10 abril 2018

Los hermanos Herrera

Los hermanos Herrera, como los Karamásov, libraron grandes luchas. Pero a diferencia de los personajes de Dostoievski, sus batallas no eran morales ni tenían ninguna relación con la fe, la duda, el juicio o la razón. Todos sus combates fueron librados en el campo de la necesidad y la supervivencia.
Pipo, Lalo, Cebollón y Dolores jamás se separaron. Los cuatro eran solterones y vivían junto a la carretera de San Fernando, a un costado del camino que llega hasta la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones. Hablaban altísimo, tanto, que oíamos sus conversaciones a más de 200 metros.
Se querían y se protegía muchísimo, pero tenía enormes discusiones que acababan en grandes peleas. Cuando eso ocurría, Dolores salía para el patio blandiendo una sábana blanca como si fuera una bandera.  “¡Paz, hermanos míos —gritaba desesperada— paz, hermanos míos!”.
Cebollón era el repartidor de periódicos. Caminaba todo el pueblo debajo de un enorme sombrero y atado a un jolongo que era casi de su mismo tamaño. Como mi abuelo se molestaba cuando el periódico se estrujaba, él se aseguraba de entregarle uno que estuviera intacto.
—¡Preeeeensa! —gritaba cuando se asomaba con el Granma por la ventana del andén. Luego, en voz muy baja, miraba a mi abuelo con decepción—. Lo mismo de siempre, Hilo, pero planchadito, planchadito.
Los hermanos Herrera vivían ajenos a las fechas y el tiempo. Pipo fue el único de ellos que llegó a tener un reloj, aunque nunca logró entenderlo. Por eso, cuando le preguntaban la hora, se limitaba a extender el brazo: “¡Mátate tú mismo ahí”, decía. Él y sus hermanos preferían guiarse por los pitazos de los ingenios.
—Dolores, ¿oíste a Hormiguero? —gritaba Lalo en las mañanas—. Ya son las 11, ¿a qué hora se almuerza en esta casa?
—Dolores, ¿oíste a Andreíta? —gritaba Lalo en las tardes—. Ya son las 5, ¿a qué hora se come en esta casa?
Se fueron uno detrás del otro. No eran los Karamásov, pero su muerte también dejó un vacío existencial enorme. Como los personajes de Dostoievski, cada uno de ellos jugaba un rol fundamental en el relato de nuestras vidas. Solo que no lo supimos hasta el día en que ya no estaban.
En 2011, cuando fui por última vez al Paradero de Camarones, pasé con Diana Sarlabous frente a la casa de los hermanos Herrera. Quise contarle de ellos, pero estaba tan abrumado por el peso del regreso que no sabía por dónde empezar. 
Hace poco mi tío Aramís me hizo el cuento de Pipo y su reloj. Fue entonces que le conté a Diana todo lo recordaba de ellos. Mi historia terminó de la misma manera que la acabo ahora, con Dolores parada en el medio del patio blandiendo una sábana blanca como si fuera una bandera.  
—“¡Paz, hermanos míos —grita desesperada— paz, hermanos míos!”.

07 abril 2018

Los borrachos del Paradero de Camarones nunca cantaron boleros

El último turno de clases siempre tuvo rancheras de fondo. Nuestra aula, en la escuela Conrado Benítez del Paradero de Camarones, quedaba justo frente del traganíquel del bar Arelita. A las cinco en punto mi tío Cuquito Yero tiraba los primeros cinco centavos y ponía “El hijo del pueblo”.
Como una mano en la cintura, como si llevara pistolas, y con un vaso de aguardiente en alto, como si fuera de tequila, cantaba hacia la calle: “Yo no tengo la desgracia/ de no ser hijo del pueblo./ Yo me cuento entre la gente/ que no tiene falsedad./ Mi destino es muy parejo, yo lo quiero como venga…”
Los borrachos del Paradero de Camarones nunca cantaron boleros, dirimían sus angustias entre rancheras y corridos. Por eso, cuando ponían viejas películas mexicanas, el Cine Justo se abarrotaba. Cada vez que salía José Alfredo Jiménez, todos gritaban a coro: “¡Miren a Cuquito Yero, miren a Cuquito Yero!”.
Con el bigote de Pedro Infante y la mirada de Jorge Negrete, mi tío se quedaba sin menudo frente a la vieja máquina de la RCA Victor. Cuando terminaba el último trago, cedía su puesto frente al traganíquel, se subía a su caballo blanco y se perdía en la oscuridad de los cañaverales.
“Camino de Guanajuato/ que pasas por tantos pueblos/ no pases por Salamanca/ que ahí me hiere el recuerdo./ Vete rodeando veredas,/ no pases porque me muero —iba cantando—…Allí nomás tras Lomita, se ve Dolores, Hidalgo./ Yo allí me quedo paisano,/ Allí es mi pueblo adorado.” 
Con la mano izquierda sujetaba con fuerza la rienda; con la derecha, señalaba hacia diferentes puntos, como si Guanajuato y Salamanca en verdad estuvieran a su alcance. Lo último que se oía de él era un grito y, ya como un eco, tres palabras: “¡No te rajes!”.
Todas las tardes se repetía la misma escena, debe ser por eso que ahora la recuerdo como si la hubiera visto en la pantalla del Cine Justo, en blanco y negro. Debe ser por eso, también, que cada vez oigo a José Alfredo Jiménez me parece que por su “Camino de Guanajuato” puedo llegar a mi Paradero de Camarones.

06 abril 2018

No es un país para escritores vivos


La Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) ha vuelto a usar a Martí para defender los intereses de la dictadura. “¡Con José Martí no se metan!”, concluye la organización en un comunicado donde apoya la censura del filme Quiero hacer una película (2018), ópera prima de Yimit Ramírez.
En un texto publicado recientemente por Diario de Cuba, Antonio José Ponte se refiere al uso de José Martí para justificar crímenes de Estado. La UNEAC lo hizo hasta en el infame 11 de abril de 2003, cuando el régimen fusiló a tres jóvenes sin el debido proceso y apenas 9 días después de haber sido encarcelados.
Lástima que la institución que ahora encabeza Miguel Barnet (quien también preside la Sociedad de Perros Chihuahua de Cuba) no defendiera a José Lezama Lima y a Virgilio Piñera de esa manera tan voluntariosa. Los dos más grandes escritores cubanos del siglo XX fueron censurados, aislados y repudiados sin que la UNEAC hiciera absolutamente nada.
Tampoco la UNEAC le salió al paso a los que se metían con otros grandes cubanos. Heberto Padilla, Reinaldo Arenas y Raúl Rivero, fueron encarcelados y vejados por la dictadura sin que los intelectuales que vivían dentro de la isla se pronunciaran públicamente en su defensa.
Lezama, Piñera, Padilla, Arenas y Rivero estaban vivos. Esa es quizás la razón más importante por la que la UNEAC se abstuvo de salir en su defensa. Martí, a diferencia de ellos, dice y hace lo que la dictadura quiere sin tener la oportunidad de pensar diferente ni poner en peligro la coartada oficial.  
Cuba, como ha demostrado la UNEAC desde su fundación hasta hoy, no es un país para escritores vivos. Para que la organización los defienda de manera incondicional e impida que se metan con ellos, deben seguir el ejemplo de Martí: asegurarse primero de estar muertos.

04 abril 2018

Los apicultores

Un enjambre de abejas se ha alojado en uno de los aleros de nuestra cabaña. La primera solución que nos ofrecieron fue fumigarlo. Pero eso nos pareció inaceptable. Estamos al tanto de la alarmante reducción que se ha producido en la población mundial de abejas. No podemos contribuir con ese mal.
Como cada vez disfrutamos más a nuestro bosque y nos encanta verlo lleno de abejas, mariposas y aves, acabamos tomamos la decisión que nos parecía más viable y —sobre todo— correcta. Gracias a un hecho fortuito, nos hemos convertido en apicultores.
Ya el panal está listo, lo acabo de pintar de “verde foresta”. Alito (nuestro hombre en la Loma de Thoreau) ya contactó a Darío, el campesino que más sabe de abejas en Arroyo Cercado, para que nos ayude con la mudanza. Tendremos que quitar parte del techo y algunas tablas, pero valdrá la pena el esfuerzo. 
¡Mañana nuestras abejas tendrán una nueva casa, alegre y bonita!

Prefiero equivocarme a morderme la lengua

A propósito de mi post “La cara de la opresión”, publicado en El Fogonero el pasado 2 de abril, un escritor dominicano me envió una pequeña nota. No revelo su nombre porque me lo pidió enfáticamente. “Tienes que entendernos, querido Camilo —escribió—, nosotros padecimos la dictadura de Balaguer”.
“Eso es justo lo que nos diferencia, querido _________, —le respondí—. Para poder afirmar que Fidel Castro era un dictador nunca me he visto en la necesidad de tener que simpatizar con el Balaguer dictador. Ser crítico con una dictadura de izquierda no me convierte en un hombre de derecha”.
Curiosamente, hace unos días, unos queridos amigos también se quejaron de mis ideas. “Cada vez nos resulta más difícil hablar contigo —me dijeron—, porque asumes posturas de ultra derecha”. Por más que insistí en que me aclararan cuáles eran esas posturas, no me supieron decir.
En América Latina, son pocos los intelectuales que se han atrevido a criticar frontalmente los horrores y los crímenes cometidos por la izquierda. Todavía son menos los que han sido de verdad consecuentes con sus ideas. La matanza de Tlatelolco es un buen ejemplo para ilustrar lo que digo. 
El 2 de octubre de 1968, cuando más de 300 estudiantes fueron masacrados en la Plaza de las Tres Culturas, muchos intelectuales de izquierda cobraban en la nómina del gobierno mexicano. Ninguno renunció a su puesto. De hecho, el único funcionario público que le envió una carta de renuncia al presidente Gustavo Díaz Ordaz, fue el embajador en la India. Era Octavio Paz.
Paz nunca lo pensó veces para declararle la guerra a las injusticias, sin importarle las consecuencias que eso tuviera. Cuando la inmensa mayoría de los intelectuales latinoamericanos babeaban de simpatías con la revolución cubana, él se levantó a condenar el caso Padilla, los campos de concentración y cada acción totalitaria del régimen.
Muchas veces he tenido que oír a escritores y artistas de mi país asegurando que a ellos no les interesa opinar de política, que todo lo que tienen que decir lo dicen a través de sus obras. Sin embargo, jamás pierden la oportunidad de protestar por las injusticias más remotas y, sobre todo, por las del gobierno de Estados Unidos.
“Lo importante no es vivir hacia el futuro ni nostálgico en el pasado, sino vivir intensamente en este instante”, dijo una vez Octavio Paz. Mi manera de vivir intensamente cada uno de mis instantes es dejando constancia de lo que pienso, aun cuando corra el riesgo de que me acusen de lo que no soy. 
Prefiero equivocarme a morderme la lengua.

02 abril 2018

La cara de la opresión

© Ilustración de Alen Lauzán.
En 1977, cuando el ómnibus escolar pasó a recogernos por el Paradero de Camarones, mi abuela Atlántida puso en mis manos la vieja cartera de Aurelio. “Ahí tienes un dinerito —me dijo—. Solo lo usas en caso de emergencia”. Eran cinco pesos. Para un muchacho de 11 años, que se separaba por primera vez de su familia, toda una fortuna.
Ya en la guagua, revisé la cartera. Además del dinero, había puesto un cartoncito con mis datos personales (escritos en la vieja Underwood de mi abuelo) y una estampita. Nací el 16 de julio, día de la Virgen de Carmen, en Manicaragua, un pueblo donde ella es la patrona. Para una beata como mi abuela, aquella imagen era todo un salvoconducto.
En la biblioteca de la Secundaria Básica en el Campo de El Nicho, recorté una foto del Che y la puse delante de la Virgen. Dos fines de semana después, cuando volví a casa, mi abuelo me miró con al peor de sus caras. Aunque era ateo, nunca me ocultó su desdén por los símbolos revolucionarios. “Hubiera preferido que dejaras la estampita de tu abuela”, masculló. 
He recordado todo eso leyendo a Antonio José Ponte en Diario de Cuba. En “Martí: los libros de una secta criminal”, el escritor cubano reconoce que es capaz de detectar en medio de una multitud a alguien con el Che en su ropa: “Evito a cualquiera que lleve el rostro de Guevara, por joven e ignorante e ingenuo que pretenda ser”, afirma.
No pocos en República Dominicana sienten una trasnochada simpatía por los símbolos de la revolución. Conozco a varios intelectuales que admiten en privado que Fidel Castro acabó convirtiéndose en un dictador y que arruinó a su país, pero cuando les ponen un micrófono delante se ahogan en un mar de reticencias respecto a Cuba.
Hace unos meses, Diana Sarlabous y yo cruzamos el Mississippi en tren. Emocionado, miraba por la ventanilla y recordaba los sonidos de Beyond the Missouri Sky, el disco de Charlie Haden y Pat Metheny que me acompaña a todas partes. Cuando volví al interior del vagón, di con un joven encapuchado que llevaba un enorme rostro del Che en el pecho.
Me revolvió el estómago, como me lo revuelven esos intelectuales dominicanos que hacen gárgaras con sus ideas para escupir un acomodado discursito de izquierda. En Saint Louis, como en Santo Domingo, miré para otra parte. Es lo que hago cada vez que doy con la cara de la opresión en llaveros, ceniceros, platos y los más inconcebibles y ridículos suvenires.
Yo tampoco soy religioso. Le debo eso, como muchísimas otras cosas, a mi abuelo Aurelio. Por eso, años después, le hice caso. Todavía llevo en mi cartera la estampita de la Virgen del Carmen que me regaló Atlántida.