21 febrero 2021

“Pare… que llegó el Bárbaro”, el “Abbey Road” cubano


En 1958, la Banda Gigante de Beny Moré era la orquesta más popular de Cuba. En todas las victrolas, de extremo a extremo de la isla, sonaban sin parar sus sones y boleros. Todos se detenían para escucharlo. Quizás por eso la RCA Victor decidió titular “Pare… que llegó el Bárbaro” al disco que grababan en sus estudios.
Querían que la portada fuera tan impactante como la voz de Beny y el sonido de aquella jazz band. Por eso se la encomendaron a Mario García Joya, uno de los publicistas y fotógrafos más exitosos del país. Mayito se llevó a Beny para la esquina de 23 y Malecón y lo subió en su propio carro, un MG descapotable de dos plazas.
El resto es historia. En la cara A del álbum aparecerían “Mi amor fugaz”, “Soy campesino”, “Maracaibo oriental”, “Preferí perderte”, “Camarera del amor” y “Que me hace daño”. En la B, “¡Oh, vida!”, “Pongan atención”, “Fiebre de ti”, “Como arrullo de palma”, “No puedo callar” y “De la rumba al cha cha chá”.
Esos temas serían los más bailados por Cuba el 31 de diciembre de ese año y en la madrugada del día siguiente, mientras Fulgencio Batista volaba rumbo a Santo Domingo. La portada también se convirtió en una imagen icónica que se ha reproducido innumerables veces.
“Pare que llegó el Bárbaro” es el “Abbey Road” cubano. Lástima que conozcamos cada detalle de la imagen donde Paul, John, George y Ringo cruzan el célebre paso de cebra de Londres y lo perdiéramos casi todo de esa imagen en que Beny y Cuba parecen tener tanta felicidad por delante.
La matrícula del Volkswagen Escarabajo de la portada de “Abbey Road”, LMW 281F, sería objeto de innumerables robos y el carro finalmente fue subastado en 1986. También sabemos el nombre del peatón que aparece a la derecha de la imagen, es el turista norteamericano Paul Cole.
Poco después de hacer la foto, Mayito transitaba por El Vedado junto a Leonor Fayat, su primera esposa, quien se quejaba constantemente de lo incómodo que resultaba un carro tan bajito para una mujer embarazada. En un semáforo, el conductor de un Volkswagen Escarabajo se quedó mirando el GM.
—¿Te gusta? —Le preguntó Mayito.
—¡Ese carro es una joya! —Exclamó el conductor.
—¿Quieres cambiar?
—¡¿Cómo?!
Antes de que volviera la luz verde, Mayito acomodó a Leonor en el Volkswagen. Ahí, en esa intersección habanera, la historia le pierde el rastro al carro con chapa 12020 de la icónica portada de Beny Moré. Tampoco sabríamos nunca el nombre del vendedor de granizado que aparece en el extremo izquierdo de la foto.
 “Pare… que llegó el Bárbaro”, el “Abbey Road” cubano, es uno de los últimos testimonios de una Cuba que desapareció de la noche a la mañana, el 1 de enero de 1959. Poco antes de que cambiaran la moneda corriente y donde decía “Patria y libertad”, pusieran “Patria o muerte”. 
Beny Moré murió el 19 de febrero de 1963 Ese día, la isla también se paró. Se le había ido el Bárbaro.



El corazón solitario de la cigua amarilla


Todas las mañanas esta cigua amarilla (Spindalis dominicensis), prima hermana de la cigua cubana o cabrero (Spindalis zena), nos espera en la cocina para darnos los buenos días y vernos colar el primer Bustelo del día.

A media mañana se irá para los arbustos que rodean la cabaña y no volverá hasta el atardecer. No hicimos nada para que viniera a vivir con nosotros y se comportara como un ave doméstica, salvo reforestar toda la loma como muchos arbustos y árboles que le dan de comer su alimento preferido.

Fueron los frutos de las pendas, arrayanes, caimoníes, azaleas, guamas y guáranos los que convencieron a la cigua de quedarse en la Loma de Thoreau y, junto a Dino, Jack y Buck, convertirse en un miembro más de la familia Venegas Sarlabous.

A veces, cuando estamos cocinando, entra y se posa sobre los gabinetes para vernos mejor. Después de escucharnos atentamente, con un asombroso exceso de confianza, nos dice algo. Desafortunadamente, aún no alcanzamos a descifrar sus trinos.

Cada vez que llegamos de Santo Domingo, lo primero que hacemos Diana y yo es ir a la cocina para ver si ella aún está ahí. Siempre nos hacemos la misma pregunta cuando la reencontramos: ¿Por qué su corazón solitario decidió darle caza el nuestro? 

Porque ella es libre, somos nosotros los cautivos de su presencia.

19 febrero 2021

Los macheteros millonarios

Foto: © Iván Cañas

(Fragmento de la novela Atlántida)

El tractor lleva dos carretas llenas de hombres cubiertos de tizne. En lo alto, al final de una larga vara, ondea una enorme bandera. Los hombres van sentados en el piso cubierto de paja. Algunos afilan sus mochas y otros, a pesar de los continuos saltos que da la carreta, parecen estar dormidos. 

—¡Ahí van los millonarios! —Dijo mi tío Rao—. ¡Aaaaah jajajá!

Mi abuelo y yo íbamos a la bodega de Chena a comprar el pan y nos cruzamos con Rao, justo en el momento en que pasaba el tractor con las carretas. Rao levantó el brazo y saludó a los macheteros. Al parece se dieron cuenta de que era una burla, porque ninguno le devolvió el saludo.

—¿Qué hubo, Rao? —Dijo Aurelio.

—¿Qué hubo, Hilo? —Así le llaman a mi abuelo sus hermanos.

—¿Tú sabes si ya llegó el pan a la bodega?

—¿Tú crees que esos hombres puedan tumbar ochocientas arrobas de caña en un día?

—¡Jum!

—¡Aaaaah jajajá! 

—Míralos, míralos, míralos —Cuando mi tío Rao quiere hacer énfasis en algo, repite las cosas tres veces.

Hace poco leí en el periódico que las brigadas de Movimiento de Millonarios están integradas por hombres que son capaces de cortar y alzar a mano hasta mil arrobas de caña en una jornada de ocho horas. El record de Cuba lo tiene Reinaldo Castro, un machetero de Calimete, en Matanzas, que estuvo 72 horas cortando caña sin parar y llegó a las tres mil arrobas.

—¡No hay ser humano que pueda cortar eso! —Aseguró Rao— ¡Ni los haitianos de Jaronú!

—¡Jum!

—¡Aaaaah jajajá!

La bandera que ondea en lo alto es roja y tiene un número tres en el centro. Eso significa que la brigada ya alcanzó el tercer millón de arrobas. Al final de la segunda carreta, con los pies colgando hacia afuera, iba el Ruso. Es el único que no lleva sombrero. Insiste en andar con su gorro, como si viniera de la taiga y no de un cañaveral.

—¡Eeey! —le dijo mi abuelo cuando lo reconoció.

—¡Eeey! —respondió el Ruso mientras se alejaba, dando pequeños rebotes contra el suelo cubierto de paja. Llevaba los brazos cruzados y en ningún momento se sujetó, como si no le temiera a salir despedido en uno de los saltos de la carreta.

—¿Tú sabes si ya llegó el pan a la bodega?

—¡No hay ser humano que pueda cortar eso! —Repitió Rao—. Dicen que los haitianos de Jaronú cortaban caña sin parar y nunca, jamás en la vida, ninguno llegó a las ochocientas arrobas.

—¡Jum!

— ¡Aaaaah jajajá!

A lo lejos, la silueta del tractor, las dos carretas y la enorme bandera estaban a punto de perderse de vista. Ya íbamos caminando frente al portal de América, que está justo antes del de la escuela, cuando por fin me decidí a hacerle la pregunta a mi abuelo.

—Papá, ¿es cierto que no hay ser humano que pueda cortar esa cantidad de arrobas de caña?
—¿Habrá llegado el pan a la bodega?

18 febrero 2021

Iremos a Santiago


En 1970, el tren Habana- Santiago aún prestaba el servicio de coche dormitorio. Guillermo Vázquez (hijo del Mago Mandrake, un mítico maquinista) los recuerda. “Eran coches Pullman, comprados a Canadá de uso —asegura—. La tracción era de las venerables Clayton”.
Las Clayton fueron 10 locomotoras inglesas de gran porte y doble cabina que circularon en Cuba entre la década del 60 y principios de los 70. Los ferroviaros las llamaban Reina Isabel. Justamente el Mago Mandrake se empeñó en salvarlas y logró que la 52504 se mantuviera trabajando, ya sin resuello, por muchísimos años.

A Esteban Darias (nieto del ferroviario que enseñó a mi abuelo el oficio de jefe de estación y compañero de trabajo de mi madre y de mis tíos Cary y Aldo) todavía le brillan los ojos cuando habla de las Clayton. “Era impresionante cuando arrancaban en el andén de Santa Clara —recuerda—. El último coche pasaba volando”.

Cuando los Sarlabous decidieron marcharse de Cuba, viajaron de Santiago a La Habana en un coche dormitorio. Aunque Diana apenas tenía 5 años, recuerda claramente aquel compartimento con camas y amplias ventanas por las que se veía el país donde ella había nacido y del que se estaba despidiendo.

También recuerda los pitazos del tren, es decir, de la locomotora Clayton. Ayer me compré en eBay este boleto original de 1970. Nunca se usó. Era para un viaje en coche dormitorio de la Habana a Santiago. Diana y yo ya hemos decidido no volver a nuestro país hasta que llegue a él la luna llena de la libertad.

Entonces, una de las primeras cosas que haremos es completar aquel viaje en tren. Sacar el boleto de regreso para ponerlo junto al de ida. Ojalá que el coche no sea de agua negra sino dormitorio, con brisa y alcohol en las ruedas. ¡Oh Cuba! ¡Oh curva de suspiro y barro! Iremos a Santiago.


16 febrero 2021

Mano Negra

Pocos días después de la muerte de Pedro José -Cheíto- Rodríguez, Cuba pierde a otro gran pelotero: Gregorio -Mano Negra- Pérez. Por cierto, el 7 de marzo de 1979, Las Villas y Orientales llegaron empatados al décimo inning en un juego de la Serie Selectiva. 
Mano Negra estaba intransitable, pero una bola que parecía que se le enterraba fue golfeada por Cheíto y se desapareció en el cielo de Santa Clara. Así fue cómo la Trituradora Naranja pudo dejar al campo a las Avispas Negras.

La Fanial All Star se sigue reagrupando


Nunca me imaginé que conocería a Johnny Pacheco en persona. En el Centro Cultural Eduardo León Jiménes, de Santiago de los Caballeros, preparábamos el primer Congreso de Música, Identidad y Cultura del Caribe. Como parte de las actividades previas, logramos que volviera a su ciudad natal el mítico fundador de la Fanial All Star.
Aunque era cibaeño, parecía haber nacido en Santiago de Cuba, Güira de Macurijes o Santa Isabel de las Lajas. Es decir, en los lugares de mi país de donde son los grandes soneros. Sus gestos, su manera de hablar y hasta su sentido del humor parecían de un cubano.

Aunque hace más 15 años de aquel encuentro, ya estaba muy avejentado y tenía muchas limitaciones físicas. Costaba imaginarse que ese mismo hombre era el remolino que, flauta en mano, envalentonaba a Celia Cruz o a Héctor Lavoe sobre los escenarios. 

Ayer, Juan Miguel Pérez (un querido amigo dominicano que actualmente es un reconocido sociólogo y que en aquel momento, recién llegado de sus estudios en París, era mi compañero de trabajo en el Centro León), me recordó una larga conversación que tuvimos él y yo con Johnny.

—¿Qué es la salsa? —Le preguntó Juan Miguel.

—La salsa es un son montuno cubano marinado con las sirenas que escuchábamos en Nueva York —respondió Johnny.

Unos días después proyectamos en una pantalla gigante el histórico concierto la Fania en Zaire, previo a una pelea entre Muhammad Ali y George Foreman. Recuerdo que Juan Miguel no paraba de gesticular y bailar como Johnny Pachecho. Esa noche nos costó mucho trabajo abandonar 1974 y volver al presente.

Con la muerte de Johnny Pacheco, la Fania All Star se sigue reagrupando. No sé si en el Nueva York donde ahora están él, Celia y Lavoe también se escuchan sirenas, pero con toda seguridad suena mucho mejor música que en la ciudad terrenal.