Una de las cosas por las que nunca he podido oír una canción de Juanes hasta el final, es por las frases bobaliconas y las rimas demasiado fáciles con la que entreteje sus pobres estrofas. Cuestión de gustos. Los boleros, las trovas y el rock me enseñaron a soñar por la oreja (y aquí le pido prestada la expresión al entrañable Joaquín Borges Triana).No es que quiera restarle mérito al colombiano, alguno tendrá cuando ha logrado tanto éxito en todo el continente. Lo que me pasa con él es que había podido ignorarlo hasta que se le ocurrió cantarle a la paz en uno de los lugares del hemisferio donde más se ha hablado de guerra: la Plaza de la Revolución de La Habana.
Debo aclarar que no estoy en contra de que lo haga, ni siquiera a sabiendas de que ese acto será utilizado por el régimen cubano y sus corifeos. Sigo pensando que todo eso no es más que júbilo hervido con trapo y lentejuelas. Pero el inefable Juanes acaba de dar unas declaraciones en El País que no puedo pasar por alto.
“Miami y Cuba son dos hermanos que se detestan profundamente”, dice el autor de “La vida es un ratico”. Cuando habla, Juanes es todavía más elemental que cuando canta. Por eso confunde al pueblo de Cuba con la dictadura que lo ha sumido en la miseria y al exilio de Miami con la caricatura que esa propia dictadura ha urdido.
El pueblo cubano sigue siendo uno solo, Juanes, a pesar de que 50 años de criminal represión trataran de dividirlo en dos bandos irreconciliables. La inmensa mayoría de los que irán a escuchar tus canciones en la Plaza de la Revolución, sobreviven por las remesas que les envían desde el exilio sus hermanos, primos o tíos. El odio no es entre la gente sino contra los que te han permitido cantar.
Celia Cruz se murió sin poder volver a su patria; los mismos que ahora te han dado el visto bueno a ti, le negaron ese derecho a ella. Hace apenas unos meses, Willy Chirino pidió permiso para que uno de sus conciertos en Miami se proyectara en una pantalla gigante en La Habana, ni siquiera se molestaron en responderle. Ninguno de los artistas que promueven ahora tu concierto, hicieron nada por propiciar un acercamiento con su compatriota.
No es un problema de odio, muchacho, es de intolerancia. Para resumirlo con una de tus versos más simplones: “Si tu me pagas con eso, yo ya no te doy más de esto, amor”.




