13 nov. 2018

Andrés Calamaro nunca me ha traicionado

Copié y pegué este párrafo de “Andrés Calamaro: ‘Propongo no tomarse demasiado en serio las discusiones’”, una entrevista que Luis Ventoso le hizo al autor de “Media Verónica” para el diario español ABC. Es parte de una de la respuesta a una pregunta: “¿Le satura la corrección política?”: 
“Lo que antes llamábamos «corrección política» ahora es el escenario de disparates y reivindicaciones, algunas de la cuales no son ni siquiera necesarias. La rabia de los defensores de los «derechos humanos de los animales», los insultos y el ridículo asco que aseguran «sentir»; la ideología como mueca, casi como burla de la tradición de una ideología intelectual… La revancha permanente y buscar culpables”, respondió Calamaro.
Unos párrafos más abajo, Ventoso le pregunta al Salmón sobre el rechazo fundamentalista de la «izquierda caviar» a las corridas de toros. Esta fue su respuesta:
“Estas intervenciones morales son francamente desagradables; la inteligencia es amoral. Puedo admitir cuestiones estadísticas o jurídicas, pero oponer una moralidad supuestamente superior, o más sólida, es un delirio. Si la izquierda es verdadero caviar, entonces van a bajar un poco el tono delirante de las hordas justicieras que celebran las heridas de un torero y luego exigen mayor empatía”.
Coincido con los que dicen que ha escrito las mejores letras del rock en español, junto a Joaquín Sabina. También estoy de acuerdo en que, primero con Los Rodríguez y después en solitario, ha logrado que por fin el rock en español suene a rock de verdad. Pero lo que más disfruto, además de su obra, claro, es coincidir con su actitud y sus posturas. 
A diferencia de otros que tuve que dejar sentados en una silla, en el borde del camino, Andrés Calamaro nunca me ha traicionado.

12 nov. 2018

El síndrome del domingo

Padezco del Síndrome del Domingo. Es un trauma que traje de Cuba. Desde los 11 años hasta que me gradué en la Escuela de Arte, pasé la mayor parte de mi vida fuera de casa. Nos llamaban becados. Pero en verdad estábamos internos en un lugar donde, además, debíamos trabajar en el campo cuatro horas al día.
Todos los domingos, a las 5 de la tarde, un ómnibus escolar nos llevaba hasta lo más remoto de la provincia, lejos de nuestras familias. Cada vez que pasábamos por un pueblo, el sonido de Palmas y cañas (un programa que la televisión le dedicada a los campesinos) entraba por las ventanillas.
Aunque aquellas tonadas eran alegres, en mis oídos retumbaban como si fueran un réquiem, desesperantemente melancólicas. También nos llegaba el olor de las comidas y las voces de los que tenían el privilegio de quedarse en sus casas, de saber lo que era el amanecer de un lunes entre los suyos.
No sé por qué asocio el tener que dejar la Loma y volver a Santo Domingo con aquellos deprimentes viajes. Es por eso que estoy tan feliz. Hoy no nos vamos. Lástima que aquí no pueda sintonizar Palmas y cañas. Mañana sabré cómo se amanece un lunes aquí arriba.

11 nov. 2018

La manada de la Loma de Thoreau

El sábado en la mañana tuvimos que ir al Family Fun Day del colegio de María. Siempre me abrumaron las celebraciones colectivas, pero de viejo he llegado a detestarlas. Por eso busco la mesa más apartada, el rincón más inaccesible, el punto más alejado de los entusiastas. 
Pues hasta allá fue una señora de la Fundación no sé qué, defensora de los perros en particular y de los animales en general. Trató de entregarnos unos flyers y de ofrecernos cursos, adiestramientos y hasta campamentos para nuestras mascotas. 
Rara manera esa de sensibilizarse con el reino animal tratando de humanizarlo. Fui a responderle con un disparate, pero Diana no me dejó. Como suele hacer en esos casos, me clavó las uñas en el brazo y no me soltó hasta que la señora estuvo lejos del alcance de mi voz. 
Me gusta que mis perros sean perros, no ridículos peluches amaestrados. Hemos cercado la Loma de Thoreau para que Laika, Jack y Buck sean libres de hacer lo que quieran por el monte. Sin embargo, no puedo decir lo mismo de ellos. Cada vez se esfuerzan más para que yo deje de ser humano y me integre a su manada.

El bosque de Diana


Lo que más nos gustó de la Loma de Thoreau el día que la conocimos, fue su vegetación. Aunque en algunas partes es un bosque tupido, una de sus esquinas estaba totalmente deforestada. Para colmo de males, los dos únicos pinos que habían sobrevivido se enfermaron y tuvimos que cortarlos.
Primero sembramos una hilera de caobas. Luego algunos ocujes y en la cerca, como en el resto de los linderos, carolinas y mar pacífico. Siempre que veníamos, Diana se iba a caminar sola por aquella tierra pelada. “Tenemos que seguir sembrando, tenemos que seguir sembrando”, repetía una y otra vez.
Un fin de semana, descubrió que habían nacido posturas de pinos por todas partes. Eufórica, prohibió el paso por el lugar y le pidió a Alito, nuestro jardinero, que no tocara nada allí. “Deja que crezca la hierba —le ordenó—. Lo importante es que sobreviva la mayor cantidad de esas posturas”.
Entre junio y septiembre hubo una larga sequía y muchas de aquellas pequeñas plantas murieron. Cada vez que subíamos quedaban menos. Aun así, cuando volvieron las lluvias, habían sobrevivido suficientes. Un 35%, según concluyó Diana después de hacer un exhaustivo inventario. 
El conjunto forma un hermoso caos, el elegido por la naturaleza. No moveremos ni uno solo de esos pinos del lugar donde nació. Tampoco entresacaremos los que están demasiado cerca. Que sean ellos mismos quienes compitan por su espacio y su supervivencia.
Mientras tanto, Diana trata de entender su lenguaje y de aprender de su noción del tiempo, tan distinta a la nuestra. Es su bosque, son sus árboles, es su manera de darle las gracias a esta montaña por toda la felicidad que nos ha permitido sembrar en ella.

9 nov. 2018

El largo tren de árido

Haremos paredes,
levantaremos muros,
escribiremos 
en el cemento fresco
nuestros nombres
y las palabras
que nunca
quisiéramos olvidar.

Construiremos un mundo 
perfecto,
mucho mejor
del que nos prometieron
y del que soñamos
alguna vez.
Todo eso será posible
en algún momento
de nuestras vidas,
o la de nuestros hijos,
o la de nuestros nietos,
o, con demasiada
mala suerte,
la de nuestros biznietos.

Solo debemos tener
paciencia, 
mucha,
muchísima paciencia.
Recuerda, 
primero 
debe 
acabar de pasar 
el largo tren de árido.

NELSON RODRÍGUEZ: He tenido una vida hermosa

Foto: © Diana Montero.
Una tarde de principios de los años 80, alguien subió al albergue de la Escuela Nacional de Arte, en Cubanacán, con la noticia de que una guagua nos estaba esperando para llevarnos a una proyección de Memorias del subdesarrollo. Cuando llegamos a la pequeña salita del ICAIC, nos esperaba Nelson Rodríguez.
Le hicimos muchísimas preguntas y él las respondió todas con una sencillez avasallante. Para mí, que en ese momento creía que iba a ser director de teatro, fue una gran lección ver cómo aquel individuo, que era considerado uno de los más grandes editores de cine en Latinoamérica, daba uso de lo simple, de lo directo.
En un momento del diálogo, contó cómo había resuelto la secuencia final de la película. Gutiérrez Alea no estaba conforme con lo que tenía filmado y ya estaba decidido a repetirlo. Nelson le pidió que lo dejara editar el material, como hacía Godard, en diferentes planos y con cambios de eje.
En una entrevista reciente, volvió a contar ese momento clave: “Al día siguiente lo vimos y Titón se entusiasmó: ‘Oye, está bueno esto, y mira, si le integramos planos de la crisis en las calles, los tanques de guerra, los militares en las trincheras, redondeamos la idea’. Y así fue y así se quedó la secuencia y no tuvo que filmar nada”, recordó.
Muchas veces, cuando no he encontrado un final convincente para un poema, un cuento o un reportaje, recuerdo a Nelson. “Usa diferentes planos y cambios de eje”, me digo. Nunca nos presentaron. Después de aquel día, jamás lo volví a ver en persona. Fue Facebook quien nos puso en contacto.
Una noche me dio un toque. Al respondérselo, le propuse esta conversación. “Sí, claro —me respondió—. Pero ahora no. Son las 7 de la noche. Voy a cenar y después veré películas”. Aun así, tres minutos después (Messenger no me dejaría mentir) le envié las preguntas.
“Me tomaré algún tiempo en contestarte —me respondió a la mañana siguiente—. El día 14 cumplo 80 años. Debes tener paciencia”. Esa misma tarde empecé a recibir las respuestas. 

Eres el editor de las dos obras cumbres del cine cubano, Memorias del subdesarrollo (Tomás Gutiérrez Alea, 1968) y Lucía (Humberto Solás, 1968). Se asegura que tus aportes en ambas fueron decisivos. Vistas desde hoy, ¿qué le debes a esas películas?
Vistas ahora, me han dado muchas satisfacciones. Ambas cintas, en copias restauradas, fueron exhibidas en recientemente en el Festival de Cannes. Con Memorias… fui invitado, junto a Daisy Granados, a Los Ángeles para el estreno de la copia restaurada en el Teatro de la Fundación Getty. 
Luego, en la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas, nos entrevistaron a ambos para la memoria histórica y oral de la institución. Eso fue en marzo del 2017. Hace un par de meses presenté la copia restaurada de Lucía en el Coral Gables Art Cinema de Miami. En verdad fue un hermoso acto.
Ambas películas se filmaron y se editaron una detrás de la otra. A propósito de eso, Humberto resumió una vez lo que, según él, significó mi labor en ellas: “Nelson tuvo la sangre fría para editar Memorias… y la sangre caliente para editar Lucía”.

Tu labor en el cine cubano abarca cinco décadas. Teniendo en cuenta tanto conocimiento de causa, ¿cuáles son para ti el mejor y el peor momento de nuestra creación cinematográfica?
Los mejores años fueron los 60, por aquel impulso inicial, tan novedoso, que se produjo en nuestro país. Creo que hubo dos momentos fatales para la creación cinematográfica. Primero, el comienzo de los años 70. 
La famosa parametración que empezó por el teatro, luego pasó a la televisión, después a la universidad y finalmente a donde quiera que hubiera un artista. En el ICAIC no fue tan grave por una actitud muy inteligente de su director Alfredo Guevara.
El segundo fue los 90, por el llamado Periodo Especial. Prácticamente se paralizó la producción de películas por falta de recursos económicos. Para mí, en lo personal, el “caso Amada” significó un gran disgusto. Pero me olvidé del asunto y unos años después prácticamente abandoné el ICAIC. 
Me fui de profesor para la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños, donde descubrí que la docencia me encantaba. 

Has dicho que el cine es cortar. ¿Cómo se corta lo cubano en el cine?
Esa frase me la escribió el chileno Miguel Littin en el cristal de la ventana de mi cuarto de edición. Me encantaba cortar lo que consideraba que sobraba en una secuencia. Lo que quedaba, si la película era cubana, ¡eso era lo cubano en el cine!

Hablemos ahora de La Habana, la ciudad donde transcurrió la mayor parte de la película de tu vida. ¿Cómo es tu relación actual con ella? 
Aunque la recuerdo con mucha nostalgia, hoy tengo una relación muy lejana con ella. Estuve en el Festival de Nuevo Cine Latinoamericano de 2014, invitado como presidente del Jurado de Ficción. 
Realmente lo disfruté mucho y sentí un gran orgullo de que el Premio a la Mejor Película lo mereciera Conducta, de Ernesto Daranas, y el Premio al Mejor Actor, Armando Valdés Freire, el niño que la protagoniza.

¿Qué te sigue fascinando y que te hastía? ¿Qué le agradeces y qué le reprochas? Sigo hablando de La Habana, claro.
¿Hastío? ¿Fascinación? ¿Reproches? Nada de eso. Tengo una vida diferente ahora. La disfruto y no pierdo mi tiempo recordando cosas que me entristecen. Soy un nombre feliz, Camilo. 
He recibido grandes satisfacciones en el plano profesional, por mi labor en el cine como técnico profesional, y encima dicen que soy excelente docente. He tenido una vida hermosa, plagada de mucho amor y cariño. Se terminó, ¿verdad? ¡Fin!