9 abr 2021

El olor de Siberia

Una vez al año, un tren dejaba en uno de los andenes de mi casa un vagón lleno de travesaños. Acababan de llegar de Siberia y tenían un fuerte olor a creosota. Las brigadas de Cruces, San Fernando y Cumanayagua se los iban llevando poco a poco para reparar la línea principal y el ramal. 
A diferencia de los travesaños de maderas cubanas, que duraban hasta 50 años, los de pinos siberianos no resistían el clima tropical. Apenas unos meses después de haber sido colocados, empezaban a podrirse. Eso obligaba a los trenes a circular con precauciones y muchos de ellos acababan descarrilados. 
La última vez que llegaron travesaños de la Unión Soviética fue a principios de los años 90. Empezaba la gran depresión económica que Fidel Castro bautizó con el eufemismo de “Periodo Especial” y, con ella, la profunda crisis social que socavó cada valor de la sociedad.
El trabajo empezó a ser algo simbólico, porque lo que se ganaba no alcanzaba para comprar lo básico. Eso convirtió a cada cubano en un sobreviviente. Los mismos que ponían los travesaños por el día, volvían en la noche para robárselos. Aunque es innegable que se trataba de un robo, no eran ladrones.
Eran hombres que ya no podían ganarse la vida honradamente a pesar de que trabajaban ocho duras horas al sol. En esa época un travesaño nuevo valía 80 pesos y el salario mensual de un reparador era de 148 pesos. En la madrugada se oían pasar los motores de vía a toda velocidad. 
Llevaban las luces apagadas. No pedían autorización para circular. Pegaban las orejas al “control” (la línea telefónica de los despachadores de trenes) y aprovechaban la más mínima oportunidad en que la vía estuviera libre para llegar de un pueblo al otro.
Bajo el mediodía, aquel fuerte olor inundaba la casa, el salón de espera, los andenes y se expandía por todo el Paradero de Camarones. Todavía, cuando oigo o leo la palabra Siberia, las cosas me empiezan a oler a creosota.

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