Aunque procuro no mencionarlo ni escribir su nombre —en un esfuerzo por suprimir el trauma—, no pude esquivar todas esas publicaciones que, desde el mundo libre, celebraron hace unos días los cien años de un dictador. Lo más grave, lo casi indecente, es que para hacerlo evitaban referirse al país que legó.
No hay nada más subversivo en la Cuba actual, ese país fallido que va camino al primitivismo, que los discursos de Fidel Castro. Ni una sola de las metas que se propuso, desde su alegato en el juicio del Moncada hasta en cada una de las interminables peroratas que dio en plazas, congresos y reuniones, fue cumplida.
En 2026, Cuba es un país infinitamente más pobre y desigual que en 1959. Un Estado que ha perdido todas sus capacidades —salvo la de reprimir—, escuelas en ruinas, hospitales sin medicinas, un país a oscuras y una juventud que se niega a parir para poder largarse: ese es el verdadero legado de Fidel Castro.
En “Biografía”, uno de los textos de Piedras sueltas, Octavio Paz sintetiza: “No es lo que pudo ser: es lo que fue. Y lo que fue está muerto”. Eso mismo pudiéramos decir de Fidel Castro y todo lo que pretendió en Cuba, tras llegar al poder en enero de 1959. Por eso el futuro del país, sea el que sea, tendrá que construirse sin su fantasma.
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