Hace unos días traté de reencontrarme con un escritor cubano
con quien mantuve, una década atrás, una estrecha amistad. No fue posible. Intercambiamos
algunos mensajes a través de Facebook (pero siempre sin que él aceptara mi
amistad) hasta que se perdió todo contacto. En los días cercanos a su viaje, cancelé
toda mi agenda de trabajo. Traté de disponer del mayor tiempo posible para que
el abrazo sucediera.
Por esos mismos días, otro escritor cubano, también de paso
por República Dominicana, hizo ciertas confesiones impulsado por el ron. De
memoria, citó los nombres de los que ya no tienen perdón (se refería a la lista
negra del régimen). Confieso que me llenó de orgullo saber que estaba en ella y
compartía sus renglones con gente tan talentosa y honesta (sobre todo consigo
misma).
Admito que el rechazo del antiguo amigo me entristeció. Solo
quería darle un abrazo y hablar mierda hasta el amanecer. Tenía organizada una
expedición a la punta de una loma y el baúl del carro estaba lleno de alcoholes
añejados en barricas de roble blanco americano (lo cual no guarda ninguna
relación con mis “debilidades ideológicas”).
Mientras eso sucedía en el extremo más cercano de República
Dominicana, en el más alejado de Cuba alguien era expulsado del “paraíso”.
Pedro Pablo Oliva, uno de los pintores más importantes de su generación (que es
la misma de los dos escritores antes mencionados), dijo por fin lo que pensaba y
eso le costó que comenzara la persecución, la cacería.
No conozco a Pedro Pablo Oliva, nunca coincidimos en ninguna
parte. Pero estoy convencido de que si algún día tropezamos, vamos a estar
hablando mierda hasta el amanecer. Ahora es a él a quien tengo deseos de darle
un abrazo.




