30 septiembre 2008

El álbum de Rojas

En su reciente viaje a La Habana, Pedro Ramón López logró conseguir una edición “pirata” del Álbum de la revolución cubana. 1952-1959. Esa colección de postalitas, que se reunían al comprar caramelos Felices, era hasta ahora la más objetiva y completa historia que se podía tener de esa época.
Hechos y nombres que después han sido tergiversados o borrados por la historia oficial, aún aparecen allí. Los “talibanes” del DOR (Departamento de Orientación Revolucionaria) han podido lograr casi todo lo que se han propuesto, menos regresar en el tiempo a confiscar la emprendedora idea de la revista Cinegráfico y la Compañía Industrial Empacadora de Dulces, S.A.
Por entregas, como si fueran capítulos de Los tres Villalobos o Tamakún, Rafael Rojas está publicando en El Nuevo Herald una historia que podría ser ilustrada con aquellas postalitas, porque en ella reaparecen otra vez aquellos rostros y aquellos sucesos que medio siglo de censura habían borrado.
El libro donde seguramente se reunirán todos esos textos, será indispensable en el momento de empezar a rearmar el pasado, el presente y el futuro de Cuba. Mientras tanto, hay que ir coleccionándolos y pegándolos sobre todas las hojas que han permanecido en blanco después de cuatro décadas de olvido forzado.

28 septiembre 2008

Soldadito marinero

“¿De dónde tú vienes?”, me preguntó al oír mi acento. “Vine de Cuba, pero hace tiempo”, le respondí. “Yo llegué ayer”, me dijo como si nos conociéramos hace mucho. En el dorso de la mano derecha le nacía una serpiente de tinta. Dibujada hasta el más mínimo detalle, la cobra se enroscaba en su brazo y se perdía dentro de su t-shirt. En la mano izquierda tiene el nombre de una mujer y un corazón que sangra sobre otra serpiente que permanece enroscada sobre sí misma. “¿Este whisky es bueno?”, me preguntó mientras levantaba una extraña botella. Aunque lo he bebido y me gusta, no quise correr el riesgo de quedar mal. “Éste es el mío”, dijo poniendo la botella en el carrito. “Un placer, Cuba. Yo soy marinero, vine ayer de Irak y estoy por darme un jumo”, dijo y se alejó por un pasillo, mientras apretaba la cabeza de la serpiente contra las nalgas de una morena. Era uno como otro cualquiera. Lo único que lo diferenciaba del resto, era la necesidad de empezar a olvidar que tenía.

26 septiembre 2008

Carta abierta a mis amigos dominicanos, con copia a José Antonio Rodríguez

José Antonio Rodríguez sugiere, en una carta enviada al semanario Clave, que se me declare persona non grata en República Dominicana. El motivo de su petición es una columna mía, “Fósiles, nostalgia”, aparecida en ese mismo semanario. Muchísimos amigos dominicanos me han llamado. Ninguno estaba sorprendido y, curiosamente, todos reían.
Sí, la carta da risa y no merece respuesta alguna. Pero quisiera corregir dos o tres imprecisiones y más de una manipulación que Rodríguez hace. No soy un hombre valiente. En mi último libro, incluso, hay un texto donde lo dejo por escrito. Aún así, no sé qué constancia tiene José Antonio Rodríguez de mi cobardía.
Me gustaría que ofreciera pruebas un poco más objetivas que su fundamentalismo rabioso y su obcecada pasión por la dictadura de Fidel Castro y el poder que detentan dentro de ella algunos amigos suyos. Nunca he puesto en venta ni mis principios ni mis ideales. Simplemente creo que ser fidelista a estas alturas equivale a haber sido batistiano en La Habana de los años cincuenta o trujillista en el Santo Domingo de los sesenta.
Entre las infinitas carencias que sufren los cubanos que viven dentro de Cuba, hay una que es la más vergonzosa de todas: la falta absoluta de libertad. Nadie me hará callar hasta que eso no cambie. José Antonio Rodríguez no sólo escribe mal, también lee mal. En mi texto en ningún momento llamo fósil a Víctor Víctor, a quien respeto muchísimo como creador y quiero como individuo (no puedo decir lo mismo de Rodríguez, en ninguna de las dos cosas).
Simplemente no comparto con Vitico sus nostalgias por una revolución que hace rato se transfiguró en un penoso estado totalitario. Me alegra parecerle una persona non grata al publicista y empresario, eso eleva mi autoestima, me hace creerme una mejor persona. A mí, en cambio, lo que no me es grato es escuchar las canciones de Silvio Rodríguez y Joan Manuel Serrat a través de intermediarios. Conservo todas sus obras y las oigo casi a diario.
Valoro demasiado la originalidad como para perder mi vínculo con ella. De manera muy oportunista, Rodríguez me acusa de atacar a la bachata, lo cual tampoco hago. Por eso le pido que se tome el trabajo de buscar todos los textos que he publicado defendiendo a ese género que, apuesto lo que sea, él no consume (salvo que se trate de un espectáculo que le ofrezca grandes dividendos).
Si no los encuentra, puede pedírselos al propio Vitico, quien colaboró conmigo en todo un dossier que Pasiones le dedicó a esa esencia de la identidad dominicana. No recuerdo deberle ningún favor a Rodríguez. Ni yo, ni mi familia. No sé por qué se incluye en una lista de gente que sí me ayudó muchísimo y de las que sí estaré agradecido por siempre. Hasta donde sé, cada vez que hemos coincidido, él sólo ha sabido ejercer el rol de empresario capitalista con marcados intereses pecuniarios; muy divorciados, por cierto, del revolucionario que preconiza.
Nadie, y muchos menos José Antonio Rodríguez, me puede quitar lo que ya República Dominicana me ha dado. A este país le debo, incluso, mucho más de lo que el mío pudo darme. Todo lo que he logrado aquí ha sido de una manera honesta y trabajando duro. Mi nombre nunca ha estado ligado, por ejemplo, a un desfalco bancario o a una evasión de impuestos.
He cumplido todos mis compromisos como ciudadano y República Dominicana me ha retribuido justo lo que merecía por ello. Participar de una democracia también me ha permitido aprender a decir lo que pienso, a tiempo y sonriente, sin que por ello tenga que ir a la cárcel o huir. Sin embargo, reacciones como la de Rodríguez me recuerden que, aún dentro de un país libre, nunca se está del todo a salvo del totalitarismo y la mezquindad.
La única esperanza que tengo, José Antonio Rodríguez, es que cuando Cuba sea libre y salgan a la luz pública todos los horrores y espantos que viven los cubanos hoy, pidas disculpas por haber apoyado a la dictadura que le infligió tanto dolor y desesperanza. Dejo eso en tu mesita de noche, para ver si al menos en sueños llega a tu conciencia.


A continuación la carta enviada por José Antonio Rodríguez al semanario Clave. Se ha respetado la ortografía y la sintaxis original del documento:
 Respuesta a un artículo de Camilo Venegas
Quiero expresar mi profunda sensación de impotencia al leer el texto Fósiles, nostalgia, de Camilo Venegas, publicado en Clave, el jueves 11 de septiembre. En otras ocasiones he sentido deseos de ponerlo al descubierto y desnudar su cobardía. El “fósil” a quien hace alusión fue y ha sido un artista que dejó sus sueños de fama y fortuna para peinar la geografía nacional en momentos en que un gobierno hacía de las suyas para hacer valer su poderío injusto y despiadado. Ese “fósil” nunca salió de esta tierra tanto no se respetaron en el país las ideas que todavía le sirven de norte y con las que muchos de nosotros coincidimos. El “fósil” tiene uno de los repertorios más auténticos, basado en sus creaciones y apoyado en uno de nuestros ritmos insignia, la bachata, a la que, en cierta forma, denigra como si conociera su procedencia o como si tuviera el permiso de acusarla de avejentada. El “fósil” fue, al igual que yo, Freddy Ginebra y otros muchos, uno de los que le dieron la acogida en esta tierra, aun conociendo la venta que hizo de sus ideales y principios. Por si se siente cómodo, el señor Venegas puede ampliar su lista de “fósiles” con mi nombre, yo por mi parte colocaré su nombre en la lista de dominicanos que, sin esperar una orden gubernamental, le declaramos persona no grata en esta tierra solidaria y abierta. Por otro lado; Danny Rivera ha hecho por esta tierra tantas cosas positivas que lo consideramos uno de los nuestros por lo que, “sus cancioncitas”, como el señor. Venegas, tiene el peso de la voz de un hermano que se ha ganado el corazón de todos también defendiendo principios de justicia e igualdad. ¿Sabrá él de que hablo? Lo dudo. Quería expresar todas estas cosas por encontrar necesario que se lea otra verdad, la que enarbola todo un pueblo. José Antonio Rodríguez

22 septiembre 2008

Idiotas e imperfectos

Aborrezco la utilización de la “e” entre dos “i” o de la “u” entre dos “o”. Pero en este título me es incontrolable. Hace una semana escribí un elogioso post sobre El regreso del idiota, la saga de aquel manual que Plinio Apuleyo, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa publicaron hace diez años.
Recibí al menos dos emails muy agresivos, uno de ellos de un “perfecto idiota”, el otro, de un imperfecto indefinible (y digo imperfecto según la acepción que esa palabra tiene entre cubanos). Uno de los grandes aciertos de Fidel Castro como estratega comunicacional es haber logrado la descalificación de sus adversarios.
Históricamente los ha hecho desmerecedores de todo, incluso del rol de enemigos. Uno de los que ataca mi post, admite que nunca leería a ninguno de los tres autores de El regreso del idiota. ¿Cómo puede entonces tener una opinión sobre sus obras?, le pregunto. Yo, que sí los he leído, podría decir, por ejemplo, que Plinio y Álvaro son excelentes periodistas.
Actualmente me gusta más García Márquez en El olor de la guayaba que en muchas de sus obras, las cuales para mí ya no soportan una relectura. El libro de las entrevistas radiales de Álvaro es joyita, una lección sobre cómo se puede ser entretenido y lúcido hasta en las más altas horas de la madrugada. Admito que hasta hace no tanto, nunca había leído ni me había tomado en serio a Carlos Alberto Montaner.
Él más que nadie ha sido víctima de las burlas y las descalificaciones que han recibido los adversarios de Fidel y la revolución. Cuando empecé a leerlo entendí por qué. Es uno de los enemigos más coherentes y lúcidos. Es difícil debatir con él a través de las ideas, por eso hay que llevarlo al campo de la chusmería y de los actos de repudio.
Para los perfectos e imperfectos (me prometo a mí mismo que es la última vez que uso una “e” en esas circunstancias) uno deja de ser inteligente y pierde lucidez cuando ataca a la revolución cubana y reconoce alguna virtud en sus adversarios. Cuando se cruza esa raya roja, se empieza a desmerecer. Corro el riesgo. Creo que es más llevadero cargar con su desprecio que con el de mi hija, cuando llegue el momento en que me pregunte qué hice o qué dije durante la dictadura que corroyó mi país, el suyo.

Wao!, Óscar

Yunot Díaz se quejó en una entrevista de la obsesión que algunos tienen por las precisiones históricas. Lo dijo a propósito de su novela La maravillosa vida breve de Óscar Wao y de las “correcciones” que se le hicieron a la edición que se ha distribuido en República Dominicana. Eso me hizo recordar la algarabía que provocó La fiesta del Chivo.
Muchos no entendían por qué Mario Vargas Llosa había sido impreciso en su reconstrucción de la Era de Trujillo. En realidad los imprecisos eran los que no entendían, al no asimilar la diferencia abismal que hay entre historia y creación literaria. Lo importante en ambas novelas no son los datos que se logren obtener sino las ideas que se pueden sacar.
Busquen en las notas al pie lo que piensa el protagonista de Junot sobre las dictaduras de Trujillo y Balaguer, lean y relean lo qué piensa de esos dos personajes tan funestos. Wao!, Óscar.

19 septiembre 2008

Hay algo peor

Un dicho muy popular en Cuba dice que la envidia es peor que la brujería. Hay algo peor que la envidia, la ignorancia. En la prensa dominicana hay tres o cuatro dinosaurios (no más de ahí, afortunadamente se han ido extinguiendo) que hablan de la realidad cubana con un desconocimiento absoluto. Su visión del vecino país se reduce a lo que leen en el Granma y lo que les cuentan en la embajada, cuando los invitan a tamales y Havana Club.
Uno de ellos publicó recientemente un artículo donde celebraba la decisión del pueblo cubano de rechazar la ayuda ofrecida por el gobierno de Estados Unidos. “(Eso es dignidad)”, acabó diciendo en un entre paréntesis tan disparatado como los siete párrafos que componen su columna. Además de ignorante, suena cínico. Porque ni para él debe ser un secreto que esa decisión la tomó un solo cubano.
El cien por ciento de esos dinosaurios son antibalagueristas acérrimos (creo es el único punto en común que tenemos. Ah, no, a uno de ellos le gustan las canciones de José Alfredo Jiménez). Durante sus últimos años, Balaguer siguió decidiendo cosas sin levantarse de la cama. Balaguer era ciego. Actualmente, Fidel tampoco se levanta de la cama y su poder de decisión es absoluto. Encima de eso, es sordo y mudo.
En la única oportunidad que Raúl Castro le ha dado la cara a los cubanos después del paso de Gustav e Ike, hizo una queja. “Hace falta que las personas sientan la necesidad de trabajar, y no la sentimos”, dijo en el municipio de Las Palmas, el sitio exacto por donde salieron al mar los dos huracanes, el 30 de agosto y el 9 de septiembre.
Por lo regular Raúl siempre le habla a los cubanos como si se dirigiera a una tropa. Es comprensible, se ha pasado toda su vida acuartelado. Los tres o cuatro dominicanos que aún hoy le escriben antiguas loas a la revolución, hablan de los cubanos como si fueran la tropa de Fidel y no un pueblo sumergido en una forzosa y humillante pobreza.
Raúl lo hace por instinto de conservación. Los tres o cuatro dominicanos por ignorancia… y por cinismo.