un cono de luz del sol de la mañana, ella resplandecía.
El mixto de Cumanayagua llegó al enlace del ramal Cumanayagua a su hora, las 15:57. En lugar de hacer anden y luego retroceder, como de costumbre, se internó y entró retrocediendo por la pata del triángulo. Esa operación fue idea de Aurelio, para poder bajar con calma todos los muebles que venían en la casilla de expreso.

—Así dejamos la principal libre —le explicó a Elpidio Ávalos, el conductor—. Por ahí vienen dos tolveros.

Toda la tripulación se bajó para ayudar, hasta el maquinista y el fogonero. Primero sacaron las cajas y las pusieron a un lado. Luego empezaron a bajar los muebles. La base y el cristal de la mesa fueron los últimos. Muchos viajeros tenían medio cuerpo fuera de las ventanillas y no podían contener su asombro. 

—¡Mira ese butacón, es inmenso!

—¡Tremenda cómoda!

—¡Ese es el espejo más grande que he visto en mi vida!

—¡Qué sillas más lindas, caballero!

—¡Dicen que vienen de La Habana!

Cuando la 50902 dio los dos pitazos de salida eran las 16:12. El mixto tenía ya 10 minutos de atraso. Elpidio Ávalos, sin embargo, le dijo a mi abuelo que no se preocuparan porque eso lo recuperaban en el camino. Cuando el último coche se perdió en la curva del triángulo, Aurelio se llevó las manos a la cabeza. 

No sabía por dónde empezar. Desde la ventana del comedor, mi abuela miraba a los muebles con los ojos llenos de lágrimas. Por un lado, estaba tranquila de que todo llegara bien. Pero por el otro, le producía una tristeza inconsolable. Al final suspiró y también se llevó las manos a la cabeza.

Las cajas y los muebles eran las pertenencias de Nellina, la hermana de Atlántida que vivía en La Habana y que había muerto de un infarto fulminante. En los próximos días, mi abuela se dedicaría a organizar todo aquello dentro de nuestra casa. El cambio fue tan grande, que Aurelio y yo tardamos meses en volver a orientarnos.

Mi cama se la mandaron a mi primo Ariel (el hijo pequeño de mi tía Titita, que vive en San Juan de los Yeras) y a mí me pusieron el juego de cuarto que era de Nellina. Pude llenar las gavetas de las mesas de noche con mis cosas. Por primera vez tenía un espacio para mí solo.

En la saleta, donde antes estaba el piano, pusieron un aparador con el espejo más grande que yo había visto en mi vida. Estaba lleno de copas, juegos de cubiertos, manteles, servilletas y una vajilla de porcelana que solo se usaría en comidas muy importantes. Frente al aparador, la mesa de cristal con sus doce sillas.

Cuatro hojas de helechos arborescentes, talladas en madera preciosa y laqueadas en blanco, salían de un único tronco para sostener el enorme cristal de una pulgada de ancho. En el centro, dos gigantescos caballos de porcelana, parados en dos patas, luchaban. Uno mordía la crin del otro.

—Esta mesa no se toca —me advirtió Atlántida—. No quiero ver ni un solo dedo marcado en el cristal, ¡ni uno solo!

La vitrina, el aparador y la mesa del antiguo juego de comedor ahora eran de diario. La mesa de diario con sus taburetes fue a dar a la cocina. Allí acabó también el radio Westinghouse de Aurelio, quién ahora oiría la Voz de América frente a Atlántida, con el oído pegado a la bocina.

Mi abuelo escuchaba las noticias en un volumen tan bajo, que podía oírse a la leche hirviendo y al café colándose. Luego Aurelio le hacía un resumen de todo a Atlántida en el desayuno. Cuando decía “aquella gente”, se refería al gobierno de Estados Unidos y cuando decía “esta gente” al de Cuba.

Marita, Miriam y Yolanda me pidieron que les enseñara la mesa de cristal. Atlántida se sorprendió cuando llegué a la casa con mis compañeras de aula. Siempre atenta a que ninguna de las tres tocara el cristal, también les enseñó fotos de Nellina y les contó la vida de su hermana hasta acabar enternecida en llanto.

En una bandeja de plata que vino en una de las cajas, puso cuatro vasos de jugo de mango y unas galleticas dulces de las que dan en el tren de La Habana. Mi abuelo también vino de la oficina a saludarlas. “¿Y cómo se porta el niño en el colegio?”, les pregunto.

Aunque ya la palabra colegio no se usa, Aurelio se niega a decir escuela. Como tampoco dice matemáticas sino aritmética. Él multiplica de una forma diferente a la que nos enseñó el maestro Gustavo y cuando me ve haciendo la tarea se molesta. “Ni a multiplicar saben enseñar esta gente”, refunfuña.

Casi todo el pueblo vino a ver la mesa de cristal, menos Basilia. Me pasé semanas muy atento para salir al andén justo en el momento en que ella estaba pasando. Pero nunca me dijo nada. Algunas veces me saludaba con una sonrisa y otras me hacía sentir como el hombre invisible.

Al fondo, en el centro de la saleta, alumbrada por un cono de luz del sol de la mañana, resplandece la mesa de cristal. Muchos dicen que es el mueble más lindo que han visto en sus vidas. Para Aurelio y para mí, en cambio, se ha convertido en un problema.

Él ahora tiene que escuchar el radio Westinghouse entre todos los ruidos de la cocina y pegar bien el oído para entender las noticias en la Voz de Américas. Yo ya he decidido pasar por la saleta con los brazos cruzados. Porque al más mínimo descuido, Atlántida me sorprende poniéndole la mano encima al cristal.

—Te he dicho mil veces que esa mesa no se toca —me advirte—. No quiero volver a ver ni un solo dedo marcado en el cristal, ¡ni uno solo!