Un amigo muy querido (que aún vive en La Habana más vieja) me contó la anécdota. No sé si es real, pero en todo caso merece serlo. Mi amigo cuenta (a pesar de su voz hosca, tiene una gracia sin igual para contar esas cosas) que en algún momento le pidieron a Celia Cruz que hiciera un concierto en la Base Naval de Guantánamo.
Eso, de cierta manera, representaría su regreso a la isla. Para narrar la parte final de la historia, mi amigo abría los brazos y se inclinaba para sugerir una balanza. “Tú estás loco −decía que dijo Celia−, para que la isla se vaya de lado”. La presunción de Celia Cruz de que once millones de cubanos se desplazarían hasta el territorio ocupado para escucharla, parece más creíble que la afirmación hecha por Fidel Castro (en el hipotético caso de que aún esté en condiciones de afirmar cosas) de que el pueblo de Cuba tiene entre sus prioridades recuperar ese pedazo de bahía.
“Mantener una base militar en Cuba contra la voluntad de nuestro pueblo, viola los más elementales principios del derecho internacional. Es una facultad del Presidente de Estados Unidos acatar esa norma sin condición alguna. No respetarla constituye un acto de soberbia y un abuso de su inmenso poder contra un pequeño país”, reflexiona el Comandante. Puestos a elegir, los cubanos tienen otras prioridades.
Si tuvieran que escoger, por ejemplo, entre la devolución del territorio que ocupa actualmente Estados Unidos o una transición hacia la democracia, con toda seguridad votarían por la segunda opción. Por algo el gobierno revolucionario se vio forzado a sembrar el campo minado más grande del mundo alrededor de la Base Naval de Guantánamo.
No es de los marines que se cuida sino de su propio pueblo. Es a él a quien ataja.
El Paso a Nivel es uno de los finales del Paradero de Camarones, de ahí en adelante empieza un mar de cañaverales que se extiende hasta Mal Tiempo, que es el punto hacia donde se dirige el callejón que atraviesa la línea del ferrocarril. A lo lejos se ve la torre humeante del ingenio.
Si se baja la vista se verá a una res moribunda que acaba de ser atropellada por el tren de las dos. A su alrededor, un mar de gente espera con los machetes en alto. El 15 de diciembre de 1895 ocurrió en Mal Tiempo una de las más importantes batallas de la Guerra de Independencia. Las tropas del generalísimo Máximo Gómez y su lugarteniente Antonio Maceo cargaron contra el ejército español.
El toque “a degüello” desató una carnicería que duró a penas unos minutos. Los insurrectos le causaron alrededor de 300 bajas al enemigo y en sus filas sólo reportaron cuatro muertos y la misma cantidad de heridos. El animal aún respiraba cuando la policía lo declaró muerto. El estado en que había quedado hacía imposible su recuperación.
Cuando el capitán dio la espalda, la multitud cargó al machete. Las piezas fueron desapareciendo, como un rompecabezas que nunca más podría componerse. Al final sólo quedó una silueta sanguinolenta sobre la hierba. Entre la multitud hubo dos heridos. A uno le faltaba un brazo y a otro una mano. Dos piezas que tampoco aparecieron.
Ahí se acaba o empieza el Paradero de Camarones, todo depende de la dirección en que se vaya. Por ahí también pasa una frontera ficticia a la que nadie se ha acostumbrado. Hace ya 33 años que a las seis provincias cubanas las partieron en catorce pedazos, pero todavía la gente insiste en nombrar las cosas como en el “tiempo de antes”.
En el caso del Paradero de Camarones el asunto se complica, porque dividieron al pueblo en dos mitades inconexas. Una mitad pertenece a Palmira y la otra mitad pertenece a Cruces. Eso hace que a unos les toque viajar hacia el Sur y a otros hacia el Norte cuando tienen que hacer alguna diligencia.
A muchas casas a las que la línea roja llega a pasarles por encima. Justo en la puerta de la cocina de María Ramona, por ejemplo, se acaba un municipio y empieza el otro. Ella vive más allá, pero tiene el excusado, las gallinas y las dos puercas de ceba más acá. Come en Palmira y caga en Cruces.
Antiguamente en ese crucero había una pequeña caseta de madera donde se guarecían los abanderados. Cada vez que un tren pitaba a lo lejos, ellos se atravesaban en el medio de la carretera con dos trapos rojos que alertaban a los choferes que venían en ambas direcciones.
Aún así, debido a la abrupta curva y a la poca visibilidad, ocurrieron grandes accidentes. Los alrededores del crucero se convertía en una zona de desastre que tardaba semanas en volver a la normalidad. De los hierros retorcidos se ocupaban los que necesitan construir un corral de puercos. De los restos, las auras tiñosas.
Pero la mayor utilidad que se le da a la Curva en el Paradero de Camarones es como unidad de medida. Cada vez que alguien tiene que describir una distancia de manera que todos lo puedan entender, sólo tiene que hacer una pequeña conversión. Si logra calcular cuántas veces sería del punto donde están hasta la Curva, será más que suficiente.
Nada allí orienta mejor a la gente que ese punto donde se acaba o empieza todo.
Fulgencio Batista usaba chorros de agua para maniatar a los estudiantes que se manifestaban en su contra, Hugo Chávez prefiere los gases lacrimógenos. Igual que en la dictadura del cubano, la principal fuerza opositora del régimen del venezolano son los universitarios. En eso, Chávez se parece más a Batista que a Fidel (quien convirtió a las universidades en lugares donde se puede aprender de todo, menos a tener ideas propias).
“Los dirigentes de eso, hay que detenerlos. Detenerlos, doy la orden una vez. Señor ministro de Defensa, ministro de Interior, y los jefes de la policía, a partir de este momento, el que salga a quemar un cerro, a quemar unos árboles, a trancar una calle, me le echan gas del bueno, y me los meten presos. Si no lo hicieran, me raspo a los jefes responsables”, dijo Chávez enfurecido, luego de ver un video de las protestas estudiantiles en Caracas.
Los estudiantes universitario cubanos acabaron asaltando al Palacio Presidencial y estuvieron a punto de derrocar a Fulgencio Batista (llegaron hasta su despacho, pero el tirano logró escapar apenas unos segundos antes). Los estudiantes universitarios venezolanos fueron claves en la derrota del primer referéndum convocado por Hugo Chávez para perpetuarse en el poder. Ahora, en el segundo intento, ellos serán otra vez decisivos.
Por eso el gobernante ha ordenado que los repriman hasta silenciarlos. Las imágenes de los chorros de agua golpeando a los estudiantes cubanos, generaron una repulsa colectiva en la sociedad y marcaron el principio del fin de la dictadura de Fulgencio Batista. Está por verse la reacción que provocará en la sociedad venezolana el momento en que los estudiantes sean repelidos con “gas del bueno”. En ese instante se sabrá hasta donde llega la simetría entre un elemento y el otro.
En el Paradero de Camarones nunca se moría nadie. Por muchísimos años todo se mantuvo inalterable, como si hasta los ancianos más débiles hubieran decidido aguantar. Perduramos un largo tiempo sin la necesidad de guardar luto ni involucrarnos en los menesteres siempre difíciles que la muerte trae consigo.
Cuando se creó el Poder Popular, en 1976, el primer planteamiento que le hicieron a Yuyo, el Delegado, fue la necesidad de que se construyera un cementerio. Luego se habló de la posibilidad de que el Liceo (que a falta de parque era nuestra plaza pública) se habilitara como una funeraria provisional, de manera que los velorios no tuvieran que celebrarse en las casas o trasladarse a Cruces.
Todas esas previsiones no eran más que una impaciente angustia. Pero tantos años esperando la noticia hizo que algunos llegaran a sospechar que algo raro estaba pasando. Alguien, incluso, llegó a sugerir algún contagio de inmortalidad. Por eso, aunque las más beatas se persignaban cuando lo admitían, el deseo de que por fin se produjera la defunción se fue generalizando.
Nunca se logró el cementerio, nada se avanzó respecto a la funeraria definitiva. Todos, sin embargo, con un silencio morboso, esperaban la carroza.
De pie en el jeep, de izquierda a derecha, el meteorólogo José Rubiera, Fidel Castro Díaz-Balart y la ex voleibolista Regla Torres. (Foto: Laura García Freyre)
La noche en que Fidel dio un traspié en Santa Clara y se fue de boca contra el mausoleo al Che, pidió que le buscaran un jeep. Después de la caída y con algunos huesos rotos, el guerrero exigió salir de allí montado en su carro de combate preferido. La Caravana de la Libertad que deambuló por La Habana el pasado 8 de enero, también iba encabezada por un jeep, pero en el lugar de Fidel iba el individuo que más se le parece: su hijo Fidelito.
Alguien ha colgado en YouTube un sinnúmero de cosas de la televisión cubana de los años setenta y ochenta (no se pierdan a la increíble orquesta Rumbavana presentada por el inolvidable Cepero Brito y un recital de Irakere de 1977, donde todavía están Paquito y Sandoval). Entre esos retazos salvados de una manera inexplicable, aparecen varios anuncios que celebran aniversarios de la revolución. No todos pertenecen a un número redondo, pero siempre se festejan con idéntico ahínco.
Llama la atención el desgano con el que se ha celebrado en Cuba los 50 años. Los ocupantes del jeep de la Caravana de la Victoria son un ejemplo de ello. Un doble (ninguna otra razón justifica la presencia de Fidelito ahí), un meteorólogo (en la antigüedad se llamaban agoreros) y una atleta retirada (¿?). Entre todo el conjunto, lo más simbólico es el jeep. En alguna parte leí un testimonio de una cubana que fue parte, en enero de 1959, de la caravana original.
Según ella, el jeep de Fidel no necesitaba combustible, "porque la alegría de la gente lo empujaba". Medio siglo después, nadie tiene ya razones convincentes para celebrar y nada los empuja hacia el futuro. Como bien dice Leonardo Padura, Cuba es un país que mira al pasado y hacia allá se dirigen todas sus caravanas.