11 diciembre 2020

Feliz día, montañas

Viernes 11 de diciembre. Hoy debíamos volver a Santo Domingo, pero decidimos quedarnos hasta mañana. Como siempre, nos levantamos a las cinco. Cuando salí a saludar a los perros, comprobé que aún lloviznaba. La neblina era tan densa que apenas distinguía a Jack y Buck.
En la mañana traté de llegar al vivero en el buggie. Necesitamos más Philodendron Hope para debajo de la terraza (son muy resistentes a la falta de agua y luz), pero no pude pasar del pueblo. Compré en el mercado una lista que me hizo mi Cucha y volví con un aguacero torrencial pisándome los talones.
“¡Hoy es el Día Internacional de las Montañas!”, me dijo cuando llegué. En las montañas vive el 15% de la población mundial y se atesora el 50% de la diversidad biológica del planeta. La mitad de la humanidad se suple de agua dulce gracias a ellas. Es decir, que esa barrera que ellas suponen nos ha salvado.
He pasado toda mi vida entre dos islas y nunca he vivido a más de 24 kilómetros del mar (esa es la distancia que hay entre el Paradero de Camarones y Cienfuegos). Tengo 53 años y no creo que haya ido 53 veces a la playa. Siempre que lo he hecho, ha sido por iniciativa de otros.
En las montañas, sin embargo, siento lo mismo que debe sentir un lobo de mar en medio del océano. Al final de la tarde, exhaustos por un largo día de trabajo, Diana y yo nos sentamos frente a dos copas de vino. La neblina quiso que el momento fuera aún más especial y lo borró todo, salvo a nosotros.
Feliz día, montañas, gracias por permitirnos ser parte de ese 50% de la biodiversidad del mundo que vive por ustedes.

10 diciembre 2020

Nota informativa

Hace más de 24 horas que llueve sin parar en el Cibao. Hoy no le vimos la cara al sol. La neblina medió entre nosotros en todo momento. Aunque adelantamos algunos trabajos bajo techo, no fue mucho lo que avanzamos. Ahora solo nos quedan cinco días laborables. 
Esta jornada era clave, pero no nos damos por vencidos. Todavía creemos que podemos acabar antes de que Quintas del Bosque, el desarrollo inmobiliario donde está la Loma de Thoreau, ordene paralizar las obras de construcción hasta el 5 de enero.
Para colmo de complicaciones, mi Cucha me ha pedido que mueva tres lámparas en el comedor. Lo cual implica abrir hoyos en las vigas de madera, masillar, lijar y pintar de nuevo. Le propuse aplazar eso para enero, pero dijo que no con la cabeza y cambió de conversación. Eso quiere decir que no insista.
Ella tiene más confianza que yo en los guajiros del Paradero de Camarones. “Hagamos eso a primera hora de la mañana”, me dijo y se fue a disfrutar de sus azaleas, que con estas lluvias se han llenado de flores de un día para otro. “Estoy segura de que el viernes que viene todo estará listo”, recalcó.
Eso, traducido del idioma de Diana Sarlabous, quiere decir que no tengo alternativas. Continuaremos informando.

09 diciembre 2020

Stanley

Stanley no sabe quién es Tennessee Williams y no tiene ni la más remota idea de que, por las calles de Nueva Orleans, un personaje con su mismo nombre veía pasar a un tranvía llamado deseo. Stanley solo sabe que se llama igual que los martillos, niveles, escuadras y serruchos con los que trabaja.
Cuando mi padre murió, me enviaron desde Manicaragua un camión con sus pertenencias: el juego de cuarto que compró cuando se casó con mi madre, innumerables avíos de pesca, viejas revistas y dos cajas de herramientas. Casi todas eran Stanley y estaban impecablemente conservadas.
La inmensa mayoría de las herramientas que me he comprado en República Dominicana son Stanley. Cada vez que tomo un destornillador o desenfundo el taladro, pienso en mi padre y eso me hace feliz. Luego sigo sus rutinas, siempre los limpio cuidadosamente antes de guardarlos.
Hoy Stanley se fue cuando ya era de noche. Diana le pidió un último esfuerzo, para que dejara instalado el techo de la habitación que nos salió debajo de la cocina. Accedió con esa inefable amabilidad de los cibaeños. “Adió, doña, eso lo hago yo di una vé”, dijo y empezó a fijar la estructura.
Me encantaría contarle a Stanley de mi padre, del esmero con el que cuidaba de aquellas herramientas que tenían su mismo nombre. Eso me llevaría a Tennessee Williams y a Marlon Brando, gritándole a Stella en medio de la más dramática noche del teatro clásico norteamericano.
Pero al final solo se me ocurrió decirle que el martes celebraremos el final de la obra con un sancocho y Brugal Extra Viejo. Él, feliz, me dijo que “si Dió quiere, así será”. Cuando nos despedimos, me serví un ron sobre dos piedras de hielo y me puse a escribir las cosas que él desconoce. 
Esa es mi manera de agradecerle todo lo que sabe.

06 diciembre 2020

Pelos en el alambre

Los perros de Mario Dávalos y los míos pelean en la madrugada. Nunca se hacen daño, solo juegan a que libran encarnizadas batallas a través de las cercas. Una noche, sin embargo, sentí que todos estaban del mismo lado. Nunca supimos cómo los Dávalos habían entrado al territorio de los Venegas.
Luego, una tarde en que Diana y yo salimos a caminar por los senderos de Quintas del Bosque, Buck nos dio alcance. Buscamos en toda la cerca del frente, por donde suponíamos que se había escapado, y solo encontramos una pequeña brecha. “No fue por aquí, no”, nos advirtió Alito tajante.
Desconcertada, Diana le preguntó por qué estaba tan seguro. “No hay pelos en el alambre”, se limitó a responder. A pesar de que suelo confiar en su instinto de montero, esa vez le pedí que tapara el hoyo con un pedazo de malla. No puso objeciones, pero hizo el trabajo convencido de que era en vano.
—Todavía no hemos encontrado por donde se escapa Boss (así él llama a Buck) —me recordó ayer.
—No se ha vuelto a ir —alardeé.
—¡Bueh! —dijo mientras se encogía de hombros.
Hoy Diana y yo salimos a caminar otra vez y, al poco rato, Buck nos dio alcance. Volvimos a casa frustrados, pero decididos a encontrar la vía de escape. Diana se quedó adentro y yo salí silbando. No pudo resistir la tentación, corrió a la cerca del fondo y salto por un hoyo.
—¡Ya vi por donde es! —Me gritó Diana.
Al parecer fueron los perros de Mario, que en una de las peleas se lanzaron contra la cerca y abrieron un boquete. Alito tenía razón, el alambre estaba lleno de pelos. Ya sé lo que me va a decir mañana cuando le diga: “Adió, es que usted tiene que haceime caso”. Esas serán sus únicas palabras, antes de irse alicate en mano.

05 diciembre 2020

El sabor del casabe

La primera vez que probé el casabe no supe entender su sabor, el más sutil de todos los que se han producido en el Caribe. Los años noventa caían sobre Cuba con un peso que ningún cubano podría soportar. El derrumbe de un muro y la desaparición de un país nos dejaron en un total desamparo.
La madre de Bladimir Zamora, desde Bayamo, le había enviado una caja de comida que fuimos a buscar a la Estación Central. Cargamos con aquel embalaje atado con cabuyas por toda la calle Monserrate. Contenía arroz, frijoles (negros y colorados), harina de maíz, malanga y casabe. “¡Casabe!”, gritó el Bladi al descubrirlo.
No me supo a nada. En La Gaveta ya había probado por primera vez cosas tan “raras” para el Camilo Venegas de entonces como whisky, berberechos y pulpo al ajillo. Tanto el destilado como las conservas eran ayudas solidarias de Fidel Sendagorta (un diplomático español) que Bladi generosamente compartía.
En República Dominicana me volví a reencontrar con el casabe. De viaje por el Cibao, cuando laboraba como reportero para un diario, nos detuvimos en Monción para almorzar. Comimos cerdo asado sobre una torta de casabe. Recuerdo cada detalle la montaña que tenía enfrente cuando probé aquella delicia.
Como a Diana también le fascina el casabe, todas las semanas pongo al horno varias tortas con aceite de oliva y ajo. Solemos cenar eso con queso, embutidos y alguna fruta. Muchas veces, mientras horneo el casabe, me recuerdo en la calle Monserrate, cargando con aquella caja de víveres y sobrevivencia. 
El sabor del casabe, como muchos otros placeres, tuvieron que esperar por mí. En Cuba fui incapaz de entenderlos y de disfrutarlos. Ahora también me fascinan los berberechos y el pulpo al ajillo (¡o a la gallega!) ni se diga. El paladar, como el resto de los sentidos, necesita de libertades básicas para desarrollarse.

01 diciembre 2020

Las canciones que me salvaron

En el año 2000, cuando me quedé sin patria pero sin amo (para decirlo de la manera más simple posible), Andrés Calamaro me salvó incontables veces. Sus discos Honestidad brutal y El salmón no se bajaron nunca de mi carro.
Desde entonces no doy un paso sin tener una canción suya a mano. No existe otro músico (al menos en mi idioma) que me haya inspirado más en estos 20 años. Y no hablo de inspiración para escribir sino para vivir. 
Cuando era adolescente, Silvio Rodríguez fue eso mismo para mí. Pero de la manera más necia, él se encargó de traicionar cada cosa que inspiró (en mí y en muchos otros). No conozco un caso que me dé más pena. 
Calamaro, sin embargo, nunca se queda atrás, siempre se anticipa y, con una sagacidad desconcertante hasta para alguien que hace rock, se saca la respuesta correcta de la manga. Esta pequeña entrevista demuestra lo que digo.