01 marzo 2020

En Cuba no quieren que recordemos a Mike Porcel

En 1978, Cuba fue sede del Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, un carnaval ideológico que se rifaban las antiguas dictaduras comunistas para citar a progresistas de todo el mundo. Un año antes, la prensa convocó a un concurso para elegir la canción tema.
Participaron muchísimos compositores y casi todos los miembros de la Nueva Trova, la organización que ya controlaba al movimiento que se había dado a conocer como “canción protesta”. La obra ganadora fue “En busca de una nueva flor”, de Mike Porcel.
La radio y la televisión reproducían una y otra vez aquella hermosa pieza que, en voz de Argelia Fragoso, se incrustó en el inconsciente colectivo. De pronto, en 1980, la canción y el nombre de su autor desaparecieron del éter cubano. Mike Porcel había decidido marcharse y todo el odio del país le cayó encima.
Los miembros de la Nueva Trova, sus antiguos compañeros, le escribieron una carta infame (solo superada por otra que algunos de ellos firmaron años más tarde, apoyando el apresurado fusilamiento de tres jóvenes). No satisfechos con eso, fueron hasta casa de sus padres y le hicieron un acto de repudio.
La dictadura permitió que su esposa y su hijo salieran del país, pero Mike Porcel tuvo quedarse y vivir en la ignominia. Se refugió en una iglesia, donde trabajó de organista. Toda su obra fue censurada y solo una intérprete, Beatriz Márquez, se atrevió a seguir cantándolo en las oscuras e inadvertida noche de los cabarets.
Un documental que José Luis Aparicio Ferrera y Fernando Fraguela Fosado dedican a Mike Porcel y su obra, fue censurado recientemente por el ICAIC, el instituto que gestiona la producción cinematográfica del régimen. En solidaridad, un grupo de jóvenes retiraron sus obras de la Muestra donde se exhibiría.  
Aparicio y Fraguela recibieron de sus colegas el apoyo que nunca tuvo Porcel. Esta vez la dictadura se quedó sola con su intolerancia y se vio forzada a suspender el evento donde se presentaría Sueños al pairo. Gracias a su rabioso totalitarismo, el nombre del genial músico cubano ha vuelto a estar en boca de todos.
En Cuba no quieren que recordemos a Mike Porcel. El suyo, es uno de los capítulos más infames del régimen que enfrentó amigos, vecinos y familias hasta que todos acabaron repudiando su propia dignidad. La nueva flor que buscábamos nunca apareció. Antes, la revolución se pudrió hasta sus mismas raíces.
La carta que el Movimiento de la Nueva Trova
le envió a Mike Porcel.

27 febrero 2020

La caja fuerte

La habitación de mis abuelos tenía cuatro puertas. Una daba al comedor, otra a la saleta, otra a mi habitación y la última, que era la única que permanecía cerrada, a la oficina del jefe de estación, el salón de espera y el cuarto de expreso. De niño, ese fue mi pasadizo secreto. 
Durante las horas que la estación estaba cerrada al público, me encerraba solo en el mundo de mi abuelo. Después de hacer las tareas en su mesa, me ponía a revisar los armarios y las vitrinas. Aurelio Yero era un hombre sumamente organizado y meticuloso. Por eso conservaba antiguos itinerarios y reglamentos.
Me pasaba horas hojeando aquellos libros. Seguía los recorridos de los trenes que circularon en el pasado, comprobaba sus cruces y combinaciones, jugaba a controlar sus movimientos simulando atrasos y desvíos. Siempre que mi abuelo me sorprendía, comprobaba mis conocimientos con las preguntas más difíciles.
En toda la estación solo había una cosa que yo no podía tocar: la caja fuerte. Allí se guardaba el dinero (de los boletines y el expreso) y los documentos contables. Lo vi pasarse días enteros de mal humor porque alguna cuenta no le cuadraba. Aunque las diferencias eran apenas de dos o tres centavos, gruñía.
Cuando Aurelio se jubiló, la estación permaneció cerrada por varios años. Durante ese tiempo, solo yo entraba y salía por el pasadizo secreto. Un día, mientras me contaba la historia de un tren que estuvo a punto de chocar, se llevó la mano al cinto y zafó el mazo de llaves que siempre llevaba colgado de él.
—Ve a la caja fuerte y tráeme un sobre amarillo —me dijo—. Ahí tengo guardada esa vía.
Puedo reconstruir lo que ocurrió de ahí en adelante segundo a segundo. Nunca antes me había sentido tan útil ni tan importante. Abrí la puerta del pasadizo secreto como si fuera a una misión de vida o muerte. Contuve la respiración mientras introducía la llave, accionaba la manigueta y abría la pesada puerta.
En la oficina de Alfie Solomons, el líder de la pandilla judía de Peaky Blinders, hay una caja fuerte idéntica a la de la estación del Paradero de Camarones. Cuando la descubrí, tuve que poner el capítulo en pausa. Volví al día en que mi abuelo por fin me permitió abrir aquel mundo a prueba de incendios.
—¿Qué pasa? —Me gritó Aurelio—. ¿No puedes abrirla?
Ni siquiera le respondí. Delante de mí tenía sobres lacrados, sellos, documentos en hojas de diferentes colores, comprobantes de pago de los Odd Fellows… ¡Los últimos secretos que la estación me había guardado! Nunca volví a ser el mismo después de ese día. El pasadizo secreto tampoco.

21 febrero 2020

El día que el Paradero de Camarones conoció a John Wayne

El cine Justo del Paradero de Camarones. A su derecha,
el portal de la casa de Chena.
El Paradero de Camarones fue fundado el 10 de julio de 1852, en el punto más cercano entre el ferrocarril de Cienfuegos a Cruces y San Fernando de Camarones, el poblado más antiguo de la zona. Al principio fue solo un andén de madera, construido de repente, en el verano de aquellos cañaverales. Luego levantaron varias casas a su alrededor.
En sus 168 años de existencia, el día más feliz de mi pueblo ha sido el 23 de febrero 1953. Aunque muchos aportaron de diferentes maneras, hubo dos protagonistas: Pedro Piz Prieto, presidente del Patronato Pro Luz, y Juan Francisco Rodríguez, el mítico Chena, que aprovechó la llegada de la electricidad para hacer realidad su sueño.
La fiesta comenzó al amanecer, con una procesión de San Damián por la calle principal. Pero el momento cumbre de la celebración fue al anochecer, en el instante en que todas las casas se alumbraron a la vez. Después de presenciar aquel increíble espectáculo, una multitud se congregó alrededor de Chena.
Linterna en mano, los invitó a pasar. Con las antigua butacas del teatro Luisa (de Cienfuegos) y con una estrecha pantalla donde no cabían las películas en cinemascope, el cine Justo abrió sus puertas. Cuando John Wayne se paró frente a todos y se quitó el sombrero, al Paradero de Camarones le dolieron las manos de tanto aplaudir.
Como la mayoría de los canarios que habían venido del campo no sabían leer, muchos se fueron sin entender la película. “¡Vuelvan mañana! —Les repetía Chena—. ¡Les prometo que voy a resolver ese problema!” Al día siguiente, John Wayne se presentó de nuevo. Lo aplaudieron otra vez, pero ya les resultaba un viejo conocido.
Desde la última butaca, Chena leyó la película completa. Además, incluyó comentarios sobre la trama. Cuando la revolución le expropió el cine, aceptó ser el taquillero por tal de no renunciar a su costumbre. Siguió leyendo las películas hasta su último día. Yo también estuve entre los que le preguntó, desde lo oscuro, si el bueno sobrevivía o al malo lo mataban. 
En 1991, publiqué un reportaje en El Caimán Barbudo donde le pedía a las autoridades que le devolvieran su nombre original al cine Justo. Le había sido cambiado por el de Jobusí (un supuesto indígena de la zona) durante su intervención. Increíblemente, me hicieron caso. 
El día que Chena me fue a dar las gracias por aquella “gestión”, me llevó una cantina de leche para mi hija Ana Rosario, un queso que me había hecho su esposa Mercedes Cabrera y un montón de fotos antiguas del Paradero de Camarones. 
“Gracias, Camilito, ya me puedo morir tranquilo”, me dijo con el mismo tono grave que narraba las películas. Dio media vuelta y salió caminando. Se movía como John Wayne al final de todo, cuando el letrero de “The End” salía de su espalda y cubría toda la pantalla.

El reportaje que publiqué en El Caimán Barbudo
sobre el cine Justo.

17 febrero 2020

Un barco hundido en Santo Domingo

Ese caserón, que parece un barco hundido al final de una tormenta, fue una de las estaciones de trenes más lindas de mi provincia. Todavía a finales del siglo pasado, hace unos 20 ó 25 años, conservaba su antigua elegancia. Todos los días por mi pueblo pasaba un tren que iba a morir a ese andén.
Todas las tardes mi abuelo Aurelio, después de bañarnos con el agua helada del pozo, nos poníamos unas camisas de corduroy que nos había hecho mi abuela Atlántida, y nos sentábamos en el andén a leer. Mientras él leía las memorias del Zhúkov, yo andaba por los mares de Malasia junto a Sandokán.
Cuando la tarde caía, el bombillo de 100 watts del andén no era suficiente para su vista cansada. Entonces cerrábamos los libros y él empezaba a hacerme viejas historias de los ferrocarriles. Para mí, era como seguir leyendo. Así fue que conocí el pasado de la estación de Santo Domingo.
Una vez, mientras Aurelio trabajaba allí de jefe de estación suplente, en su patio explotó una locomotora de vapor (son como las ollas de presión, cuando se quedan si agua, vuelan por los aires).  “Los trenes que venían de La Habana entraban de frente —me decía—. Los de Santiago, retrocediendo”.
Conservo un boletín de un viaje que hice a Santo Domingo (en la pequeña librería del pueblo se conseguían ejemplares imposibles en Cienfuegos, Santa Clara o La Habana). Iba y volvía en el mismo tren, el último mixto que circuló en Cuba (un tren regular de carga y pasajeros). 
Como la estación era solo una de las habitaciones de mi casa, yo mismo rellenaba el boleto. Esa es mi letra. El sello que tiene al dorso dice que el viaje fue el 21 de noviembre de 1991. Entonces ni imaginaba que, 9 años después, llegaría a un Santo Domingo donde ya no habría trenes de regreso.
Como un barco hundido, al final de una tormenta, encallaría para siempre aquí.

16 febrero 2020

Adalio Mosteiro Góngora

Ese hombre borroso, a punto de desaparecer para siempre, es mi tío Adalio Mosteiro Góngora. Era el hermano preferido de mi abuela Atlántida. Cada vez que los vi encontrarse, se abrazaron llorando. Hundían sus cabeza en el hombro del otro, sin poder contener el llanto. 
“Nunca verás a dos hermanos que se quieran tanto”, me decía mi abuelo Aurelio para explicarme aquel vínculo irrompible. Se habían criado en lo más alto del Escambray, no lejos de Cuatro Vientos. Allí su padre José Mosteiro tenía un cafetal y una casa que en las noches se llenaba de nubes. 
Cuando María Góngora, su madre, murió del parto de Nellina, los hermanos fueron separados. Adalio fue enviado a casa de unos parientes en Trinidad, donde vivió el resto de su vida. Mi abuela Atlántida se fue a vivir con Herminia, su hermana mayor, que estaba casada con un hijo del arquitecto Pablo Donato.
Adalio y Atlántida siempre se las arreglaron para verse al menos dos veces al año. En cada uno de esos encuentros, remendaban la infancia que se les había roto de pronto. En los años 80, cuando le cayeron a martillazos al Muro de Berlín y Cuba se vino abajo, Trinidad y el Paradero de Camarones quedaron mucho más lejos.
Los dos, casi al mismo tiempo, enfermaron de Alzheimer. Entonces yo me convertí en Adalio y mi hija Ana Rosario, en Nellina. Aunque mi abuela lo olvidó casi todo, hasta el final retuvo el nombre de su hermano, por quien se preocupaba todo el tiempo.
Uno de mis amigos de la infancia se llama Adalio Piz. Mi abuela le pidió a Olga y Anelio, sus padres, que lo llamaran así y ellos la complacieron. Por la ventana de la cocina de la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones se distinguía el Escambray.
Cuando en las tardes el cielo se ponía negro, Atlántida fijaba su mirada en aquellas lomas. “Miren el agua que va a caer y Adalio no acaba de llegar”, decía con tristeza. Luego se daba la vuelta y al verme, abría los brazos feliz. “¡Al fin llegaste!”, exclamaba mientras hundía su cabeza en mi hombro, enternecida en llanto.