21 may. 2018

Cuba tiene las alas rotas

Hace unas semanas Diana Sarlabous y yo volamos a Miami desde el aeropuerto de Santo Domingo. Justo al lado de nuestro avión, había una aeronave destartalada que llamaba la atención de todos. El aparato era antiquísimo y se apreciaba a simple vista que estaba en pésimo estado.
—¡Qué Dios acompañe a los que tengan que viajar ahí! —exclamó una señora persignándose.
—¿Y de dónde es esa vaina?—, preguntó alguien.
—Creo que es de Cubana—, respondió otro.
Diana y yo nos miramos y bajamos la cabeza, preferimos no hacer ningún comentario. En nuestro vuelo tuvimos que sortear una tormenta. Aterrizamos en Miami después de tres intentos. Ya en tierra, el capitán pidió excusas. “Solo intentaba hacerlo de la manera más segura”, dijo.
Cuando supimos que un vuelo de Cubana se había desplomado unos segundos después de despegar en el aeropuerto de Rancho Boyeros, Diana y yo recordamos al avión que vimos en Las Américas. Con las primeras imágenes comprobamos que tenía la misma pintura. Es muy probable que fuera el mismo aparato.
El sábado leí esta reacción de Luis Alberto García en su muro de Facebook: 
No esperan los resultados de las cajas negras del avión, no escuchan que la nave no era cubana, que la tripulación era mexicana. Que era un aparato rentado. No quieren oír. No les sale de su culo oír. 
“El desgobierno cubano es el culpable del accidente”, dicen.
¿Si se cae un avión americano, es culpa del desgobierno americano?
¿Si cae uno de Francia, es la cúpula tiránica gala la culpable?
¡Vayan al médico!
Otro querido amigo, pedía que no mezclaran la política con el dolor. Ni una cosa ni la otra. Creo que, en el momento en que se supo de la tragedia, el peor de los cubanos debió sentir exactamente la misma angustia que el mejor de todos nosotros (y dejo a cada quien la libertad para elegirlos).
Si Luisito accediera a los medios libres de Cuba, hubiera estado al tanto de la serie de reportajes que se han publicado en las últimas semanas sobre el caos en Cubana. Todos llaman la atención sobre el depauperado estado de los aviones que prestan servicios y la enorme corrupción que desangra a la compañía. 
Llegados a este punto, es importante recordarle algo a mi amigo actor: El “desgobierno americano” y la “cúpula tiránica gala” no operan aviones civiles, solo se aseguran de que las empresas privadas que lo hagan cumplan con las más estrictas medidas de seguridad. Cubana, en cambio, es una aerolínea estatal. 
De manera que, aun cuando el aparato y la tripulación fueran mexicanos, es el dueño de la aerolínea, es decir, el Estado cubano, el mayor responsable de la tragedia. Como lo es también de todas y cada una de las calamidades de la vida económica y social de Cuba.
Desde el viernes, en el corazón de todos los cubanos hay una bandera a media asta. Muchos, también estamos indignados y tenemos razones de sobra para estarlo. Cuba tiene las alas rotas, metafórica y literalmente, y el responsable de eso debería pagar por ello.

17 may. 2018

Otra vuelta de tuerca de Pablo iglesias

Pablo Iglesias, el líder podemita, espera dos hijos y tiene tres perros (la misma cantidad que yo, ¡vaya casualidad!). Esa es la razón por la que él y su esposa, Irene Montero (una especie de títere que parece estar sentada en sus piernas, hablando mientras Pablo mantiene la boca cerrada), se han comprado una mansión.
Esa adquisición, hecha por un profesor universitario zabullido en la política, no fuera noticia en España si no se tratara de un tipo que lo mismo se disfraza de Hugo Chávez, que le acepta dineros al criminal régimen de Irán para poder hacer un programita de televisión. 
Como el individuo me resulta intratable, solo me atreví a ver una edición de su Otra vuelta de tuerka (Sí, Henry James con faltas de ortografía). Fue en la que sostuvo un diálogo con Silvio Rodríguez. Una hora y seis minutos de intragables lugares comunes y soporífera bobería. 
Lo admito, llegó un punto en el que no pude más. Dejo aquí el link por si algún lector se atreve. Solo quería llamar la atención sobre este preciso momento, en el que Iglesias y Montero, muy a pesar suyos, adquieren un chalet y por fin logran tener una de las tantas cosas que les envidiaban a la “casta”.
Mi amigo Miguel Grillo, un guajiro del central Mercedes que se ha refugiado junto a sus vacas en un potrero de la Florida, no lo pudo decir mejor:
Que una pareja, en su tercera década de vida, decida comprar una casa es algo aplaudible. Lo que hace este caso especialmente diferente es que se trata de dos izquierdistas radicales con un plan político que incluye la expropiación de bienes si logran llegar al poder. Enhorabuena Pablo, ves, así se logran las cosas en la vida, comprándolas con el dinero obtenido legalmente y con tu esfuerzo (espero que este sea tu caso) y no robándoselas a su legítimo dueño. 
Pablo Iglesias y su esposa esperan dos hijos y tiene tres perros. Para que los niños y los animales tengan lo que ellos creen que se merecen, se han hipotecado hasta 2048 y han adquirido una propiedad con casa para visitas y piscina. ¿Qué pensarán de ellos los matrimonios de su misma edad que desean lo mismo en Cuba y Venezuela? 
Es un sueño legítimo pasados los 30… si no te llamas Pablo Iglesias o Irene Montero.

Una luz amarilla

Todo lo que querías
era volver a tener
una luz amarilla
en el camino
de regreso a casa.
Aquel breve esplendor,
asediado por la noche
cerrada de la isla,
era el punto 
donde por fin
reconocías
las voces 
que te rodeaban
y el olor de los tuyos.
Aquel círculo trazado
por mariposas nocturnas
era la señal
de que habías 
conseguido volver,
de que Atlántida
te esperaba
con una taza
de leche caliente,
un beso
y el calor inconfundible
de sus manos estrujadas.

Todo lo que querías
era volver a tener
una luz amarilla
en el camino
de regreso a casa.
Esa es la razón
por la que ahora
te alejas en el llano
de hierbas mojadas.
Eso sí,
cada vez que te paras
frente a ella, 
no puedes evitar
una rara angustia.
Algo te dice 
que todavía tienes
a tu alrededor
la noche cerrada de la isla.

14 may. 2018

La odiosa cultura de repudiar

Los cubanos nos desacostumbramos a la diversidad. Hace casi 60 años nos forzaron a pensar de la misma manera. Estábamos de acuerdo o estábamos equivocados. Esa lógica totalitaria acabó convirtiendo a cada uno de nosotros en un pequeño dictador, incluso para exigir silencio, complicidad y hasta apatía.
Admiro a los activistas cubanos que se oponen a la dictadura de Raúl Castro (Díaz-Canel es un solo títere, como Pepe Pan o Los Yoyos), de la misma manera que aborrezco a los escritores y artistas que no se quieren dar por enterados de las atrocidades y los crímenes para evitarse el fastidio de tener que opinar. 
Digo todo esto, porque he visto con pesar cómo se han ido agudizando las diferencias entre valiosos activistas cubanos. Tanta ha sido la confrontación, que la oposición al régimen ha pasado a un tercer plano. He leído textos y he visto declaraciones donde el careo ya no ha dejado espacio para la denuncia.
Lo primero que parece importar ahora son los ataques a los que no piensan igual o a los que no responden a un interés determinado. Lo segundo, los cuestionamientos a quienes aprueban o desaprueban a Donald Trump, según sea la posición de cada quién respecto al presidente de Estados Unidos. 
Y lo peor ni siquiera es eso, sino que algunos han apelado a una de las armas preferidas de la dictadura: los ataques personales y los cuestionamientos a la moral del otro. Creo que todo se debe a la falta de costumbre, a la odiosa cultura que nos inculcaron de repudiar al que no es igual a nosotros.
La revolución no la hizo Fidel Castro, ni siquiera el Movimiento 26 de Julio. La derrota de Fulgencio Batista fue obra de muchos cubanos que pensaban de maneras muy diferentes. Fidel solo capitalizó la victoria y manipuló a las mayorías hasta aniquilar toda idea que se contrapusiera a su Idea.
Si algún día es derrotada de la dictadura que hoy encabeza Pepe Pan, digo Díaz-Canel, la gran tarea de los cubanos será reinstaurar la diversidad y evitar otro líder insustituible, infalible, invencible… Mientras tanto, lo ideal sería empezar a respetar a los demás; incluso a los cobardes, a los pusilánimes, a los miserables.

9 may. 2018

Los patos salvajes del parque Antonio Maceo

Llegó al parque con la tarde encima.
Saludó al busto del mayor general
con un gesto de burla.
Levantó la botella como un rifle
y disparó una salva sobre el bosque.
Se sentó en el muro
que contiene a Blue Lagoon.
Había una luz espléndida,
pero daba la impresión
de verlo todo oscuro.
Los aviones que aterrizaban
o despegaban,
los botes que eran remolcados
para dar vueltas en círculos
y los sonidos de la ciudad
le eran indiferentes.
Bebía sin mirar a ninguna parte,
como si estuviera encerrado
entre cuatro paredes.
Los patos salvajes
del parque Antonio Maceo
desfilaron delante de él
y no se detuvieron
hasta llegar al muelle.
Ahí también terminaba
su territorio,
todo el espacio que tenía
para recuperar su libertad.
Los carteles de neón
fueron encendiéndose
mientras la ciudad se oscurecía.
Un policía se le acercó
y le pidió que se retirara,
que era hora de cerrar la puerta.
Se fue con la noche encima,
saludó al busto del mayor general
parado en atención.
Aunque ya estaba desarmado,
se las arregló para disparar
una salva sobre el bosque.
Con la música y el ron
que llevaba dentro reunió
todas las fuerzas que necesitaba
para dar por perdido otro día de su vida.