11 mayo 2014

El cinismo de Mariela Castro tiene forma de arcoíris

Mariela Castro es la hija de un dictador. Ella significa para los cubanos lo mismo que Angelita Trujillo para los dominicanos. Sin embargo, en República Dominicana se le recibe como una luchadora por los derechos de los reprimidos, justo a ella, heredera de la familia que más reprime en el Caribe actual.
Hace apenas una semana, Pablo Milanés ofreció un concierto memorable en la Feria del Libro de Santo Domingo. Asistí junto a Diana, Alejandro y Marianela. Muchas canciones hicieron que nos abrazáramos y que gritáramos frases de felicidad y orgullo.
Más de una vez lloramos. Aunque era una actuación en vivo, por momentos creí estar viendo una película donde se escuchaba la banda sonora de nuestras vidas. Cuando salíamos del teatro, tropezamos con Mariela Castro y su séquito. Entonces algo se volvió a retorcer dentro de mí.
Acompañaban a Mariela algunos personajillos de la izquierda más caricaturesca y Juan Astiasarán Ceballo, el embajador de Cuba en República Dominicana, quien ha protagonizado ya varios incidentes donde ha sacado a relucir su vocación para la intolerancia y la represión. Aún en suelo ajeno, sin el más mínimo pudor, se comporta como un típico esbirro.
Luego, caminando por la Feria, descubrí que Mariela Castro tenía un stand.  La hija del vecino dictador puede darse un lujo que para los gays y las lesbianas dominicanas esta vedado: tener un espacio propio dentro del recinto ferial.
De Santo Domingo, Mariela se fue a Varadero, a la VI Conferencia Regional de la Asociación Internacional de Lesbianas, Gays, Bisexuales, Trans e Intersex para América Latina y el Caribe (ILGALAC), donde encabezó una marcha junto al Che Guevara de los gays.
Pero ese frívolo homenaje al gran homofóbico que fue Ernesto Guevara no es lo más incomprensible de la ILGALAC. Hay algo peor aún: la declaración final. En un país donde se va a la cárcel por pensar diferente, donde los opositores son perseguidos brutalmente y donde está prohibido hasta el acceso libre a Internet, los gays y las lesbianas —según Mariela— se desvelan por otras cosas.
A la ILGALAC lo que realmente le preocupa es el fin del embargo a Cuba, la liberación de los tres espías presos en Estados Unidos y el respaldo al gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela. El cinismo tiene muchas formas de expresión, pero en la Cuba del tío y el padre de Mariela ha llegado al extremo de representarse a través de un arcoíris.
Es la hija de un dictador, pero se le recibe como una luchadora por los derechos de los reprimidos… ¡justo a ella!

10 mayo 2014

La austeridad, ni porque está de moda

(Escrito para la columna Como si fuera sábado, de la revista Estilos)

La vida simple se ha puesto de moda. Las más importantes editoriales cada vez publican más libros sobre el tema. Después que el mercado colapsó por el desenfreno neoliberal, muchos por fin entendieron. No es una casualidad que el nuevo icono del automovilismo sea el Fiat 500, un austero clásico de la post guerra europea.
Incluso las capitales del derroche, ciudades como Nueva York, Dubái o Las Vegas, se han llamado a capítulo y le han dado un pequeño giro a su razón de ser. Como si no quisieran desentonar en un mundo que ha entendido la gravedad del asunto y comienza a pasar de las palabras a los hechos.
Por eso llama tanto la atención que en República Dominicana, un país pobre, que apenas exporta y que importa la mayoría de los bienes que consume, una pequeña élite de políticos y empresarios derrochen tanto y exhiban sin el más mínimo pudor la trivialidad de sus lujos.
En su libro “El precio de la desigualdad”, el Premio Nobel de Economía Joseph E. Stiglitz asegura que el 1% de la población mundial tiene lo que el 99% necesita. En Santo Domingo esa cifra puede llegar a ser aún más dramática, porque Naco y Piantini significan menos del 0.9% de la gran ciudad.
Hace una semana concluyó la Feria Internacional del Libro. Además de representar cabalmente el poco aprecio por la lectura de los que se hicieron construir los mayores stands (ninguno de ellos escribe y lo poco que han publicado se lo han encargado a terceros), sirvió para que por fin diéramos con un monumento al insensible derroche nacional.
Gracias a un activismo ciudadano sin precedentes en la historia dominicana, el Ministerio de Educación maneja actualmente un presupuesto similar a lo que establece la Ley: un 4% del PIB del país. Tanto es el dinero del que dispone esa cartera en estos momentos, que decidió tirar al aire 18 millones de pesos.
La efímera y pavorosa maqueta de cartón, que reproducía con el peor gusto la fachada del Ministerio, es un altar a la mala educación. ¿Cuántas cosas útiles se pudieron haber hecho con esos 18 millones de pesos? ¿Cuántos cursos de superación a maestros, cuántas computadoras, cuántos cuadernos…?
Este ha sido el año en que menos libros nos compramos en la Feria. A la ausencia o la desaparición de las principales librerías del país, se sumó la pobre oferta de la mayoría de las editoriales que aún acuden a la cita. Sin embargo, “La vida simple” de Sylvain Tesson (París, 1972) fue una gran recompensa.
El geólogo y viajero francés se toma 228 páginas en enseñarnos una verdad muy sencilla: La libertad consiste en adueñarse del tiempo, algo que se pierde en la medida en que se es más ambicioso y poderoso. Hasta el lago Baikal, en la Siberia, se fue Tesson con un cargamento de conservas y libros. De allá volvió con aportes muy concretos y lúcidos para los tiempos que corren.
Cuando se le lee a gente como Tesson, Stiglitz o el agricultor y pensador Pierre Rabhi, quien no se cansa de andar hacia la “sobriedad feliz”, se toma conciencia de que urge un cambio radical de las referencias. Una prueba de ello, otra vez, es la Feria del Libro: los stands más grandes y suntuosos estaban dedicados a algunos de los dominicanos que menos escriben.
La austeridad, ni porque está de moda, ha logrado sensibilizar a nuestros políticos y empresarios. Pero no estamos obligados a imitar su mal ejemplo, no hay que sucumbir a su ignorancia. Basta con aprender a ser felices construyendo experiencias que no cuestan un centavo.
Se trata de ser ricos justo en eso en lo que ellos son tan pobres.

03 mayo 2014

Esos pequeños sueños que ayudan a (sobre)vivir

Cuando uno nace en una isla padece de insularidad, un término que siempre explican mal los diccionarios. Los que nacimos en Cuba padecemos, además, de aislamiento; que es un cuadro claustrofóbico provocado por el mar y los muros que nos rodean.
Eso hace que uno lleve consigo un pequeño sueño, alguna que otra idea fija. Mi primera mañana fuera de Cuba fue en Madrid. Tarde en la noche, cuando llegamos al hotel, advertí su presencia en el pasillo. Estaba a unos pocos pasos de la puerta de mi habitación.
Era muy temprano para hacerlo, pero había pensado tanto en ese momento que no pude contenerme. Tenía algunas pesetas en el bolsillo, fruto de la generosidad de Fidel Sendagorta, un amigo español. Me aseguré de que me alcanzaba el dinero y, por último, ensayé todos los pasos con la vista.
Deposité las monedas con muchísimo cuidado en la ranura. Me aterraba la idea de fallar. Cuando se encendió la luz verde, presioné un botón grande y rojo. La oí rodando por el interior del artefacto. Estaba helada, tal como me la había imaginado. Por fin, a los 26 años, logré hacer lo que tantas y tantas veces vi en las películas: sacar una Coca-Cola una máquina y tomármela.
Cuenta el cineasta Rolando Díaz que la primera vez que viajó al extranjero iba acompañado de Iván Nápoles, otro realizador cubano. Antes de llegar al hotel, Iván le pidió que lo acompañara a una farmacia, necesita un Alka-Seltzer.
—¿Te sientes mal? —preguntó Rolando.
—No —respondió Iván en tono tranquilizador —, no te preocupes.
Cuando subieron a la habitación, Iván se sirvió un vaso de agua. Fue hasta la ventana y corrió las cortinas para mirar la ciudad. Dejó caer las dos pastillas en el agua y se acercó el vaso al oído.
—¡Hacía tanto tiempo que no oía esto! —Dijo. Su cara estaba burbujeante de felicidad.
Carlos Iglesias vive en Toronto desde hace años. Hace ya un tiempo, recibió una llamada urgente de Corojo Valdivia. Le pidió que fuera al aeropuerto a buscar a Manuel Sosa, espirituano como ellos, escritor, por más señas. Apenas habían mediado unas pocas palabras cuando Manuel le pidió a Carlos que lo llevara a un lugar donde tocaran música en vivo.
Desconcertado, preguntó a sus amigos y le recomendaron un bar donde esa noche actuaba una banda de rock. Después de empinarse dos cervezas, Manuel se acercó al pianista y le dijo algo al oído. Los músicos estaban desconcertados, pero no más que Carlos. El baterista dio tres golpes y empezaron a tocar.
Con una pronunciación perfecta, abriendo los brazos como Mick Jagger, cantó “Honky Tonk Women”. Cuando terminó la canción, devolvió el micrófono y regresó a la mesa entre aplausos. Se empinó otra cerveza, respiró profundo y le dio dos palmadas de agradecimiento a su compatriota.
—Siempre soñé con eso, asere —le dijo—, con cantar una canción de los Rolling en el Yuma.
Los que nacimos en Cuba padecemos de aislamiento, que es un cuadro claustrofóbico provocado por el mar y los muros que nos rodean. Eso hace que uno lleve consigo alguna que otra idea fija, pequeños sueños que lo ayuden a (sobre)vivir.

02 mayo 2014

La visita del Cuatro Ojos

Su nombre científico es Phaenicophilus Palmarum, pero los dominicanos le llaman Cuatro Ojos. Es un ave endémica y, específicamente este caballero, nos hace la visita todos los mediodías. Llega puntual, justo después del mediodía. Aún no sabemos qué es lo que hace dentro del helecho macho. Lo cierto es que empieza a cantar en cuanto aterriza.
Por Mario Dávalos, quien se ha convertido en un gran perseguidor de aves (para darles caza con su lente), conocí la aplicación Bird of Hispaniola. Hoy, mientras recibíamos la visita del Cuatro Ojos, acercamos el iPhone a la terraza y le pusimos su propio canto. Por poco enloquece de la curiosidad. Todavía debe estarse preguntando dónde estaba escondido su "contrincante".
Su visita es breve y desconfiada, pero nosotros disfrutamos muchísimo su algarabía. Caminando en puntas de pies, buscamos el mejor ángulo para observar cómo toma posesión de de la terraza. Él sabe que estamos ahí, justo detrás de los cristales, pero no por eso aborta su misión de registrar dentro del helecho macho.
Ahora mismo lo estoy esperando. No me explico por qué no ha llegado. Tienes algunos minutos de retraso... Shhh, shhhhh, ¡ahí está! Luego les sigo contando. Ya está dentro del helecho. ¿Qué buscará ahí? Shhh, shhhhh...

Juan Formell seguirá ahí

Las historia de la música bailable en el siglo XX cubano se puede contar a través de cuatro agrupaciones: el Conjunto de Arsenio Rodríguez, la Orquesta Aragón, la Banda Gigante de Beny Moré y los Van Van. Hay muchísimas más, decenas de ellas extraordinarias, pero esas cuatro alcanzan para resumir nuestra identidad sonora.
Dentro de esas formaciones, a su vez, aparecen algunos nombres de los que no podemos prescindir: Lily Martínez Griñán, Miguelito Cuní, Félix Chapotin, Rubén González, Chano Pozo, Machito, Rafael Lay, Richard Egües, Generoso Jiménez, Chocolate Armenteros, Changuito, Pupi Barroso y El Tosco.
Ayer, en La Habana, murió Juan Formell, el artífice de los Van Van. Tenía 71 años y el hígado destrozado. Nadie como él hizo bailar a los cubanos en los últimos 40 años. Ninguna otra agrupación ni intérprete de la Isla consiguió éxitos tan rotundos ni una permanencia tan larga.
Los 70, 80, 90 y el nuevo milenio cubano tienen a Van Van en el corazón de su banda sonora. Década tras década, la charanga de Formell puso a disposición de los bailadores la cadencia que preferían seguir sus pies: “Marilú” “El guararey de Pastorita”, “Chirrín Chirrán”, “El Buey Cansao”, “Por encima del nivel”, “La Habana no aguanta más”, “Muévete” y “El negro está cocinando”, entre muchas, muchísimas otras.
Para nadie es un secreto que en Cuba tendrán que cambiar muchas cosas en el futuro inmediato. El país está en ruinas y es insostenible. En algunas de las letras de los Van Van se pueden encontrar las claves de cómo se llegó a ese punto.
Sea cual sea la nación que construyan los cubanos en el futuro, por más que pasen los años, la música de Juan Formell seguirá ahí, ahí, así, que sí.

30 abril 2014

Mi hija subió un retrato de familia

Varias veces al día paso por el Facebook de mi hija. Ella vive en España y solo nos vemos dos veces al año: en verano y en Navidades. Su muro se ha convertido en uno de los mejores espacios para saber de ella. A menudo siento orgullo por sus interacciones, sus irreverencias y su manera de ver el mundo.
Antes de ayer subió un retrato de familia. Es una foto que yo mismo hice. Debió ser a finales de 1993 o a principios de 1994. En el centro de la foto, en su sempiterno sillón de majagua, está mi abuela Atlántida. Entonces ya padecía de Alzheimer, por eso nunca llegó a enterarse de que esas dos niñas, que sus hijos Lérida y Aldo tienen cargadas, eran sus biznietas.
Al publicar la foto, Ana Rosario escribió: “Una de las abuelas, uno de los tíos abuelos, una de las bisabuelas, una prima (con la que estoy condenada a vivir en el mismo país y no ver) y los magníficos 90... en el Macondo de mi padre… aquí todo el mundo tiene ‘pueblo’ y este es el único pueblo que tuve alguna vez...”
Hace unos días Diana Sarlabous me confesó que una noche la hice llorar y ni siquiera me enteré. Fue en La Habana, en 2011, cuando volvimos juntos a Cuba. Estábamos en casa de Norberto Codina y yo comenté que iríamos a El Cristo, el pueblo de Diana, a ver a su familia. Era la primera vez en su vida que oía esa expresión.
Como vive en el exilio desde los 5 años, nunca había podido decir una frase tan sencilla como: “voy a mi pueblo a ver a mi familia”. Cuando trajimos a Ana Rosario para República Dominicana (sus cuentas de emails se llaman “adioscuba2001”) ella también perdió esa posibilidad.
Su prima Amanda (que está en brazos de mi tío Aldo) ahora vive en Canarias. Ella, en Madrid. Mi madre y yo estamos en Santo Domingo, donde también vive otro primo mío (Ariel). Otros dos primos (Yanelis y Alejandrito) viven en Miami. Otra más (Lazarita), cerca de Venecia.
En 1993 todavía estábamos muy cerca y unidos. 20 años después andamos tan dispersos, que solo podemos reconocernos a través de las redes sociales. Todos perdimos la posibilidad de tener un pueblo al que volver y un país al que pertenecer.
—Ninguna utopía vale más que un retrato de familia —me dijo Diana con rabia, mientras miraba la foto que subió Ana Rosario—. Con nosotros cometieron un crimen; quitarnos el derecho a tener un pueblo y un país al que volver, fue un crimen.