
Malezas está en el kilómetro 7,1 del ramal Cumanayagua. Un chucho de caña, una tienda del pueblo, dos barracones para macheteros voluntarios, una ceiba y un adivino. Juan Caramé vivía en una casa de guano y tablas de palma. Pero se pasaba el día debajo de la sombra de la ceiba, recostado en un taburete. Aunque tenía más de noventa años, aún caminaba con cierta firmeza. Más de sesenta zafras no habían sido suficientes para mellar sus vértebras.
“Adivina adivinador”, eso era todo cuanto había que decir para que Juan Caramé encontrara las cosas. Jamás se equivocó. El viejo no tenía que encender velas ni decir oraciones. Una señal de su dedo índice era más que suficiente para que todos los misterios se esclarecieran de inmediato. Caballos, monedas, retratos, vacas, vestidos, relojes, cotorras, novias, sortijas, perfumes y hasta pequeñísimos azabaches. Nunca cobró un centavo por sus auxilios, sólo exigía que se libraran de sus nudos las tiras rojas que la gente llevaba en las manos.
–Suelte a san Dimas, que ya encontré lo que usted anda buscando –decía y se lavaba las manos en una palangana llena de espuma.
Estaba casi ciego, pero era imposible que algo se ocultara de su dedo índice entre el cielo y la tierra. La gente llegaba afligida en el tren de la mañana y se iba feliz en el de la tarde. Juan Caramé lo estuvo encontrando todo hasta que él mismo se perdió. Nadie lo vio irse. De él no quedó más indicio que su casa vacía y un silencio inexplicable debajo de la sombra de la ceiba.
–¡Adivina adivinador! –Gritaban todos a coro–. ¡Adivina adivinador!
Pero nadie respondió. Ni él, ni san Dimas, ni el cielo, ni la tierra.
3 comentarios:
¡¡¡Excelente!!!
Camilo, yo pensaba, y nunca me corregiste, que se trataban de viñetas ineditas. Ahora quiero leer el libro. ¿Cuál es el título? Más que mencionas a San Fernando y a Camarones. Mi familia paterna es de todas partes de Las Villas y mi padre y mi tía pasaban los veranos en un pueblo quimerico en el que yo no creo porque no está en el mapa que se llama Falcón, con una logica muy adulta, diría el Principito.
Qué bonito, mi nieto!
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