Mis abuelos maternos, sus cuatro hijos, dos yernos y tres nietos fueron ferroviarios. Cuando los Yero nos reuníamos, además de caernos a besos (éramos una familia muy cariñosa) nos pasábamos días enteros hablando de trenes. Aunque muchas historias se repetían infinidad de veces, nos manteníamos en vilo hasta el desenlace.
Siempre que viajaba en tren con mi abuelo, me iba describiendo cómo era el paisaje que teníamos delante en los tiempos de los Ferrocarriles Unidos de La Habana. “Cuando esto era de los ingleses —me decía— la gente en los campos ponía los relojes en hora cuando pasaban los trenes”.
Cada vez que llegábamos frente a la caseta de hierro de San Francisco, donde nacía el ramal del central, tomaba mi cabeza entre sus manazas y me obligaba a mirarla fijamente. “¡Esa es la caseta de Marta Abreu!”, me recordaba con admiración.
Durante muchos años busqué fotos de ese apeadero en Internet. Hoy, por fin, di con algunas. Como los Chinea se criaron no lejos de ella, lo primero que hice fue enviársela a Renay por WhatsApp. De estilo art nouveau y penosamente en ruinas, esa armazón de hierro tiene un incalculable valor patrimonial.
Originalmente fue una de las taquillas de la Exposición Universal de París de 1889, a la que José Martí le dedicó una de las más hermosas crónicas de La edad de oro. Cuando desmantelaron la exposición, Marta Abreu la compró y la envió en un barco para su ingenio.
Finalmente la emplazaron como estación en el enlace del ferrocarril azucarero con la Cuban Central Railways. A finales de los años 80, conocí a un especialista del Museo Municipal de Cruces que tenía un proyecto para su restauración y su conversión en una sala museográfica. Pero ahí se derrumbó el Muro de Berlín y Cuba se fue a bolina.
—¿Te imaginas que eso estuvo cerca del río Sena, la catedral de Notre Dame y la torre Eiffel? —Me decía Aurelio siempre que el tren se alejaba y la caseta empezaba a hundirse en el mar de cañaverales—. ¿Te lo imaginas?
Siempre que viajaba en tren con mi abuelo, me iba describiendo cómo era el paisaje que teníamos delante en los tiempos de los Ferrocarriles Unidos de La Habana. “Cuando esto era de los ingleses —me decía— la gente en los campos ponía los relojes en hora cuando pasaban los trenes”.
Cada vez que llegábamos frente a la caseta de hierro de San Francisco, donde nacía el ramal del central, tomaba mi cabeza entre sus manazas y me obligaba a mirarla fijamente. “¡Esa es la caseta de Marta Abreu!”, me recordaba con admiración.
Durante muchos años busqué fotos de ese apeadero en Internet. Hoy, por fin, di con algunas. Como los Chinea se criaron no lejos de ella, lo primero que hice fue enviársela a Renay por WhatsApp. De estilo art nouveau y penosamente en ruinas, esa armazón de hierro tiene un incalculable valor patrimonial.
Originalmente fue una de las taquillas de la Exposición Universal de París de 1889, a la que José Martí le dedicó una de las más hermosas crónicas de La edad de oro. Cuando desmantelaron la exposición, Marta Abreu la compró y la envió en un barco para su ingenio.
Finalmente la emplazaron como estación en el enlace del ferrocarril azucarero con la Cuban Central Railways. A finales de los años 80, conocí a un especialista del Museo Municipal de Cruces que tenía un proyecto para su restauración y su conversión en una sala museográfica. Pero ahí se derrumbó el Muro de Berlín y Cuba se fue a bolina.
—¿Te imaginas que eso estuvo cerca del río Sena, la catedral de Notre Dame y la torre Eiffel? —Me decía Aurelio siempre que el tren se alejaba y la caseta empezaba a hundirse en el mar de cañaverales—. ¿Te lo imaginas?








