16 junio 2009

Allá por Pasacaballos

La bahía de Cienfuegos se acaba en un muro de ladrillos que da la bienvenida a los marineros que llegan de ultramar. “Bienvenidos a Cuba Socialista”, se lee en la larga pared que tiene de fondo al Castillo del Jagua, al fantasma de la “ciudad nuclear” y a las ruinas sin acabar de un reactor de concreto. Parecería que se ha llegado a Chernóbil, pero en verdad es la Perla del Sur, la ciudad que más le gustaba a Benny Moré.

Del otro lado del canal por el que se entra a la enorme bahía de bolsa, está el Hotel Pasacaballos y, si se avanza más en dirección a la ciudad, se hallarán los restos de los bungalows que hubo en Cayo Carenas. Se trata de un lugar donde no fue posible ni el pasado ni el futuro. El ambiente bucólico de la primera mitad del siglo XX, donde el tiempo no importaba, fue abolido por la urgencia prefabricada de los planes quinquenales.

El pequeño pueblo de pescadores sucumbió a la enorme ciudad de obreros y científicos que nunca llegó a inaugurarse. La fortaleza colonial fue tomada por las torres yugoeslavas, el célebre hotel fue vencido por el domo de hormigón armado donde jamás llegó a producirse una reacción nuclear. Sólo la manigua y el cartel han sido consistentes en el Castillo del Jagua, sólo ellos lograron imponerse. “Bienvenidos a Cuba Socialista”, dice el muro rodeado de marabú y fantasmas.

12 junio 2009

No hay nada que agradecer, Cristina

La doctora Hilda Molina tuvo que esperar 15 años para que el Gobierno cubano le permitiera abrir la puerta, salir de la Isla y reunirse con su familia. Al dar la noticia, la presidenta argentina Cristina Fernández de Kirchner agradeció el “importante gesto” que ha tenido el presidente Raúl Castro. En Buenos Aires esperan por Hilda su hijo y dos nietos, de 13 y 7 años, a los que todavía no conoce.

Aunque el caso de esta familia se ha hecho célebre y ha recibido una gran cobertura en los medios, es apenas uno entre miles. Durante más de cuatro décadas los cubanos han estado privados del derecho de viajar con libertad. Generaciones enteras han crecido como rehenes de un estado totalitario que ha convertido las aguas territoriales del país en un muro tan infranqueable y bochornoso como el de Berlín.

Fidel Castro se refiere en sus Reflexiones de hoy a la Operación Peter Pan, donde miles de niños cubanos fueron llevados a Estados Unidos con el pretexto de salvarlos de adoctrinamiento que supondría la instauración de una dictadura (que a la postre acabó fraguándose). Al tratar de reconstruir los hechos, al Comandante se le escapa una frase comprometedora:

“Transcurría el año 1960 cuando se inició la operación. Como se conoce, nuestra Revolución no había puesto obstáculo alguno a las salidas del país. Debía ser la obra voluntaria de un pueblo libre”, dice.

Desde entonces ese pueblo al que se refiere Fidel, está privado de su voluntad y de su libertad. A partir de ahí se implantaron el Permiso de Salida y todas esas ignominias que, parafraseando al octogenario líder, habrían sido envidiadas por el propio Goebbels, el ministro de propaganda nazi.

No hay nada que agradecer, Cristina. A Hilda Molina sólo se le ha devuelto un derecho del que siguen privados millones de cubanos. No se olviden de ellos.

Un blog no es un efecto electrodoméstico

Mi abuelo no me llevó a conocer el hielo, lo hizo delante de mí en un jarro de cinco libras. Así estrenamos en casa al refrigerador Minsk, un aparato soviético que mi madre le compró a un machetero voluntario que lucraba con los premios que se ganaba en la zafra. Años antes, nos habíamos convertido en la primera familia que tuvo una lavadora Aurika en el Paradero de Camarones.

Para ganar aquella máquina, que sustituyó a la batea que había debajo de la mata de toronjas, mi madre tuvo que medir sus méritos con los de su propia hermana, mi tía Cary, en una asamblea del sindicato. Afortunadamente, al final sobró un ticket en la provincia y las dos fueron premiadas. Hace unos días, mientras recordaba aquellas historias, Lérida admitió que eso era lo único que destruía la hermandad ferroviaria: la lucha por el derecho a un efecto electrodoméstico.

Aunque en el mundo real los blogs empiezan a estar en decadencia, reemplazados por Facebook, Twitter y otras herramientas mucho más participativas que una bitácora personal, en Cuba recién se han empezado a “masificar” y la manera de asignar el derecho a tener uno se parece mucho a la usada para los efectos electrodométicos.

Esa es la razón por la que las conexiones a Internet son uno de los negocios más lucrativos que hay ahora mismo en la bolsa negra de la Isla. Si antes los macheteros iban a la zafra para poder revender a sobreprecio las latas de carne rusa, las cajas de talco Brisa, los pomos de colonia Fiesta y los cupones para efectos electrodomésticos; ahora son los cibernéticos con acceso a un servidor los que tienen la mocha en la mano.

En el mundo real para tener un blog sólo hay que teclear www.blogger.com/start y darle “enter”. En Cuba, en cambio, eso es algo que sólo se consigue después de una larga lucha. Pero lo más terrible viene después, cuando llega el momento de pensar bien las cosas antes de decir nada.

11 junio 2009

Una carta para Santa Clara

Quisiera mandar esta carta para Santa Clara, allá, en el centro Cuba. Acabo de recibir un email de Ricardo Riverón cuya respuesta hago pública. De Riverón conservo recuerdos de los que realmente no soy capaz de deshacerme. Hace unos días escribí algo sobre Sigifredo Álvarez Conesa y recordé un viaje a Caibarién. Ricardo es uno de los testigos de aquella expedición, junto a Luis Lorente, Emilio Comas Paret, Waldo Leyva y Yamil Díaz, entre otros. No olvido ninguno de aquellos rones, conservo todos los abrazos.

Lo primero, viejo Riverón, es que no le exigí a nadie que firmara la carta que condenaba el deleznable acto de represión cometido contra Ángel Santiesteban, sólo le reclamé, a los pocos que protestaron con tanto ahínco cuando reaparecieron en Cuba dos célebres censores, que hicieran lo mismo ahora, cuando estábamos frente al mal de raíz, que es la falta de libertades en Cuba.

Me alegra que El Fogonero se lea por allá, eso quiere decir que, a pesar de todas las restricciones, prohibiciones y desmanes que impone el régimen, siempre hay algún valiente dispuesto a pasarle por encima al horror. Es una pena que cada uno de ustedes no tenga la posibilidad de mantener un blog, porque eso haría que Cuba, al menos en el ciberespacio, fueras mucho más plural.

En cuanto a las cifras que reúnes sobre los accesos de determinadas páginas de Internet, tengo poco que decir. Siempre he sido muy torpe en eso de los números. Todo lo que sé de matemáticas lo invierto en el béisbol. Prefiero recordar los jonrones de Cheíto Rodríguez, las bases robadas por Víctor Mesa y los juegos ganados por José Ramón Riscart. No veo la manera de contabilizar las ideas, de redondear las opiniones.

Sobre mi evocación al Paradero de Camarones, te confieso que no hay otra pretensión que no sea la de poder regresar por encima de las prohibiciones que me impone la dictadura de mi país. Ese pueblo de mierda es mi lugar en el mundo, el sitio donde podría vivir el resto de mi vida sin que casi nada más me haga falta. Su estación de ferrocarril son las coordenadas exactas de lo que soy como individuo.

El problema de Cuba no somos ni tú ni yo, Riverón, ni siquiera las ideas que podamos tener de lo que debe ser o no nuestra patria. El problema de Cuba es el régimen decadente que la tiene sumida en el oprobio y la afrenta. Te prometo que cuando nos volvamos a ver beberemos ron hasta la inconciencia. Tú pones las décimas inigualables del Club de Poste y yo todos los abrazos que nos debemos desde el siglo pasado.

¿De dónde has sacado tú, Riverón, que te odio yo? Me duele que a veces tú te olvides de quién soy yo; caramba, si yo soy tú, lo mismo que tú eres yo.

Al lado del camino

Mi reacción ante la golpiza que le propinaron en La Habana a Ángel Santiesteban, ha provocado agrios emails de dos o tres escritores del interior de Cuba (allá en la Isla, la palabra “interior” define todo lo que demarca lo provinciano, lo municipal). Nunca me ha gustado participar en esas porfías, no me interesa el “lleva y trae”, pero no puedo abstenerme de hacer esta aclaración.

En El Fogonero suelo decir lo que se me ocurre. Para eso son los blogs, para que cada quien, sin importar sus ideas, oficio o preferencias, le diga lo que quiera decir a los que quieran leerlo. De eso se trata la revolución que ha provocado la Internet, de darle participación al que accede con libertad a ella. Ahora todos somos emisores y estamos en igualdad de condiciones con el resto de los que producen cosas para la red de redes.

De todos esos emails que he recibido en las últimas horas no tengo nada que decir. Y si lo hiciera sería redundante, porque diría más o menos lo mismo que han dicho ya Manuel Sosa y Félix Luis Viera. Pero hay una frase de Antonio Rodríguez Salvador que no puedo pasar por alto, que quisiera comentar a toda costa. Sobre todo porque haciéndolo, me ayudo a definirme a mí mismo.

“En este mundillo hay reglas: ¿Dónde publicas?, ¿Dónde estudian tú obra? ¿Qué dice la crítica de tu obra?, ¿Quién hace esta crítica?...”, afirma Rodríguez Salvador entre signos de interrogación. Confieso que encontrarme con alguien que, a principios del siglo XXI se plantee con tanta convicción una discusión que ya a finales del XX no tenía el más mínimo sentido, me causa pavor.

He ahí las consecuencias de que los individuos permanezcan aislados y enajenados de lo que está ocurriendo en el mundo. Mientras todos en el planeta están enfrascados en la tarea de acertar cómo acabaremos comunicándonos a través de la Web 2.0, mientras los periódicos desaparecen y las redes sociales se convierten en un espacio donde todos se reúnen sin necesidad de las geografías; estos muchachos insisten en no abandonar el cascarón fosilizado de su huevo.

No puedo responder las preguntas que Antonio hace porque no aplican en mi caso, pero quiero aprovechar la ocasión (así decía Cepero Brito cuando quería abundar en Escriba y Lea) para aclararme algunas cosas a mí mismo. Aunque nací en el Paradero de Camarones, no me considero un escritor cubano, es más, creo que ya no me considero un escritor.

Digo cosas, las que se me ocurren, y algunas aún tienen las formas de la literatura porque soy un individuo del siglo pasado y arrastro esos rezagos. Lo único que no quisiera dejar de ser nunca es un comunicador. Sobre todo ahora, que es más importante comunicar que escribir. Por eso no me preocupa estar al lado del camino, ya no importa el lugar donde tan bien se esté, ni lo cerca o lo lejos que quedes, lo único en verdad importante es estar conectado.

Hoy El Fogonero es un blog, pero mañana puede ser cualquier otra cosa. Lo único que no mutará en él es mi obsesión por cuestionar, acertar o errar a través de la creatividad. En cuanto a la literatura, creo que las pocas cosas que escribo serían más o menos igual si yo fuera argentino, polaco o australiano. No me interesa que se vea mi “obra” dentro de una generación, un contexto o una geografía. Creo esa “metodología” es cada vez más incomprensible y absurda.

Como las canciones me ayudan a entender al mundo con mucha más claridad que los filósofos, acabo esto tarareando una estrofa de Fito Páez. Para los que nunca la han oído, pongo el link de Youtube. Si se animan, canten conmigo:

Yo ya no pertenezco a ningún ismo

me considero vivo y enterrado.

Yo puse las canciones en tu walkman,

el tiempo a mí me puso en otro lado.

Tendré que hacer lo que es y no debido,

tendré que hacer el bien y hacer el daño.

No olvides que el perdón es lo divino

y errar a veces suele ser humano…

07 junio 2009

Mirtha y Titón

Corrían los primeros años de la década del ochenta. Yo estudiaba en la ENA (Escuela Nacional de Arte) y, aunque nunca había tenido un tocadiscos, me encantaba ir a la tienda de La Copa a ver las carátulas de long plays. Un día, mientras manoseaba los volúmenes de Tríptico y trataba de imaginarme lo que Silvio cantaba ahí adentro, llegaron Mirtha Ibarra y Tomás Gutiérrez Alea. Ella vestía una saya cortísima y él sólo revisó los discos de música clásica. Ahora, mientras leo Titón, volver sobre mis pasos (Ediciones Unión, 2008), recuerdo aquella escena una y otra vez. El libro de cartas y escritos de Tomás Gutiérrez Alea me ha forzado a volver sobre aquellos tiempos en que la palabra utopía estaba en la punta de la lengua de todos nosotros. Gracias al volumen (cuya pobre edición nos impide hacer todas las lecturas que merece) he podido reconstruir una época de la que sólo fui un espectador. Es una verdadera pena, una vergüenza, que Cuba desperdiciara a un cineasta como Tomás Gutiérrez Alea. Esa es la lección que deja el volumen compilado por Mirtha Ibarra. Con Titón, no sólo se perdió a un cubano pensante, sino a un revolucionario (y pido, por favor, que se le de a esa palabra aquí su justa medida) que pudo haber construido una obra mucho más grande de la que hizo. He dedicado todo el fin de semana a volver a ver sus películas, viéndolas, me imaginé las que nunca se hicieron, las que la mediocridad y la miseria acabaron impidiendo. Releyendo Titón, volver sobre mis pasos, regreso a La Habana de principio de los ochenta, me voy a La Copa y veo que Mirtha y Titón acaban de llegar. Soy feliz, soy un adolescente feliz y quiero que me perdonen por este recuerdo los muertos de mi felicidad.

06 junio 2009

La isla de los monstruos

Hershey, la otrora comunidad modelo del norte de La Habana, donde se fabricaba el azúcar para los célebres chocolates, ahora es un pueblo en ruinas invadido por unos peces devastadores. En un documental producido por la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños, se describe cómo la claria ha provocado una catástrofe ambiental en Cuba.

Se trata de una especie de pez gato al que científicos cubanos le hicieron una alteración genética para acelerar su crecimiento y reproducción. El resultado final fue un frankestein incontrolable que ha devastado los ríos y embalses cubanos con su insaciable apetito. Como en las películas de Alfred Hitchcock, las clarias ahora atacan desde los inodoros y las alcantarillas.

En 1959 en Cuba había 6 millones de cabezas de ganado y la Isla contaba con una población de 6 millones de habitantes. En 2009, al cabo de 50 años de revolución y de disparatados experimentos en el desarrollo pecuario, apenas quedan 2 millones de reses para una población de 11 millones de cubanos. Pero frente a esta calamitosa situación hay una noticia “alentadora”, los búfalos se están multiplicando de manera acelerada en el occidente de la Isla.

La insólita noticia fue divulgada por el periódico Granma. Según el diario oficial, una manada de búfalos salvajes invaden y devoran cultivos de tabaco y hortalizas, provocando pérdidas millonarias y la impotencia de los campesinos que aún mantienen sus tierras produciendo en esa región del país.

Un pie de foto en ese mismo reportaje, advierte que “por su resistencia y capacidad de reproducción, los especialistas ven en el búfalo el futuro de la ganadería cubana”. Según el Granma, “la masa total del país partió de 2.900 animales introducidos a mediados de los ochenta. Desde esa fecha, la población se multiplicó por 21, y donde se desarrolla la cría intensiva, creció 42 veces”.

La invasión de los búfalos ha coincidido con una paralización casi total del transporte ferroviario en la Isla. Sólo así se ha evitado que se revivan allí aquellas escenas del viejo Oeste donde los trenes embestían a las manadas. Todo parece indicar que esos son los “monstruos postdiluvianos” que el fidelismo dejará como legado. Cuando las clarias y los búfalos se adueñen de todo el entorno, las vacas y las biajacas sólo aparecerán en las láminas de viejos libros... como los dinosaurios.

01 junio 2009

Réquiem tardío por Sigifredo Álvarez Conesa

Todavía no me explico por qué Sigifredo Álvarez Conesa y yo fuimos amigos. No le gustaba la pelota, detestaba a Paquito D’Rivera y cuando oía un chiste de política, se hacía el sordo o cambiaba de conversación. Tenía una manía insoportable: se rascaba las dos rodillas a la vez y sin cesar, haciendo unas muecas extrañísimas.
Creo que la química (esa palabra la aprendí de Sigfredo Ariel, de quien me burlaba diciéndole Sigifredo) empezó por la décima campesina, sobre todo por aquella del guajiro en tiempos del Batistato. Cada vez que Luis Lorente la vociferaba, él se reía a carcajadas hasta que el asma se lo permitía.
Luego empecé a disfrutar verlo comer. Cualquier cosa que Sigifredo se llevara a la boca le merecía un hermoso ritual que siempre acababa con la misma frase: “¡Hummm, genial, hermano!”. La poesía y la comida eran sus dos grandes placeres, por eso cuando hablaba de una, procuraba por todos los medios referirle a la otra. Una noche, debajo de una insoportable nube de mosquitos, en la costa de Caibarién, le oí decir una de sus frases perfectas: “¡Qué sabrosa es la poesía, compadre!”.
Durante el tiempo que trabajamos juntos, Luis Lorente y él me cuidaron y me salvaron de unas interminables jornadas de abulia y descontento. En ese tiempo, Luis me enseñó una Habana que yo desconocía y Sigifredo me inculcó el difícil arte de saber tener fe, aun sabiendo que nada llegaría. Por eso, aunque nosotros los ateos no tenemos ni siquiera sobrevida, no te preocupes, Sigi, que todos los que te quisimos te cuidaremos del olvido hasta donde esté a nuestro alcance.
Luisito, que sí cree en fantasmas, pasará cada vez que María lo deje por el portal de 21 y 8, para ver si te encuentra con el paraguas en la mano o meciéndote en uno de los sillones. Y el resto, los que nunca pudimos explicarnos por qué te queríamos tanto, velaremos por que ningún ciclón le vuelva a pasar por encima a la casa de madera azul y porque el piano náufrago reaparezca.
Ahora, Sigi, ya vez que no había que tener tantas esperanzas... la vida es eso, compadre, nada más eso.