29 junio 2012

La casa de Alicia en un pueblo sin maravillas

 
En esa casa vivía mi tía Alicia Gallart. Está en la calle Oriente, en Manicaragua, un pueblo que fue perdiendo cada una de sus maravillas. Alicia era sobrina de mi abuela Atlántida, pero sus hijas Alla, Mermo y Milvia son como hermanas para mi madre. Esa fue la razón por la que Dalgis y Milvis se convirtieron en primas primeras.
Ese portal vacío está lleno de recuerdos fijos, de esos que te vienen a la cabeza sin pedir permiso, el día menos pensado. Allí los adolescentes que fuimos encontramos el espacio ideal para tratar de explicarnos el mundo (en aquel entonces no tenía muro ni puerta).
Estaba tan desolado que no me atreví a entrar. Para poder hacerlo necesitaba la compañía de Dalgis, Osbel, Fernandito, Belkis y Gustavito. Sin ellos, todo eso no es más que una preciosa casa en ruinas. Tampoco tenía sentido pasar si adentro no me esperaba Alicia, con su abrazo de lleno de palabras cariñosas, colonia y talco.
Hablo de la época en que un cubano acababa de llegar al cosmos. Lo poco que sabíamos del mundo exterior, lo decían las canciones que bailábamos en el Dancing Light Baikonur. Manicaragua era un pueblo perdido en una esquina de un sistema montañoso. Para nosotros, en cambio, era el centro del universo.
Cuando uno empieza a envejecer, logra muchas de las cosas con las que soñaba de adolescente. Pero entonces cae en cuenta de que no puede compartirlas con los que provocaron ese anhelo. 
Parado frente a esa casa, con el peso de su silencio encima, esa frustración se me hizo mucho, muchísimo más grande.

28 junio 2012

Aclaración No. 2

La publicación en El Fogonero del post Créeme, Vicente Feliú, cuando te digo que son unos fascistas, ha provocado muchas reacciones. La inmensa mayoría de ellas son de asombro. A nadie en su sano juicio le cabe en la cabeza que un artista inste a un gobierno a censurar y reprimir. 
Aunque los comentarios en este blog no se moderan, una tal Tamara Bunker (¿les suena?) no ha parado de enviarme emails con insultos y amenazas. Siempre empieza conminándome a retirar el post y acaba por mencionar a mi madre, después de asegurar que Vicente Feliú es más hombre que yo.
Lo primero no sucederá jamás. No suelo suprimir ningún post y bajo amenazas, menos que menos. Respecto a mi madre, solo lamento que la tal Tamara (¿será prima de Yohandry?) no la conozca. Es una cubana preciosa que hace los mejores frijoles negros del mundo. La felicidad que le procuro está fuera del alcance de cualquier cobardía.
Por último, creo que Vicente Feliú, en lugar de empecinarse en ser más hombre que nadie, debería concentrarse en tratar de ser mejor trovador que alguien. En mi caso particular, estoy dispuesto a darle mucha ventaja. Tanta, que en un mes cumplo 45 años y aún no sé cómo se toca una guitarra.

José Luis Rodríguez

 
Se convirtió en el jefe de estación del Paradero de Camarones después que mi abuelo se jubiló. Es el padre de Alexis (uno de mis mejores amigos de la infancia. Fuimos inseparables por años). Todas esas canas le salieron un mismo día, cuando el oculista le dijo que ya no podía seguir trabajando en las operaciones ferroviarias.
Lloraba como un niño mientras recogía sus pertenencias: uno manojo de lápices afiladísimos, una poderosa linterna de seis pilas y una regla con el borde de acero (que había sido de su padre, un gallego que también perdió su puesto de jefe de estación en el Machadato, cuando dejaron cesantes a todos los extranjeros).
José Luis me enseñó a despachar bultos por el expreso, a conciliar el boletinero después que pasaba el mixto de Cumanayagua y a dar las vías con arco (lo cual tenía que hacer a escondidas de mi abuela Atlántida, porque los trenes pasaban a mucha velocidad y las locomotoras soviéticas eran muy altas).
Lo encontré en el mismo lugar que lo dejé, a unas pulgadas del televisor (sus problemas de la vista han empeorado), viendo alguna película, la que sea. Mientras hablábamos se oyó el pitazo de una locomotora. No me volvió a hacer caso hasta que cesó el ruido.
Desde su casa no se ve la línea, por eso tiene que intuir lo que pasa leyendo el sonido de los hierros. Aunque hace más de veinte años que se jubiló, la razón de su existencia sigue siendo el ferrocarril. Cuando no tiene un tren delante, lo recuerda o se lo imagina.
No es que quiera irse a ninguna parte, es que necesita decirle adiós a algo. 

27 junio 2012

Nota informativa

 
En estos momentos trabajamos en la edición del libro La vuelta a Cuba, donde se recogen las crónicas del viaje de regreso a la Isla en septiembre de 2011. Algunos apuntes o fotos hechos entonces, han provocado nuevos textos. Como no quiero publicar nada que no esté en el blog, los estoy intercalando entre los nuevos post.
El mayor valor que tendrá el libro impreso será las ilustraciones del artista cubano Ángel Urrely. Su relectura de nuestro viaje ha generado una nueva (re)visión de lo que Diana Sarlabous y yo vimos y vivimos. El proceso creativo con Ángel me ha obligado a revalorizar cosas que antes había descartado.
En la introducción del libro se hace una advertencia que me gustaría repetir aquí. Durante los 16 días que permanecimos allí, no intentamos conocer ni entender la Cuba actual. Las experiencias que tuvimos sucedieron dentro de la ruta que nos habíamos trazado: los amigos más entrañables que quedan en La Habana y los familiares que aún viven en Las Villas y Oriente.
La vuelta a Cuba será el fruto de esos encuentros y de varios cotejos: nostalgia y presente, pasado y realidad, literatura y olvido.

26 junio 2012

La cueva del Agua

 
Si se abre esa puerta y se sigue ese camino, se llega a la cueva del Agua. Está justo en el vientre de aquel farallón. Cada vez que ganábamos la emulación socialista en la escuela de El Nicho, nos llevaban hasta allí en fila india, de menor a mayor.
Reinaldo, el profesor de Educación Laboral, tenía un tocadiscos portátil y de pilas. Aquel artefacto soviético, con forma de neceser, provocaba la admiración de todos por su avanzada tecnología. Estábamos en 1978, el año del XI Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes.
Tres LPs (la Ritmo Oriental, el Conjunto Rumbavana y la Pequeña Compañía) y algunos discos de 45 rpm (Lolita, Mocedades y Las Grecas) sonaban una y otra vez entre estalactitas y estalagmitas.
El frío de la tarde del Escambray se multiplicaba por dos con el agua del manantial. Pero eso no lograban detenernos. Pálidos y temblorosos, nos lanzábamos de cabeza contra aquel pozo helado, mientras las voz de Ricardito pedía a gritos que prendieran el mechón.
Algunos campesinos decían que allí vivía un güije. Otros ni se acercaban por miedo a una madre de agua que, según ellos, ya se había tragado a más de uno. Nosotros, en cambio, permanecíamos allí hasta el oscurecer. Éramos pinos nuevos, gérmenes de marxistas con la incredulidad elevada a la enésima potencia.
No me atreví a abrir la puerta. Dice Sabina que no se debe volver a los lugares donde se fue feliz. No podría decir si eso que fuimos allí puede homologarse con la felicidad. Tampoco quiero averiguarlo. Por eso bajé el vidrio, saqué la mitad del cuerpo y apreté el obturador. 
Siempre miré a través de la cámara. Me negué a ver con mis propios ojos lo que no quiero recordar de otra manera. Como en el iPod no llevábamos ninguna de aquellas canciones, le dije a Diana que prefería el silencio.