08 septiembre 2020

Un viejo pico

La primera vez que vine a Quintas del Bosque, donde está la Loma de Thoreau, fue con Mario Dávalos. Año 2007. Él acababa de comprarse un terreno y soñaba con construirse una cabaña. Traíamos una botella de ron. Aprovechamos el trayecto de Santo Domingo a la Cordillera para compartir canciones.

Calamaro, Sinatra y Cerati, entre muchos otros, sonaron aquel día. Andando por el monte que luego sería su propiedad, encontramos un viejo pico. Lo subimos a un árbol y lo colgamos de una rama que, en aquel momento, parecía inalcanzable. Meses después, quedó al alcance de la mano desde su terraza.

Si tuviera que presentarles a Mario, además de decirles que es mi hermano menor, debo advertir que es biznieto de Mario García Menocal y la mayor prueba de que la mezcla de cubano con dominicano da insurrecto por todos lados. Hoy, después de caminar más de seis kilómetros por un sendero en el monte, nos bebimos una botella de whisky. 

Thoreau dijo una vez que "el lenguaje de la amistad no está hecho con palabras sino con significados". Eso solemos hacer cuando nos encontramos. También compartimos posturas de árboles (como él es 11 años menor que yo, podrá apreciar mucho mejor ese intercambio). 

Pero, mientras crecen los robles, eucaliptos, aguacates, naranjos y pinos, nosotros cultivamos una hermandad a prueba de fuego. Hoy acordamos reunirnos con su padre, Mario Daválos, y con su padrino, Fernando Ferrán, dentro de dos semanas. 

Me ilusiona mucho la idea de juntar a esos admirables cubanos que tanto han hecho por el país que me dio cobijo. Hace unas semanas, Mario Dávalos (padre) me dejó unos tamales cubanos en mi puerta. Debo reciprocar esa acción llena de sabor patrio. 

Todo lo que cuento, puede resumirse con un viejo pico, colgando de una rama dizque inalcanzable.

06 septiembre 2020

Camilo Egaña y el complejo de superioridad de los cubanos

He visto una entrevista que Camilo Egaña le hizo en CNN en Español a Luis Abinader, el nuevo presidente de República Dominicana. Hago el comentario tarde porque no veo televisión, ni siquiera tenemos cable en casa. Este tipo de contenidos me llegan a través de las redes sociales.
Me llama la atención que el equipo de comunicaciones de Abinader lo expusiera a Egaña (quien tiene una necesidad incontrolable de darle un toque de frivolidad a todo lo que hace). Por suerte para ellos, la audiencia de CNN en Español en Latinoamérica ya es comparable con la del canal de televisión de Isla de Pinos.
Egaña, que es incapaz de pronunciarse contra la dictadura de su país, no perdió ni un segundo para subestimar, denigrar y menospreciar a los dominicanos y a su país. Eso me hizo recordar a los amigos habaneros que no concebían que yo viniera a vivir a Santo Domingo. 
No olvido a uno que me aseguró que esta ciudad era como “Guantánamo en colores”. Egaña trató a Abinader con el mismo prejuicio y con ese inexplicable complejo de superioridad con el que los cubanos van por el mundo. Mientras Cuba se ha convertido en un inviable país de zombies, República Dominicana es la economía que más crece en toda Latinoamérica.
Mientras Cuba está gobernada por militares corruptos, Luis Abinader fue elegido democráticamente en las urnas, después de una admirable movilización de la sociedad dominicana, que se manifestó libremente en las calles y en las redes, día a día, hasta lograr un cambio. 
Hoy Santo Domingo es la capital económica del Caribe y una ciudad cada vez más cosmopolita. ¿La Habana? Tras 61 años de dictadura, se asemeja a un paisaje después de una batalla. Derrumbe a derrumbe, va camino a convertirse en Batabanó en blanco y negro.

05 septiembre 2020

Las noches

De todas las noches
que he visto
y me he imaginado 
(incluida la noche 
cóncava de Borges
y aquella,
pobre y urgente, 
que no dejó 
dormir a Martí),
prefiero esta,
en que vuelvo
de un lugar
que ya no existe
y no paro
hasta dar
con tus ojos.

De todas las noches
que he visto
y me he imaginado
(incluida la noche
a tientas de Walden
y la que esparce
constelaciones
para que Whitman 
abra una escotilla
y mire),
prefiero esta,
en que la neblina
y yo 
te compartimos
hasta que la luna
se apague
y la mañana,
indiferente,
borre
las huellas 
que dejamos 
en lo más oscuro.

03 septiembre 2020

Amanezco en un lugar del que nunca quisiera irme

El 31 de julio de 1880, Serafín Sánchez le escribió una carta de despedida a su madre. La Guerra Chiquita había fracasado, sobre todo, por la apatía de los cubanos. “Salgo huyendo de esta tierra en la que no deseo vivir sin dignidad en medio de tanto esclavo traidor”, afirmó.
“Yo siempre escribiré desde el extranjero, donde esperaré mejores tiempos para venirlos a ver a ustedes, único amor que me queda en esta tierra desgraciada”, remató. Apenas unas horas después zarpó por la costa norte de Las Villas. Desde ese mismo punto, un siglo después, cientos de balseros también huirían de Cuba. 
Tras una breve estancia en Nueva York, decidió establecerse en República Dominicana. La Vega, en el corazón del valle del Cibao, se convirtió en su hogar por 11 años. Resulta difícil imaginarse al valiente guerrero detrás del mostrador de una tienda. Pero, según le confiesa en una carta a su padre, era feliz.
“Yo de mí decirles que lograra que ustedes estuviesen a mi lado, lejos de Cuba, sería muy feliz en este rincón de Santo Domingo. Aquí vivo pobre, es verdad, pero soy mío (…). No aspiro a más y estoy satisfecho”, confesó. En La Vega, Serafín Sánchez se encontró con Martí. Bebieron ron dominicano, se abrazaron.
En casi todos los pueblos de mi provincia hay una calle con su nombre. Villareño al fin, siempre he sido un gran admirador de Serafín Sánchez. Su regionalismo fue, en mi juventud, una fuente de inspiración. Entonces estaba lejos de imaginar que acabaría siguiéndole los pasos aun en territorio dominicano.
La Loma de Thoreau pertenece a la provincia de La Vega. Cuando cruzamos el río Camú y dejamos la autopista Duarte, para comenzar a subir hacia Jarabacoa, Diana y yo nos miramos con una sonrisa cómplice. Es ese raro sentimiento que nos dice que estamos llegando a casa.
Hay solo una cosa en la que no podré seguir al mayor general Sánchez. No tengo ninguna razón para esperar por mejores tiempos y volver a Cuba. Por eso, cada vez que rompe el día entre Santiago y La Vega (como escribió Martí en su Diario) y la luz sube hasta nuestra Loma, siento una enorme felicidad.
Amanezco en un lugar del que nunca quisiera irme.

Vianco cuenta el día que Martí sacó a bailar a una cibaeña

Con Fausto Rosario y Vianco Martínez en 2001, pocos
meses después de mi llegada a República Dominicana.

Vianco Martínez es uno de los dominicanos que más admiro. Lo conocí en mi primer día de trabajo en República Dominicana. Él era uno de los periodistas estrella de El Caribe y me dio un abrazo cuando nos presentaron. Nunca olvidaré ese gesto suyo. Pocas horas después, nos fuimos a beber a un colmado.
Juntos hicimos viajes inolvidables por la geografía dominicana. En el mercado de Mal Paso, a la orilla del lago Saumâtre y justo donde comienza Haití, nos comimos un arenque con diri ak pwa (el antecedente del congrí cubano) que por poco me cuesta la vida.
Otro día bajamos desde Montecristi a Tirolí, un lugar en tierra de nadie donde viven tan ajenos al mundo que no sabían ni el año en el que estábamos. Vianco también es un apasionado de la Cordillera Central y su gente. Él me enseñó ese universo que la neblina encubre en el techo del Caribe.
Aunque ya no nos vemos tanto, cada vez que nos reencontramos nos damos el mismo abrazo de siempre. Hoy me hizo llegar el link de un reportaje que acaba de publicar en Acento sobre el 3 de junio de 1893. Ese día, José Martí clavó sus ojos en una bellísima cibaeña y la sacó a bailar.
El historiador Pedro Carreras Aguilera le contó a Vianco que en una fiesta en el hotel Estrella, de Guayubín, un perico ripiao (conjunto de músicos con güira, tambora y acordeón que interpretan merengue típico) tocó “Juangomero” y “ahí mismo el prócer cubano se fajó a bailar”.
“Cuentan que la pareja de baile de José Martí fue una de tres hermanas que, por su belleza indiscutible, eran la sensación del lugar (…). Pidió que lo repitieran varias veces y, bajo el influjo del acordeón, acomodó su intelecto al pueblo, para, en brazos de aquella joven de apellido Grullón, bailar el sugerente ritmo”, asegura Carreras Aguilera.
Esas son las historias que uno encuentra cuando anda con Vianco, lo mismo en las rutas dominicanas que a través de sus palabras.

El merengue "Juangomero" por el Trío Reynoso.

Retrato de mis suegros

Los Sarlabous llegaron a Cuba cuando la revolución hatiana. Uno de ellos era ingeniero y fue vicecónsul de Francia en Santiago. Él fue quien construyó el cafetal La Isabelica, en la Gran Piedra, un Patrimonio Mundial que recuerda la huella francesa en el Oriente de la isla.
Los Sosa eran canarios. El viejo Miguel llegó sin nada a Cuba y, después de trabajar incansablemente, llegó a tener una finca, una mina de manganeso y una gasolinera en El Cristo. El día que Jorge Sarlabous y Elia Sosa posaron para esta foto, solo querían vivir la vida que habían vivido sus padres. Corría 1962.
Pero la revolución que había triunfado tres años atrás, poco a poco, los fue dejando sin la más mínima esperanza. Al viejo Miguel le fueron quitando todo: la finca, la mina y, en plena calle, el Jeep Willy’s. Un miliciano lo paró y le ordenó que se bajara. “Lo único que me queda es la galosinera, si me la quitan nos vamos”, dijo al llegar a casa.
Cuando Jorge Sarlabous notificó que había decidido marcharse al exilio con su familia, lo condenaron a tres años de trabajos forzados. Durante una crecida del río Tana, fueron abandonados a su suerte. “Toda esta gente se quiere ir, que se jodan”, dijo el militar a cargo de ellos antes de largarse en un camión. 
Jorge tuvo que convirtirse en líder para sacar a sus compañeros (que cumplían la misma condena que él) hasta un alto. Todavía sueña que se está ahogando y no logra salir ni de aquel cañaveral ni de Cuba. Por fin, en 1970, lograron subirse a un avión con destino a México. 
Antes, en el aeropuerto, a Diana le decomisaron sus juguetes. Aún recuerda el rostro de la miliciana que le arrebató su muñeca preferida. Hoy la finca, la mina de manganeso y la gasolinera están en ruinas. Tanto la casa de los Sarlabous, en Songo, como la de los Sosa, en El Cristo, se derrumbaron. 
Si uno entra ahora mismo al apartamento donde viven Jorge y Elia, en Santo Domingo, los encontrará como en esa foto, inseparables. Lo único que se ha borrado es Cuba.

01 septiembre 2020

La pregunta de Theodor Kallifatides

Theodor Kallifatides nació en Laconia, Grecia, en 1938. Emigró a Suecia cuando tenía 26 años. Sus hijos son suecos y su obra está escrita en sueco. Desde que encontré un libro suyo (Otra vida por vivir, publicado en 2019 por Galaxia Gutenberg) no hago otra cosa que leerlo.
Andando por las primeras páginas, tropecé con una pregunta que también me animé a responder. “¿Qué vida habría vivido si no me hubiese ido de Grecia?”, su cuestiona Kallifatides. Solo tuve que cambiar el nombre de su país por el del mío para quedarme paralizado: ¿Quién sería Camilo Venegas?
Me miré en el espejo y traté de ver al que sería ahora de no haberme subido, el 30 de noviembre de 2000, a un avión con destino a Santo Domingo. Para tranquilizarme, Diana me aseguró que de cualquier modo nos hubiéramos encontrado. Pero ella no toma en cuenta que, en ese caso, el Camilo que hubiera conocido no sería ni remotamente el que encontró en Casa de Teatro.
Ella misma pone un ejemplo de relatividad que esta vez me sirvió para ilustrar lo que quería decirle. El día de 1970 en que su familia se marchó de Cuba, pasaron por El Cristo en un tren que no paraba allí. Mientras las primas con las que Diana se había criado dormían porque al otro día tenían que ir a la escuela, ella se alejaba a toda velocidad hacia una realidad muy diferente.
Cuando se reencontraron, solo tenían en común los cinco años que compartieron. Lo mismo me habría pasado a mí. Si ahora regresara a Cuba y me pusieran delante del Camilo que se quedó, ni siquiera lo reconocería. ¡Hasta ese punto me llevó Theodor Kallifatides!
Agobiado por mis vidas (la que viví y la que no viví), me fui a la ferretería a comprar unos implementos que necesito en la Loma. El olor de Santo Domingo me empezó a tranquilizar. Las caobas de la Churchill, el vendedor de frutas de la esquina, mi vivero preferido… El paisaje fue corroborándome que estaba en casa.Al regreso me sentí mucho mejor preparado para la próxima pregunta de Theodor Kallifatides.