Hace 48 horas, tras hacerse pública la noticia de la muerte de Papito Serguera, el perseguidor más temido por los intelectuales cubanos, yo les preguntaba (sobre todo a los que participaron en aquella guerra chiquita de emails contra el infausto personaje) si ya se sentían un tilín más libres, si esa defunción les dejaba la vía expedita para expresarse sin miedos.
De ser así, ya tienen una excelente oportunidad para empezar a comportarse como individuos que de verdad quieren pensar el futuro de su país. Hoy el Comandante en Jefe (o la mano que mece su cuna) ha publicado una reflexión donde se queja de que Obama sigue sin mencionar el derecho de los ciudadanos norteamericanos de viajar a Cuba.
Si el miedo al fantasma de Papito Serguera era lo que los obligaba a hacer silencio, me imagino que ya pueden preguntarle abiertamente a Fidel (o al ente que lo usa como heterónimo) por qué él no habla primero del derecho a viajar de sus compatriotas. Se supone que su prioridad deben ser los once millones de cubanos que él gobierna. Una vez atendido eso, podría continuar con su política injerencista hacia Estados Unidos.
¿No les parece un buen punto?
Papito Serguera ha muerto. El Granma, al dar la noticia, resume en cinco párrafos la hoja de vida del combatiente revolucionario. En la nota se destacan, sobre todas las cosas, sus valerosas acciones durante la lucha contra la dictadura de Fulgencio Batista. Lo que hizo a partir de enero de 1959 cabe en tres oraciones breves, siempre acotadas por un punto y seguido.
“Al triunfo de la Revolución fue ascendido al grado de Comandante. Desempeñó tareas en los Tribunales Revolucionarios, en las Fuerzas Armadas Revolucionarias y en el Partido, en la provincia de Matanzas. Cumplió otras funciones tanto en el país como en el exterior”, dice el diario. En el cumplimiento de “otras funciones” fue que Serguera se ganó el desprecio de una buena parte de los intelectuales y artistas cubanos.
Por eso es que los sobrevivientes de sus persecuciones y “algún que otro brioso nuevo pino” reaccionaron con inusual alarma cuando volvieron a encontrarse con el rostro del personaje. Ya Papito no está más. Su cadáver, atendiendo su voluntad, ha sido cremado. Me pregunto si a partir de ahora el actual quinquenio empezará a ser menos gris de lo que fue hasta hoy. Les pregunto a todos los que protestaron si se sienten un tilín más libres.
Hugo Chávez ha decretado que toda Venezuela celebre sus diez años en el poder. A él, como a casi todos los tiranorevolucionarios, el ego no le cabe en el uniforme y se ve forzado a repartirlo a partes iguales entre la masa que gobierna. Diez años después, Hugo ya es la caricatura de aquel Chávez que encantó serpientes por toda América Latina.
Recuerdo que hace unos años, aquí en Santo Domingo, en una velada de velados pequeños burgueses (de esos que cuando beben whisky de malta destilan añoranza por los tiempos en que luchaban contra todo lo que ellos acabaron siendo), se defendía a Hugo Chávez con pasión y convicción.
Era un pequeño jardín en forma de rectángulo y todos los que estaban ahí adentro alababan con entusiasmo el Socialismo del Siglo XXI; todos menos dos cubanos, que conocíamos en carne propia (y sin poder comer la de ningún otro animal) tan eufórica estafa. Me gustaría saber qué piensan aquellos señores de lo que ha resultado ser su prospecto de líder continental. Hugo Chávez se canta a sí mismo... y se llora.
No olviden que no paró de sollozar durante las horas que duró el golpe de estado. No sé si es del todo cierto, pero según los soldados que lo retuvieron, no había quién aguantara el olor a mierda en aquella celda.
Un amigo muy querido (que aún vive en La Habana más vieja) me contó la anécdota. No sé si es real, pero en todo caso merece serlo. Mi amigo cuenta (a pesar de su voz hosca, tiene una gracia sin igual para contar esas cosas) que en algún momento le pidieron a Celia Cruz que hiciera un concierto en la Base Naval de Guantánamo.
Eso, de cierta manera, representaría su regreso a la isla. Para narrar la parte final de la historia, mi amigo abría los brazos y se inclinaba para sugerir una balanza. “Tú estás loco −decía que dijo Celia−, para que la isla se vaya de lado”. La presunción de Celia Cruz de que once millones de cubanos se desplazarían hasta el territorio ocupado para escucharla, parece más creíble que la afirmación hecha por Fidel Castro (en el hipotético caso de que aún esté en condiciones de afirmar cosas) de que el pueblo de Cuba tiene entre sus prioridades recuperar ese pedazo de bahía.
“Mantener una base militar en Cuba contra la voluntad de nuestro pueblo, viola los más elementales principios del derecho internacional. Es una facultad del Presidente de Estados Unidos acatar esa norma sin condición alguna. No respetarla constituye un acto de soberbia y un abuso de su inmenso poder contra un pequeño país”, reflexiona el Comandante. Puestos a elegir, los cubanos tienen otras prioridades.
Si tuvieran que escoger, por ejemplo, entre la devolución del territorio que ocupa actualmente Estados Unidos o una transición hacia la democracia, con toda seguridad votarían por la segunda opción. Por algo el gobierno revolucionario se vio forzado a sembrar el campo minado más grande del mundo alrededor de la Base Naval de Guantánamo.
No es de los marines que se cuida sino de su propio pueblo. Es a él a quien ataja.
El Paso a Nivel es uno de los finales del Paradero de Camarones, de ahí en adelante empieza un mar de cañaverales que se extiende hasta Mal Tiempo, que es el punto hacia donde se dirige el callejón que atraviesa la línea del ferrocarril. A lo lejos se ve la torre humeante del ingenio.
Si se baja la vista se verá a una res moribunda que acaba de ser atropellada por el tren de las dos. A su alrededor, un mar de gente espera con los machetes en alto. El 15 de diciembre de 1895 ocurrió en Mal Tiempo una de las más importantes batallas de la Guerra de Independencia. Las tropas del generalísimo Máximo Gómez y su lugarteniente Antonio Maceo cargaron contra el ejército español.
El toque “a degüello” desató una carnicería que duró a penas unos minutos. Los insurrectos le causaron alrededor de 300 bajas al enemigo y en sus filas sólo reportaron cuatro muertos y la misma cantidad de heridos. El animal aún respiraba cuando la policía lo declaró muerto. El estado en que había quedado hacía imposible su recuperación.
Cuando el capitán dio la espalda, la multitud cargó al machete. Las piezas fueron desapareciendo, como un rompecabezas que nunca más podría componerse. Al final sólo quedó una silueta sanguinolenta sobre la hierba. Entre la multitud hubo dos heridos. A uno le faltaba un brazo y a otro una mano. Dos piezas que tampoco aparecieron.
Ahí se acaba o empieza el Paradero de Camarones, todo depende de la dirección en que se vaya. Por ahí también pasa una frontera ficticia a la que nadie se ha acostumbrado. Hace ya 33 años que a las seis provincias cubanas las partieron en catorce pedazos, pero todavía la gente insiste en nombrar las cosas como en el “tiempo de antes”.
En el caso del Paradero de Camarones el asunto se complica, porque dividieron al pueblo en dos mitades inconexas. Una mitad pertenece a Palmira y la otra mitad pertenece a Cruces. Eso hace que a unos les toque viajar hacia el Sur y a otros hacia el Norte cuando tienen que hacer alguna diligencia.
A muchas casas a las que la línea roja llega a pasarles por encima. Justo en la puerta de la cocina de María Ramona, por ejemplo, se acaba un municipio y empieza el otro. Ella vive más allá, pero tiene el excusado, las gallinas y las dos puercas de ceba más acá. Come en Palmira y caga en Cruces.
Antiguamente en ese crucero había una pequeña caseta de madera donde se guarecían los abanderados. Cada vez que un tren pitaba a lo lejos, ellos se atravesaban en el medio de la carretera con dos trapos rojos que alertaban a los choferes que venían en ambas direcciones.
Aún así, debido a la abrupta curva y a la poca visibilidad, ocurrieron grandes accidentes. Los alrededores del crucero se convertía en una zona de desastre que tardaba semanas en volver a la normalidad. De los hierros retorcidos se ocupaban los que necesitan construir un corral de puercos. De los restos, las auras tiñosas.
Pero la mayor utilidad que se le da a la Curva en el Paradero de Camarones es como unidad de medida. Cada vez que alguien tiene que describir una distancia de manera que todos lo puedan entender, sólo tiene que hacer una pequeña conversión. Si logra calcular cuántas veces sería del punto donde están hasta la Curva, será más que suficiente.
Nada allí orienta mejor a la gente que ese punto donde se acaba o empieza todo.