25 jun. 2016

Crisis de identidad

Con Mario, comiéndonos un sancocho en casa de Bo y Luz.
(Escrito para la columna Como si fuera sábado de la revista Estilos

Hace unos días hice una expedición junto a Mario Dávalos. Volvimos hasta uno de nuestros lugares preferidos: La Lomita, un paraje perdido en el corazón de la Cordillera Central. Allá arriba, mientras esperábamos porque una doña nos hiciera café, tuve un raro pensamiento.
En un momento en que la anciana hablaba de las lluvias recientes, recordó una frase de sus ancestros: “Los viejos de aquí decían que mayo son 30 días y 30 aguas”, dijo. Su acento y la sabiduría silvestre de su frase me hicieron sentir orgullo.
“Nada como los campesinos de mi país”, me dije a mí mismo. Había caído otra vez en la hermosa trampa de llegarme a creer que en verdad nací aquí. No es la primera vez que me pasa, tengo muchos antecedentes. Soy reincidente en eso.
Suelo decir a menudo que “soy aguilucho desde chiquitico”. Las personas a las que se los digo, lo asumen como un chiste y no como lo que es: un acto de fe. Cuando las Águilas ganan celebro como un niño; cuando pierden, siento una herida en mi sentido de pertenencia.
Al día siguiente de nuestra expedición a La Lomita, Mario compartió una nota en su muro de Facebook: “A Camilo y a mí nos gusta la montaña tanto como los libros —comenzó diciendo—. Nos conocimos en el 2000. Fernando Ferrán, un amigo de mi padre, fue quien nos presentó. Desde entonces somos como hermanos”.
Luego, hizo una pequeña enumeración: “Nuestra amistad de 16 años puede definirse en cinco grandes temas de conversación: libros, música, árboles, viajes y ron”. Creo que en su lista faltó un tema crucial. Cuando estamos juntos, Mario se reafirma como cubano (su padre es habanero) y yo, como dominicano.
De hecho, en nuestros viajes por las lomas, mencionamos siempre los dos nombres de las cosas. Gri gri, en dominicana; júcaro, en Cuba. Cigüita de tierra, en dominicana; tomeguín de la tierra, en Cuba. Mara, en dominicana; ocuje, en Cuba…
 Aunque esa relación “bilingüe” le permite a él ser más cubano y a mí ser más dominicano, ninguno de los dos busca en esa reafirmación otra cosa que no sea un sentimiento intangible e inasible: la  necesidad de pertenecer de una manera legítima.
El espacio donde mi pasaporte dice que nací en Villa Clara, una provincia del centro de Cuba, no alcanza para detallar todos los lugares a los que creo pertenecer. Esos documentos, en los que las autoridades suelen confiar tanto, son increíblemente imprecisos.
Mi pasaporte no dice que en verdad vine al mundo a los 5 años, el día en que mis padres se divorciaron y me llevaron a vivir con mis abuelos maternos, a una estación de ferrocarril de un pequeño pueblo rodeado de cañaverales por todas partes. Tampoco se consigna que, ya siendo un adolescente, fui a estudiar arte a un bosque de La Habana que acabó marcándome para el resto de mi vida.
Pero la mayor omisión que hay en mi documento de identidad es República Dominicana. Recuerdo un momento de la primera vez que fui a Montecristi. La carretera y el bosque seco se interrumpieron de pronto ante un derruido cartel que daba la bienvenida a un pueblo. Mi subconsciente, sin tomarme en cuenta ni pedirme permiso, me sacó de la conversación en la que participaba y empezó a tararearme.
“Y que en Villa Vázquez oigan este canto, ojalá que llueva café en el campo”. Acababa de llegar a un sitio en el que nunca antes había estado, pero un verso de Juan Luis Guerra lo había hecho mío muchísimo antes de yo saber, incluso, que acabaría viviendo en este país.
Debo admitirlo de una vez y por todas, tengo una maravillosa crisis de identidad y esa condición, como precisa Mario, va conmigo a todas partes desde hace 16 años. Ya soy de aquí sin haber podido dejar de ser de allá.

23 jun. 2016

Patrón de pruebas

M&i c3§om7putadora agon6=iza, ahora esc3§rib5[e así9. Estoy hac3§ien6=do el bac3kup para pasar toda la in6=form7ac3§ión para la n6=uev4]a9. Hasta en6=ton6=c3§es, los dejo c3§on6= el patrón6= de prueb5[as9.

22 jun. 2016

Gema Corredera y el feeling de Marta Valdés

Tengo dos recuerdos de Gema Corredera que llevo conmigo como dos joyas. El primero fue en la Escuela de Arte de Cubanacán, donde ella y yo estudiábamos. Pablo Milanés nos estaba regalando un concierto y cuando llegó el momento de cantar “Yolanda”, el trovador le preguntó al público si alguien podía hacerle la segunda voz.
Los muchachos cargaron a Gema y la subieron en el escenario. Solo tuvo que meterse las manos en los bolsillo de su jean y sacar su amplia sonrisa. Pablo se mantuvo mirándola durante toda la canción. Ella, en cambio, miraba al cielo de La Habana, segura, impecable, con la naturalidad de quien se sabe nacida para cantar.
Eso debió ser en 1986. Cuatro años después, recibí una extraña oferta de trabajo y Gema estaba allí como testigo. Yo había conocido a Marta Valdés en la Casa del Escritor de Matanzas. Fue Alfredo Zaldívar quien nos presentó y quien le contó de mi fascinación por sus canciones.
Ese día le regalé mi primer libro de poemas. Meses después fui, junto a Sigfredo Ariel y Bladimir Zamora, a la peña que Marta acababa de estrenar en la casona de Teatro Estudio. Empezaba el Periodo Especial (la grave crisis económica que sobrevino en Cuba tras la caída del Muro de Berlín) y ella quería dedicarle un espacio a la imaginación en medio de tantas carencias.
Nos contó que trabajaría con algunos actores de Teatro Estudio y con dos jóvenes músicos: Gema Corredera y Pavel Urquiza. “Me encantaría, Camilo, que tú seas el director artístico de todo esto”, me dijo de pronto, sin levantar la vista de las cuerdas de su guitarra. Fue gracias a eso, que pude conocer a Gema de cerca.
Hace dos años nos reencontramos en casa de Eloy Ganuza (otro de mis más queridos recuerdos de Cubanacán), en Miami. Un fuerte abrazo y las canciones de Marta saldaron todo el tiempo que llevábamos sin vernos. Ayer, en su muro de Facebook, Norge Espinosa hizo un anunció:
“No sé ustedes, pero el 15 de julio (víspera del cumpleaños de Camilo Venegas, me acuerdo ahora) yo estaré en Casa de las Américas, regalándome el concierto que a partir de su más reciente disco, con temas de esa mujer de otro mundo que es Marta Valdés, nos ofrecerá esa voz incomparable que es Gema Corredera. Feeling Marta. Who can ask for anything more?”, escribió.
Norge —le escribí en los comentarios—, acabo de oír el disco de Gema, mientras hago tiempo para ir al aeropuerto a buscar a Diana, que llega en una hora en el último vuelo de Panamá. Estoy llorando. No es un disco, es un estado de gracia. A Elena Burke le hubiera encantado escuchar las canciones de Marta tan bien cantadas por alguien que no fuera ella.
Mañana quisiera escribir sobre mis recuerdos de esas canciones —agregué— y de esa voz, cuando las conocí a ambas. Entonces todas las cosas estaban en su justo lugar y todo eso que ahora añoramos tanto era tan solo el presente.  Eso es lo que hago aquí, antes de darle las gracias a Gema por su disco con canciones de Marta, otra joya que tendré que llevar conmigo de ahora en adelante, siempre.

15 jun. 2016

No estaré en La Habana para celebrar los 30 años de Giros

Suelo recordar los momentos más importantes de mi vida por la música que oí dentro de ellos. El disco Giros, de Fito Páez, fue la banda sonora de mi último año en la Escuela Nacional de Arte de La Habana. Corría 1986 y aquellas nueve  canciones me inspiraban más que ningún otro sonido.
Fue Víctor Varela (el hermano de Carlos) quien me grabó el cassette. Él, a su vez, lo copió de un álbum original que Santiago Feliú acababa de traer de Buenos Aires. Eran los días en que Mijaíl Gorbachov había comenzado un osado programa de reformas en la Unión Soviética.
Poco después todo nuestro optimismo se pronunciaba en ruso y se podía resumir a dos palabras: glásnost y perestroika. Me veo claramente, vociferando por el trillo que atravesaba un bosque hasta llegar a los albergues: “¿Quién dijo que todo está perdido? ¡Yo vengo a ofrecer mi corazón!”.
Poco después prohibieron las revistas que llegaban de Moscú y Fidel dio un largo discurso. Empezó con  la advertencia de que en Cuba nada cambiaría y acabó con la consigna “¡Socialismo o Muerte!”. A partir de ahí, y gracias a Fito, nos declaramos en cortocircuito.
Mi generación se había pasado la vida viendo cómo hacían el mundo y, por lo visto, nunca tendríamos la oportunidad de hacerlo nosotros. Por eso muchos de nosotros tiramos un cable a tierra y decidimos marcharnos. Esa es la razón por la que no estaré en La Habana, cuando Fito celebre los 30 años de Giros.
Aun así quiero dejar constancia de mi gratitud por ese disco. Por él entendí que no tenía mapa en este mundo. Por él tomé algunas de las decisiones más apresuradas (y hermosas) de mi vida. Ahora mismo tengo una canción en la cabeza y no puedo parar: “miren todos, ellos solos pueden más que el amor y son más fuertes que el Olimpo”.
Otra vez gracias, Fito, por esos giros en los que he dado tantas y tantas vueltas.

14 jun. 2016

El testamento de los Osos Blancos

Más de una vez he confesado que pertenezco a una secta. Se llama Los Búfalos y nos reuníamos regularmente. El pretexto era discutir lecturas y hablar de literatura, pero lo mejor que sabíamos hacer era compartir grandes destilados y brindar por cualquier causa perdida.
Nos encontrábamos con regularidad hasta que perdimos a dos de los fundadores. Primero, Antonio Membrive se tuvo que ir de regreso a Madrid. Luego, Héctor Concari fue enviado a Cartagena de Indias. No nos hemos podido recuperar de esas bajas. Salvo algunos mensajes y saludos en clave, Los Búfalos han permanecido en una extraña hibernación.
Un email de Concari, sin embargo, ha despertado nuestro instinto salvaje. Todo empezó cuando él nos invitó a un encuentro clandestino en la casa de Gabriel García Márquez en la Ciudad Amurallada. Aproveché su misiva para decir que acababa de releerme Crónicas de motel, de Sam Shepard.
—Lo leí a Shepard —respondió Héctor—, pero la verdad es que no me impresionó. Tengo dos o tres en casa que te puedo pasar con gusto.
—Hablar mal de Shepard en mi presencia —le advertí—, es como insultar a Faulkner, Conrad o Cabrera Infante.
Fue Alfonso Lomba quien buscó una rápida solución, antes de que nos enredáramos en una cadena de insultos literarios.
—Podemos establecer una forma civilizada de resolver este tema —Propuso—. Un duelo, con las reglas de antaño. Fijen el día y quiénes serán los padrinos de cada uno.
—Sugiero un duelo a shots de vodka —se adelantó Héctor—. La marca del arma queda  a elección de Antonio, que de eso sabe.
Traté de negociar con ron o bourbon, que son mis preferidos, pero no tuve éxito con los jueces. Desde Madrid, por fin llegó el veredicto de Antonio.
—Recomiendo un duelo al alba con Osos Blancos. Es la bebida preferida de la Marina mercante rusa: un vaso highball con una cantidad moderada (2/3) de alcohol de farmacia para blindar las heridas de una infección (sobre todo si son heridas literarias como las suyas). Ese alcohol recio se rebaja convenientemente con champaña de Crimea. Los marinos suelen tomarse, a largas tragantadas, entre cinco y seis. En el caso de los literatos, más de dos es suicidio. Siendo búfalos puede irse hasta tres sin gorro o hasta cuatro portando el amuleto de los cuernos de Pedro Picapiedra.
Los borrachos más indomables del Paradero de Camarones, solían acabar en el traspatio de la Botica, cambiando víveres o azúcar por alcohol de 90º. Si caigo en el combate lo haré en honor a ellos, que siguen siendo anónimos o están muertos. Los alcohólicos de Shepard, al fin y al cabo, ya tuvieron quién los escribiera de una manera inmejorable.

El albino

Ayer, 13 de junio, fue el Día Internacional de Sensibilización sobre el Albinismo. Al este de mi provincia hay una región montañosa. Allí conocí a una familia de albinos. Uno de ellos, que era de mi misma edad, fue mi compañero de aula en la Escuela Secundaria Básica en el Campo de El Nicho.
El albino de mi escuela era motivo de burlas constantes, tanto de los alumnos como de los profesores. Sobre su condición se contaban todo tipo de fábulas y superticiones. Trataba de pasar inadvertido, hacía todo lo posible para que nadie reparara en él. A veces daba la impresión de querer ser invisible.
Este poema, escrito a principios de los años noventa, es mi homenaje a la familia de albinos que conocí en el Escambray. En especial al que fue mi compañero de aula.

Lanzaron una aguja al pajar de la noche
y le pidieron que tratara
de encontrarla.
Sus ojos, amarillos
y desorbitados,
alumbraron la oscuridad
húmeda y tupida de la montaña.
Cuando por fin dijo que la tenía,
mostró sus manos abiertas.
Estaba sangrando,
pero no dejó que nadie
se le acercara.
Sus ojos, ya apagados,
no lograban disimular el dolor.

El albino encontró una aguja
en el pajar de la noche.
Logró dar con ella
de una vez,
necesitaba demostrarnos
que no tener color servía para algo.