17 diciembre 2012

No tenemos plan B


En agosto de 2011, cuando Diana me propuso que volviéramos juntos a Cuba, tuve que confesarle un viejo temor: cabía la posibilidad de que, una vez en La Habana, las autoridades migratorias del régimen no me permitieran ingresar a mi propio país.
Le conté la historia de un amigo que llegó a Rancho Boyeros, procedente de Santo Domingo, y le dieron a elegir entre dos opciones. O se marchaba en el primer avión que despegara, o permanecía detenido hasta el próximo vuelo a República Dominicana.
Fue a dar a París y su familia no lo supo hasta que les habló desde Francia. No quería vivir esa experiencia. Había tenido muchas pesadillas con eso. En una de ellas, el actor Luis Alberto García era el agente que me detenía. “¡Luisito, soy yo, cojones, ¿te acuerdas de allá?!”, recuerdo que le gritaba.
–¿Y si no te dejan volver a Cuba, a dónde quisieras ir? –me preguntó Diana.
Me ofreció muchas opciones. Comenzó por París y acabó en Buenos Aires. Era nuestro primer viaje juntos. No lo entendíamos como un paseo sino como un ritual. Necesitábamos mirarnos a la cara en el Paradero de Camarones y El Cristo.
–No, no tenemos plan B –admitió ella misma, mientras tachaba todo los lugares que había señalado en un mapa.
Hace unos días, en casa de Alejandro Aguilar y Marianela Boán, empezamos a tantear posibles destinos para las vacaciones de Semana Santa. Alejandro, magno viajero, nos ofreció un sinnúmero de posibilidades. Pero al final acabamos dando vueltas en círculos sobre los mismos lugares.   
Sé que nos estamos perdiendo muchísimas cosas que aún no conocemos, pero preferimos seguir encontrándonos a nosotros mismos. Si es posible, vamos a volver al Paradero de Camarones y El Cristo. El olor de las guardarrayas y el cielo familiar de esos lugares puede más que nosotros.  No,  no tenemos plan B.

10 diciembre 2012

Ángel para un final


No puedo presumir de todos los hermanos que decía tener Atahualpa Yupanqui. Los míos siempre se han podido contar. Entre esos pocos, desde hace 20 años, Ángel Santiestéban ocupa uno de los lugares más cercanos. Nada ha logrado romper el vínculo que se creó entre nosotros en cuanto nos conocimos. Teníamos más de una razón para ello.
Mimí, la madre de Angelito, fue amiga de la infancia de Lérida, la mía, allá en San Fernando de Camarones. Luego él pasó parte de su infancia en Cruces. Aunque nunca nos vimos en esa época, compartíamos la misma nostalgia municipal. Los trenes en los que él jugaba a los pistoleros con sus amigos, cinco kilómetros después se convertían en los míos.
Cuando Mimí murió, él le empezó a decir “madre” a Lérida. Más de una vez he vivido con ellos algo de lo que, el hecho de ser hijo único, me había privado. Mami le ha cocinado, lavado y planchado a Angelito. Eso, al menos en la cultura a la que pertenezco, es una especie de cordón umbilical.
La última vez que estuvimos juntos cometí dos errores. El primero fue permitirle que regresara a Cuba. José Rafael Lantigua, entonces ministro de Cultura en República Dominicana, le había propuesto que dirigiera un taller literario. Más de una vez, José Rafael me pidió que lo convenciera. Pero no hice todo lo posible para lograrlo.
El segundo fue cuando le di “cuerda” para que creara un blog (suelo hacer eso con la gente  que quiero leer a menudo y no encuentro la manera de hacerlo). Angelito aún no entendía muy bien en qué consistían las bitácoras y yo no descansé hasta que lo tuvo bien claro. Poco después comenzó la aventura de Los hijos que nadie quiso.
No quiero referirme al absurdo y grotesco proceso judicial que acaba de condenar a Angelito a 5 años de cárcel. Sobra información sobre eso en la red. Si algo tengo que decir al respecto, no sería a los lectores de El Fogonero sino a Kenia, a quien recuerdo con mucho cariño y con quien compartí momentos inolvidables.
Recuerdo el día que Angelito me llevó en su camioneta a decirle adiós al Paradero de Camarones. Kenia se despidió de él como si se fuera a una guerra. Lo besó y lo abrazó como hacen las novias de los soldados en las películas.
Yo sé que ella ha sido tan víctima como él. Por eso le pido, en el improbable caso de que me escuche, que trate de frenar esa farsa. Que lo haga por Angelito, pero también por aquella muchacha, espléndida y feliz, que tenía la mirada más dulce de Cojímar.
Al final la historia absolverá a Ángel Santiestéban de cada cargo que esgrime el régimen en su contra, pero aún estamos a tiempo de impedir que sea sumido en el oprobio de una mazmorra. Lo importante es que no nos quedemos callados, que no lo dejemos solo. Ojalá que Kenia también nos acompañe en esto.

La carta de Andrea, los comentarios de Ernesto


En las últimas semanas he tenido poco tiempo para El Fogonero. El 2012 acabará como uno de los años más improductivos de esta bitácora. Tengo varias excusas para ello, pero quizás la más convincente de todas sea Twitter. Ahora, cuando quiero decir algo con urgencia, lo resuelvo en menos de 140 caracteres.
Muchos compatriotas me han escrito recriminándome el “abandono”. He respondido con puntualidad cada uno de los emails que enviaron a mi buzón. Cuesta creer que una cosa que empezó como un divertimento individual, como un juego casi infantil, acabara entrañando una responsabilidad con tantos.
Hoy en la mañana me llegó un mensaje de Andrea Piedra, una entrañable compañera de aula en la Escuela de Arte de Cubanacán, en La Habana. Nunca más había sabido de ella. Para mí, sigue teniendo el rostro, la ropa y la sonrisa de aquella época (años 80 del siglo pasado). No sé cómo es Andrea hoy, pero ya me enteré cómo piensa y eso me ha hecho muy feliz.
“Es hermoso que hayas creado este espacio, ha sido una idea bella y genial. Pero hace mucho dejó de ser tuyo para convertirse en propiedad de los que te esperamos, salvando las diferencias que nos separan y agregando las virtudes que nos unen. Por todo lo anterior, compañero Camilo Venegas Yero, alias el Camily, tienes que seguir escribiendo en El Fogonero hasta que la muerte los separe”, me advierte mi antigua camarada.
Justo en el momento en que recibí su señal, estaba borrando dos comentarios, uno mío y otro de un tal Ernesto de la Serna. No era un acto de censura, sino de vergüenza. Un perseguidor cubano, bajo tan ridículo seudónimo, logró sacarme de quicio. Tanto mis palabras como las suyas me parecían una mancha innecesaria en el blog.
Por todo esto quiero hacer una aclaración: El Fogonero es un espacio privado que tengo que compartir para que exista. Pero eso no quiere decir que deje pasar por él a esbirros infelices y a chivatos frustrados. El Fogonero es mi manera de seguir habitando el Paradero de Camarones, la única manera que me queda de invitar a gente como Andrea a disfrutar de mi espacio y de los míos.
Nada que contravenga esa premisa tendrá cabida aquí.

09 diciembre 2012

Los Búfalos no tocan los libros cuando leen


(Escrito para la columna Como si fuera sábado, de la revista Estilos)

Pertenezco a un raro club. Está integrado por un uruguayo, un venezolano, un español, un dominicano y dos cubanos. Solo comentamos lecturas. Aunque todos escribimos y tenemos libros publicados, jamás hablamos de lo que hacemos. Nos reunimos, con disciplina masónica, a hablar de obras ajenas.
Nos llamamos Los Búfalos y nos juntamos un martes sí y un martes no. Aunque nunca faltan los destilados y el buen humor, todo se lleva a cabo bajo estrictas leyes: El anfitrión del próximo encuentro decide la obra que se discutirá en su terreno. Las lecturas son obligatorias, sin excusas. Recomendar un mal libro puede ser penalizado.
Lo que empezó como una broma, ha acabado en blanco y negro en un documento redactado por uno de los más reconocidos abogados de Caracas. El “Código Búfalo” despeja todas las dudas que se puedan tener sobre las interioridades del club. Solo se ha sido flexible en un punto: se aceptan los libros que no se puedan tocar.
A todos nos encanta ir a Cuesta (el uruguayo e incluso el madrileño aseguran que es una de las mejores librerías de Iberoamérica), pero la mayoría de las veces compramos los libros en tiendas electrónicas. Unos van con su Kindle y otros con el iPad. Rara vez alguien asiste con un libro físico en las manos.
En el último encuentro, celebrado en uno de los bares del Hotel Hilton, hablamos mucho de eso. El venezolano y uno de los cubanos, que son los más reticentes al respecto, aceptaron que leer en esos artefactos es mucho más cómodo y permite una interacción que no es posible con el libro de papel.
Es cierto que la pantalla no huele, que no se puede manosear, que no sufre ese delicioso deterioro que vamos provocando al avanzar en un tomo; pero hay muchas recompensas por ello. Como dije al principio, cinco de los seis integrantes somos extranjeros. A todos nos ha tocado abandonar bibliotecas enteras y en el caso de algunos más de una vez.
Yo, por ejemplo, he llegado a buscar muchos libros en vano. Después de mirar en el estante al derecho y al revés incontables veces, he caído en cuenta de que ya no los tengo conmigo, que se quedaron abandonados en La Habana. Y pocas cosas producen tanto desasosiego como admitir que has perdido un libro del que nunca te separarías.
Con los libros electrónicos no pasa eso. Si logras subirlos a una nube, los habrás hecho tuyos por siempre. A partir de ese momento, en teoría, irán contigo a todas partes y estarán ahí, en la punta de tus dedos, cada vez que necesites hojearlos.
Pero eso no quiere decir que se acaban las angustias. Si antes las preocupaciones eran las polillas, la humedad o el polvo, ahora son la carga de la batería, la conexión a internet y los ladrones (a nadie se le ocurriría arrebatarte un ejemplar de la “La montaña mágica” de las manos, en cambio un iPad…).
Hasta ahora, todos los cambios de formatos que conocíamos solo atañían a la música. Soy de una generación que vio morir al long play, al casette y al CD; pero que siempre vimos al libro como algo intocable, imperecedero. A ninguno de nosotros nos pasó por la cabeza que la revista Rolling Stone se podría llegar a leer dentro un teléfono.
Pertenezco a un raro club. Soy un búfalo. Ya no toco los libros cuando los leo.

04 diciembre 2012

Los cubanos nos estamos extinguiendo


Cuba despedirá el 2012 con 84.000 habitantes menos que en 2011. Es un hecho, nos estamos extinguiendo. Aunque la revolución no era un proyecto de país para viejos, las generaciones envejecieron de manera prematura, una tras otra, a fuerza de fracasos y desencantos.
Hace unos días vi un pequeño video de un concierto de Silvio Rodríguez en un barrio marginal de La Habana. El trovador vestía de viejo y llevaba una gorra de guarapito (los ancianos que eran auxiliares de la policía en los pueblos). Los que se sabían las canciones en el público también eran mayores, muchos de ellos sin camisas y sin dientes.
Las imágenes de La Habana que recogen los noticiarios son igual de desoladoras: una ciudad en ruinas llena de ancianos ociosos. Aquellas preciosas muchachas que marchaban en las fotos de Korda, con los ojos llenos de esperanza y una sonrisa impecable, ahora son unas abuelas con un rictus insalvable.
La última imagen que conocemos de Fidel Castro se hizo en un campo de moringa. Lleva una camisa a cuadros (no sabemos si alguna Yumurí que ha sobrevivido) y un sombrero de escuela al campo. Parece un niño que juega, pero es un anciano que delira.
Cuando comenté en Facebook el dato del decrecimiento de la natalidad en Cuba, muchos reaccionaron. Alejandro Aguilar y José Manuel Fernández Pequeño coincidieron en una idea. “También nos estamos dispersando, enquistados en miles de puntos en el mapa mundial”, aseguró Alejandro.
Cuando cada uno de nosotros tuvo conciencia del lugar donde le había tocado nacer, creyó que moriría en él. Pero a la larga muchos acabamos largándonos. Era preferible que nuestros hijos procrearan en cualquier lugar que no fuera un país sin futuro.
Desde entonces la era pare corazones exiliados.