La foto de Joachim Gauck sentado en la primera fila de la Asamblea
Federal de Alemania, cabizbajo, rodeado de aplausos, me hizo pensar en el
futuro de mi país. Joachim era un connotado disidente en la República
Democrática Alemana y ahora es el presidente del país que se unificó en 1990.
Justo el pasado 18 de marzo, día en que fue investido, se
cumplieron 22 años de las primeras elecciones libres en el lado este del Muro
de Berlín. “Llevábamos demasiado tiempo sin votar”, recordó Gauck en su discurso.
A tres asientos del nuevo presidente, la canciller Ángela Merkel sonreía. Ella
también proviene de aquel país ya inexistente.
Más de una vez he tenido la misma discusión con más de un amigo
cubano. Se trata de aquellos que no ven entre nuestros disidentes a nadie capaz de
ocupar un puesto relevante en el futuro. Uno, incluso, se apresuró a aclarar
que un blog no es literatura, como si eso invalidara aún más a los que han
tenido el valor de comunicar, literalmente, ese pavor cotidiano que es el
diario vivir en Cuba.
El futuro es impredecible incluso para los que más saben de pronósticos. Pero yo estaría feliz si algún día los cubanos podemos vivir el anhelo de Gauck. Lo importarte ahora es recuperar el derecho a decidir delante de una urna. Lo demás, depende de todos los que estemos dispuestos a participar de eso.
El futuro es impredecible incluso para los que más saben de pronósticos. Pero yo estaría feliz si algún día los cubanos podemos vivir el anhelo de Gauck. Lo importarte ahora es recuperar el derecho a decidir delante de una urna. Lo demás, depende de todos los que estemos dispuestos a participar de eso.






