10 marzo 2021

ÁNGEL SANTIESTEBAN-PRATS: “Creo que ya hice todo lo que tenía que hacer en esta vida”


Mi madre y la suya fueron grandes amigas de la infancia en el San Fernando de Camarones de los años cincuenta. A nosotros nos presentó la literatura 40 años después y en cuestión de días ya nos queríamos como hermanos. Nuestras complicidades pueden señalarse a lo largo de todo el mapa de Cuba.
Algunas incluyen persecuciones, como una noche de tormenta en un hotel de Nueva Gerona. El agente insistía en mostrarnos las pruebas. “No conocemos a esas muchachas, ni él ni yo hemos estado en esa habitación”, repetía una y otra vez Angelito sin poder levantar la vista para no soltar una carcajada.
Aunque en los últimos 20 años apenas nos hemos reencontrado dos veces, siempre retomamos nuestra hermandad justo en el punto donde la habíamos dejado. Cuando supo que mi madre había muerto, contactó de inmediato a los Odd Fellows de Cienfuegos.
—Mi herma, si decides traer a nuestra madrecita para Cuba, ya puedes enterrarla junto a tus abuelos —me dijo ese mismo día. Ese es Ángel Santiesteban, alguien al que no se le escapa ni el más mínimo detalle y que siempre está ahí, con su ingenio, su abrazo de oso y su cariño incondicional.

 

Eras uno de los escritores más premiados de mi generación cuando decidiste pronunciarte en voz alta contra la dictadura. ¿Cuál fue la gota que colmó el vaso? ¿Qué consecuencias inmediatas tuvo en tu relación con las instituciones culturales y tus amigos que ocupaban altos cargos en ellas?

De verdad disfrutaba mi vida como escritor. Aunque nunca trabajé en ninguna institución ni conformé una delegación oficial y no era de los aupados, debido a los temas que abordaba en mis libros que siempre resultaban incómodos, viajé por todas las provincias y a varios países a presentar mis obras y como invitado a ferias del libro. 

Recuerdo que, aunque no me expresaba públicamente sobre política, en el 2002, en la Feria del Libro de Guadalajara, recorrimos escuelas y universidades. Nos guiaban grupos de “amigos de Cuba”, que en realidad son aliados de la dictadura. Cuando preguntaban sobre Cuba, muchos preferían no responder o mentir, pero yo prefería ser honesto. “A veces decir la verdad te hace cómplice del imperialismo”, me dijo Iroel Sánchez, en ese entonces presidente del Instituto del Libro. 

Después de aquella experiencia, los aduladores de la dictadura que coordinaban las actividades de la Feria no contaron más conmigo. Yo les ponía malo el negocio, porque todos esos militantes de la izquierda latinoamericana lucran con su “solidaridad” con Cuba, beneficiándose de becas para sus hijos, atenciones médicas gratuitas o vacaciones en la isla. 

Algunos dijeron que yo estaba loco, pues era un “privilegiado”. Viajaba, recibía premios, publicaba libros… pero llega un punto que uno no puede más con el asco que siente consigo mismo. Ese silencio cómplice no me permitía vivir en paz con los jóvenes que fusilaron por intentar llegar a Estados Unidos o con las farsas electorales que el régimen convoca y en las que teníamos que votar todos. 

Decidí revelarme ante todo aquello y puse un cartel en mi casa y lo subí a internet: “En esta casa no se vota. Nosotros botamos”. De inmediato Abel Prieto me mandó a buscar a la UNEAC, de la cual era su Presidente, para decirme que la Seguridad del Estado se estaba halando los pelos con mi actitud. 

Luego, en 2008, decidí crear un blog. Ya eso fue como quemar las naves. De hecho, el blog lo creé en tu casa, durante un viaje mío a Santo Domingo, desde tu computadora. A partir de ese momento me convertí en un mercenario, en un perseguido, “indigno de vivir dentro de la revolución”. Pasé a engrosar la lista negra de las instituciones culturales. Nadie podía invitarme a nada ni dejarme participar en ningún evento. La mayoría de los amigos me salieron huyendo, hasta los que visitaban mi casa a diario. 

Eduardo Heras León y Francisco López Sacha me advirtieron que pronto la policía política “comenzaría a enseñarme los instrumentos”. Recuerdo que me pidieron que sacara Los hijos que nadie quiso, mi blog, de Cubaencuentro. Les dije que no y a partir de ese día no me visitaron más. 

Tampoco aquellos que no ocupaban cargos volvieron a visitarme porque simplemente tenían miedo. Como soy muy sociable, era amigo o conocía a muchísimos escritores de Cuba y, por ende, sabía lo que realmente piensan (muchos se expresaban en privado de una manera aún más crítica que la mía). Pero la inmensa mayoría decidieron evitarme.

Recuerdo una noche que salí de una fiesta en la casa de la escritora Milene Fernández con Laydi Fernández de Juan, la hija de Retamar, y su esposo. Mi pareja en ese momento y yo nos quedamos sorprendidos de la manera en que Laydi se expresaba, bajo los efectos del alcohol, del régimen. A diferencia de ella, soy abstemio, siempre estoy consciente de mis desinhibiciones.

 

¿Cómo fueron tus años en la cárcel, cómo se relacionaban los presos comunes contigo? ¿Cómo hacía para sobrellevar el encierro alguien como tú, que tienes una constante necesidad de sentirte libre?

Si te digo que fueron terribles te engañaría. Aunque estaba privado de mi libertad, lo cual siempre es doloroso, me sentía útil. Donde quiera que me ubicaban, los guardias no podían cometer abusos. Los presos comunes se sentían agradecidos por mi presencia, porque de inmediato les mejoraban la comida y les comenzaban a pagar los sueldos por su trabajo para evitar mis denuncias de “mano de obra esclava”. 

Los presos, a su vez, me protegían. Sentía su admiración. Aun cuando algunos de ellos se prestaron para hacerle el juego a los militares, siempre encontraron una respuesta que decidían no volver a acercarse. Me refugié en la lectura y la escritura. Me levantaba a las 9 de la mañana y estaba trabajando (escribía a mano) hasta las 10 de la noche, cuando apagaban la luz. A veces llegué a irme para un salón que había a la entrada del baño para seguir escribiendo o leyendo. 

Para poder soportar el encierro, lo asumí como un sabático. En la calle jamás he tenido ese tiempo para crear. Puedo asegurarte que, a pesar de estar preso, me sentía más libre que muchos artistas que conozco y que jamás dicen lo que piensan.  

 

¿Cómo es la vida de un cubano que vive dentro de Cuba y manifiesta públicamente su oposición al régimen? 

Es terrible. Te sientes vigilado constantemente. Tienes que multiplicar las precauciones porque no sabes qué nuevo delito va a fabricarte la policía política. A veces venden algo en bolsa negra y decides no comprarlo, por mucho que te haga falta, porque puede ser un enviado de ellos para sorprenderte y devolverte a la cárcel. 

La inseguridad te enferma. Cada dos o tres días sueño que estoy preso… ¡Es tan fácil ir preso en Cuba! Una vez que cruzas la línea roja, comienzas a sentir el aire enrarecido, ya el oxígeno no es el mismo. Te traumatiza después que encuentras a los represores esperándote en la escalera de tu casa. A partir de ese momento, cada vez que salgas y entres a tu casa, los vas a encontrar en el mismo lugar.

Cuando un policía se te acerca o un auto patrullero se detiene a tu lado, te pones en alerta porque pueden venir por ti. Sucede igual con los autos típicos que usa la Seguridad del Estado. Siempre estás asustado, preparado para algo que puede cambiar el rumbo de tus planes más inmediatos. Eso te obliga a tener siempre un plan B. 

También es cierto que para mí hay “cierta protección”, al menos mediática, por ser escritor con algunos libros y premios, pero para aquellos que comienzan desde el anonimato es terrible. Gran parte de ellos pasan a engrosar la fila de “presos comunes”, porque el régimen no les otorga el estatus de preso político, y se pierden en lejanas y abusivas prisiones, sin que el mundo, ni los propios opositores se enteren que alguien tomó una actitud con el sistema. 

Es muy difícil ser opositor en Cuba, porque la maquinaria represiva es de una crueldad sin límites y hacen lo que tengan que hacer para tratar de que no vuelvas a levantar la voz contra de ellos. 

 

Actualmente ocupas un alto cargo en la masonería. ¿Cómo te hiciste masón? ¿Cómo ha logrado sobrevivir esa hermandad en la Cuba totalitaria?

He sido en dos ocasiones Gran Decano de la Meritísima Asociación de Veteranos Masones en Cuba. Es un cargo de mucho prestigio para los masones. Fui iniciado en la fraternidad hace 34 años. Comencé a los 21 (la edad en la que se permite ser masón), allá por el lejano 1987, pero desde dos años antes ya estaba cooperando con mi logia, mientras esperaba por la admisión. 

Siempre fue una ilusión de mi madre que fuera masón. Ella me inculcó ese camino, como creo que también soy escritor porque era lo que ella deseaba para mí. Recuerdo que una vez reunimos a tu madre y la mía y comenzaron a recordar su infancia. Eran amigas desde la niñez, pues tu familia y la mía venían de España y los domingos se reunían allá, en San Fernando de Camarones. Mientras los adultos conversaban, ellas, tu mamá, mi madre y sus hermanas, se iban a jugar en los portales. 

Siempre será un misterio cómo nos quisimos tan rápido. Desde el momento en que nos conocimos fuimos inseparables. Y entonces recordé que en los años que viví en Cruces, los viernes me iba para casa de mi hermano en Cumanayagua y, cuando el tren se detenía en la estación del Paradero de Camarones, allí en el andén, veía a un niño jugando, la mayoría de las veces solo. Te vi varias veces, también cuando regresaba los domingos. Luego de jóvenes supe que eras tú. 

En cuanto a la masonería, recién me han otorgado el más alto honor que puede aspirar un masón, que es el grado 33º efectivo de la masonería escocesa. Me siento muy orgulloso, sobre todo porque creo que la mayoría de mis hermanos me creen útil, que es a lo que yo aspiro, a servirle a la institución como he hecho durante más de tres décadas. 

La masonería en Cuba ha logrado subsistir porque se ha adaptado a los tiempos que le tocaron vivir. Se ha encerrado dentro de sus templos y ha olvidado todo pronunciamiento social, justificándolo con los preceptos y legislaciones internas. 

Criticable o no, ha sobrevivido, que es su primera premisa. 

A mis hermanos, sobre todo a los que ya no están físicamente entre nosotros, les debo la armonía de mi comienzo en la hermandad, tanto así, que aún hoy percibo esa concordia como el primer día. Ellos me indicaron el camino del esfuerzo, así como los conocimientos filosóficos que vas adquiriendo con las lecturas, los grados y los años.  

 

¿Por qué insistes en vivir en Cuba, qué te ata a un país que se ha convertido en una jaula para ti?

Creo que una de esas cosas que ata mi permanencia en Cuba es justamente la masonería. Aunque en la mayoría de los países existe la fraternidad, creo que siempre seré más útil desde Cuba. Me siento demasiado extranjero cuando salgo. Tú has logrado llevarte contigo a un Paradero de Camarones imaginario, que mantienes vivo. Yo necesito abrir los ojos y ver a La Habana o saber que puedo volver a ella en cuanto quiera.

Necesito a Cuba para vivir. ¿Recuerdas aquel viaje que hicimos por el interior de Matanzas y Cienfuegos? Éramos jurados en un concurso literario en Colón, nos despertamos y salimos por el Circuito Sur en mi camioneta. Me obligaste a parar en las estaciones de trenes de Guareiras, Calimete, Amarillas… Luego fuimos a Santa Isabel de las Lajas a la tumba del Beny. Necesito tener esa posibilidad siempre a mano. 

Aquí están los huesos de mis familiares, no tengo por qué dejarlos. Aquí nací, no entiendo que una dictadura me obligue a abandonar mi país. Sé que aquí voy a morir y no me importa cuál sea el precio para no abandonar esta isla. Creo que ya hice todo lo que tenía que hacer en esta vida. Solo me queda repetirme, lo que hago con mucho gusto y ahínco. 

Me encanta crear, sabes que en mí eso es un vicio incorregible. He sido muy amado por los que me han rodeado. Estoy convencido de que la vida me ha dado más alegrías de las que merezco y por ello solo quiero que mi epitafio diga: Aquí yace Ángel Santiesteban-Prats, un escritor que se enfrentó a la dictadura de su tiempo”. Si me gano ese recuerdo, seré más que bien pagado.

08 marzo 2021

Tatuajes


(Fragmento de la novela Atlántida)

Los tatuajes se han puesto de moda. Aunque los nuestros no duran para siempre, como los que se hacen los presidarios de las películas. Primero producen una leve picazón, luego un ardor insoportable y por último una hinchazón que dura más de una semana. Al final, y solo por unos pocos días, queda el escrito legible.
En la cerca del potrero de Felo López hay una mata de guao. En la clase de biología alguien le preguntó al maestro Gustavo y nos dijo que su nombre científico era Comocladia dentata Jacq. “Aunque se le considera un arbusto —nos dijo—, puede alcanzar hasta 15 metros de altura”. 
Después de describirnos sus ramas y flores, nos advirtió que nunca nos acercáramos a ella. “Su savia es altamente cáustica para la piel y las muchosas”, nos advirtió. Tito Migoyo preguntó que quería decir eso, pero el maestro prefirió no responderle. “¡No te hagas el bobo!”, fue lo único que le dijo.
—Tú también te vas a tatuar, ¿verdad? —Me preguntó el Chiqui.
—No sé —dije lleno de miedo.
—¡Ahora no te puedes rajar!
Carlos Guedes fue el primero en quitarse la camisa. Pidió que le escribieran el nombre de su madre. “¿Pascuala o Pascualita?”, preguntó Diego, que está aprendiendo carpintería con su padre y gracias a eso tiene mejor pulso que nosotros. La leche del guao fue grabando letra a letra en el hombro de Carlos.
Luego el Chiqui pidió que a él también le pusieran el nombre de su madre y un surco rojo se fue abriendo en su brazo hasta que pudimos leer “Barbarita”. Carlos y el Chiqui eran, después de Yayo Pis, dos de los varones más valientes del aula. Aun así, apenas podía aguantar el dolor.
—Mi abuela me va a castigar si descubre el tatuaje —dije para tratar de librarme.
—¡De eso nada! —dijo el Chiqui—. ¡Quítate la camisa!
—¿Qué te pongo? —Preguntó Diego.
—No sé.
—Ponle el nombre de su abuela —sugirió Carlos.
—Es muy largo, no sé cómo se escribe —dijo Diego encogiéndose de hombros.
—Mejor no me hago nada…
—¡Jum! —Dijo el Chiqui.
—¡Jum! —Dijo Diego.
—¿Qué te pongo? —Insistió Diego.
—¡Basilia! —dije de pronto.
Se rieron a carcajadas. Entre Carlos y el Chiqui me sujetaron el brazo. Diego, además del nombre, dibujó dos corazones atravesados por una fecha. Cuando nos despedimos en la punta del andén, todavía se burlaban de mí. Hasta el aire me quemaba, pero nunca antes me había sentido con tanto valor.
Siempre tuve deseos de hacerme un tatuaje para parecerme a los marinos que salen en las películas. Como Queequeg, el arponero polinesio del Pequod, a quien no le cabía un tatuaje más en el cuerpo. ¿Le habrían dolido tanto sus tatuajes como a mí me dolía el nombre de la mujer más linda del Paradero de Camarones? 
A los pocos días se me borró. Ni Atlántida ni Basilia llegaron a enterarse nunca, pero por mucho tiempo tuve un raro reflejo. Cada vez que me paraba delante de ellas, me cubría con la mano el lugar donde estuvo el tatuaje. Ahora no sé si era por miedo o vergüenza a que descubrieran los dos corazones atravesados con una flecha. 

La bola de fuego


(Fragmento de la novela Atlántida)

Felo López había salido al patio de su casa a llenar una vasija de agua cuando oyó un ruido ensordecedor. Dejó de bombear para escuchar bien. “Eso no puede ser una locomotora”, se dijo. Primero la vio reflejada en el fondo de la vasija. Luego, al levantar la vista, la vio alumbrando el cielo en dirección a Malezas. 
Carmen, su mujer, salió corriendo con un farol. Aunque había luna llena, levantó la pequeña llama hasta la altura de sus ojos para que le ayudara a ver mejor. Después de persignarse, fue hasta el pozo y tomó a Felo de la mano. Aunque su marido ya estaba viejo y sin fuerzas, eso la hacía sentir segura.
Efraín Monzoña, como todos los días a esa hora, tenía medio cuerpo afuera de la pequeña ventana que tiene el cine Justo en lo alto. Los carbonos de los proyectores producen tanto calor, que el proyeccionista tiene que sacar la cabeza para refrescarse. Él al principio pensó que aquel estruendo era de la película.
Pero al ver pasar la bola de fuego, abrió los brazos desconcertado. No atinó a decir nada. Se mantuvo inmóvil, como pasa cuando los rollos se traban y el cuadro se queda fijo en la pantalla hasta que empieza a quemarse. “¡Efraín, lámpara!”, oyó a Chena gritar. Al darse la vuelta, se perdió la explosión.
El Bizco, un testigo de Jehová que vive en La Chirigota, pensó de inmediato en el fin del mundo. “Yo siempre les dije que esta vez la cosa venía con candela —le dijo su mujer con orgullo—, ¡y míralo ahí!”. “¿Tú crees que nos salvemos? —Preguntó la Bizca aterrorizada—. ¿Tú crees que iremos al paraíso?”.  
Yuyo Serralvo, que andaba en una de sus rondas de un extremo al otro del pueblo, cargó su vieja carabina San Cristóbal y apuntó al cielo. “¿Serán los americanos?”, se preguntó mientras mantenía el fusil en alto. Pero después de la explosión no se oyó nada más. Era improbable que fuera un ataque del enemigo.
Al otro día la zona amaneció llena de soldados. Un avión militar no había podido llegar al aeropuerto de Cienfuegos y se estrelló en un cañaveral de Malezas. Una ambulancia pasó con los cadáveres. El piloto alejó lo más que pudo al aparto incendiado los pueblos y al final no les dio tiempo a catapultarse.
Los que fueron al lugar del accidente dicen que dejó un cráter enorme. Ahora, cada vez anochece, Felo López revisa al cielo de punta a cabo. Dice que no quiere que otra bola de fuego lo sorprenda. Lo mismo le sucede a Efraín cuando tiene medio cuerpo afuera de la pequeña ventana del cine Justo.
En el pueblo ha habido unas discusiones tremendas por el modelo del avión. Unos dicen que fue un Mig 15, otros un Mig 17 y algunos están convencido de que fue Mig 21. El Bizco, en cambio, sigue sin creer que fue un accidente. “Yo siempre les dije que esta vez la cosa venía con candela”, repite. 
Entonces la Bizca, todavía muy asustada, pregunta por su salvación. “¿Tú crees que iremos al paraíso?”, dice con un ojo apuntando para su marido y el otro para lo más alto.  

07 marzo 2021

El lugar de nuestros libros


En cada accidente de mi vida tuve que dejar muchos libros atrás. Siempre que pienso en esos tropiezos y caídas, lo que más lamento son los libros que perdí en ellos. Aunque ya uno puede llevar todos sus libros dentro del teléfono, soy un hombre del siglo pasado. Necesito tocar, oler y cuidar de las cosas que amo.
 
He olvidado las razones por las que perdí a los amores que tuve en el pasado, pero no consigo olvidar los libros que extravié con ellos. Sé perfectamente dónde se quedó mi primer Paradiso, aquel Teatro completo de Virgilio Piñera o el Atlas de Cuba donde el país aún aparecía intacto, lejos del alcance de las ruinas.
Convencido de que ahora serán mis libros quienes tendrán que sobrevivirme, construyo un refugio para ellos. Nuestra cabaña en la Loma de Thorea por fin llega a su etapa final. Ya estamos levantando la “habitación de la vejez” (a nivel de la sala y la cocina) y el refugio definitivo para los libros de los que nunca nos separaremos.
Arriba estará la cama, donde nos abrazamos, entrelazamos las piernas y roncamos. Abajo, una mesa junto a la otra, el lugar de nuestros libros. No son incunables ni ediciones valisosas, sino las obras y los autores que le dieron sentido a nuestras vidas. 
Aunque se puedan llevar en el teléfono, insistimos en tenerlos con nosotros. Somos del siglo pasado. Necesitamos tocar, oler, cuidar de las cosas que amamos.

Compota de manzanas


(Fragmento de la novela Atlántida)

En el punto más oscuro del callejón que pasa por detrás de las casas de los Monzoña, los borrachos del Paradero de Camarones se reúnen a beber compota de manzana. Así le llaman al aguardiente clandestino que compran en los frascos donde viene, desde la URSS, ese alimento para niños.

Lo destila Fico, el esposo de la Negra. Cuando los trenes de miel de purga vuelven vacíos del puerto de Cienfuegos, él se mete debajo de los tanques con una palangana y saca todo lo que puede. Después de fermentar la melaza con levadura, la destila en un rudimentario alambique de cobre.

Fico no es el único que hace aguardiente clandestino en el pueblo, pero nadie logra uno tan puro como él. Por eso al suyo le llaman compota de manzanas y a los otros calambuco o chispa de tren. Por 25 centavos, Fico sirve un frasco lleno hasta arriba.

—Mira cómo brilla eso —dice poniendo el líquido a trasluz—. Esto es compota pura.

Los borrachos se sientan en círculo y apenas hablan. Los envuelve el humo de la basura que arde al final de los patios, junto al apartadero donde se detienen los trenes de carga. Con los ojos entrecerrados, parecen soldados después de una batalla en la que murieron la mayoría de sus compañeros.

Aunque Atlántida me había prohibido cortar camino por el callejón de los Monzoña, a veces atravesaba por ahí cuando volvía de buscar el pan en la tienda de Chena. Pero me dio tanta pena encontrarme con ellos, que tomé la decisión de dar la vuelta por la esquina siempre. Bajé la cabeza y salí corriendo.

—Cuando un hombre empieza a tomar eso —oí que le dijo Chena a mi abuelo—, es que ya está perdido.

Cada cierto tiempo, la policía destruye todos los alambiques del pueblo y tira a la cañada el calambuco que decomisa. Pero dicen que Fico está emparentado con Meneses y que por eso a él nunca le pasa nada. La compota de manzana jamás le falta al círculo de hombres que se arma en el callejón cada tarde.

Aquel día yo me había comprado una revista Unión Soviética para forrar el nuevo Atlas Universal que nos entregaron en la escuela. Las revistas soviéticas son la únicas con páginas en colores que llegan al pueblo. Aunque casi nadie las lee, se acaban enseguida. Todos forramos los libros y las libretas con ellas.

En la portada aparecía una cosmonauta. De su espalda colgaba algo que parecía un paracaídas. Detrás del cristal de su casco, ella miraba a la cámara y sonreía. Me entretuve tanto hojeando la revista que tropecé. Cuando levanté la vista, allí estaban ellos dos, con los ojos entrecerrados y envueltos por el humo de la basura.

El Ruso, que cada vez está más flaco, tenía una rara sonrisa. A Gustavo el maestro no se le quitaba una rara mueca de la cara, como si la compota de manzana le hubiera provocado una parálisis. De tras de ellos, la Negra enjuagaba los frascos vacíos en el pozo y Fico miraba el líquido a trasluz.

—Mira cómo brilla eso —se decía a sí mismo—. Esto es compota pura.

Un largo tren de carga estaba detenido en el apartadero. Encima de que desobedecí a Atlántida al cortar camino por el callejón de los Monzoña, me subí a una tolva para poder pasar. Si mi abuela me sorprendía, ni Aurelio hubiera podido librarme de un mes de castigo.

Después de efectuarse el cruce con otro tolvero, el tren de carga empezó a moverse lentamente. El indicador de cola del caboose se fue haciendo más pequeño hasta desaparecer. Entonces todo fue cubierto otra vez por el humo de la basura que arde al final de los patios.

Allí, en el medio de aquella oscuridad que crecía cada vez más, estaban el Ruso y el maestro Gustavo con los ojos entrecerrados, como dos soldados después de una batalla en la que cayeron la mayoría de sus compañeros.

05 marzo 2021

Cuba, el país que se niega a vivir


Una de las mejores definiciones de la Cuba actual que he leído fue del cineasta Juan Carlos Cremata. Alguién en Facebook compartió la noticia de que el régimen había vuelto a la lista de países que patrocinan el terrorismo. “Primero tiene que volver a la lista de países”, sentenció Cremata.
En los años 60 del siglo pasado, Juan Bosch se quejaba de lo atrasada que estaba la sociedad dominicana respecto a la cubana. Para demostrarlo, comparaba a Santo Domingo con La Habana. Leí esa analogía de Bosch justo en los días en que empezaba mi exilio y me asustó. ¿Dónde te has metido?, me dije a mí mismo.
Pero los dominicanos, día a día, me fueron convenciendo de que había tomado la decisión correcta. Cada año que he estado aquí, desde el 2000 hasta hoy, este país ha dado un paso hacia delante. En 2020, después de 16 años del PLD en el poder (partido fundado por Bosch, dicho sea de paso), la mayoría se movilizó.
Hastiados de la corrupción de los gobiernos de Leonel Fernández y Danilo Medina, se lanzaron a las calles y a las redes a promover un cambio. Lo lograron de la manera más democrática: en las urnas. Un amigo cubano que nos visitó, se sorprendía de que hasta los dominicanos más humildes siempre andan con camisas.
Cuando viajábamos al Cibao, se admiraba de que todas las casas estuvieran pintadas, de que hubiera comida en todas partes y de la cara de felicidad de la gente. “La alegría de los dominicanos me produce una gran tristeza —confesó al final—, porque pienso que aquello sería como esto”.
Entonces le comenté que no reconozco a mi país en las imágenes de la Cuba actual. Ni siquiera el acento de la gente me recuerda al mío. En los 20 años que he estado fuera, al revés de la dominicana, la sociedad cubana no ha dejado de marchar hacia atrás hasta llegar a un nivel de depauperación que indigna.
Los ancianos que se aferran al poder en Cuba han hecho del país un lugar tan agotado, conservador y obsoleto como ellos mismos. Por eso es cada vez más ridículo que le sigan llamando revolución a un estado que, diciéndose de izquierda, es incapaz de aprobar ni siquiera el matrimonio igualitario.
El hecho de que el éxito de la canción “Patria y vida” fuera asumido como un problema de estado y que se vieran forzados a responder con ese adefesio de “Patria o muerte por la vida”, demuestra la decrepitud de un país insalvable que debe ser demolido y refundado.
Como bien dijo Cremata, la mayor prioridad de los cubanos que construirán el futuro de Cuba (algún día tendrá que llegar) es devolverla a la lista de países. Una vez allí, el gran reto es convencernos a nosotros mismos de que las calles y los campos no pueden ser solo para algunos sino de todos y para el bien de todos.