
Cuando yo emigré y descubrí el Bacardí 8 años, pensé en mi abuelo y compré una botella. Al abrirla hice un viejo ritual de mi país: eché el primer trago al suelo y se lo dediqué a mi Aurelio, aquel viejo ferroviario que se murió lleno de nostalgia por sus antiguas costumbres.
Varios amigos míos han descubierto el Bacardí 8 años mientras oyen el cuento del anciano cubano. Ellos, a su vez, se lo han brindado a sus amigos y así, de una manera tan impredecible como el vuelo de los murciélagos, todos se han ido contagiando.
Un mercadólogo diría que eso es marketing viral. Pero yo sé que es nostalgia. Eso es lo que sucede cuando un deseo se añeja y pasa de generación en generación.
1 comentario:
Oye, estas miniaturas están buenísimas mi socio. Gracias.
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