20 febrero 2018

La incertidumbre como principio

El principio de incertidumbre fue enunciado por Werner Heisenberg en 1925. Mientras más preciso se trata de ser a la hora de determinar la posición de una partícula, menos se conoce su momento lineal y, por tanto, su masa y velocidad. Esa es la manera más sencilla de explicarlo.
La incertidumbre como principio, en cambio, fue instaurada por Fidel Castro en 1959 y aún sigue apoderada de Cuba. La incertidumbre, quiero decir. El dictador ya no está físicamente, aunque su poder simbólico pervive y ahora es una enorme piedra atravesada en el futuro de los cubanos.
A diferencia de lo planteado por Heisenberg, Fidel y su hermano Raúl han tenido el control de cada partícula bajo su dominio. Ahora mismo, los cubanos evitan que les pague en chavitos (pesos convertibles). Temen quedar en una situación aún más vulnerable si el régimen elimina esa moneda sin previo aviso.
La incertidumbre como principio es, probablemente, la gran diferencia entre la dictadura de Cuba y las que hubo en Argentina o Chile. Aunque los hermanos Castro mataron, reprimieron y desterraron, no tuvieron que llegar a los extremos de Videla o Pinochet. Cuando se anula a alguien, ya no hace falta desaparecerlo.
El dominio que han establecido sobre la vida cotidiana de la gente, esa cultura de la sobrevivencia que mantiene en vilo a las familias, apenas deja tiempo para pensar en otra cosa. Ese ha sido el mejor mecanismo de control, la más eficaz arma.
Nada angustia más a los cubanos que no saber lo que les depara el futuro. Aun cuando están convencidos de que ya no tienen futuro.

19 febrero 2018

Nos convencieron las luciérnagas

Desde que nos conocimos, Diana y yo soñábamos con tener un pedacito de tierra en una montaña. Apenas un mes después de habernos encontrado, recorrimos los territorios de Cuba que significaban algo para nosotros. Tanto en el Escambray como en la Sierra Maestra, nos prometimos hacer realidad ese sueño.
Primero adquirimos un terreno junto a una cañada, en Buenavista, a 550 metros sobre el nivel del mar. Lo reforestamos, encargamos el diseño de una cabaña y, justo la semana en que íbamos a empezar a construir, Diana me llamó con el tono de voz que ella pone cuando está llena de dudas.
—Quiero que veas una cabaña que están vendiendo —me dijo.
José Roberto Hernández, el artífice de Quintas del Bosque, nos esperó con jazz y la chimenea encendida. El solar también estaba junto a una cañada, pero dentro de una tupida vegetación. Aunque la casa no nos gustó tanto, el lugar sí. La decisión parecía tomada.
El siguiente fin de semana subimos junto a Marianela Boán y Alejandro Aguilar. Queríamos experimentar con ellos cómo sería la vida cotidiana en aquel espacio. La primera noche, José Roberto fue a saludarnos y brindamos con Brugal. Entonces, de una manera inexplicable, el vendedor le puso objeciones a su venta.
—Aunque ya parecen haber tomado la decisión —nos dijo—, quisiera enseñarles otros solares que se parecen más a lo que ustedes quieren.
Recorrimos varios lotes a la luz del Jeep. Hubo uno que me gustó mucho, pero Diana le encontró inconvenientes a todos. Al final del recorrido, llegamos a un punto donde la noche parecía aún más oscura que en el resto de la montaña. Estábamos ya a 940 metros sobre el nivel del mar.
Allá abajo, vistas a través de la neblina, las luces de Jarabacoa parecían una galaxia. Cuando nos bajamos del vehículo, una nube de luciérnagas se levantó justo delante de nosotros. Una semana después estábamos en la oficina del arquitecto Carlos Borrell y el ingeniero Carlos Franco con las curvas de nivel.
Por esos días me estaba releyendo Cartas a un buscador de sí mismo y le propuse a Diana el nombre de la Loma de Thoreau. Esta vez no lo dudamos ni por un segundo. Nos convencieron las luciérnagas.

17 febrero 2018

El día que las verdades de Solzhenitsyn lleguen a La Habana

Si Alexander Solzhenitsyn no hubiera escrito Archipiélago Gulag (1973), la izquierda mundial no se hubiera dado por enterada de los crímenes de Iósif Stalin. Fue ese libro, como advirtió hace poco Jordan B. Peterson, el que los dejó sin excusas y los obligó a replantearse su discurso.
“Después de Solzhenitsyn ni los más dogmáticos, ¡ni los intelectuales franceses!, pudieron seguir justificando el comunismo. ¿Qué hicieron entonces Derrida y los posmodernos? Una maniobra tramposa y brillante. Sustituyeron el foco del debate: de la lucha de clases a la lucha de identidades”, dice Peterson.
La semana pasada me compré un libro que reúne Ego y En el filo, los primeros dos relatos que publicó Solzhenitsyn después de su regreso a Rusia, en 1994. En el primero, aborda la Rebelión de Tambov, el mayor levantamiento campesino contra los bolcheviques.
En el segundo, relata la vida de Gueorgui Zhúkov, el genial estratega del Ejército Rojo que, antes de ganarle grandes batallas al ejército alemán en la Segunda Guerra Mundial, llegó a usar armas químicas para aplastar a los cooperativistas insurgentes de Tambov.
Terminé de leer el libro de Solzhenitsyn el mismo día que se conmemoraba el 45 aniversario del asesinato de Francisco Caamaño. En 1973, después de recibir entrenamiento en Cuba, la guerrilla de Caamaño desembarcó en República Dominicana. 13 días después fue derrotada, solo 3 hombres sobrevivieron.
Para referirse a la participación del coronel Caamaño en la masacre de Palma Sola, los comentaristas de un popular programa de radio citaron a Fidel Castro. Las palabras del dictador cubano sobre el militar dominicano les sirvieron para lavar sus culpas en la aniquilación de un movimiento mesiánico y popular.
Stalin, Zhúkov, Caamaño y Fidel. El azar quiso juntarlos delante de mí a través de un libro y de un largo trayecto escuchando la radio. Entonces volví a pensar en Solzhenitsyn y en la importancia de que existan obras como Archipiélago Gulap, Ego y En el filo, para documentan crímenes y desnudar dictadores.
Llegará el día en que las verdades de Solzhenitsyn lleguen a La Habana. Sus libros serán muy útiles para que las calles en Cuba dejen de ser, como reza en un cartel de la dictadura, exclusivamente de los “revolucionarios”. Es decir, de la represión, las excusas y las mentiras.

15 febrero 2018

Bistec del día anterior

Cuando era pequeño solo me comía el bistec si era del día anterior. Mi madre, después de intentarlo de todas las formas posibles, se dio por vencida. Me lo guardaba en una vieja cantina que había sido de mi abuelo, de la época en que trabajaba como jefe de estación relevante.
Eran tiempos de mucha escasez y, para que yo pudiera comer carne, mi padre corría el riesgo de ir a la cárcel. Se la compraba a matarifes clandestinos en las lomas del Escambray. La bajaba al pueblo escondida en la goma de repuesto de su viejo camión Dodge.
Entonces mis padres aún no se habían divorciado y vivíamos en Manicaragua. Para poder freírme el bistec, mi madre esperaba a que los vecinos estuvieran para el trabajo o dormidos. Luego lo calentaba con el mismo sigilo. “Qué trabajo me dabas, mijo”, solía reclamarme cada vez que contaba aquello.
Entonces yo tenía 4 años y ella 34. Ahora, que tengo 50 y ella 80, ha llegado el momento de que sea yo quien pase trabajo. Además de los achaques de la edad, tiene párkinson y demencia senil. A veces solo me reconoce a mí. Todos los días, a la hora del almuerzo, tengo que insistirle mucho para que se coma la carne.
Diana se fue de viaje hoy, por eso ayer hicimos una de nuestras comidas favoritas: congrí, bistec a la plancha y ensalada de tomates y aguacate. Como mi madre y yo estamos solos, se calentó lo que sobró de ayer. Cuando acabé de picarle el bistec, tal como me lo hacía ella, me miró feliz.
—Bistec del día anterior —me dijo—, ¡qué rico!
Aunque sé que sus recuerdos son mínimos y rara vez da con ellos, su frase me sonó a venganza, a una dulce y hermosísima venganza que primero me sacó una sonrisa y después —no les voy a mentir— las lágrimas.

13 febrero 2018

Viejos anuncios de Spam

Para Joseph Brodsky el sabor del Spam era muy parecido al de la poesía. Esas latas, lanzadas sobre Leningrado, le salvaron la vida a él y a su familia. “En el principio fue la carne enlatada. Para ser más precisos, en el principio fue la guerra”, así comienza uno de sus ensayos, en el que narra el asedio a su ciudad natal.
Mi abuelo tenía una colección de viejas National Geographic. Me las prestaba con la condición de que las cuidara tanto como él. Yo no las quería para leerlas, sino para ver los anuncios de trenes. Páginas y páginas a todo color con los grandes trenes de viajeros que atravesaban Estados Unidos en la era dorada del ferrocarril.
Algo más llamaba mi atención en aquellas revistas: los anuncios de Spam. Me imaginé tantas veces aquellos sabores que todavía aprovecho los fines de semana para complacer al niño que fui. A veces, cuando estamos en la Loma, hago huevos fritos y Spam en el desayuno.
“Si alguien sacó provecho de la guerra fuimos nosotros: sus niños”, dice Brodsky después de contar todos los juegos que se inventaba con las latas de Spam vacías. En el Paradero de Camarones de los años 70 no estábamos en guerra, pero las escaseces nos mantenían sitiados.
Por eso puedo entender lo que significaban para el poeta aquellas latas que lanzaban sobre Leningrado. El próximo sábado, a la hora del desayuno, el niño que fui se parará a mi lado. Tendrá la vista fija en el sartén, estará recordando los sabores que se imaginaba frente a una colección de viejas National Geographic.

12 febrero 2018

Una larga fila de locomotoras muertas

Hace solo 8 años Correos de Cuba emitió Trenes, una serie filatélica dedicada a los esfuerzos del régimen para revertir la paupérrima situación de los Ferrocarriles de Cuba. En el sello de 5 centavos aparece Fidel Castro, junto a su escolta, bajándose de una locomotora recién llegada al país.
En los sellos de 1.05 pesos y 10 centavos, se reproducen los dos modelos de locomotoras adquiridas en China. La DF7G-C y la DF7K-C, de 2.500 y 1.400 caballos de fuerza respectivamente. El resto de las estampas están dedicadas a nuevos vagones de carga.
En el sello de 15 centavos aparece un silo, en el de 65 una plancha y en el de 75 una casilla. En todos se especifica que los equipos son iraníes. La historia de Cuba también se puede contar a través del origen de las locomotoras y los vagones que han circulado por sus vías férreas.
Antes de 1959, el país solo contó con locomotoras y vagones procedentes de Inglaterra, Estados Unidos o Alemania. En 1964 llegaron las primeras locomotoras soviéticas. Luego, en 1969, arribó al puerto de La Habana un lote de 70 máquinas húngaras que Yugoslavia le había devuelto al CAME.
Unas casillas rumanas, recibidas para transportar azúcar en la zafra de los 10 millones, se convirtieron en los coches de pasajeros donde se movió el país durante la crisis de los 90. Cuando Fidel Castro en persona fue a recibir a las locomotoras chinas, reconoció que los ferrocarriles estaban a punto de colapsar.
Doce años después de aquel hecho, que mereció grandes titulares y frases triunfalistas, en la Estación Central hay una larga fila de locomotoras muertas. El trayecto que comenzó con una serie filatélica de seis sellos, termina en la carrilera número 1 de la terminal de carga.
Ese apartadero, como el resto de la geografía nacional, tiene un fracaso que contar. Esas locomotoras, como el país, acabaron en la inmovilidad. Sus viajes, como los de 11 millones de cubanos, fueron desviados hasta un punto en el que ya no hay salida.