12 jul. 2018

Feliz cumpleaños, Henry David

Un 12 de julio, hace 201 años, nació en Concord, Massachusetts, uno de los individuos que más me ha inspirado. Admito que no había leído una página suya hasta que Cintio Vitier me habló de él. Insistió en que buscara Walden o la vida en los bosques.
Por el Paradero de Camarones acababa de pasar un ciclón. Mi madre me llamó desconsolada. Había tumbado las dos matas de aguacates que sembró mi abuelo y una de limones criollos que no la dejaba llegar al pozo. Tuve que pasarme una semana entera limpiando aquel desastre.
De regreso a La Habana, me encontré con Cintio en la cola del pan. Le enseñé mis manos llenas de ampollas. “¡Estás hecho un Thoreau!”, me dijo con aquel raro tono que él tenía para ser cariñoso y burlón al mismo tiempo. No recuerdo cómo conseguí el libro, pero sí que por aquellos mismos días empecé a leerlo.
Suelo tener una obra suya a mano en los inodoros que uso, tanto la ciudad como en la Loma. Lo leo y lo releo casi a diario. Sus posiciones sobre muchas cosas me han ayudado a fijar las mías. Aunque no siempre nos ponemos de acuerdo, coincidimos en lo esencial.
Todos los libros suyos que tenemos están llenos de subrayados y hay más de Diana que míos. Ella también vuelve a él a menudo y solemos comentar algunas de las ideas con las que damos. No siempre llegamos a las mismas conclusiones, pero, como Henry David y yo, estamos de acuerdo en lo que realmente importa.
Por los días en que decidimos construir una cabaña en Quintas del Bosque, mi hija Ana Rosario me acababa de regalar una edición crítica de Walden. Tenía el libro en las manos cuando empezamos a buscarle un nombre a nuestra loma. Desde entonces jugamos a ser como él.
Hoy, a propósito de su cumpleaños, la editorial Errata Naturae compartió una frase suya. Creo que esa sola oración explica por qué le hago tanto caso: “No he prestado ningún juramento. No tengo un esquema para entender la sociedad, la Naturaleza o Dios. Soy, simplemente, lo que soy, o comienzo a serlo”.

3 jul. 2018

Carta abierta (y de invitación) a Ariel Ruiz Urquiola

Ariel:
No nos conocemos, pero Cuba, nuestra condición de campesinos y el amor que le tenemos a la tierra nos unen. Estamos felices de que la dictadura, acorralada por tu inocencia, tu valentía y la movilización de tantos cubanos libres, se viera obligada a darte una "licencia extrepenal".
Hemos leído tu mensaje una y otra vez. Nos emocionamos cuando vimos la foto donde apareces junto a tu hermana, de regreso a casa. Ya no estás encerrado en una celda, pero estamos conscientes de que la isla entera es una prisión. Nunca estarás verdaderamente libre.
Aunque no corremos, ni remotamente, ninguno de los riesgos a los que tú estás expuesto, compartimos contigo cada una de las causas y las razones que te llevaron, primero al monte y después a la cárcel. También estamos dispuestos a acompañarte en tu lucha por “los derechos de la naturaleza”.
Te escribimos esta carta con la intención de hacerte una invitación. En una loma de la Cordillera Central dominicana, a la que le hemos puesto el nombre de H. D. Thoreau, tenemos una pequeña cabaña que ya es tu casa. Aquí, cultivándonos, hemos tratado de ir recuperando las cosas esenciales que tuvimos que abandonar al irnos.
Todas las esperanzas que habíamos perdido en Cuba, Ariel, tú nos las has devuelto con tu firmeza. Para agradecerte eso, quisiéramos que, cuando estés en condiciones de viajar, aceptes nuestra invitación a conocer el Cibao, el entorno único donde están las cumbres más altas del Caribe y a los amigos que tenemos aquí.
No lejos de nosotros, tal como lo describió Martí, “corre ancho y claro el Yaque”. Nos encantaría ir enseñándote las páginas de su Diario en estos paisajes y, juntos, identificar todo lo que tienen en común tu montaña con la nuestra.
Un fuerte abrazo,
Diana y Camilo

La libertad de ser

Hace unas semanas Diana Sarlabous y yo perdimos a unos queridos amigos. Al final de un lindo día nos confesaron que cada vez les resultaba más difícil tratar con nosotros. “Ustedes se han vuelto de derecha”, dijeron. Después de una agria discusión, dimos la media vuelta y nos fuimos con el sol cuando moría la tarde.
En un comentario de su blog, Silvio Rodríguez le sugirió al Estado cubano que revise el caso de Ariel Ruiz Urquiola, el biólogo que se mantiene en huelga de hambre y sed desde que fue injustamente encarcelado. Para evitar confusiones, el trovador lamentó que a Ariel lo apoyaran tantos contrarrevolucionarios.
Desde Barcelona y en su muro de Facebook, Jorge Ferrer le respondió a Silvio: 
“Nosotros, a quienes llamas contrarrevolucionarios, llevamos 60 años llorando por ese pueblo, por su miseria, vindicando su libertad y sus derechos, investigando, catalogando su memoria, proponiendo, dialogando desde, casi siempre, el exilio para que sufran menos las víctimas, tus víctimas también. Y cuando muera Ariel, tú serás responsable de esa muerte por miserable, por hijoputa, por singao. Y perdónenme el francés, pero hay días y hay noches en que duele más ver la sima de podredumbre en que unos pocos hombres ayudados por unos millones más han hundido al país donde nacieron y vivieron los míos, yo mismo”.
Primero nos llamaron de derecha, después somos clasificados como contrarrevolucionarios. Décadas atrás eso me hubiera parecido un insulto. Ahora lo recibo como un elogio, porque quiere decir que tenemos una clara posición frente al régimen totalitario que oprime y arruina a Cuba.
A estas alturas no sé qué significa ser de derecha, como tampoco me queda claro quién es el verdadero contrarrevolucionario entre el que apoya a la dictadura (incondicionalmente, en el caso de Silvio) o el que se opone a ella. Esas etiquetas ya no me quitan el sueño.
Lo que sí es vital para mí es comportarme como un hombre libre y no permanecer indiferentes ante la tragedia que vive mi país. No tengo estómago para mirar para otro lado, prefiero renunciar a todo antes que hacer tanto silencio a cambio de tan poco.
La más reciente campaña publicitaria de Brugal, el ron de los dominicanos, apela a la libertad de ser. Con dos vasos de Extra Viejo a las rocas, Diana y yo brindamos por eso… y porque Ariel Ruiz Urquiola, gracias a la solidaridad de tantos “contrarrevolucionarios”, vuelva a cultivar rosas blancas, en junio como en enero.

2 jul. 2018

Mis dos mitades

El domingo en la tarde me puse a mirar la Loma de Thoreau desde el solar de enfrente. Primero repasé todo lo que hemos avanzado desde la noche en que llegamos por primera vez. Nada de lo que tenía delante estaba ahí hace dos años. Entonces pensé que me hubiera gustado enseñárselo a mi padre y a mi abuelo.
Mi padre, Serafín Venegas Nodal, y mi abuelo materno, Aurelio Yero Alonso, eran polos opuestos. El primero prefería la vida a la intemperie. Para el segundo no había mejor vida que la de su hogar (vivió siempre en estaciones de trenes, es decir, en el mismo lugar donde trabajaba). 
Mi padre fue muchas cosas, desde guerrillero hasta pescador submarino, y en todo lo que hacía procuraba ser el mejor. Alardeaba de su talento como montero, pescador, carpintero, albañil, electricista, mecánico, plomero, chofer en carretera o timonel en alta mar.
Mi abuelo solo fue ferroviario. Dedicó toda su vida útil a los trenes y a la felicidad de su familia. Por eso, además de tener un farol y un itinerario, cultivaba el arroz y ordeñaba sus vacas. Solo era excesivamente cuidadoso con tres cosas: su mujer (mi abuela Altántida), su letra Palmer y las cercas de su potrero. 
Mi padre oía música todo el tiempo. Mi abuelo siempre prefirió el sonido ambiente del Paradero de Camarones. Tengo incontables recuerdos de mi padre cantando a la Aragón por las calles de Manicaragua. No olvido las silentes lecturas de mi abuelo en su sillón de por las tardes.
Esta semana terminamos de cercar. El sábado me lo pasé poniendo los herrajes de las puertas. Con mis herramientas, corregí algunos errores del carpintero para que todo quedara perfecto. Mientras miraba la obra desde lo alto, me di cuenta de que en ella había tanto de mi padre como de mi abuelo, igual que en mí. 
Seguí haciendo silencio por un largo rato. Luego empecé a cantar.
“Pregúntame cómo estoy.
¿Cómo estás?
¡Estoy muy bien!
Pregunten por qué estoy bien.
¿Por qué, por qué?
Porque tengo mi casita pintadita,
con cerquita, se ve de lo más bonita…”.

28 jun. 2018

Aquí te esperamos, Ariel

Ariel Ruiz Urquiola es un biólogo cubano que se encerró en el Valle de Viñales a cuidar de su entorno y hacer producir la tierra de una manera sostenible. Solo esas dos acciones bastarían para que una dictadura depredadora e improductiva lo considera un individuo subversivo.
Pero Ariel llegó aún más lejos y eso sí que no se lo perdonaron. Encima de lograr que su pequeña finca produjera lo que al régimen se le hace imposible en el resto del país, se atrevió a disentir y a desear el futuro de libertad y prosperidad que él, su familia y el resto de sus compatriotas se merecen.
En 14 y Medio o en DDC pueden encontrar su historia. Dos guardias rurales disfrazados de guardabosques se aparecieron en su finca y lo acusaron de desacato. Poco después, en la representación teatral de un juicio, fue sentenciado a un año de privación de libertad.
Inmediatamente, ocuparon su pequeña parcela, destruyeron sus sembradíos y le pusieron fin a su proyecto ecológico. Ingresado en la sala de penados del Clínico Quirúrgico Abel Santamaría Cuadrado, de Pinar del Río, mantiene una huelga de hambre y sed. 
La última noticia que se tiene de él es que solicitó asistencia religiosa y la dictadura se la negó. La inmensa mayoría de los cubanos no se atreven a abrir la boca o son indiferente a los crímenes de la dictadura que los oprime. Incluso muchos que viven fuera del país, mantienen un displicente silencio. Eso convierte a Ariel es un individuo excepcional. 
Hizo todo lo que pudo para defender sus sueños dentro de un régimen que exige obediencia hasta en las pesadillas. Declarado prisionero de conciencia por Amnistía Internacional, está privado de su libertad desde el 3 de mayo. La huelga de hambre y sed fue su último recurso frente al avasallante poder totalitario. 
Cada día, en cuanto nos levantamos, Diana Sarlabous y yo buscamos noticias sobre él. Nos encantaría poder llevarlo a conocer la Loma de Thoreau. Nos llenaría de orgullo compartir con él la libertad del Cibao y la Cordillera Central dominicana.
Aquí te esperamos, Ariel, en un lugar que lleva el nombre de un hombre que fue como tú. Ojalá que podamos darnos un abrazo pronto.

26 jun. 2018

El único elogio que me merezco

El domingo pasado me hicieron el único elogio que me he creído. Se lo debo a Julio Vidal, nuestro vecino en Quintas del Bosque, donde tenemos la Loma de Thoreau. Julio es un sibarita que vende montacargas y pone a Gato Barbieri cuando la tarde empieza a caer sobre el Cibao.
Mi problema hasta ahora con los elogios es que acabo reconociendo que son inmerecidos. Cuando me alaban como poeta, admito que no puedo ser el mejor ni en mi municipio. El Paradero de Camarones pertenece a Cruces y allí nació José Ángel Buesa.
Hasta donde sé, soy el único habitante de mi pueblo que ha publicado un libro. Pero en el bar de Roberto Yero se reunía todas las tardes un grupo de canarios anónimos a improvisar décimas. Jamás conseguiré una metáfora como aquellas, dichas después de un apurado trago de ron y antes de un escupitajo.
Cuando me ensalzan como hijo, padre o esposo, pienso en todas las cosas que he hecho mal, muy mal y hasta terriblemente mal con Lérida, Ana Rosario, María o Diana. La suma de errores supera con creces la de aciertos. Aunque ellas siempre están dispuestas a perdonarme, no puedo engañarme a mí mismo.
Ningún trabajo me ha apasionado tanto como el tiempo libre, de manera que no puedo decir que me he destacado lo suficiente en ninguno de los tantos que he tenido. Miento si les digo que en verdad me sentí director teatral, editor, periodista o consultor en estrategias de comunicación. 
Tampoco he sido un ciudadano ejemplar, ni como cubano ni como exiliado. Las solapas de mis escasos libros me describen mucho mejor de lo que en verdad soy. En todas hay alguna exageración. El elogio de Julio, sin embargo, me pareció merecido. Llegó con unos amigos y los llevé a caminar por la Loma.
Les enseñé todo lo que hemos sembrado: pinos, caobas, cedros, robles, pendas, maras, carolinas, nísperos, naranjos, mameyes, plátanos, malangas, maíz… “Camilo es un sembrador”, dijo Julio de pronto y, por primera vez, sentí que me hacían un reconocimiento sobre el que no tengo la más mínima objeción. 
Sí, soy un sembrador, un gran sembrador. Que me recuerden por esos árboles me parece, además de justo, más que suficiente.