20 abr 2021

Manos de sembrador


Las manos de mi padre eran grandes y callosas. Su pasión por la pesca y el campo le dieron tanta fuerza en los dedos y las muñecas, que solía prescindir de herramientas para hacer sus avíos y de guantes para sacar interminables palangres de la costa sur de Las Villas.
 
Muchas veces escondí mis manos en su presencia. Me apenaba no tener ni siquiera un rasguño delante de un hombre que asía la aleta dorsal de enormes peces a mano limpia. Hoy, después de pasarme el día entero sembrando, me serví un vino y me senté a disfrutar de mi obra. Entonces di con mis manos sucias.
Miguel Grillo pasó por República Dominicana y, aunque no pudimos vernos, me dejó un regalo esencial: dos posturas de caoba, dos posturas de cedro y un Brugal Siglo de Oro, la edición limitada de un ron que ya no se produce. Junto a las plantas de Miguel, sembré 20 caobas hondureñas y 20 robles australianos.
“¡Qué maravilla! —Me escribió cuando vio una foto de sus posturas ya echando raíces en la Loma de Thoreau— Que el tronco de esos árboles crezca como la satisfacción que me produce saberlos plantados. Recuerde, los hombres que comparten ideales se semejan a los bosques con grandes árboles, chocan sus copas y entrelazan sus raíces, se unen en lo más alto y en lo más profundo. Un abrazo grande de guajiro”.
Tengo tierra en las uñas, el cuerpo molido y esa extraña felicidad que me produce sembrar. Lástima que no pueda enseñarle mis manos a Serafín, me digo mientras acabo el vino. La noche, que se alista para pasarle por encima a la Cordillera, se acababa de parar delante de mí.

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