15 octubre 2013

Hasta más ver


La idea del viaje surgió en un segundo, pero lo hemos estado preparando por semanas. Cuando Alejandro Aguilar nos dijo que viajaría a La Habana junto a Freddy Ginebra, para presentar el Premio Internacional de Novela Casa de Teatro 2013, Diana y yo nos miramos a los ojos.
El iPad estaba encima de la mesa, junto a los Brugal on the rocks. Armamos el itinerario mientras Diana compraba los boletos en la página de Copa. Aún no se había consumado la transacción y ya no teníamos ni siquiera una hora libre. Para celebrar la súbita decisión insistimos en el nuevo disco de Calamaro.
Aunque estaremos muy poco tiempo, no puedo viajar a Cuba sin ir a ver a mi Paradero de Camarones. Será la ida por la vuelta. Quiero que Alejandro conozca a los personajes y los escenarios de los que le hablo con tanta insistencia cada vez que nos emborrachamos (algo que también hacemos con cierta insistencia).
Como en Cuba no me queda más que un tío, cuatro primos y un candado en la puerta de la que fue mi casa, lo que siempre persigo a mi regreso son los abrazos: Aldo, Lizandra y Alahím Yero, Lázaro Venegas, Milvia Hómen, Dalgis López, Norberto Codina, Omar Valiño, Emilio Comas, Alex Fleites, Cuty, Leonardo Padura, Arturo Arango, Bladimir Zamora, Luis Lorente…
Hay algo más. Llegaré solo a La Habana. Me encontraré con Diana al día siguiente. Esperar por ella en Cuba es algo en lo que nunca había pensado. Pero el azar, como dijo el viejo Serrat, es más caprichoso de lo que siempre somos capaces de calcular.
Hasta más ver. Mientras tanto, búsquenme ahí, en cualquiera de esos pixeles.

07 octubre 2013

Calle Obispo


Cuando llegues a la calle Obispo
y el olor a gas de La Habana Vieja
comience a mostrarte
las ruinas de nuestro viaje,
no te distraigas demasiado.
Fijate bien
en los cristales empañados,
en uno de ellos
encontrarás la cara de sorpresa
de un muchacho de provincia.
Desgreñado y escurridizo,
como un gorrión municipal,
te veré pasar de mi brazo.

Muerto de envidia, Diana,
les estaré diciendo adiós.
Tú pasarás tan entretenida
con el Camilo que soy,
que no me advertirás,
mucho más joven
y bueno,
libre todavía
de todos los naufragios
que me pervirtieron.

Ah, si lograras verme,
mujer mía,
si por un segundo
advirtieras
que ese infeliz,
flaco
y desharrapado,
es lo mejor
que te puedo ofrecer
de todo lo que te espera.
Nada que haga
de ahora en adelante
será más puro
que la mirada
ojerosa
y
tierna
que verás
en los cristales empañados.

05 octubre 2013

Cuando las aves de paso se quedan para siempre


(Escrito para la columna Como si fuera sábado, de la revista Estilos. La imagen es una obra del artista dominicano Jorge Pineda)

Hace dos semanas, una sentencia del Tribunal Constitucional de República Dominicana convirtió a generaciones enteras en aves de paso. Ese plumazo, que parece dado en las postrimerías del siglo XVIII y no en el XXI, niega lo innegable, insiste en dividir y delimitar lo que la realidad ha juntado.
Es comprensible, se trata de una élite que se resiste a asumir su verdadera identidad y hace lo que tenga que hacer para creer que son la que desean ser. Ya una vez Rafael Leonidas Trujillo se inventó una raza: el indio. Ese eufemismo le servía para sentenciar que el color de muchos dominicanos no era como se veía, sino como él se lo imaginaba.
En el libro “Duarte en mi corazón de niño”, Juan Gilberto Núñez apela a una ingenuidad realmente infantil para que nos creamos que Juan Pablo Duarte era un rubio de ojos azules. Es así que suplanta al prócer mestizo, que promovió el (re)nacimiento de una verdadera nación dominicana, por una especie de káiser tropical.
A propósito de la sentencia del Tribunal Constitucional, tratando de justificar lo injustificable, un legislador se hizo una pregunta en Twitter: ¿Quien define la nacionalidad, los poderes públicos de República Dominicana o los poderes foráneos?
Aunque el principio de funcionamiento de las redes sociales es el diálogo, el congresista no respondió ninguna de las interacciones. Aun cuando el cuestionamiento solo se refería a la nacionalidad que se asienta en los documentos oficiales, no dejaba de tener una implicación cultural. Es en ella que me centraré.
No habrá Senado, ni Congreso, ni Presidente ni Dios que pueda hacer de esta media isla lo que no es. La cultura y las identidades de una nación no son legislables, tampoco pueden acatar una sentencia ni ser administradas o modificadas de acuerdo a los intereses o las ilusiones de una élite.
Uno de los libros que mejor me han explicado a República Dominicana es “La isla tal como es”, la respuesta de Rafael Emilio Yunén a esa falacia que Joaquín Balaguer llamó “La isla al revés”. Esas pocas páginas de Yunén merecen estar en todas las escuelas del país. Serían de una gran ayuda para que los estudiantes entiendan lo que son y dónde viven.
Llama poderosamente la atención que, el mismo día que el Tribunal Constitucional de República Dominicana sentenció que aquí el futuro debía permanecer atado al pasado; en Alemania, ¡en Alemania!, eran elegidos 34 diputados extranjeros para ocupar puestos en el Parlamento. La mayoría de ellos son emigrantes africanos.
No hay un solo lugar de la geografía dominicana donde uno pueda permanecer ajeno a la inmensa y riquísima diversidad cultural de este país. Pocos lugares en el planeta presumen de un mestizaje tan definitorio y rotundo.
Váyase a la región que se vaya, sea en la dirección que sea, en esta mitad de la Isla de La Española se hallarán los frutos incuestionables de la multiculturalidad. Probablemente lo más arduo aquí sea encontrar rubios de ojos azules como el Duarte que trataron de pintarnos, amparados en la ausencia de una iconografía real.
Aunque se trata de una élite muy reducida, han logrado una increíble capacidad para imponerse a lo largo de la historia, desde la atroces años de la dictadura de Trujillo hasta nuestros días. Por eso es difícil imaginar cuándo las aves de paso dejarán de serlo.
El día que eso cambie, podremos hablar aún con más orgullo de los éxitos y los logros de la diáspora dominicana en Norteamérica. Aquellas aves de paso que sí pudieron quedarse para siempre, sin que nadie tratara de quitarles el derecho a volar.

25 septiembre 2013

Rebelión en la granja


Este fue uno de mis juguetes preferidos. Volver a verlo me ha producido una gran alegría. Gracias al blog Cuba Material, donde se atesoran verdaderas joyas de la antropología cubana, pude armar por piezas algunos de los momentos más felices de mi infancia.
Los que fuimos niños en la Cuba de los 60 y los 70 teníamos derecho a 3 juguetes al año. Siempre llegaban en julio (para que quedara claro que no tenían nada que ver con los Reyes Magos) y estaban divididos en categorías: básico, no básico y dirigido.
La granja fue uno de mis primeros básicos y casi de inmediato se convirtió en una estación de trenes. Los animales viajaban por toda la casa en un largo carguero que me hizo mi padre con pedazos de madera y latas vacías de puré de tomate, sardinas y Spam (aclaro esto para que se imaginen los vagones).
Las cercas eran los límites de mi patio ferroviario, el camión y el carretón repartían a domicilio los paquetes que llegaban en el vagón de equipajes, el tractor era usado para reparar las vías (que se extendían desde la sala hasta la cocina) y el estanque de los patos era el jardín por el que entraban los viajeros.
La cosechadora se ocupaba de mantener las líneas principales y los ramales libres de malas hierbas. En Hong Kong diseñaron una granja modelo, pero eso era algo muy difícil de entender por un niño rodeado de cañaverales por todas partes.
La caja sugiere un modo de disponer las 103 piezas, pero jamás le hice caso. En el mundo ferroviario los límites se establecen de una manera diferente y eso fue lo que hice. Les presento a la Estación Central de mi infancia. Noten el túnel que tiene debajo del balcón, de ahí salieron todos los trenes que conduje mientras fui niño. 

21 septiembre 2013

To trend or not to trend


(Escrito para la columna Como si fuera sábado, de la revista Estilos)

Todas las generaciones tienen cosas de las que vanagloriarse y cosas de las que avergonzarse. La historia que las acompaña define su identidad y luego se convierte en su nostalgia, en eso que les permitirá envejecer sin dejar de llevar el ímpetu de la juventud por dentro.
A mi generación le tocó nacer en una de las épocas más revolucionarias. Luego crecimos cuando la música se revolucionó como pocas veces y maduramos mientras se producía la más  grande revolución que hayan tenido jamás las comunicaciones.
Podría asegurarse que, incluso los más conservadores de nosotros, llevan un gen revolucionario en alguna parte de su ADN. Nacimos en la década de la Primavera de Praga, Mayo del 68 y la Revolución Cubana (no me refiero al reducto de octogenarios que sostiene una dictadura, sino al ejército de muchachos, barbudos y utópicos, que tomó al futuro por asalto).
Luego nos tocó crecer con la mejor banda sonora posible. Los dioses del rock and roll construyeron para nosotros unas escaleras al cielo. Y por ellas subimos, confiados de que a la altura del año 2000, el mundo sería tal como nos lo habían prometido los tipos más soñadores que teníamos a nuestro alrededor.
El cambio de siglo y de milenio no pudo ser más decepcionante. Es cierto que a finales del siglo pasado se derrumbaron las dictaduras socialistas de Europa, pero la unificación de Alemania solo consiguió que los mapas cambiaran de color.  
La demolición en Berlín de la muralla más oprobiosa que ha construido el hombre, no tuvo el mismo impacto en la imaginación de las futuras generaciones que los sucesos de Praga, París y Tlatelolco. Poco a poco las ideas y las convicciones han ido perdiendo terreno frente a las tendencias.
Como dice Kevin Johansen, ahora todo tiene logo y si no tiene, falta poco. Incluso los iconos más reconocibles e inspiradores, tipos como Einstein o Lennon, se han convertido en adornos que a es vela gente lleva en el pecho por chulería, pero no porque signifiquen algo.
Tanto nos hemos acostumbrado a la banalidad, que somos capaces de salir corriendo a buscar un par de zapatos con la punta aún más fina, porque los que tenemos la tienen fina, pero no tanto, y los demás pueden pensar que nos hemos quedado atrás.
Si usted se asoma ahora mismo en un centro comercial, descubrirá que todos parecen estar uniformados. Las tendencias se asimilan en masa y por temporadas, sin hacer el más mínimo cuestionamiento. Cada cuatro meses se cambian roperos enteros por tal de parecerse a los muñecos que hay en los escaparates de las tiendas.
La música de moda lleva tanta velocidad que no le da tiempo a decir nada. Por eso se está extinguiendo aquella antigua costumbre de oír las canciones. Ahora, cuando alguien pone a su cantautor preferido, lo usa como un sonido de fondo, para ponerse a conversar o a chatear, pero no para realmente escucharlo.
Los gurús de las comunicaciones aseguran, con razón, que vivimos en la era de la reputación. Ahora se puede medir, en tiempo real, la percepción que tienen los demás de todo, desde la más grande transnacional hasta el individuo más solitario y anónimo del planeta.
Pero esa gigantesca capacidad que disponemos para compartir cosas, la mayoría de las veces se desaprovecha en frivolidades y ridiculeces. A lo mejor estoy equivocado, quizás es que ya empecé a envejecer y estos son los primeros síntomas de mi decrepitud.
Si es así, les pido que me disculpen. Pero hablo desde el punto de vista de una generación a la que los dioses del rock and roll le construyeron escaleras al cielo. Por eso ahora hago el esfuerzo de mirar desde arriba: Al final tender o no tender es irrelevante. La cuestión sigue siendo ser o no ser.

20 septiembre 2013

Los pensamientos


No sé crear cosas que no existen
ni apuntar frases
que no se hayan dicho
miles de veces
con suficiente anterioridad.
Nunca se me ocurre
disponer las palabras
en un orden
distinto
al que ya tenían
cuando las encontré.
Me es imposible silbar
una música
de mi propia inspiración.
Todas las canciones
que me sé
son ajenas
como también
son de otros
los pensamientos
que más te gustan de mí.

Mi fantasías
son escasas y limitadas.
La mayoría de las veces
solo sueño
con el camino de regreso a casa.
Por eso me concentro en intuir
los motivos indispensables
para volver al calor de tus brazos.