20 abril 2021

Manos de sembrador


Las manos de mi padre eran grandes y callosas. Su pasión por la pesca y el campo le dieron tanta fuerza en los dedos y las muñecas, que solía prescindir de herramientas para hacer sus avíos y de guantes para sacar interminables palangres de la costa sur de Las Villas.
 
Muchas veces escondí mis manos en su presencia. Me apenaba no tener ni siquiera un rasguño delante de un hombre que asía la aleta dorsal de enormes peces a mano limpia. Hoy, después de pasarme el día entero sembrando, me serví un vino y me senté a disfrutar de mi obra. Entonces di con mis manos sucias.
Miguel Grillo pasó por República Dominicana y, aunque no pudimos vernos, me dejó un regalo esencial: dos posturas de caoba, dos posturas de cedro y un Brugal Siglo de Oro, la edición limitada de un ron que ya no se produce. Junto a las plantas de Miguel, sembré 20 caobas hondureñas y 20 robles australianos.
“¡Qué maravilla! —Me escribió cuando vio una foto de sus posturas ya echando raíces en la Loma de Thoreau— Que el tronco de esos árboles crezca como la satisfacción que me produce saberlos plantados. Recuerde, los hombres que comparten ideales se semejan a los bosques con grandes árboles, chocan sus copas y entrelazan sus raíces, se unen en lo más alto y en lo más profundo. Un abrazo grande de guajiro”.
Tengo tierra en las uñas, el cuerpo molido y esa extraña felicidad que me produce sembrar. Lástima que no pueda enseñarle mis manos a Serafín, me digo mientras acabo el vino. La noche, que se alista para pasarle por encima a la Cordillera, se acababa de parar delante de mí.

17 abril 2021

Zonas congeladas


E
n Cuba, los más altos dirigentes de la dictadura viven en “zonas congeladas”. Eso quiere decir que sus vecinos son sometidos a vigilancias y controles aún más estrictos que el resto de los ciudadanos del país. Nadie puede entrar o salir de esas calles protegidas por soldados fuertemente armados.

Ninguno vive en barrios obreros. Desde Fidel Castro hasta Miguel Díaz-Canel, se apropiaron de las casas de la antigua burguesía cubana en las más exclusivas urbanizaciones y las convirtieron en castillos medievales, protegidos por un alto muro del empobrecido feudo.

El comunista Pablo Iglesias, ya conocido como el Marqués de Galapagar, ha convertido a su vecindario en una zona congelada. En su discurso, sin embargo, ha reducido a Madrid a dos puntos cardinales: sur y norte. Como candidato, le pide al sur que lo apoye a desvalijar el norte.

Iglesias vivió en el sur hasta que empezó a vivir de la política. Desde entonces, se ha mantenido fiel a su discurso contra los ricos, la casta y las cloacas del estado. Pero no pudo ser consecuente. Al final él y su mujer, Irene Montero, otra radical comunista, no resistieron la tentación de mudarse al norte.

Viven en un chalet con piscina, niñeras y hasta cuidadores de perros. Sus vecinos ahora han sido sometidos a constantes vigilancias y controles. Desde una garita, los guardias que cuidan a Iglesias les piden documentos y explicaciones sobre sus movimientos y visitas.

Así empiezan todos, congelando la zona donde viven. Luego, cuando logran el poder absoluto, congelan al resto de país. Lo convierten en un páramo atrapado en el tiempo, que llama la atención de turistas que padecen de una extraña necrofilia: visitar sociedades muertas con ciudades detenidas en el tiempo.

Eso será Madrid si un día, como La Habana, llega a creerse el cuento de que solo hay dos puntos cardinales. “Con el sur todo, contra el sur nada”, acabarán escuchando cuando ya se les haga demasiado tarde. Mientras tanto, en Galapagar, un alto muro protegerá a los marqueses de su empobrecido feudo.

13 abril 2021

Husos Horarios


(Fragmento de la novela Atlántida)

El día que el maestro Gustavo nos enseño los husos horarios, extendió un mapa sobre la pizarra y nos pidió a El Chiqui y a mí que cerráramos las persianas del aula. Entonces apagó la luz y encendió su linterna. Así fue que conocimos al Meridiano de Greenwich y el tiempo universal coordinado.
—Ahora el sol está sobre Cuba —nos dijo, mientras alumbraba a nuestra isla—. Si se fijan, Hanoi está totalmente a oscuras y en Berlín se está haciendo de noche.
Cuando mencionó a Berlín algunos soltaron una risita y eso molestó tanto al maestro que encendió la luz del aula. Marita, que siempre está pendiente de todo, le hizo notar que no había apagado la linterna y le estaba dando en la cara a la primera fila.
—¡Me encandilé! —Dijo Tito Migollo— ¡No veo nada!
—¡Ponte frente a la pared para que veas menos! —Le ordenó el maestro Gustavo, que solía usar ese castigo con los varones que nos portábamos mal.
—Maestro, ¿entonces cuando aquí era de día, Basilia estaba oscura—Preguntó Venancio.
Hubo otra vez risitas y Gustavo le señaló la pared a Venancio. Tito y él se pasaron el resto de la clase con las manos en la espalda y la cara pegada a otro mapa del mundo, el físico, que es mi preferido, porque aparecen las más altas montañas, las más profundas fosas marinas y los más grandes ríos.
En la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones, a diferencia del resto de Cuba, hay dos zonas horarias. No tienen que ver con los meridianos ni con el Sol o la rotación de la Tierra, sino con Atlántida y Aurelio. Por es imposible señalarlos en un mapa.
Cuando Atlántida sale al andén y me dice que deje de jugar pelota y que me vaya lavando las manos porque solo faltan cinco minutos para que esté la comida, puede estar hablando de diez o quince minutos y hasta de media hora. Los cinco minutos de Aurelio, en cambio, son exactos.
Si mi abuela me dice que le haga un mandado en un ratico, puede tomarme toda la mañana y parte de la tarde en hacerlo. Los “en un ratico” de Aurelio pasan volando, son tan breves que prácticamente quieren decir “ahora mismo”. Por eso, si uno no quiere recibir un regaño, tiene que salir corriendo.
La Unión Soviética y Estados Unidos tienen once husos horarios. Pero si a Francia se le suman sus territorios en todo el mundo, llega a tener doce. En China, a pesar de tener más de cinco mil kilómetros de este a oeste, hay un solo huso horario. Por eso en algunas regiones a las diez de la mañana es de noche todavía.
Al maestro Gustavo le encantan esas curiosidades. A veces, en las clases de geografía, botánica o zoología, parece que ha viajado por el mundo entero. Habla de los animales como si fuera Félix Rodríguez de la Fuente, el español de El hombre y la tierra. De los mares parece saber tanto como Jacques Cousteau.
—Si se alejan del meridiano de Greenwich hacia el este, hay que sumar horas —explicaba el maestro—. Si lo hacen hacia el oeste, hay que restar. Pero en cualquiera de las dos direcciones se llega a un punto del océano Pacífico en que se juntan dos zonas horarias que tienen entre sí 24 horas de diferencia…
—¡Se hizo de noche! —Dijo Tito Migollo cuando vio a Basilia asomándose en la puerta del aula.
Enfurecido, Gustavo le tiró el borrador. Por suerte dio en la pared y no contra la cabeza de Tito, que empezó a toser dentro de una nube de polvo de tiza. Al llegar a la casa, Atlántida me dijo que estuviera atento, porque en cinco minutos iba a pasar un tren de La Habana que habían desviado por un accidente en la Línea Central.
—En verdad va a pasar dentro de 15 minutos —dijo Aurelio después de consultar su reloj de bolsillo.
A pesar de tener 10 minutos de diferencia, los dos se estaban refiriendo a la misma hora. Eso pasa cuando se vive en una casa que está en dos zonas horarias. El maestro Gustavo no lo sabe, pero en la estación de Ferrocarril del Paradero de Camarones también puede figurar en su lista de curiosidades.

10 abril 2021

Veloz, Marcio, siempre me sentaré a tu lado


Tengo la enorme fortuna de haber compartido comedores obreros con grandes intelectuales. En Cuba, arrimé mi bandeja de aluminio a las de escritores que siempre voy a querer y admirar. Mis empleos en el
 Caimán Barbudo, La Gaceta de Cuba y Casa de las América me lo permitieron.

Durante los años que laboré en el Centro León, comí muchas veces junto a Marcio Veloz Maggiolo. Al mediodía, después que los tabaqueros de La Aurora oían La Tremenda Corte en la radio, Juan Miguel Pérez, Pedro José Vega y yo solíamos sentarnos junto a ellos a comer. Muchas veces don Marcio nos acompañaba.

La comida era deliciosa, pero la sobremesa mucho mejor. En ellas fue que supe de la amistad de Marcio con Carpentier y Onelio Jorge Cardoso. Conocí una Cuba que no dejaba de sorprenderme y, sobre todo, fui descubriendo esencias de la cultura popular dominicana que aún desconocía.

Al principio me pareció un tipo pesado. Después descubrí que reservaba su bondad, su sencillez y su mordaz sentido del humor para los que lo merecían. Aunque sabía que era, probablemente, el más importante escritor dominicano vivo, se comportaba como cualquier mortal.

Eso le permitía compartir secretos invaluables como el de La Miniatura, el lugar donde venden el mejor queso de hoja de Bonao, o el de esas butifarras cibaeñas que ya solo se pueden encontrar en una intrincada calle de Santiago. “¡Ah, qué maravilla!”, decía con los dedos llenos de grasa.

Un día me llevó un texto que acababa de escribir para una exposición. “No tuve tiempo de revisarlo —me dijo—, hazle todos los cambios que creas”. En verdad era una página impoluta, solo adapté alguna que otra idea al propósito de la muestra. Lo llamé para decirle. “Imprímelo”, fue su respuesta.

Más que confianza en mí, era humildad. Un día llegué tarde al comedor y, desde la fila, vi que Marcio me guardaba un puesto. Veloz, me senté a su lado. Hoy República Dominicana ha perdido uno de sus más importantes escritores y yo, además, a un inolvidable compañero de sobremesas.

09 abril 2021

El olor de Siberia

Una vez al año, un tren dejaba en uno de los andenes de mi casa un vagón lleno de travesaños. Acababan de llegar de Siberia y tenían un fuerte olor a creosota. Las brigadas de Cruces, San Fernando y Cumanayagua se los iban llevando poco a poco para reparar la línea principal y el ramal. 
A diferencia de los travesaños de maderas cubanas, que duraban hasta 50 años, los de pinos siberianos no resistían el clima tropical. Apenas unos meses después de haber sido colocados, empezaban a podrirse. Eso obligaba a los trenes a circular con precauciones y muchos de ellos acababan descarrilados. 
La última vez que llegaron travesaños de la Unión Soviética fue a principios de los años 90. Empezaba la gran depresión económica que Fidel Castro bautizó con el eufemismo de “Periodo Especial” y, con ella, la profunda crisis social que socavó cada valor de la sociedad.
El trabajo empezó a ser algo simbólico, porque lo que se ganaba no alcanzaba para comprar lo básico. Eso convirtió a cada cubano en un sobreviviente. Los mismos que ponían los travesaños por el día, volvían en la noche para robárselos. Aunque es innegable que se trataba de un robo, no eran ladrones.
Eran hombres que ya no podían ganarse la vida honradamente a pesar de que trabajaban ocho duras horas al sol. En esa época un travesaño nuevo valía 80 pesos y el salario mensual de un reparador era de 148 pesos. En la madrugada se oían pasar los motores de vía a toda velocidad. 
Llevaban las luces apagadas. No pedían autorización para circular. Pegaban las orejas al “control” (la línea telefónica de los despachadores de trenes) y aprovechaban la más mínima oportunidad en que la vía estuviera libre para llegar de un pueblo al otro.
Bajo el mediodía, aquel fuerte olor inundaba la casa, el salón de espera, los andenes y se expandía por todo el Paradero de Camarones. Todavía, cuando oigo o leo la palabra Siberia, las cosas me empiezan a oler a creosota.

02 abril 2021

No se puede tapar el sol con una bandera


El castrismo está en su fase terminal, casi nadie tiene dudas de ello. Eso no quiere decir que pueda acabar hoy, mañana o la semana que viene. Pudiera tardar años en caer. Su maquinaria represiva, la única institución que aún le funciona, está ahí para garantizarlo. Se trata de un Estado que solo es capaz de proveer terror.

Por eso le dan más importancia a los símbolos que a la gente. Ni al más despiadado tirano se le hubiera ocurrido aplicar medidas de choque en medio de una situación tan desesperante como la pandemia. El régimen cubano, en cambio, se siente tan seguro de su capacidad de reprimir, que se lanzó a “ordenar el ordenamiento”.

Las elecciones en Estados Unidos eran su luz al final del túnel. Confiaban en que una victoria de Joe Biden devolvería las cosas al punto donde Obama las había dejado. Pero la nueva administración de Washington no parece dispuesta a ceder ni a cometer los mismos errores.

Esa puede ser la explicación de que el castrismo se decidieran a reaccionar y levantar una horrorosa bandera de concreto en el Malecón, frente a la embajada de Estados Unidos. En esa misma avenida, un ícono de la ciudad, se suceden los edificios en ruinas. Todo el cemento derrochado ahí hubiera significado un gran alivio para muchas familias que están a punto de perder su techo.

Pero advertimos que al régimen le importan más los símbolos que la gente. Aunque es incapaz de gestionar nada con éxito, todavía conserva intacto su talento para erigir los más horrorosos monumentos y para mancillar la belleza de La Habana. ¿Alguien pudiera explicarles que no se puede tapar el sol con una bandera?