15 junio 2012

Papá Hemingway

 
Ernest Hemingway ya no sale del Floridita. Mantiene su codo izquierdo anclado en un rincón de la barra. Sus hombros están brillosos. Todos los días, centenares de turistas se abrazan a él para hacerse una foto donde parezcan viejos conocidos. 
Como nosotros hicimos lo propio, nos preparamos un Papá Hemingway mientras repasamos las imágenes del viaje. El trago no nos supo igual. Creo haber copiado bien lo que nos dictó el barman. Seguí cada uno de los pasos al pie de la letra. Pero algo falló, no sabe como el original. 
Tampoco el Floridita y Hemingway son los verdaderos. Ambos fueron reconstruidos según el recuerdo de los demás. Dicen que el Floridita de los años 50 no eran tan concurrido. Todos los que lo conocieron de verdad, recuerdan a un Hemingway menos amable y asequible que la estatua de bronce. 
Como recompensa por nuestro fracaso, ofrezco la receta. En honor a la verdad se trata de un trago muy sencillo. Solo creo necesario hacer una advertencia más. Si se quiere saber a qué sabía La Habana de Ernest, deben preparar cantidades suficientes. 
Todo el que lo vio salir del Floridita, concuerda en que se tambaleaba como un bote en alta mar.

Ingredientes:
Ron carta blanca
Jugo de toronja
Hielo frappe
Jugo de limón
Marrasquino

Preparación:
Se mezclan todos los componentes en la batidora, durante 30 segundos y se vierte en una copa para agua.

Servir:
Se acompaña con pajillas ¾.

13 junio 2012

Yo me empecé a morir mucho antes

 
Según Julio Cortázar, él se empezó a morir cuando cumplió los cincuenta años. En “Burla burlando ya van seis delante”, que aparece en Un tal Lucas (1979), el escritor asegura que a esa edad comenzaron a partir, sucesivamente, “los grandes magos, los chamanes de la juventud”.
La lista de los suyos incluye a Jean Cocteau, Luis Armstrong y Duke Ellington, entre otros. Al final del cuento recuerda que, mientras tosía en un hospital de La Habana, un amigo le llevó la noticia de la muerte de Charles Chaplin. Eso le hizo salir a la calle “un poco menos vivo”.
Yo me enteré de la muerte de Rafael Lay en la estación de Ranchuelo, mientras esperaba un tren de regreso a casa. Era el 13 de agosto de 1982. Apenas tenía 15 años y tuve que asimilarlo de un golpe. Si se morían los músicos de la orquesta Aragón (que era mi idea de lo eterno en formato de charanga), nada era para siempre.
Con las muertes de Julio Cortázar (1984), Jorge Luis Borges (1986), Miles Davis (1991), Emiliano Salvador (1992), Kurt Cobain (1994), Tomás Guitérrez Alea (1996), Gastón Baquero (1997), Stanley Kubrick (1999) y Cintio Vitier (2009), algo de mí también cayó.
La última vez que continué muriendo fue hace apenas ocho días, cuando Ray Bradbury se largó aún más allá del Cráter Dandelion. Como Cortázar, cada vez estoy un poco menos vivo. También llevo desventaja. Ya van mucho más de seis y aún no he llegado a los cincuenta.

12 junio 2012

Teófilo Stevenson

 
Por sus apellidos, Stevenson Lawrence, parecería que se trataba de un poeta o un lord. Pero su nombre, Teófilo, era como un piñazo en la cara. Todos los héroes de mi infancia había librado sus peleas en épocas pasadas. Al único que vi combatir en un presente perfecto fue a Stevenson.
Como casi nadie alcanzaba a pegarle, su rostro permanecía impecable durante los combates. Los largos cordones de sus zapatillas marcaban, como el péndulo de un metrónomo, la música de los golpes. Así, combate tras combate, el mejor boxeador amateur de la historia llenó de medallas el pecho de nuestra infancia.
Celebró su primera pelea a los 14 años, en 1966, y la última a los 32, en 1988. Durante esos 22 años que se mantuvo en el ring, el Gigante del Central Delicias ganó 301 de los 321 combates en los que participó. Su reinado olímpico comenzó en los Juegos de Munich 1972 y se extendió hasta Moscú 1980.
Si Cuba hubiera participado en las Olimpiadas de Los Ángeles 1984 y Seúl 1988, Stevenson no hubiera tenido contrincantes. Como tampoco los tuvo en los Campeonatos Mundiales de La Habana 1974, Belgrado 1978 y Reno 1986. Su gran superioridad en todos esos certámenes, jamás le impidió comportarse como un respetuoso caballero con sus adversarios.
No me gusta el boxeo, pero nunca me perdí una pelea de Stevenson. Con él, ese deporte se convertía en un arte en tres asaltos. Una vez lo encontré en una calle de La Habana. Aunque Ana Rosario era muy pequeña aún, no quise desaprovechar la oportunidad de presentárselo.
–Mira, nené, ese hombre era un ídolo de mi infancia –le dije.
–¿Y qué hacía? –Preguntó mi hija con cara de asombro.
–Salir en la televisión cuando izaban la bandera y ponían el himno –respondió Stevenson con una torpe sonrisa, antes de darle un beso.
Como él no quiso hablar de boxeo, yo tampoco lo hice. Le di la mano y las gracias. Es el campeón más grande que he saludado en mi vida. 

10 junio 2012

La Tertulia de Alejandro Aguilar

 
Ha tenido más de un nombre y los que acuden a ella suelen llamarla de muchas otras maneras, pero al final no es más que la Tertulia de Alejandro Aguilar en Casa de Teatro. Comenzó el 7 de junio de 2011. Unos meses después que Alejandro y Marianela Boán aterrizaran en República Dominicana procedentes de Filadelfia.
Recuerdo la noche que me contaron sus planes. La compañía norteamericana de Marianela se presentaba en Santo Domingo. Mientras los bailarines ensayaban, Alejandro y yo nos pusimos al día con la ayuda de un Brugal Extra Viejo. “Necesito volver al Caribe”, me dijo con un raro tono de desesperación.
En ese momento yo padecía de soledad crónica y mi tono no fue menos desesperado. Una semana después fui al aeropuerto a buscar a Alejandro. Solo traía consigo un tubo con obras de artistas amigos, los libros indispensables, su música y un reloj que se mantenía en pie como un danzador, a través de un raro ejercicio de equilibrio.
El día que por fin pude ir a la Tertulia, cayó el aguacero más grande que recuerdo en Santo Domingo. Cuando entré, justo frente a la puerta, estaba Diana Sarlabous. Horas después se desató una extraña complicidad entre nosotros, días después nos hicimos novios y meses después nos casamos. Hasta eso le debo a Alejandro.
El día que me planteó la posibilidad de venir a vivir a Santo Domingo, yo le dije que lo único que me faltaba en esta ciudad era alguien de mi generación con quien poder hablar de literatura. Tanto cumplió su palabra, que se convirtió en el editor de ¿Por qué decimos adiós cuando pasan los trenes? No contento con eso, me regaló también un hermano mayor (¡y del mismo padre: Freddy Ginebra!).
Mañana todos irán a Casa de Teatro con el pretexto de celebrar el primer año de la Tertulia. Aunque yo también voy a brindar por eso (allí conocí, por ejemplo, al colectivo El Arañazo, uno puñado de poetas con los que he aprendido mucho), mis razones son mucho mayores. El tamaño del regalo que me hicieron Alejandro y Marianela al abandonar Filadelfia y refugiarse en Santo Domingo, nunca podré medirlo con exactitud.
La Tertulia de Alejandro Aguilar le ha cambiado la manera de entender y hacer la literatura a muchos. A mí me cambió la vida.

08 junio 2012

Caótico Calamaro

 
Hay creadores que buscan en el caos su mejor fuente de inspiración. Sobran ejemplos de escritores, pintores y músicos que exprimen sus mortificaciones hasta dar con el arte. Como el oso que mete la garra entre las rocas del río para sacar algún pez exhausto, cada vez que Andrés remueve sus angustias pesca una canción.
En 1990, lo que parecía un encierro autodestructivo, acabó convirtiéndose en una obra maestra del rock en español. Pero en ese momento no existía SoundCloud, de manera que Honestidad brutal solo nos permitió acceder a 19 de las ciento y pico de canciones que fueron compuestas.
Diez años después, la discográfica no pudo contener a Calamaro y El salmón se convirtió en un disco quíntuple. Aún muchos van hasta allí, a pescar cosas increíbles y sorprendentemente desconocidas. Después de eso, se produjo un regreso a la “cordura”. No por gusto la señal que lo demarca en el pie de Neil Armstrong en la Luna.
En ese lapsus, que duró justo otra década, se produjeron discos muy buenos, pero en ninguno de ellos se le vio al pez nadar a sus anchas contra la corriente. Una advertencia en Twitter fue la señal de volvían los tiempos “peores”: “No se que hacer con la música, si regalarla, si editar un disco old school, si guardármela para tiempos mejores...”, dijo A$K (@Barksdale666).
Hasta el momento ha colgado 126 canciones inéditas en algo que él llama, por ahora, A$K Le Cloud Xperience. Como cada una de sus crisis se ha convertido en un irrefrenable proceso creativo, ha llegado el momento de sentarse a esperar un nuevo punto cardinal en la obra de Andrés.
Esa nube virtual no es más que el trayecto del salmón río arriba. Ojalá que ningún oso se lo coma en el camino y llegue sano y salvo al lugar del desove. Los que todos los días del mundo necesitamos al menos una canción suya para sacar adelante la hora más difícil, esperamos con paciencia por eso.

01 junio 2012

Oda al querebebé

 
Al principio fue un eco, un raro graznido que le pasó por encima a la madrugada. Escribo delante de un matorral con ínfulas de bosque. Un pino, una mata de aguacates, una de limoncillos, otra de guanábanas y tres o cuatro arbustos que aún no identifico. En sus ramas merodea toda clase de aves.
Pericos, tórtolas, pájaros bobos, zumbadores, carpinteros, ciguas palmeras, cuatro ojos y gorriones. Una vez que amanece, entre todas se confabulan para no concederle ni un minuto de silencio al día. Pero cuando llega la noche desaparecen y la oscuridad absorbe las frondas. Justo ahí comienza el reino y los misterios del querebebé.
Encontrarlo en el cielo sin luz me tomó días. Luego, gracias a Ángela Lora, supe su nombre. Rastreando enciclopedias y libros de ornitología he logrado saber bastante de su vuelo errante, de su silueta parecida a la de un halcón –en inglés su nombre es nighthawk– y de su enorme boca en forma de embudo.
Durante mucho tiempo existió la falsa creencia de que el querebebé le robaba la leche a las cabras y debido a ello se le persiguió sin piedad. Por fortuna ya todas las aves ‘chupacabras’ han sido absueltas y pueden volar en paz, libres ya de toda culpa.
Según uno de los textos a los que acudí, el vuelo del querebebé sobre los pueblos y ciudades es cada vez más frecuente; eso quiere decir que la especie se recupera de aquella terrible época en por poco se le extermina. En la noche de Santo Domingo siempre se le oye, donde quiera que se esté.
Soy un hombre de campo. No acabo de acostumbrarme a las ciudades. Ando como un intruso por el asfalto, como un inadaptado, alguien que no sabe comportarse en público. Sigo prefiriendo las veredas a los caminos y los faroles a las luces de neón. Siempre he anhelado volver a las cercanías del potrero de mi abuelo.
Pero en lo que esa quimera se hace realidad –si es que algún día dejará de ser no más que una quimera–, sólo el querebebé me conforta, sólo él aparta espacios y simula para mí la indispensable soledad que requiere la escritura.
No creo en musas, ni en soplos o querubes y mucho menos en eso que aún se llama inspiración. Creo en la terquedad y en la constancia frente a la hoja en blanco. Pero siempre hay que reconocer la ayuda de alguien en ese momento crítico de ‘dar a luz’ un párrafo. Si he de tener algún tipo de gratitud, entonces menciono a ese oscuro pájaro que de día se esfuma entre lo menos asequible.
Sin el querebebé no podría soñar que sueño, sin él la nostalgia y los anhelos no tendrían la forma de las palabras. Jamás llegaré a tocarlo, es probable que ni siquiera logre verlo de cerca. Pero no importa, porque sólo su vuelo me concierne.
Gracias a él y a su canto errante, la noche de Santo Domingo es para mí eso que un gran poeta de mi país llamó “el sitio en que tan bien se está”.