13 feb. 2017

No acabo de comprender el significado de ciertas fechas

El sábado amaneció nublado. Cuando se está por encima de los mil metros de altura sobre el nivel del mar, las nubes te pueden dar alcance en cualquier momento. La neblina cubría todo a nuestro alrededor, pero eso no impidió que saliéramos a caminar.
Una vez que pasamos el cementerio (un pequeño cercado con una hermosísima mata de carolina y unas pocas cruces deshechas), avanzamos por el camino de La Lomita con la intención de llegar por lo menos hasta la casa del Rubio. Pero la lluvia nos obligó a retroceder.
Cuando volvíamos a la cabaña sentimos mucho frío, abracé a Diana y enumeré las razones esenciales por las que la amo. Para acompañar unas fotos nuestra en Facebook, escribí al menos dos de ellas. Un centenar de amigos dijo que le gustaba. Frente a la publicación, ella, feliz, me miró agradecida.
Pero pocos minutos después cayó en cuenta de que mañana es 14 de febrero y entonces me preguntó qué le iba a regalar. “Nada”, fue mi respuesta. No crean que es una jugarreta o algún tipo de sorpresa. En verdad no tengo ningún regalo que hacerle. No acabo de comprender el significado de ciertas fechas.
Nadie puede convencerme de que mañana debo celebrar mi amor por Diana, porque eso lo hago a diario. Tampoco mi gratitud por los amigos, trato de demostrársela cada vez que puedo. Aun así, no puedo negarles que es una buena excusa para abrir una botella de Brugal Extra Viejo. No suelo beber entre semana, pero como es el Día de los Enamorados…

10 feb. 2017

¡Mes amis!

Ignacio Agramonte le hablaba en francés a sus soldados,
una docena de negros desnudos que le seguían machete en mano
mientras cortaban cabezas y se hundían cañaveral adentro.
—¡Mes amis! —Les gritaba—. ¡Mes amis... la liberté!

En mi pueblo no hay posadas ni moteles de paso.
Una barbería, dos tiendas, un bar y una botica.
Es todo.
Nada más hay en la calle que lo divide
como un corte hecho de una sola vez,
pero con una navaja sin amolar.
En la barbería hay un espejo desde donde se ven las dos tiendas.
En las dos tiendas las puertas son amplias y se está al tanto de todo.
El bar queda frente a la botica
y en cualquiera de los dos se puede beber un buen trago de alcohol
(ablandado con hierbabuena y agua).

Durante años, estuvo mal visto que nuestras mujeres
hablaran con hombres de otros pueblos o con recién llegados.
Sabían darse su lugar y jamás tuvimos quejas de ellas.
Pero todo cambió y ahora
cuando las mujeres de mi pueblo se desnudan
hablan en francés.
Lo aprendieron de un que turista
que se llevó a dos en un jeep rojo.
—¡Mes amis! ¡Mes amis la liberté! —Gritan, 
mientras mueven las cabezas y se hunden cañaveral adentro.

8 feb. 2017

El tamaño de la letra de los libros

Todas las tardes de su vejez, mi abuelo Aurelio Yero sacaba un pesado sillón de majagua para el andén de la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones. Allí leía hasta que caía la noche. 
Aunque solo estudió hasta sexto grado, tenía una gran "retentiva" (así le llamaba él a la capacidad de razonar las lecturas. Fue así que se aprendió de memoria el Reglamento de los Ferrocarriles de Cuba y llegó a ser jefe de estación.
Era un estudioso de la Segunda Guerra Mundial, admiraba tanto a Patton como a Zhúkov. Era capaz de hacer sobre la tierra del potrero los mapas de las batallas más importantes, lo mismo de los Aliados que del Ejército Rojo. Pero su escritor preferido era Martí (sobre todo las cartas) y su género, la novela.
Recuerdo que, cuando se quejaba del tamaño de la letra de los libros de la colección Cocuyo, yo alardeaba de mi "vista de halcón". Le quitaba el libro de las manos, me iba hasta la penumbra de la mata de aguacates y leía en voz alta. 
Entonces él tenía más de 70 años y yo apenas rondaba los 10. Ahora, que aún no he cumplido los 50, ya no puedo leer sin espejuelos. Cada vez que abro un libro de Cocuyo lo recuerdo.

La cuerda del reloj

¿Por qué no estoy en esa foto
donde los míos me miran
con abatimiento,
conscientes de que no había
nada que poner en la mesa
cuando cayera la noche?

¿Por qué no esperé
a que pasara alguien
y manejara por mí
aquel aparato soviético,
que fuera él
quien viera cerrarse
la cortina negra
y escuchara
el sonido roto
de la cuerda del reloj?

¿Qué hago sin ellos,
justo aquí,
en medio de una tarde
que no acabo
de comprender,
a la espera
de la alegre sobremesa?

¿Por qué no estoy en esa foto,
me pregunto
otra vez,
mientras las palabras
finalmente se rompen,
como aquel frágil hilo de metal
que enrollábamos cada mañana
para que siguiera pasando el tiempo?

6 feb. 2017

Llevo la luz del tren

La cabaña que Diana y yo nos construimos en Quintas del Bosque, dentro de la Cordillera Central dominicana, está a merced de la neblina. Muchas veces, en medio de un día claro y soleado, de pronto nos hemos visto atrapados por una niebla que se mete en la casa y lo borra todo.
Un ejemplo de lo que digo fue la noche del sábado. Allá abajo, las luces de Jarabacoa resplandecían. Aún más allá, llegaba a distinguirse la claridad de La Vega, como un lejano sombrero sobre la silueta de las lomas.
Bajé la vista a la pantalla de mi laptop por un rato y cuando volví a levantarla ya no se veía nada. Ni La Vega, ni Jarabacoa, ni siquiera el hijo de farolas de la carretera de Manabao a su paso por Pinar Quemado. Era tan densa la neblina, que salí a “tocarla”.
De ese momento es esta fotografía. Para compartirla en Facebook, escribí un breve pie de foto: “Como pueden ver, para llegar a la Loma de Thoreau hay que seguirle el rastro a la neblina”. Un amigo dominicano, Marlon Anzellotti González, comentó: “parece que viene un tren”.
Tiene razón. Así se veían los reflectores de las antiguas locomotoras soviéticas cuando entraban en la neblina del Paradero de Camarones. Entonces recordé las estrofas finales de “Mariposas tecnicolor”, esa canción de Fito Páez que tantas veces me he repetido a mí mismo:

Yo te conozco de antes,
desde antes del ayer.
Yo te conozco de antes,
cuando me fui no me alejé.

Llevo la voz cantante,
llevo la luz del tren,
llevo un destino errante,
llevo tus marcas en mi piel.

Y hoy solo te vuelvo a ver...

Cuando volví a la casa ya todo era transparente de nuevo. Ahí estaban las farolas de Pinar Quemado, el resplandor de Jarabacoa y la claridad de La Vega. El silencio era muy parecido al que dejan los trenes al pasar.

Lichi Diego nos habla por última vez, desde un rincón del alma

El 1 de enero de 2010, Jorge Dalton pasó por Ciudad México –junto a su amada Susy Caula— con la intención de llegar a Acapulco. Un amigo suyo se había comprado una casa en un terreno que había sido de Erroll Flint y él quería filmar la propiedad de Johnny Weissmüller, que estaba justo al lado.
Nada de eso fue posible, porque Lichi Diego lo convenció de que lo filmara hablando de Cuba, de su experiencia dentro de esa “gesta que sedujo a unos y maldijo a otros”, de Informe contra mí mismo y, sobre todo, tratando de explicarnos “cómo, cuándo y por qué fuimos perdiendo la razón y la pasión”.
Como la grabación no se hizo con una cámara profesional, Dalton trató de repetirla. Pero ya era demasiado tarde. Lichi estaba gravemente enfermo y murió pocos después, en julio de 2011. Durante mucho tiempo no supo qué hacer con aquellas cuatro horas de conversación. En un momento, inlcuso, pensó en donarlas a una universidad en Estados Unidos.
­–¡No lo hagas, no lo hagas! —Le repetía Susy— ¡Algo se te va a ocurrir!
Y tenía razón, gracias a su insistencia hoy existe En un rincón del alma (2016), un testamento en formato de documental y nuestra última oportunidad para seguir hablando con Lichi. Asistí a la proyección en Santo Domingo con un grupo de amigos cubanos. Algunos tuvieron que salir de la sala para no molestar a los demás con su llanto.
Empecé a escribir este post para alabar la inteligencia y el buen gusto con el que Jorge Dalton ha hecho una película a la que tendremos que volver una y otra vez. También quería resaltar su amor incondicional a Cuba y a su cultura. Pero me basta con agradecerle su obra.
Tener la oportunidad de volver a sentarme frente a Lichi, de oírlo decir la verdad cada vez que mentía o de mentir cuando era excesivamente honesto, verlo reír ante las cosas más tristes y llorar al describir la alegría, es un privilegio que ya daba por perdido. Y gracias a En un rincón del alma lo he recuperado.

***
Cuando publiqué este post en Facebock, Jorge Dalton escribió un comentario que quiero compartir con los lectores de El Fogonero. Creo que en estos pocos párrafos, el director de En un rincón del alma declara las razones fundamentales por las que se vio obligado a hacer el documental.

Eliseo Alberto Diego junto a su amigo Jorge Dalton.
Esa Cuba que nos tocó vivir, sufrir y amar

Jorge Dalton


Muy bellas palabras de Camilo Venegas, un texto muy importante para mí y para los que hemos construido En un rincón del alma. Nos da fuerza para continuar viaje. Mi película viene siendo como un camioncito que tuve cuando niño halado por un cordel, donde cargaba ilusiones y con el que estaremos llevando el mensaje de Lichi Diego, ese hombre bueno que habitó nuestras tierras. 

No solo su mensaje y su verdad, sino tambien a Cuba, una Cuba que no me he inventado, sino que existe y existió, una Cuba un tanto inédita que hay que tambien conocer. Muchos tienen ese cementado pensamiento de que Cuba es solo la "Cuba de Fidel" pero yo entiendo y respiro que Cuba es mucho más inmensa, llena de virtudes pero también de una sucesión de recovecos históricos y también de heridas que hay que tratar con mucho cuidado, perseverancia y dedicación si queremos que estas sanen. 
En un rincón del alma es como un pájaro con la misión de llevar a lugares distantes parte del alma de Orígenes, de Lichi Diego, de esa Cuba que nos tocó vivir, sufrir y amar. Los que me conocen saben que yo no soy cubano por que un día descubrí o me aprendí de memoria las canciones de Silvio o que de pronto se puso una boina y camiseta y le dio por bailar como sea, ante la novedad de una rumba o un chachachá, y a partir de ahí le dio por repetir discursos utópicos comprados en librerías callejeras habaneras, como les suele suceder a esos "turistas revolucionarios trasnochados, indolentes y de pacotilla". 
Soy un simple cubano más y eso me da una razón mas que poderosa, un martiano más, comprometido con el pasado, presente y futuro de esa isla mía, de la cual somos hijos y a ella nos debemos. Mil gracias a todos y a Camilo.