25 jun. 2015

Los tiranos no pueden aprenderse la palabra perdón de memoria

“Soy Manuel Antonio Noriega, el último general de la era militar…”, así se presentó el exdictador panameño en una repentina aparición televisiva. Desde la cárcel, con el pelo engominado y la voz firme (como si aún estuviera en condiciones de seguir dando órdenes),  pidió perdón.
Al parecer quienes le asesoraron en este inusitado acto de humanidad le impidieron que improvisara. “En cualquier respuesta de la pregunta que haces me estoy saliendo de la solemnidad que, ante el altar de mi conciencia, he venido hoy a expresar lo que es el perdón”, le aclaró a su interlocutor.
Lo que leyó estaba escrito a mano, quizás de su puño y letra. A pesar de que era un texto muy breve (no llegaba a las 100 palabras), no se atrevió a pararse delante del micrófono si él. Llama la atención que, tratándose de un hombre tan elocuente, fuera incapaz de aprenderse la palabra perdón de memoria.
“Yo cierro el ciclo militar, como el último general de ese grupo, pidiendo perdón como comandante en jefe y como jefe de gobierno (…). Pido perdón a toda persona que se sienta ofendida, afectada, perjudicada o humillada por mis acciones o las de mis superiores en el cumplimiento de órdenes o las de la de mis subalternos en ese mismo estatus”, fue todo lo que dijo.
Felicito al pueblo panameño, porque logró algo que los cubanos es improbable que tengamos: el perdón de los tiranos que dividieron a nuestras familias y arruinaron a nuestra nación. Aún cuando tampoco logren aprendérsela de memoria, nos merecemos oírlos pronunciar esa palabra.

21 jun. 2015

Antonio Muñoz, el último gigante que bajó de las montañas

(Prólogo del libro Antonio Muñoz, del Escambray a Tokio, de Fernando Rodríguez Álvarez)

Comencé a desarrollar mi sentido de pertenencia alrededor de la bocina de un viejo radio Westinghouse. Estaba encima del piano de mi prima Lucy y en él, mis abuelos y yo, oíamos las hazañas que las estrellas de mi provincia lograban en los diamantes de la Isla.
Corría ya la segunda década de la Cuba revolucionaria. En 1977 por fin mi madre consiguió el derecho a comprar un televisor ruso. No fue hasta entonces que mi héroes empezaron a tener rostros; aunque siempre se veían difuminados por los grises de una imagen distorsionada, a veces temblorosa.
En la próxima temporada (yo tenía 10 años y Cienfuegos, la capital de mi territorio, un nuevo estadio), mi abuelo decidió llevarme a ver un juego. Recuerdo que había mucho frío. A lo lejos, un enorme  resplandor se proyectaba contra el oscuro cielo de la bahía.
Después de pasar un estrecho túnel, por fin se hizo realidad el escenario que tanto me había imaginado. Ninguna obra teatral ni concierto alguno jamás me ha emocionado tanto como el espectáculo que presencié aquella noche. Gracias a un libro de Fernando Rodríguez Álvarez ahora sé que ocurrió el 8 de marzo de 1978.
Cuando leí Pase usted, Señor Jonrón. La verdad sobre Cheíto Rodríguez (2013), recuperé las fechas y las cifras exactas de algo que me define pero que estaba a punto de extraviar: la legendaria trayectoria de un puñado de peloteros que jugaron en un mundo que desaparece poco a poco.
Cuando el libro sobre Cheíto Rodríguez cayó en mis manos, no pude parar de leer hasta alcanzar la última página. Inventé una excusa para no ir a trabajar y aplacé para el próximo día todos los pendientes. Durante esa inmersión confirmé por qué era cubano y por qué no podía ser otra cosa.
Al final de la jornada escribí un post en El Fogonero: “He disfrutado sus 376 páginas como si viera lo que se cuenta en ellas proyectado sobre una pantalla. Las abundantes estadísticas recogidas en el volumen me ha permitido, además, reconstruir con lujo de detalles algunos de los momentos más emocionantes de mi infancia”, confesé.
Fue así que Fernando Rodríguez Álvarez y yo entramos en contacto. Poco después supe que ya estaba enrolado en otro proyecto, Armando Capiró, grande por siempre (2014), sobre la vida y desgracia del mítico jardinero de los equipos de la capital cubana.
Cheíto Rodríguez y Armando Capiró tiene dos cosas en común, además de haber sido rutilantes estrellas del béisbol cubano, sufrieron las consecuencias del totalitarismo y sus carreras deportivas se vieron truncadas justo cuando ambos se encontraban en su mejor forma. 
Los abundantes testimonios que Fernando acopió para sus libros, bastan para probar la naturaleza autoritaria y cínica que se escondía detrás del presunto romanticismo del béisbol revolucionario. Por primera vez, los protagonistas de aquella época hablan sin coerciones ni censuras.
El día que Fernando me convidó a escribir el prólogo de Antonio Muñoz, del Escambray a Tokio (2015), volví a caer en la sala de la estación de trenes donde transcurrió mi infancia. El uniforme de Las Villas era anaranjado, pero en el televisor ruso se veía gris claro, con un central azucarero bordado en la mitad del pecho.
Cuando leía los capítulos del libro, veía todas las imágenes en blanco y negro. La primera vez que me llevaron al estadio, Cheíto dio dos jonrones; pero Muñoz pegó uno que pasó por encima del techo del estadio y fue a dar justo al punto donde colgaba la Luna cienfueguera.
No olvido al Gigante dándole la vuelta al cuadro, muerto de la risa, mientras Cheíto salía de la cueva a darle un abrazo. Mi ojos de niño filmaron aquella secuencia con un material imborrable que suelo ver de vez en cuando, proyectado sobre esa gran pantalla que es el subconsciente.
Apenas se han escrito libros sobre el béisbol cubano. Aunque ese deporte es uno de los signos vitales de nuestra identidad, son pocos los textos que lo abordan como tal. Solo Roberto González Echevarría, Leonardo Padura, Raúl Arce y Norberto Codina, entre otros pocos, se han esforzado para que todo eso no se quede atrapado en la apasionada tradición oral de los aficionados.
Con la trilogía Pase usted, Señor Jonrón, Armando Capiró, grande por siempre y Antonio Muñoz, del Escambray a Tokio, Fernando Rodríguez Álvarez no solo se une a ese reducido grupo de escritores, también establece un hilo conductor que le da orden a algo que se conserva —lo poco que se conserva— de una manera muy desordenada.
Todo lo que alcanzó a tocar la revolución en Cuba hoy está en franca decadencia; el béisbol no es la excepción. Las generaciones del futuro solo tendrán memoria de los peloteros cubanos que se han establecido en Grandes Ligas. Sobre todo porque su trayectoria y sus logros estarán siempre a salvo bajo el manto memorioso de la centenaria institución.
Cuando eso suceda, el legado de los grandes peloteros que solo jugaron dentro de Cuba y en campeonatos internacionales de poca importancia, podría empezar a extraviarse. De ahí la importancia de los libros de Fernando Rodríguez Álvarez.
Desde principios de la década del 60 hasta finales de los 80, en Cuba jugaron muchos peloteros que, de haberlo hecho en Grandes Ligas, con seguridad hoy sus nombres estarían entre los inmortales de Cooperstown. Pedro José Rodríguez, Armando Capiró y Antonio Muñoz son tres de ellos.
Comencé a desarrollar mi sentido de pertenencia alrededor de las bocinas de un viejo radio. Gracias a los tres libro de Fernando Rodríguez Álvarez he recuperado hechos, expresiones, frases, derrotas y triunfos que conforman  las claves por las que soy como soy.
Las páginas de estos volúmenes son, al menos para mí, como un telescopio. Si miro a través de ellas, vuelvo a dar con estrellas que ya se apagaron. De ahí, insisto, la gran importancia de este esfuerzo descomunal de Fernando. Gracias a él la luz de estos astros sigue viajando en el tiempo, alejándose de la peligrosa oscuridad del olvido.

20 jun. 2015

Antes de perseguir a Varguitas, lean a don Mario

(Escrito para la columna Como si fuera sábado, de la revista Estilos

Aunque la muerte del periodismo ya ha sido anunciada y todos señalan a las redes sociales como el autor material del hecho, a veces los propios periodistas se convierten en cómplices y hasta en autores intelectuales. Una prueba de ello es la más reciente edición de la ¡Hola! en España.
Para que todos nos enteráramos por su portada, los editores adelantaron la salida de la revista: "Isabel Preysler y Mario Vargas. Las imágenes que confirman la relación". Incluso en un medio de meros chismes y puro sensacionalismo, el autor de La casa Verde se merecía un titular más creativo.
Pero hay algo peor, quien escribe los pies de fotos y el texto que acompañan a las pacatas imágenes no da ni una prueba de haber leído nada de Vargas Llosa. Con un simple repaso de uno de sus últimos libros, Travesuras de la niña mala, le habría podido dar el toque perverso que semejante chisme precisaba.
Lo tenían en bandeja de plata, porque no solo se trata de Mario Vargas Llosa, uno de los mejores novelistas de la literatura universal y Premio Nobel, también se trata de Varguitas, aquel jovencito de 19 años que huyó de su casa con su propia tía, que ya era divorciada y tenía 29.
Como si esto ya no fuera suficiente, después dejó a su tía por una prima hermana, quien fue su esposa hasta que Isabel Preysler flechó el corazón de adolescente que aún conserva don Mario. En fin, que es una verdadera pena que fuera ¡Hola! y no Babelia o Letras Libres quienes nos dieran la noticia del affaire.
El escritor Abilio Estévez no pudo evitar referirse al tema en su muro de Facebook: “En ‘Sálvame’ hablan de Vargas Llosa. Y ahora, ¿cómo se sienta uno a leer Conversación en la Catedral?”. Justo debajo de su post, alguien colgó una entrevista a Umberto Eco.
"El drama de Internet es que ha promovido al tonto del pueblo al nivel de portador de la verdad. Las redes sociales le dan derecho de palabra a legiones de imbéciles que antes hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la colectividad”, aseguró el autor de El nombre de la rosa.
Hay algo peor aún y es cuando los medios de comunicación tratan de emular a las redes sociales pidiéndole a los tontos del pueblo y a los imbéciles que produzcan sus contenidos. Eso, aunque parezca contradictorio, me da cierta esperanza, porque al final estaremos tan saturados de tanta bobería, que sentiremos una necesidad natural de recuperar la inteligencia.
Gracias a mi sentido común, he desarrollado una unidad de medida para saber a quien sigo en Twitter. Primero, leo 10 tweets, olfateo su inteligencia y su gracia. Luego, miro el número de seguidores; cuando es excesivo, de inmediato sospecho. Muy pocos pueden alcanzar los 100 mil seguidores sin decir por lo menos cinco estupideces al día.
Ahora llegó el momento de ser honesto y confesar algo muy importante. Por primera vez en mi vida tengo algo que agradecerle a una revista del corazón. Las fotos de Varguitas con Isabel me han dado deseos de releer a Vargas Llosa, de volver a ese tiempo remoto en que yo era muy joven y vivía con mis abuelos en una estación de trenes. Entonces, Pantaleón y las visitadoras, La tía Julia y el escribidor y Los papeles de don Rigoberto me ayudaron a ser muy precoz y atrevido.
Por eso es que Umberto Eco tiene razón. Si antes de perseguir a Varguitas hubieran leído a don Mario, la historia habría quedado deliciosa, mucho más exitante.

18 jun. 2015

Un selfie de Diana

Me gustaría ser uno de los mejores poetas de Cuba para que fuera mío este verso: “Cuando Diana echó a rodar sus ojos azules nunca pensé que cayeran en mis manos”. Pero como no soy Emilio García Montiel y nunca llegaré a escribir como él, me conformo con Diana y su mirada.
Hoy, a propósito de su cumpleaños, le di las gracias por haberla encontrado. “¡Por habernos encontrado! —me corrigió ella— ¡Por habernos encontrado!”. Aun cuando vivíamos en universos tan distantes, a veces trato de imaginarme mi vida con ella a los diecipico, a los veintipico o a los treintipico.
Somos de la misma edad y nacimos en el mismo país, pero nuestras experiencias de vida fueron totalmente diferentes hasta que el azar por fin quiso que tropezáramos. Aunque ambos ya estábamos a punto de subirnos en la media rueda, decidimos no volver a separarnos por el resto del viaje.
Hemos pasado todo tipo de contratiempos y cada uno ha intentado hacer realidad el sueño del otro. Esas vicisitudes y esas ambiciones han acabado uniéndonos aún más. La conocí al borde de los 50, pero junto a ella le he perdido el miedo a la vejez.
Es como si hubiera doblado en U y estuviera de regreso a esa rara edad donde se es feliz sin el más mínimo motivo. Ayer, cuando salía de la peluquería, se hizo un selfie. Fue entonces que pensé en el poema de Emilito: “ya nada importa. Humanos o divinos, sus ojos apagaron mi temor”.

15 jun. 2015

Cuba es mucho más que un lago, una isla y una nube

El 24 de abril de 1957, Marta Rojas congratuló a Fulgencio Batista. Esperó 11 días para escribirle un “mensaje de felicitación y cariño” por haber derrotado, el 13 de marzo, a los jóvenes que asaltaron al Palacio Presidencial. “Se portó usted valiente y grande y sigue amplio y generoso. ¡Lo admiro!”, concluye la periodista.
En la Cuba actual hay muchas maneras de comportarse como Marta Rojas, quien luego no perdió ni un minuto y se alistó al fidelismo; con tanto entusiasmo, que llegó a pedir que se declarara a La historia me absolverá como obra cumbre de la literatura cubana.
Recientemente, Tomás Sánchez escribió en su muro de Facebook un mensaje para Tania Bruguera donde le advierte que su “performance se lo está llevando el viento”. Lo hizo a raíz de que la artista fuera golpeada y detenida por la policía política de Raúl Castro.
"Creo que grupos, que ni siquiera se ponen de acuerdo entre ellos, están haciéndose promoción a costa de su prestigio internacional y buenas intenciones", dijo el pintor en Facebook. Sánchez, quien durante mucho tiempo pintó a Cuba anegada, ahora parece verla como uno de sus célebres basureros.
Tengo amigos que se resisten a opinar sobre temas políticos cuando de Cuba se trata (lo hacen constantemente sobre el resto del mundo). Ellos alegan que ya están viejos para tratar de cambiar las cosas. Tengo otros amigos que aseguran que todo lo que tienen que decir, lo expresan a través de sus obras (gracias a la abstracción, las metáforas, los símbolos, las analogías…).
Yo, que ya también estoy viejo, cansado y que vivo en el exilio, donde puedo pagarme con mi propio salario todo el Brugal Extra Viejo que me pide el cuerpo, prefiero decir lo que pienso y dejarlo por escrito, aun cuando después se lo lleve el viento.
Cuba es mucho más que un lago, una isla y una nube (aquella memorable obra de Tomás Sánchez). En Cuba hay once millones de cubanos esperando por el futuro y al menos yo, Camilo Venegas Yero, creo que jamás llegarán a alcanzarlo de la mano de los dinosaurios, de los hijos de los dinosaurios y de los nietos de los dinosaurios.

13 jun. 2015

La Habana no reconoce al Príncipe de Mantilla

Con apenas 174 palabras resolvió el periódico Granma, libelo oficial del régimen de Cuba, el mal trago de tener que informarle al pueblo que Leonardo Padura había ganado el Premio Princesa de Asturias de las Letras. El texto, firmado por la Redacción Digital, no entra en detalles, sortea elogios y resuelve la situación de la manera más escueta.
El Premio Princesa de Asturias (Príncipe de Asturias hasta 2014) es uno de los más importantes que se le otorga a un escritor en Iberoamérica. Entre sus ganadores se encuentran Juan Rulfo, Günter Grass, Doris Lessing, Arthur Miller, Susan Sontag, Paul Auster, Amos Oz y John Banville, entre otros.
En una entrevista que El País acaba de hacerle a Abel Prieto, ex ministro de Cultura y asesor del dictador Raúl Castro, el funcionario se centra en la necesidad que tiene Cuba de defender la memoria cultural contra “la ola de banalización y frivolidad”. La divulgación del galardón merecido por Leonardo Padura hubiera sido una excelente oportunidad para contribuir a lograr ese objetivo.
Sin embargo, varios escritores e intelectuales cubanos que viven en la isla se han quejado de la sospechosa apatía con la que los medios oficiales reseñaron la noticia sobre el premio al príncipe de Mantilla, ¡el más importante reconocimiento a la narrativa cubana desde que Guillermo Cabrera Infante obtuviera el Cervantes en 1997!
Por cosas como esta es que resultan tan poco creíbles las palabras de Abel Prieto cuando asegura que la política cultural del régimen no es un problema político sino estético. Afortunadamente, los cubanos siempre se las han ingeniado para burlar las restricciones, prohibiciones, censuras y mutismos de su dictadura.
Felicidades a Lucía, a Conde, a Mantilla y a Cuba. Gracias a Padura por el país que ha creado para nosotros en sus libros. Ya está visto que para que nuestra creatividad se comparta, sea reconocida y trascienda, no se precisa de las perversas triquiñuelas de un intermediario que, desde un principio, propuso dividir a nuestra cultura entre los que están a favor y los que están en contra,  en todo o nada.