17 mar. 2019

Manzanas acarameladas

Cafetería del Ten Cent de Galiano, años 50 del siglo pasado.
–Todo está mucho mejor —me aseguró el amigo poeta—. La luz ya no se va, hay guaguas nuevas en La Habana y en los mercaditos aparece de todo. Figúrate tú, que repararon la cafetería del Ten Cent. La dejaron igualita a como era antes y han vuelto a vender manzanas acarameladas.
Eso fue a principios de la década pasada. El poeta estaba de visita en República Dominicana, como parte de la delegación del ALBA (la Alianza que por esos días habían suscrito Fidel Castro y Hugo Chávez) a la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo.
De la capital dominicana viajaría a Buenos Aires. Le habían dado una dieta generosa y estaba feliz con la promesa de que le publicarían dos libros que la editorial tenía engavetados hace años. “Yo no me quejo —me aseguró—. Si lo hago sería un mal agradecido”.
Cuando le pregunté por Raúl Rivero, el poeta que en ese momento seguía preso, me cambió la conversación. “Cami, tú sabes que yo no me meto en política”. Nos volvimos a ver en los días previos a la visita de Obama a La Habana. Los ojos le brillaban del entusiasmo y las expectativas.
—Raúl y Obama se van a poner de acuerdo y los americanos van a volver a invertir en Cuba —aseguró—.  A ese país no lo va a parar nadie. En unos años seremos otra vez lo que éramos.
Cuando le pregunté qué pasaría con las libertades y los derechos de los cubanos, insistió en que recuperar la economía era lo más importante en ese momento. “Lo que hace falta es que haya comida, luz y transporte —me dijo—. A la mayoría de los cubanos, Cami, la política no le interesa”.
Ayer chateamos. No le gustó un texto que escribí en El Fogonero y, en honor al cariño que nos tenemos (nunca hemos dejado de querernos) me lo hizo saber. Yo le expliqué mis razones, fui mucho más a fondo que en la publicación que compartí en Facebook.
Al final le pregunté si todavía quedaban manzanas acarameladas en la cafetería del Ten Cent. “¡Niño, qué memoria tu tienes!”, fue su única respuesta.

16 mar. 2019

Nadie humilla más a los cubanos que Cuba

Cubano que protestas porque no tendrás visa por cinco años a Estados Unidos, Trump no es el culpable de tu desgracia ni te ha privado de ninguno de tus derechos. Los responsables de todos tus males en los últimos 60 años son de apellido Castro y, más recientemente, Díaz-Canel.
¿Qué es más denigrante para un ciudadano, que un país extranjero solo te permita una entrada a su territorio o que el tuyo te exija una habilitación para poder regresar a tu patria y una repatriación para volver a residir en ella? No seas tan desmemoriado ni tan hipócrita, ahórrate tus miedos y tu doble moral. 
No hay una experiencia más humillante ni nada más vergonzoso para un cubano que tener que ir al consulado de su país a reclamar un derecho. Estados Unidos es soberano y decide quién entra y cómo entra a su territorio. Es su derecho. Cuba, sin embargo, aplica todo tipo de restricciones a sus propios ciudadanos. 
Constantemente la dictadura de Cuba viola nuestros derechos y no suelo ver protestas tan efusivas como las que he visto por esta medida de Estados Unidos. Nadie ha dividido más a la familia cubana ni nadie alentó más el odio entre cubanos que la dictadura de Cuba. ¿Tan mala memoria tenemos?
Miami no es una provincia de Cuba, es una ciudad de Estados Unidos. Si la dictadura de Cuba solo les otorga a los ciudadanos norteamericanos una visa por tres meses y de una sola entrada, ¿por qué Estados Unidos debería tener un trato diferente con los cubanos?
Nadie humilla más a los cubanos que Cuba. Los médicos que deciden abandonar las misiones donde trabajan en condiciones de esclavitud, son separados de sus familias y se les prohibe regresar a su país por un periodo de 8 años. ¡Eso es criminal! El régimen llega al extremo de regular la movilidad de los cubanos dentro de su propio país. ¡Eso es oprobioso!
No tenemos un pasaporte, es solo un salvoconducto que nos permite entrar y salir de esa cárcel cercada por un mar de totalitarismo. Dentro y fuera del país nos persigue la maldita circunstancia que, como el agua por todos lados, nos oprime y nos ahoga.

13 mar. 2019

Carta abierta sobre la situación en Venezuela

¡Pobre Venezuela! Después de haber emprendido lo que anunció como un proceso radical de transformación social, que debía marcar un punto de inflexión en la ideología latinoamericana y garantizar un proyecto de igualdad social bautizado como “el socialismo del siglo XXI", hoy ese país ha terminado convertido en un recinto despótico, donde no sólo se violan los derechos políticos más elementales, sino en el que ya apenas se puede sobrevivir con un mínimo de dignidad. De la emancipación prometida a la mendicidad obligatoria; de ilusión de la izquierda continental a prototipo del fracaso, la desesperación y el éxodo: tal es el triste trayecto de la llamada "revolución bolivariana".
Ante la grave situación política y humanitaria que hoy atraviesa Venezuela, los abajo firmantes, intelectuales cubanos que residimos dentro y fuera de la isla, exigimos al gobierno cubano que atienda a las evidencias del desastre social y humanitario, se abstenga de intervenir por cualquier medio en el conflicto político de esa nación y retire a los numerosos "cooperantes", tanto civiles como militares, que cumplen servicio en ese país. Tras seis décadas de una revolución fracasada, y el hundimiento de esa “Cubazuela” celebrada durante años por el castrochavismo, ya es hora de que Cuba deje de exportar o azuzar conflictos en otros países bajo los pretextos de la solidaridad ideológica, y de que asegure su subsistencia con recursos propios, sin expolio ni injerencia de ningún tipo.
-Ladislao Aguado, escritor y editor
-Carlos A. Aguilera, escritor
-Yoandy Cabrera, académico
-Pablo de Cuba Soria, escritor y editor
-Enrique del Risco, escritor y académico
-Armando Chaguaceda, politólogo
-Paquito D'Rivera, músico, compositor y escritor
-Néstor Díaz de Villegas, escritor
-Vicente Echerri, escritor
-Abilio Estévez, escritor
-Gerardo Fernández Fe, escritor
-Alejandro González Acosta, escritor y académico
-Ernesto Hernández Busto, escritor
-José Kozer, poeta
-Boris Larramendi, músico
-Rafael López-Ramos, artista visual
-Jacobo Machover, escritor y académico
-Roberto Madrigal, escritor
-María Matienzo Puerto, escritora y periodista
-L. Santiago Méndez Alpízar, escritor
-Michael H. Miranda, escritor y académico
-Carlos Alberto Montaner, escritor y periodista
-Adrián Monzón, artista y productor
-Lilliam Moro, escritora
-Luis Manuel Otero, artista y activista
-Geandy Pavón, fotógrafo y artista visual
-Gustavo Pérez-Firmat, escritor y académico
-Legna Rodríguez Iglesias, escritora
-Rolando Sánchez Mejías, escritor
-Manuel Sosa, escritor
-Armando Valdés-Zamora, escritor y académico
-Camilo Venegas Yero, escritor y periodista

4 mar. 2019

La mañana del domingo

De todos los lugares 
que conoces
sigues prefiriendo 
la mañana del domingo.
Nunca saldrías
de esa luz que entra
sin que tengas
que abrirle la puerta.
Por eso la disfrutas
tanto cuando se queda
en el patio
a oír
viejas canciones cubanas.
Es cierto que es breve 
y silenciosa
(como esos pueblos
que pasan 
por la ventanilla del tren
durante la llanura manchega).
Pero cuando la dejas atrás,
te queda un raro vacío
en el estómago.
Sabes que,
vayas donde vayas,
acabarás pasando
por la cuesta 
de la costumbre
y por ese largo camino
que termina los viernes
bien entrada la noche.

Es muy breve 
y silenciosa.
Basta con apagar
las viejas canciones cubanas
para que desaparezca del todo.

3 mar. 2019

Cada evidencia

Demoró en acercarse.
Al principio el agua 
le pareció una trampa.
Desconfiaba
de ese espejo 
donde se refleja su sed
y la cansada luz de la tarde.

Demoró en acercarse,
pero al final
no pudo resistir
la tentación.
Ahora lo único
que sigue sin entender
es al ave que bebe
del otro lado.
Con tanta sed 
como él,
repitiendo cada uno
de sus gestos.

Una súbita brisa
acabó espantándolos.
El colibrí voló hacia lo alto;
su reflejo,
al interior de la vasija,
como si en el fondo 
fuera posible 
borrar cada evidencia.

28 feb. 2019

Evián

Hace unos días, en medio de una tensa reunión, empezó a vibrar mi teléfono. Todos lo miraron molestos. Era un comité de crisis, se discutía una compleja estrategia de comunicación, delante teníamos una pantalla llena de variables. Antes de apagarlo, pude ver que era Evián González.
Compartimos la familia y la infancia. Era hijo de mi tío Leopoldo y, aunque le llevaba cinco años, hicimos muchas cosas juntos: jugamos pelota, amanecimos en los carnavales de los pueblos cercanos y, con su inseparable Gabi, llegamos a destilar ese alcohol clandestino y desesperado que los villareños llamamos calambuco.
En el antiguo cuadro de pelota del Paradero de Camarones, en la cervecera del Monumento de Mal Tiempo, en el parque de Cruces o en el prado de San Fernando de Camarones, dejamos algunos de los momentos más felices de nuestra juventud. Las muchachas que iban con nosotros no me dejarán mentir.
Aun cuando ya pasábamos de los veinte, siempre nos presentamos de la misma manera: “mi primito”. La última vez que nos vimos debió ser en 2000, el año en que me fui de Cuba. No recuerdo si hubo despedida, aunque cada encuentro nuestro, por su intensidad, lo fue. Nos creíamos eternos y actuábamos en consecuencia.
Hace una semana publiqué una foto con mi tío Aramís, donde decía estar con el último de los Yero. Evián me corrigió: “Recuerda que también nos queda tío Orlando”. Luego puso una foto suya y me pidió que se la mostrara a Aramís. “Estoy seguro de que no me conoce”, agregó.
Cuando él nació, en 1972, ya su tío se había marchado al exilio. Miriam, la esposa de Aramís, le aclaró que lo conocía por fotos: “Todos dicen te pareces a él”. Evián respondió unos pocos minutos después: “Por acá los queremos y extrañamos mucho, besos para todos”. 
Sabía que estaba enfermo, pero nunca sospeché que esas serían sus últimas palabras en Facebook. Con él se me acaba un mundo que empezó a desaparecer con Gabi. Aunque no soy religioso, me gustaría creer que andan juntos de nuevo y que han vuelto al Paradero de Camarones donde están todos los que se han ido.
Siempre viviré con la angustia de que no le respondí la llamada. Adiós, primito.