31 julio 2011

Lichi, te voy a seguir esperando

Hace nueve horas recibí un mensaje de Odette Alonso: “Camilo, murió Lichi hace unos minutos”. Ella no decía nada más y yo no me atreví a responderle. En realidad no atiné a decir ni hacer nada. Me puse tan triste, que ni siquiera tuve deseos de buscar otras reacciones en Facebook y Twitter.
Cuando empecé a cerrar todas las ventanas, vi que Carlos Pintado acababa de subir una línea: “Triste, muy triste...”. Suficiente. Me marché de las redes sociales. Busqué en el librero que tengo justo a mi lado, el tramo que ocupan todos los libros de Eliseo Alberto. Empecé a recordar los momentos que compartimos. Me serví un trago de ron y puse a Miguelito Cuní.
La última vez que nos abrazamos, yo le di una mala noticia sin querer. Habíamos quedado en vernos en el lobby del hotel donde se hospedaba en Santo Domingo. Cuando nos encontramos, bajé la cabeza para comentarle un cable que acababa de leer en la redacción de El Caribe y que daba por sentado que él conocía.
—Coño, Lichi, qué pena lo de Jesús, ¿no? —le dije.
—¿Qué Jesús? ¿Jesús Díaz? ¿Qué le pasó a Jesús? —nunca olvidaré sus ojos desorbitados, su enorme desconsuelo.
Se lanzó en un butacón a llorar. Parecía un elefante derribado por un cazador. Un alemán, con una pinta indiscutible de alemán, se detuvo frente a él para tratar de ayudar en algo.
—¡Cojones, compadre, es que Cuba ha perdido a uno de los tipos más cubanos que ha nacido en esa singá isla! —dijo Lichi manoteando, como si tratara de que el turista entendiera en sus gestos lo que no podía acertar en las palabras.
Hoy he pensado incontables veces en aquella escena. Y en nuestros largas conversaciones a través de chat. Las conservo todas. La mayoría están plagadas de largas carcajadas mías. Lichi no paraba de hacer chistes y se burlaba de todo, hasta de su propia muerte. Un día saltó la ventana de chat y era él.
“Camilo, te debo lo de la estación de trenes de Arroyo... No se me ha olvidado”, me dijo. Entonces yo le comenté que lamentaba mucho un escrito reciente, donde Paquito D’Rivera lo había atacado. Ambos hicimos comentarios elogiosos sobre el genial músico cubano y Lichi escribió una línea que copio textual: “Jajaja… ya que él escribe sin pudor, le voy a mandar pa llá un disco mío tocando el clarinete, ¡para que aprenda, jajajaja!…”
Siempre nos despedíamos varias veces antes de acabar el chat de verdad. La última vez que hablamos, estaba un poco triste, pero aún así tuvo fuerzas para burlarse de todo una vez más: “Es duro que la vida de uno dependa de un... motociclista, jaja: son los principales donadores de órganos. ¡Para contra, todos, todos, llevan cascos...!”.
Se despidió así: “Bueno, me has hecho reír mucho... Voy pa la cocina: chicharos, arroz con maíz, milanesas de puerco, ensalada, cerveza helada, cascos de guayaba y cafecitos... Nada, tareas propias de mi sexo, jaja”. Esa fue la última línea que me escribió.
No, no voy a responderle el mensaje a Odette. Quiero seguir esperando por Lichi. Yo sé que él tarde o temprano me va a mandar el texto de la estación de Arroyo Naranjo para que la suba a El Fogonero.

El puente de Segabien


Alfredo Zaldívar es uno de mis seres más queridos en Cuba. Nos conocimos a finales de los años ochenta. Entonces él dirigía la Casa del Escritor y comenzaba la aventura de Ediciones Vigía, donde se publicaban libros hechos a mano (uno de esos tantos disparates que los cubanos somos capaces de emprender para hacer realidad cualquier sueño).
Poco tiempo después me integré al equipo de Ediciones Vigía. Aunque en ese momento ya había descubierto que quería ser escritor por el resto de mi vida, debo admitir que en el lugar había algo que me gustaba más que la literatura: estaba rodeado de trenes y puentes.
Recuerdo que Zaldívar se reía de mí, porque cada vez que yo sentía el pitazo de una locomotora, dejaba lo que estuviera haciendo para asomarme en un balcón a verla cruzar sobre el puente giratorio del río San Juan. Tengo recuerdos imborrables de ese puente. Le dediqué varios poemas, lo crucé a pie, emborrachado con los pretextos que mejor valen una borrachera.
Hace un tiempo recibí un email de Zaldívar: “Aquí tienes un regalo muy especial, pues sé que cuando viajabas del Paradero de Camarones a Matanzas venías por la Línea Sur y te bajabas en la estación de Unión de Reyes. La locomotora es preciosa, la imagen fue tomada en 1925, el puente, no menos bello, fue proyectado por el francés Jules Sagebien, el arquitecto de la ciudad de Matanzas”.
Fiel a su meticuloso carácter, Zaldívar abunda: “Algunos especialistas consideran a Matanzas, primera ciudad moderna de Cuba, como la ciudad de Sagebien, también conocido como ‘el ingeniero de Cuba’. Data de la primera mitad del siglo XIX, sin lugar a dudas. Todo lo grande de esa época, con reconocimiento al nivel internacional más alto en la construcción de obras ingenieras y edificios, tuvieron su impronta”.
Me produce una gran felicidad saber que yo pasé por encima de ese puente. A través de él llegué a uno de los lugares donde más feliz he sido. Ahora, una vez más, lo cruzo para darle otro abrazo a mi querido Zaldívar. Ese viejo tren de los Ferrocarriles Unidos de La Habana me lleva al futuro.

Santo Domingo, la ciudad menos querida

Antonio José Ponte me pidió esta colaboración para el dossier Ciudades de Verano, de Diario de Cuba. En El Fogonero hay varios textos dedicados a Santo Domingo, pero en ellos siempre hablo de la ciudad y de los que la viven. Es la primera vez que me busco a mí dentro de ella, que me incluyo. Para ilustrar el post, me "robé" una fotografía del blog Juegos sin Fronteras, de la joven arquitecta dominicana Elia Mariel, quien vive en Santo Domingo y ama a La Habana. En la imagen se ve uno de los centros comerciales más importantes de la ciudad. En ese céntrico sitio, según me cuentan Mayitín y Soraya, había un potrero a principios de los años noventa. Apenas dos décadas después, esa esquina es uno de los puntos cardinales de la ciudad.
El gran Santo Domingo
Soy campesino. Eso me impide llegar a una ciudad sin tener que compararla con otra. Hace 10 años que vivo en Santo Domingo, en todo este tiempo no he podido deshacerme de la manía de poner a la capital dominicana frente a la capital cubana. Busco en las rocas de la Zona Colonial algún muro de la Habana Vieja. Trato de encontrar delante de los portales de Gazcue los jardines del Vedado. 
Esa obsesión no es exclusiva mía. Así ha sido por siglos y décadas, es casi una maldición que pesa sobre Santo Domingo de Guzmán. A pesar de que es la ciudad primada de América, pronto fue ninguneada por una Habana impetuosa y exuberante, casi excesiva. Los historiadores culpan por ello a la geografía (la capital dominicana carece de bahía y mira hacia otro lado, es decir, al Sur). Sin embargo, el ego de los que viven en ella también fue determinante. 
Cuando alguien del Cibao, del Este o del Sur Profundo emprende un viaje hacia Santo Domingo, nunca menciona su nombre. Todos le llaman La Capital. Esa expresión acabó limitando el gentilicio. Los dominicanos viven en la mitad oriental de la isla de La Española. Los que habitan Santo Domingo se llaman capitaleños. No tener que decir el nombre de la ciudad a la hora de definirse, les resta sentido de pertenencia, los distancia del lugar donde pernoctan. 
En las últimas dos décadas Santo Domingo ha crecido de una manera desorbitada. Cubanos que emigraron a principios de los noventa, llegaron a conocer potreros y enormes solares yermos donde hoy se levanta el nuevo corazón de la ciudad. En Naco y Piantini todos los días desaparece un chalet para que pocos meses después se levante una moderna torre. 
La ciudad primada por fin vuelve a ser la primera ciudad del Caribe. Mientras en La Habana las ruinas se multiplican, Santo Domingo se consolidad como la más importante urbe de la región. A pesar de su caos y de sus grandes contrastes, la capital dominicana ha sabido aprovecharse de varias coyunturas para recuperar todo el tiempo perdido y ser por fin un lugar a la altura del siglo en que vive. 
Si en 1959 la ciudad no supo atraer todas las cosas que se fueron de La Habana, con la debacle de Caracas parece haber aprendido la lección. Muchos empresarios venezolanos ha puesto a salvo sus inversiones en plazas comerciales y desarrollos inmobiliarios en Santo Domingo. Eso también ha tenido un positivo impacto en la arquitectura de varios sectores. 
El Gran Santo Domingo roza los 4 millones de habitantes, ya tiene metro (algo con lo que La Habana no puede ni soñar) y en estos momentos acomete un ambicioso proyecto de reordenamiento vial. Durante los años que viví en La Habana me la pasé tratando de recordar qué edificio había en el lugar de cada nuevo derrumbe. En Santo Domingo, en cambio, el ejercicio es al revés. Muchas veces no logró darme cuenta qué había en los espacios donde brotan, sin interrupción, las nuevas torres empresariales y de apartamentos. 
Lo que extraño, lo que agradezco 
Casi todas las cosas que extraño de La Habana se fueron de Cuba o están muertas. Ya no podré abrir la puerta de mi antigua casa, en la calle 11 del Vedado, para que Cintio Vitier me hiciera una breve visita con algunas croquetas de contrabando (compradas donde Oraida, una de las diosas de la comida casera). 
Tampoco podré perder una tarde entera conversando con Antonio José Ponte, quien llegaba armado con un paraguas y todo el pesar (y el placer) que le producía su oficio de ruinólogo. A través de una ventana, junto a mis compañeros de labor (Norberto Codina, Arturo Arango, Omar Valiño, Luis Lorente y Emilio Comas Paret), escanciaba los rones que acompañaban días, meses y años que no hacía falta contar. 
Extraño eso, perder el tiempo por placer. En Santo Domingo me es imposible. A la velocidad de mi trabajo se agrega el ritmo vertiginoso de la ciudad. Desde las 6 de la mañana hasta las 8 de la noche, de lunes a viernes, Santo Domingo es intransitable. Aún cuando no se tiene nada que hacer, uno tiene que andar con prisa. Eso, probablemente, no suceda en ninguna otra ciudad del Caribe. 
El último reducto del son 
En las afueras de Santo Domingo hay un enorme liceo lleno de banderas. Se llama el Monumento del Son y todas las noches, sin excusas ni pretextos, se llena de parejas de bailadores. Parecen sacados de aquellas fotografías de Mayito y Marucha, las que hicieron en los refugios de La Habana donde se fueron a morir los trajes y las costumbres de la República.
En el Monumento del Son se baila como en una Cuba que no existe. En el mediodía de Santo Domingo, muchos se detienen a escuchar La tremenda corte. Algunos locutores de la radio nacional, hablan con el mismo tono de voz que Manolo Ortega anunciaba la cerveza Hatuey. En una rotonda de la ciudad hay una réplica de la estatua de José Martí que preside la Plaza de la Revolución. 
Para ilustrar su libro Capitalismo tardío en la República Dominicana, Juan Bosch hizo retratar pequeñas casas de zinc y madera que aún sobrevivían en el mismo centro de Santo Domingo. Ellas eran una prueba para él de la modestia de la ciudad, víctima de la demorada instauración del capitalismo en el país. 
Aunque no lo dice de manera explícita, Bosch traza un paralelo con la Habana para llegar a esa conclusión. Él vivió en la opulencia del Vedado, trabajó con un presidente de la República y fue uno de los colaboradores mejor pagados de la revista Bohemia. Cuando se reincorporó a la sociedad capitaleña, debió parecerle la de un pueblo de campo. 
Los bailadores de son están en la periferia de la ciudad. El nuevo rostro de Santo Domingo ya no emula a La Habana. Ahora la Capital quiere parecerse a Nueva York o las ciudades de Europa donde la diáspora dominicana está ganado peso. Ya no hay techos de zinc en el polígono central de la ciudad. Modernas estructuras de acero y vidrios se están haciendo cargo del paisaje. 
Entre Freddy Ginebra y el caos 
Si Santo Domingo no hubiera existido, Freddy Ginebra la habría inventado con la excusa de recibir, abrazar y querer a sus amigos. La primera vez que volé hacia esta ciudad, me hicieron la advertencia de que para poder conocerla, antes tenía que conocer a Freddy. Así fue. Llegó al stand donde yo mostraba algunos pocos libros de Casa de las Américas y lo tomó por asalto.
—Hola, soy Freddy Ginebra. Lástima que no podamos ser amigos, pero es que ya conozco a demasiados cubanos —me dijo. 
En efecto, nunca fuimos amigos. Una semana después, cuando nos despedíamos en el aeropuerto, le di los besos y los abrazos que se les dan a los padres. Por él estoy aquí. Hizo todo lo que estaba y no estaba a su alcance para que yo viviera en esta ciudad. Cuando volví para quedarme, el mar Caribe estaba mucho más azul que de costumbre. 
—Tú no sabes el trabajo que me ha dado pintar ese mar —me dijo Freddy en el camino del aeropuerto—. Es que quería que estuviera más bonito que el de La Habana. 
A partir de ese momento se desató mi obsesión por las comparaciones. En la medida en que el tiempo avanza, el cotejo pierde objetividad. Hace diez años que no veo a La Habana. Muchas de las cosas que para mí aún están en pie, ya se desplomaron. Santo Domingo, mientras tanto, se sigue construyendo. La ciudad menos querida se acerca poco a poco a eso que todos esperan de ella. 
Aprender a vivir en Santo Domingo me tomó diez años. Sospecho que para dejarla tardaré mucho, muchísimo más. 


TRES TESOROS DE SANTO DOMINGO 
Casa de Teatro 
Casa de Teatro fue fundada por Freddy Ginebra a mediados de los años setenta. Concebida como un refugio para artistas emergentes, sigue cumpliendo ese cometido casi 40 años después. Pero más que el lugar o las creaciones que allí se presentan, lo que busco siempre son los abrazos y el cariño de Freddy. Él es el espacio que me hace entender y disfrutar todo lo demás. 
La calle Gustavo Mejía Ricart 
Atraviesa el corazón de la ciudad de Este a Oeste. No creo que sea exagerado al asegurar que es una de las calles donde mejor se come en el mundo. La llegada al país de numerosos chef europeos y la obsesión de ciertos dominicanos por la alta cocina, han convertido los alrededores de la Gustavo en el lugar donde se concentran más de siete maravillas del arte culinario. 
Los domingos en la mañana 
Santo Domingo es una ciudad caótica y muchos de sus habitantes le rinden culto al ruido. El ritmo frenético de los días laborables hace que apenas uno pueda detenerse a contemplar la ciudad. Para poder entender a la Capital dominicana hay que esperar los domingos en la mañana. Solo ese día, justo a esa hora, es que ella se deja mirar como merece que la vean. 


UNA PELICULA PARA VER A SANTO DOMINGO ACTUAR 
En Santo Domingo se filmó una película de culto, El Padrino II. Pero nadie que la ve reconoce a la capital dominicana, porque Francis Ford Coppola ordenó que la disfrazaran de La Habana. El Hotel Embajador (hecho según los planos del Internacional de Varadero) hace de Hotel Nacional, el Parque Duarte hace de Parque Central, una calle emblemática de la Zona Colonial hace de una calle anónima de un barrio habanero. 
Después de Coppola, varios directores han recurrido a Santo Domingo para que siga interpretando a La Habana. La última vez que lo hizo, hasta ahora, fue en 2005, cuando Andy García rodó The Lost City. En las películas, más que una ciudad, lo que vemos es una actriz. Pero si uno se fija bien en los extras, descubrirá que no caminan como cubanos. En la nobleza innata de sus rostros y en la humildad de sus gestos hay que buscar a Santo Domingo. Eso es lo que la delata.

28 julio 2011

Le debo un post

En las últimas semanas no he podido seguir escribiendo en El Fogonero con la consistencia que lo he hecho durante casi tres años. Campo de Texto me roba demasiado tiempo (más que a mí, a él). Tengo una lista de temas apuntados en el borde de una hoja que, a su vez, tiene apuntadas otras cosas de trabajo.
Le debo un post a Alfredo Zaldívar. Hace unos meses me envió una foto increíble de un puente de ferrocarril que hay en Unión de Reyes, ese pueblo matancero que se ha perdido entre el polvo de las más antiguas zafras y el pavor que produce la falta de futuro.
Le debo un post a Mano, una mano amiga que viajó desde España a Cienfuegos y desde allí, en bicicleta, al Paradero de Camarones. Él no puede calcular lo que significaron para mí esas fotos maravillosas de mi pueblo y sus personajes. A él y a su novia cubana nunca les podré agradecer ese gesto tan lindo.
Le debo un post a la arquitecta dominicana que me enseñó las diferencias reales entre La Habana y Santo Domingo, a la poeta brasileña que me demostró las cosas que se oyen en el silencio, al poeta dominicano que fue capaz de hilvanar 1,518 páginas de metáforas…
Debo demasiado, por eso no respondo el teléfono cuando el número me resulta desconocido. Prometo pagar, eso es lo único que puedo decirles ahora.

24 julio 2011

Los Ornicultores

El nombre se lo debemos a Laly, quien definió de esa manera la pasión que tenemos por el monte y por el arroyo de la sierra (que siempre nos ha complacido más que el mar). Nuestra más reciente expedición fue el sábado 23 de julio (mi padre, un montero incansable, hubiera cumplido 85 años de estar vivo).
Salimos de Santo Domingo a las 3:40 de la mañana. Es un lujo atravesar la ciudad a esa hora. Una de las cosas que más tomamos en cuenta en nuestras expediciones es la música y ese día empezamos por el rock and roll más duro. Era necesario. No nos dio tiempo a tomar café y necesitábamos mantenernos despiertos.
Llegamos a La Lomita justo al amanecer. La meta era escalar la loma Paremala antes de que se despertaran las aves. El objetivo, fotografiar a un papagayo (Trogón de la Hispaniola) que se había comportado sumamente esquivo en la expedición anterior. Mario Dávalos, mi compañero de viaje, el otro ornicultor, lo describe así en su galería de Flickr:
“Después de mi intento fallido hace dos semanas para conseguir una foto de esta especie, parece que este ejemplar me cogió pena y posó como un modelo. Me enseñó cada lado y cada pluma, saltó de rama en rama para mostrarme diferentes ángulos. Bailó, me miró fijamente y respondió cada llamado. Compensó con creces el desaire que me hizo un pariente suyo hace solo pocos días”, dice Mario.
La lluvia nos obligó a bajar, pero nos detuvimos en un colmado para desayunar. Antes, la mamá de Patricio nos había colado un café en una casa tomada por el olor del ajo, el orégano y la naranja agria; los condimentos indispensables para un cerdo asado a la dominicana. Llegamos al colmado a las 9 y ya había varios borrachos. Hombres de monte que quieren que el sábado se les acabe lo antes posible.
Huevos de guinea, pan viejo y cerveza. Con eso en el estómago seguimos avanzando por el vientre de la montaña. Cuando se está allá arriba, todo lo que está abajo puede esperar.

22 julio 2011

RELATATWEET. El regreso

Neil Armstrong nunca más ha vuelto a La Luna, pero piensa en ella todo el tiempo. La huele, la intuye, la imagina, la extraña.