13 febrero 2018

Viejos anuncios de Spam

Para Joseph Brodsky el sabor del Spam era muy parecido al de la poesía. Esas latas, lanzadas sobre Leningrado, le salvaron la vida a él y a su familia. “En el principio fue la carne enlatada. Para ser más precisos, en el principio fue la guerra”, así comienza uno de sus ensayos, en el que narra el asedio a su ciudad natal.
Mi abuelo tenía una colección de viejas National Geographic. Me las prestaba con la condición de que las cuidara tanto como él. Yo no las quería para leerlas, sino para ver los anuncios de trenes. Páginas y páginas a todo color con los grandes trenes de viajeros que atravesaban Estados Unidos en la era dorada del ferrocarril.
Algo más llamaba mi atención en aquellas revistas: los anuncios de Spam. Me imaginé tantas veces aquellos sabores que todavía aprovecho los fines de semana para complacer al niño que fui. A veces, cuando estamos en la Loma, hago huevos fritos y Spam en el desayuno.
“Si alguien sacó provecho de la guerra fuimos nosotros: sus niños”, dice Brodsky después de contar todos los juegos que se inventaba con las latas de Spam vacías. En el Paradero de Camarones de los años 70 no estábamos en guerra, pero las escaseces nos mantenían sitiados.
Por eso puedo entender lo que significaban para el poeta aquellas latas que lanzaban sobre Leningrado. El próximo sábado, a la hora del desayuno, el niño que fui se parará a mi lado. Tendrá la vista fija en el sartén, estará recordando los sabores que se imaginaba frente a una colección de viejas National Geographic.

12 febrero 2018

Una larga fila de locomotoras muertas

Hace solo 8 años Correos de Cuba emitió Trenes, una serie filatélica dedicada a los esfuerzos del régimen para revertir la paupérrima situación de los Ferrocarriles de Cuba. En el sello de 5 centavos aparece Fidel Castro, junto a su escolta, bajándose de una locomotora recién llegada al país.
En los sellos de 1.05 pesos y 10 centavos, se reproducen los dos modelos de locomotoras adquiridas en China. La DF7G-C y la DF7K-C, de 2.500 y 1.400 caballos de fuerza respectivamente. El resto de las estampas están dedicadas a nuevos vagones de carga.
En el sello de 15 centavos aparece un silo, en el de 65 una plancha y en el de 75 una casilla. En todos se especifica que los equipos son iraníes. La historia de Cuba también se puede contar a través del origen de las locomotoras y los vagones que han circulado por sus vías férreas.
Antes de 1959, el país solo contó con locomotoras y vagones procedentes de Inglaterra, Estados Unidos o Alemania. En 1964 llegaron las primeras locomotoras soviéticas. Luego, en 1969, arribó al puerto de La Habana un lote de 70 máquinas húngaras que Yugoslavia le había devuelto al CAME.
Unas casillas rumanas, recibidas para transportar azúcar en la zafra de los 10 millones, se convirtieron en los coches de pasajeros donde se movió el país durante la crisis de los 90. Cuando Fidel Castro en persona fue a recibir a las locomotoras chinas, reconoció que los ferrocarriles estaban a punto de colapsar.
Doce años después de aquel hecho, que mereció grandes titulares y frases triunfalistas, en la Estación Central hay una larga fila de locomotoras muertas. El trayecto que comenzó con una serie filatélica de seis sellos, termina en la carrilera número 1 de la terminal de carga.
Ese apartadero, como el resto de la geografía nacional, tiene un fracaso que contar. Esas locomotoras, como el país, acabaron en la inmovilidad. Sus viajes, como los de 11 millones de cubanos, fueron desviados hasta un punto en el que ya no hay salida.


11 febrero 2018

CAMILO VENEGAS: “Siempre acabo refugiándome en la soledad de las palabras”

Cuando El Fogonero cumplió 10 años, en 2016, comencé una serie de pequeñas entrevistas a creadores cubanos que han sido importantes para mí por alguna razón. La intención sobrepasó los límites de aquella fiesta. Aún sigo enviando interrogantes y recibiendo respuestas.
El día que Marianela Boán recibió sus preguntas, me amenazó con hacerme una entrevista. Poco después, ella y Alejandro me hicieron llegar un interrogatorio. Este diálogo no es más que una transcripción resumida de las conversaciones que tenemos, casi a diario, nosotros tres junto a Diana Sarlabous.


Por Marianela Boán y Alejandro Aguilar

Marianela lo conoció en los años 80, cuando estudiaba teatro en Cubanacán y formaba parte de un grupo que rechazaba cualquier tradición y trataba de imponer la extrema vanguardia. Desapareció de La Habana para hacer su tesis de graduación en las minas de Moa, en el extremo oriente de Cuba, con actores aficionados.
Yo lo conocí en los 90 del hambre y la profunda creatividad. Cuando volvió a La Habana y ganó un importante premio de poesía.  Desde su partida de Cuba, en el 2000 (y la nuestra tres años más tarde), no volvimos a verlo hasta un tiempo después, en varias de nuestras visitas a República Dominicana.
Entonces ya hacía periodismo y producía contenidos para campañas de publicidad y estrategias de comunicación. Luego nosotros también nos asentamos aquí y la amistad se fue haciendo más fuerte hasta que nos hermanamos.
Camilo es un creador de fábulas y crónicas, un comunicador extraordinario y un estudioso obsesivo de todo lo que le interesa, desde los ferrocarriles, hasta la naturaleza o la música (sobre todo la de Andrés Calamaro). Pero es, sobre todo, un inconforme, un guajiro del Paradero de Camarones que vive enamorado de la tierra, de la vida simple y de las almas sencillas.
Casi siempre coincidimos. A veces, cuando no nos ponemos de acuerdo, discutimos muchísimo y hasta nos peleamos ("flor amarilla, flor colorá…"). Aunque siempre el cariño y la hermandad puede más que nosotros y terminamos compartiendo una gran historia, un nuevo problema o un buen Brugal.
Hoy nos metemos en su espacio, El Fogonero, en un juego de provocar al provocador, para compartir con todos sus respuestas a nuestras preguntas.

¿Cómo conviven el teatrista, el periodista y el escritor en tu obra?
El teatrista y el periodista apenas se conocieron, interactuaron muy poco. Cuando llegué a República Dominicana y tuve que ejercer de periodista, hacía más de 10 años que había abandonado el teatro, un oficio para el que no estoy hecho. Soy demasiado individualista, siempre acabo refugiándome en la soledad de las palabras.
En honor a la verdad, nunca me he sentido periodista, como tampoco me creo lo de consultor en estrategias de comunicación. El único oficio que hubiera desempeñado cabalmente es el de ferroviario. Pero desde niño siempre me gustó recrear el mundo que me rodeaba y con los trenes reales no es posible jugar.
Cuando estaba entre teatristas, me sentía escritor. Cuando estaba entre periodistas, me veía como un hombre de teatro. La mayoría de los escritores me parecen muy aburridos y siempre que puedo evito ser como ellos. Me gusta provocar y provocarme, creo que eso es mucho más útil y productivo que tratar de estar de acuerdo siempre.
Ralph Waldo Emerson decía que la confianza en sí mismo está necesariamente asociada al inconformismo. Esa debe ser la razón por la que nunca me conformo. De todos los Camilo que he sido, en el que más pueden creer es ese que los viernes en la tarde sube hasta una montaña con la mujer que ama para sembrar, escribir y esperar la llegada de la neblina.

¿En qué medida prefieres ficcionar la realidad que vives a la que escribes?
Me crié con mis abuelos en una estación de trenes que estaba en medio de un campo. Todos los hechos que ocurrían a nuestro alrededor seguían de largo, rara vez llegaban para quedarse. Soy hijo único, apenas compartía con mis primos durante los recesos escolares.
Eso me convirtió en un ser muy solitario, que se veía forzado a reinventar el mundo que lo rodeaba y a solo tomar de la realidad lo que mejor le sirviera para gestionar su aislamiento. Cuando un tren llegaba, mi abuelo, que era el jefe de estación, veía ferroviarios y pasajeros; yo, en cambio, veía historias, personajes, me inventaba el pasado y el futuro de aquella gente.
Ese mismo recurso después me permitió escribir reportajes, poemas, cuentos… pero básicamente sigo siendo el niño que no se conformaba con lo que le ofrecía la realidad y trataba de trastocarla, primero en su cabeza y después en una hoja de papel en blanco.

¿Cual será tu primera novela?
Padezco del trastorno obsesivo compulsivo de la personalidad. Eso me hace capaz de plantearme muchísimos proyectos, siempre interesantísimos y muy ambiciosos. Pero me preocupo excesivamente por los detalles, las reglas, las listas, el orden y la organización.
Ese perfeccionismo extremo al final interfiere con mi actividad práctica y los resultados. Por eso soy incapaz de concluir la inmensa mayoría de las cosas que me propongo. Aun así, tengo la esperanza de terminar Atlántida, una novela sobre mi infancia en la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones.
La he empezado a escribir incontables veces desde 1987, el año en que murió mi abuelo Aurelio y Atlántida, mi abuela, enloqueció. Ahora mismo trabajo en una nueva versión que, en honor a la verdad, es la que más me gusta de todas. Ojalá llegue a ponerle el punto final, me encantaría hacerle ese regalo a Diana Sarlabous.

¿En cuál Cuba aceptarías ser el alcalde del Paradero de Camarones?
Cada vez que digo que el único cargo público que yo aceptaría es el de alcalde de mi pueblo, muchos lo toman a broma. Las veces que lo he puesto en Facebook, por ejemplo, le dan like con la carita de “me divierte”. Sin embargo, siempre lo he dicho en serio, muy en serio.
Me encantaría contribuir a que el Paradero de Camarones real se parezca lo más posible al que tengo clavado en mi nostalgia, al que me imagino cuando lo escribo o reescribo. Procuraría que, además de un bar y una cervecera (sus únicos espacios públicos en la actualidad), tenga una biblioteca, un anfiteatro, un parque, un jardín botánico…
De niño, acompañé varias veces a mi abuelo a las asambleas del pueblo y la gente lo primero que pedía era un cementerio. Como yo solo prometería y haría cosas para los vivos, es muy probable que pierda las elecciones. Aun así, en una Cuba libre y democrática, con todos y para el bien de todos, lo intentaría.
Si alcanzo a ver esa Cuba, por muy viejo que esté, prometo que lo intentaría.

¿Qué te evocan estas palabras: Jeep, Brugal, Thoreau y Diana?
La pasión por los Jeep se la debo a mi padre, que me contaba cómo anduvo en un Willy’s, junto a Camilo Cienfuegos, por el Frente Norte de Las Villas. En un Jeep, también, él me llevó a conocer las alturas y los precipicios del Escambray, la neblina de Topes de Collantes, el torrente del Hanabanilla… Esa es la razón por la que nuestro Grand Cherokee lleva su nombre. Siempre que andamos por las rutas dominicanas, siento que Serafín me acompaña.
El día que llegué a Santo Domingo, Freddy Ginebra me regaló dos botellas de ron Brugal. De una manera inexplicable, el bolso se desfondó y ambas se rompieron. Aunque lo lamenté muchísimo, asumí aquello (según la tradición supersticiosa cubana) como una señal de buena suerte.
Desde hace 10 años colaboro con el equipo de Comunicaciones y Asuntos Públicos de Casa Brugal. Esa asesoría (que es, de hecho, el empleo en el que más he durado en toda mi vida) me ha permitido ser parte de una marca país que representa la identidad de su gente y producir contenidos para uno de los mejores destilados del mundo.
El placer que me produce esa experiencia solo es comparable con el de compartir un Extra Viejo a las rocas en la Loma de Thoreau. Allá arriba, en el corazón de la Cordillera Central dominicana, Diana Sarlabous y yo estamos sembrando un sueño que podemos disfrutar despiertos.
Desde que mi padre me llevó a conocer el Escambray, siempre soñé con subir una loma en mi propio Jeep y dormir en mi propia casa, entre la neblina y las nubes. Junto a Diana logré que eso se hiciera realidad. Con Diana también he logrado ser feliz de la manera más simple, que es queriendo lo que se tiene y teniendo a quien se quiere.
Diana Sarlabous es lo mejor que me ha pasado en mi vida, además de haber tenido hijos, escrito algunos libros y sembrado muchísimos árboles. Por eso cada vez que pronuncio las palabras Jeep, Brugal, Thoreau y Diana, recuerdo que soy un hombre feliz y, lo mejor de todo, lo hago sin tener que pedirle perdón a nadie por esa felicidad.

08 febrero 2018

Amanecí feliz hoy

Cada vez me cuesta más trabajo apropiarme de lo ajeno. Perdonen que lo haya dicho más de una vez; pero creo que, pasados los 50, se adquiere el derecho a ser reiterativo. Los himnos, las banderas y los símbolos que alguien alguna vez le achacó a eso que llamamos patria; no me dicen más de lo que expresan por ellos mismos.
Cuando Beny Moré entona "me gusta ver cómo baja/ del monte el Hanabanilla/ y cómo choca en la orilla/ de la roca que lo ataja./ Me gusta ver cómo encaja/ el Escambray en el llano,/ me gusta el rancho de guano/ donde guajiro nací/ pero más me gusta a mí/ Cienfuegos por ser cubano", siento que estoy oyendo mi himno nacional.
Sin embargo, cada vez que Perucho insiste en decirme bayamés y empieza con la letanía de que al combate tengo que correr; me veo aún más distante. Comprobé eso anoche, una vez más, cuando mis Águilas Cibaeñas volvieron a derrotar al equipo de Granma en la Serie del Caribe.
Mi sentido de pertenencia, como yo, no es firme en sus principios sino en sus sentimientos. Gracias a eso, amanecí feliz hoy.

07 febrero 2018

RAÚL MARTÍN: “Cuba es, y parece que va a ser siempre, una incógnita”

Nos conocimos a mediados de la década del 80, en una escuela de teatro que tenía a los mejores profesores posibles. Eso, por fuerza, nos convirtió en buenos alumnos. No por lo que aprendimos, ni siquiera por lo que hicimos, sino por todas las experiencias que compartimos.
Entonces, estábamos convencidos de que cargaríamos con el peso de la isla por el resto de nuestras vidas y que nos dedicaríamos, en cuerpo y alma, a crear obras y espectadores que fueran capaces de transformar la realidad que nos había tocado como generación.
Pero con la caída del Muro de Berlín se derrumbaron la inmensa mayoría de nuestros sueños. Fueron muy pocos los que resistieron y persistieron, tanto en el teatro como en el país. Uno de ellos fue Raúl Martín, quien es hoy uno de los más importantes directores teatrales de Cuba.
Aunque nos hemos visto muy pocas veces en los últimos 20 años, conservamos la cercanía y el cariño que nos unió cuando éramos condiscípulos en una escuela, una ciudad y un país que no volverán. Eso hace que esta entrevista intente ser, de una manera irremediable, un camino de regreso.

Cuando entraste a la Escuela de Arte de Cubanacán eras un pepillito de El Vedado. Cuando saliste, estabas listo para convertirte en uno de los más importantes directores de teatro de Cuba. ¿Qué le debe Raúl Martín a los profesores y compañeros de aula con los que compartió aquella experiencia?
 Entrar en la Escuela Nacional de Teatro fue una casualidad, un “accidente” que realmente definió mi camino. Años 80, en los preuniversitarios se hacían unas reuniones para que la Unión de Jóvenes Comunistas te diera el aval para ingresar a la Universidad.
Imagínate, yo era rockero, “friki”, mis libretas estaban llenas de dibujos, nombres de grupos musicales, canciones en inglés. Yo modificaba los pantalones del uniforme para estrecharlos lo más posible, no me peinaba, bailaba tirado por el piso en las escuelas al campo.
Reunía todas las “condiciones” para que me negaran el aval y, por supuesto, me lo negaron. Por eso no pude hacer la prueba de ingreso al Instituto Superior de Arte (ISA), donde quería para estudiar actuación. Mi madre inició una apelación al Ministerio de Educación Superior y… ¡¡¡Me investigaron!!!
Gané la apelación unos meses después, pero ya no estaba a tiempo de ingresar en el ISA. Ya tenía aval, pero no podía optar por mi carrera preferida. Ahí fue cuando alguien me habló de la ENA, para la que sí estaba a tiempo.
Y para allá fui.  Tampoco fue llegar y entrar. Un profesor que estaba en el tribunal, cuando vio mi estampa de “friki”, me hizo preguntas muy teóricas que yo no estaba preparado para responder y determinó que yo me había equivocado de escuela.
Al final, las mujeres del tribunal se unieron y logramos una segunda oportunidad. Meses después, me pasaron directo a la prueba práctica y logré matricular. Este largo preámbulo es para contar cómo todos estos “accidentes” incidieron en mi camino. La suerte quiso que pasara por esa escuela que cambió mi forma de entender y asumir el teatro.
Teníamos a extraordinario profesores. Irrepetibles, diría yo. Ellos me llevaron a enamorarme de la profesión de director. Me enseñaron, además, atrezzo, teatro de títeres, diseño de escenografía, luces y vestuario; historia del arte, del teatro y del traje...
También tenía a talentosísimos compañeros de clase que provocaban que cada experiencia fuera muy fértil. Así fue que me gradué con todos los honores y elogios con una tesis que constituyó, junto a la tuya, Camilo, uno de los dos mejores trabajos de graduación. Era el año 1987, si no me equivoco.

Eres uno de los directores cubanos que más ha insistido en el teatro de Virgilio Piñera. ¿Por qué vuelves a él una y otra vez, qué buscas en Virgilio que no encuentras en ninguna otra parte?
Creo que de las mejores cosas que le debo al Instituto Superior de Arte, a donde entro a estudiar Dirección Teatral, es haber sido el único alumno del gran Roberto Blanco. A él le debo mi primer acercamiento a Virgilio Piñera. Fui su asistente en Dos viejos pánicos (1990), un espectáculo que logró romper el silencio oficial alrededor de Virgilio.
Roberto me insistió, como parte de su enseñanza, que yo debía trabajar con buenos actores y buenos personajes. Nada mejor para eso que la inagotable galería de grandes personajes que creó Virgilio. Personajes profundos, singulares y muy cubanos.
Me enamoré de su obra dramatúrgica, poética, narrativa, de sus deliciosos relatos de vida, de todo lo que tenía que ver con ese genio. Sentí que su mirada paródica y burlona ante la imposibilidad de encontrar soluciones, era lo que yo sentía y quería decir.
Comencé a expresarme a través de sus palabras, sus personajes y obras me ayudaron a encontrar un lenguaje, lo que podría llamarse un “estilo” de hacer teatro y este tenía que ver, por supuesto, con mi forma de entenderlo y de tratar de entender el mundo a través de él.
Así me convertí, sin darme cuenta, en el más virgiliano de los directores cubanos. Participé incansablemente de una década que puede llamarse “virgiliana” en la historia del teatro cubano: Los 90. Monté varias de sus obras, llevé a la danza-teatro sus poemas, sus relatos. Tienes razón, y lo hago consciente con tu pregunta, en Virgilio encontré lo que estaba buscando para expresarme en el teatro.
Encontré, como en nadie, la legitimación poética de los personajes comunes, del lenguaje popular, la elegía a lo pedestre, el hallazgo de un absurdo cubano y el humor en su más elevada expresión. Descubrí que soy un “humorista” y que nada me complace más que la risa como catarsis.
Ese “bacilo”, el de Virgilio, me contaminó y marcó hasta mi relación con otros grandes que monté y hasta escribieron para mí, como Abilio Estévez y Alberto Pedro. Abilio me regaló el más virgiliano de sus textos: El enano en la botella. Alberto reescribió para mi grupo El banquete infinito y me confesó que Virgilio se le había “posado” durante esa reescritura.

Eres uno de los más grandes habaneros que he conocido. Desde mediado de los años 80 del siglo pasado, cuando nos encontramos por primera vez en las aulas de la ENA, tú y la ciudad han cambiado muchísimo. ¿Cómo está la relación de ustedes en este momento, qué han perdido y qué han ganado?
 ¡La Habana! ¡La Habana! Tengo, hace 17 años, una vista muy habanera desde la sala de mi casa. La contemplo desde mi hamaca y son momentos que siempre añoro cuando estoy de viaje. Desde este balcón se han despedido de la ciudad muchos amigos. Con ella de fondo hemos hecho tertulias, proyecciones de películas, trabajos de mesa para montajes.
Con ella de testigo también se ha hecho el amor. Un amigo, una vez, estaba cantando en mi balcón y lo descubro emocionado. “¿Por qué siempre que uno mira La Habana siente que tendrá que dejarla algún día?”, me preguntó. Poco después se fue en una lancha; no estaba en sus planes, pero se fue.
Creo que se refería a esa energía indescriptible que tiene la ciudad, esa que nada ni nadie ha podido quitarle. ¡Y mira que la han maltratado! Abilio Estévez la llama “la energía del adiós”. Sí, claro, los dos hemos cambiado mucho. En la ciudad no hay grandes cambios visibles; pero su gente ha cambiado y eso, por supuesto, cambia su energía.
Yo escucho a quienes dicen que ya La Habana no es tan querida por los más jóvenes. Puede que les falte la posibilidad de comparar o puede que estén desapareciendo las singularidades que provocan el amor por ella. Es difícil para mí descubrir las causas, creo que, inconscientemente, lucho para que no me pase lo que le pasó a un gran escritor y amigo. Un día le dije que La Habana le dolía, que se veía en lo que escribía. “Ya me está doliendo menos”, me respondió y se fue del país.
Intento no cansarme, porque la necesito para hacer teatro. Intento no asociarla con la dificultad para seguir extrañándola en mis frecuentes viajes. Es un intento difícil que hasta ahora he logrado, como ha logrado sobrevivir mi ciudad.
Recibí tus preguntas en el aeropuerto de Miami, antes de volar a La Habana, con esa sensación que se sigue sintiendo, la de regresar a lo tuyo, acompañada con la misma pregunta: “¿qué me espera?”. Esa pregunta marca el cambio de mi relación con La Habana. En cada regreso es una pregunta que se hace aún más difícil de responder.

Siempre has defendido tus convicciones y tu estética por encima de todas las modas y tendencias. ¿Cuál es el precio que has tenido que pagar por eso, cuál ha sido la recompensa?
Roberto Blanco dijo una vez que prefería hablar de buen teatro y mal teatro, más allá de tendencias, estilos, estéticas… Pretendía decir que eso es lo único concreto, que valida o no, una experiencia teatral. Y eso sigue siendo una verdad incuestionable. 
Nosotros que hacemos un teatro de autor, partiendo de obras escritas, defendemos el rigor y la creatividad en el estudio de los personajes, en el conocimiento y práctica de la técnica actoral, en el estudio filosófico de lo que los autores escriben y de tu propia realidad, de lo que vives a diario en esta convulsa ciudad.
Podría decir que el precio es ese: incitar al estudio a una generación llena de talento, pero sin hábitos de estudiar. El esfuerzo se redobla porque la formación se ha debilitado notablemente con la crisis de todos los centros de estudios. Un esfuerzo extra, agotador, un desgaste mucho mayor que en otros tiempos.
Hay muchas modas y tendencias que se ajustan a la realidad de hoy y, por necesidad, renuncian a estos recursos. Como dictó Roberto, el buen teatro se impone y en estas tendencias tenemos ejemplos espléndidos que nos nutren y otros ejemplos lamentables.
No es lo mismo ser pobre de recursos que de ideas. Sigo creyendo en el actor como centro del discurso escénico y encamino todos mis esfuerzos hacia él. Sí, en estos tiempos, es más duro lograrlo porque hay muchas realidades y experiencias que intentan minimizar el trabajo del actor y yo sigo creyendo en él.
Me interesa lo nuevo, estar pisando la actualidad y diciendo lo que creo que necesita el espectador de hoy. Eso es, en definitiva, lo que hemos hecho siempre; no sólo con mi grupo, también en cada una de mis experiencias con otras compañías y disciplinas.
Ejemplos muy fértiles son mis trabajos con la gran Marianela Boán, siempre buscando, siempre rompiendo, borrando fronteras y profundizando. La gran recompensa: Los teatros llenos de público y las ovaciones cerradas.

Cuba ha sido un personaje protagónico de tu teatro. Si tuvieras que presentársela a un espectador que no tiene la más mínima idea de quién es ella, ¿cómo la describirías?
Creo que le regalaría La isla en peso de Virgilio Piñera. No sé si podría describírsela o presentársela mejor. Haría lo que mejor sabemos hacer los teatristas, apropiarnos de las palabras ajenas y recrearlas. O trataría de responder, lo mejor posible, cada una de sus preguntas.
Cuba es, y parece que va a ser siempre, una incógnita. Trataría de estar a la altura de sus incógnitas y estoy seguro de que yo mismo me sorprendería de mis respuestas.

El acento de la neblina

Cuando llegamos a la Loma de Thoreau ya la neblina estaba en todas partes. Era muy densa, apenas podíamos ver unos metros hacia delante. El pueblo de Jarabacoa, el cañón de Manabao y el Mogote se habían borrado por completo. Nuestro único paisaje era aquel celaje húmedo que inundó la cabaña en cuanto abrimos las puertas y ventanas.
Durante el viaje, habíamos estado hablando del Cibao, ese territorio cultural que ocupa el norte de República Dominicana, desde Bonao hasta Puerto Plata y desde Samaná hasta Dajabón. En algún momento, recordé los apuntes que hizo Martí en su Diario sobre el acento de los cibaeños.
“A la moza que pasa, desgoznada la cintura, poco al seno el talle, atado en nudo flojo el pañuelo amarillo, y con la flor de Campeche al pelo negro —relata—: ‘¡Qué buena está esa pailita de freír para mis chicharrones!’”. Antes, aseguró que “la frase aquí es añeja, pintoresca, concisa, sentenciosa: y como filosofía natural”.
Según Pedro Henríquez Ureña anota en su obra El Español en Santo Domingo, la sustitución que los cibaeños hacen de las consonantes l y r por la vocal i (ej. “llovei”, “comei”, “sueido”, “poiqué”…), son formas portuguesas que tal vez se difundieron en las Antillas a través de los esclavos del siglo XVI.
Estábamos en ese punto cuando se oyó un enorme trueno. Desde la tupida masa blanca en la que se había convertido el bosque, se oyó un grito.
—¡¡¡Ei diablo!!!                           
Nunca llegamos a ver quién había hecho esa exclamación. Luego nos embargó una duda. Es probable que en la Loma de Thoreau la neblina también hable con la i.