01 noviembre 2020

El monasterio cisterciense

Muy cerca de la Loma de Thoreau,
cruzando el arroyo Cercado,
hay un monasterio
que pende de una montaña.
En un punto que el sol
apenas alcanza
comienza el silencio del día.
Muy temprano en la mañana
y justo antes de que anochezca,
los monjes hacen sonar
sus campanas.
Llaman a callarse en un lugar
donde el sonido crece silvestre,
como esas flores que se marchitan
de solo tocarlas.

Hace unos días acompañé
a Diana al monasterio.
Uno de los monjes salió
a saludarnos.
Compartimos unos minutos
de silenciosa conversación.
Como campanas,
replicamos
nuestro mutismo
por la ladera de la montaña.
En el camino de regreso,
la luz de la tarde
reproducía su estruendo
a nuestro paso.
El día, ya apagándose,
se marchitaba de solo mirarlo.

Un campo lleno de cuerpos


Hoy en la mañana, ya junto al fuego
que encendí para que trajeras
a la mesa el primer día de noviembre,
supe que soñamos lo mismo.
Mientras los perros y la neblina
velaban por nosotros,
pasamos a través de un campo
lleno de cuerpos
que aún no logramos identificar.
No sabemos exactamente
dónde estuvimos,
pero ya estamos claros
de que se trató de una oscuridad
que compartimos mientras el viento
movía las cortinas que hay
en la cabecera de la cama.
Sea lo que sea, me alivia
estar de regreso
a tus manos pequeñas
y a este bosque
donde una larga mañana
recién acaba de empezar.
Ya no me asustan las pesadillas
si al final descubro que sigo a tu lado.

31 octubre 2020

Con Alcides

Regina Coyula ya me lo había dicho, pero no fue hasta ayer que tuve el libro en mis manos. Un verso mío, escrito para Diana Sarlabous en la Loma de Thoreau, es el exergo que Rafael Alcides eligió para la edición definitiva de su novela Contracastro. 
Gracias a Alfonso Quiñones, pude encontrarme con Alcides pocos meses antes de que muriera. Vino a Santo Domingo, junto a Miguel Coyula, para presentar el documental Nadie. No olvido la cara de admiración con la que Diana lo miraba. Si se tratara de cualquier otro hombre, me hubiera puesto celoso.
Esa noche, en la terraza de El Bohío, me prometió enviarme sus comentarios de dos libros míos que le regalé. Nunca llegaron. Dada su gravedad, supuse que no había tenido tiempo de leerlos. Quiñones solo me llama para cosas importantes. “Alcides, asere”, me dijo y entre los dos hicimos un largo silencio.
El ensañamiento del régimen con ese hombre sincero es una de las mayores pruebas de su vileza. Solo el oprobio al que fue sometido ese guajiro de Barrancas, que tuvo voz de tenor y fue capaz de escribir algunos de los mejores poemas cubanos del siglo XX, basta para entender su miserable naturaleza, su cobardía. 
Estuve un largo rato viendo mi verso sencillo en la puerta por donde se entra a su novela. No era vanidad, porque nada que haya hecho un hombre tan austero y honesto como Rafael Alcides puede llevarte a ella. Tampoco es algo de lo que pueda presumir, es un sentimiento mucho más simple.
Ahora sé que se leyó los libros. Esa felicidad me acompañará siempre.

30 octubre 2020

Escambraica cocina

Teníamos muchos planes para 2020. En el verano, conduciríamos desde Chicago hasta Boston. Queríamos perdernos por las rutas de los Grandes Lagos y llegar hasta el museo de Jeep en Auburn Hills (cosas de varones, suele decir Diana). Luego nos pasaríamos una semana en Concord, el pueblo de Emerson y Thoreau. 
Por último, nos llegaríamos hasta Calella de Palafrugell, un punto de la costa catalana al que siempre queremos volver. Desde allí, cruzaríamos los Pirineos para volver a los campos franceses donde nacieron los Sarlabous.
Pero la pandemia nos arruinó la mayoría de los propósitos y, ante la imposibilidad de movernos, tomamos la decisión de adelantar un viejo sueño: construir una cocina fuera de la cabaña (igual que en muchas de las antiguas casas del Escambray y del campo cubano).
Las lluvias de octubre nos han atrasado un poco, pero aun así calculamos que todo esté listo antes de que termine diciembre. Diana y yo nos la pasamos imaginando la vida que llevaremos cuando por fin podamos quedarnos en la Loma de Thoreau y solo bajar a la ciudad de visita. 
2020 ha sido un ensayo general de eso. Como dice uno de los refranes preferidos de mi abuela Atlántida, no hay mal que por bien no venga.

28 octubre 2020

Gracias, Enrique Colina

El 23 de febrero de 1953, el siglo XX llegó al Paradero de Camarones. La misma noche que se encendieron las primeras bombillas eléctricas, abrió sus puertas el cine Justo. Eso lo debió convertir en uno de los pueblos más pequeños de Cuba con una sala donde se proyectaba, todos los días, al menos una película.
Desde niño preferí el cine a la televisión. Mi abuelo Aurelio, afortunadamente, me consentía en eso. Con su vieja linterna china, alumbraba el camino hasta aquel espacio (que de grande se me hizo pequeñísimo) donde las más increíbles historias se proyectaban en una pantalla deshecha.
—¡Efraín, lámpara! —gritaban todos cuando la película oscurecía.
—¡Efraín, foco! —reclamaban si los rostros de los actores se ponían borrosos.
Esos dos gritos están asociados para mí al descubrimiento del arte y (eso no lo sabía entonces) de la necesidad de crear. La primera vez que vi Tiburón (1975), me senté en la butaca (guiado por la linterna indiscreta de Angelina) con un profundo conocimiento de la historia y los personajes.
Le debía eso a mi primer maestro de apreciación cinematográfica: Enrique Colina. Su programa 24 por segundo me educó como espectador y me enseñó a ver cosas que no salían en las películas. Años después, cuando empecé a dar clases de dramaturgia, muchos nombres y términos ya me eran familiares.
Mi ironía y mi sarcasmo también están en deuda con la manera en que él se ensañaba con las malas películas. Su cine abordó la realidad cubana con un sentido del humor y una honestidad para el que las autoridades no estaban preparadas. Por eso muchas de sus obras acabaron censuradas.
Cuando supe que Enrique Colina había muerto, recordé la ilusión con la que esperaba por su programa cada sábado. ¡Efraín, lámpara! —oí por alguna parte— ¡Efraín, foco! Una acomodadora, con una linterna tan indiscreta como la de Angelina, lo debe de estar guiando ahora por una sala donde se proyectan películas eternamente. 
Él lo merece.

27 octubre 2020

SONIA DÍAZ CORRALES: "Escribo porque no sé hacer otra cosa para sobrevivir”

Nunca se lo dije. Aunque éramos casi de la misma edad, me intimidaba. Más de una vez evité acercarme a ella, conocerla. Su poesía me gustaba demasiado y me producía una especie de pánico que la mía llegara a sus manos. Siempre que atravesaba Cabaiguán por la carretera Central, me preguntaba cuál de aquellos portales sería el suyo.
No pocos escritores de mi generación han dejado de interesarme. Llegados a cierta edad, se pierde ese prurito por estar al tanto de tus contemporáneos. Algunos me defraudaron y otros ya me son indiferentes. Sonia Díaz Corrales está entre esos a los que tengo que seguir acudiendo. Siempre estoy pendiente de todo lo que dice y disfruto ada cinteracción con ella.
Sus respuestas a mis preguntas fueron mucho más extensas. La versión íntegra quedará para un libro que algún día tendré que hacer con todas las entrevistas que han aparecido en El Fogonero. Tómese esta publicación como un avance.

 

Nunca saliste de Cabaiguán hasta que también saliste de Cuba. Siempre fuiste eso que muchos, despectivamente, llaman “un escritor de provincia…”. ¿Qué significan hoy para ti ambas cosas, es decir, Cabaiguán y el haber escrito desde allí?

Estamos de acuerdo en que hay escritores de provincia y, por ser más luctuosamente específicos, hasta de municipio. Para mí no es despectivo, es simplemente la elección de un sujeto, de un lenguaje, de un espacio, de una figura que siempre ha existido. Ahora más que nunca, que el mundo entero es casi una provincia.

Nunca he escrito desde Cabaiguán, o desde Canarias, siempre he escrito desde un sitio del interior que no tiene que ver con el espacio geográfico en el que vivo. Escribo desde una provincia particular, íntima, que bien pensado me convierte en una absoluta y total escritora de provincia, lo cual es una gran ventaja. 

En esa provincia escribo yo, exijo calidades y lealtades yo, lo intelectual cede todo el rato el paso a lo humano, lo triste no es lastre sino vivencia, la censura no existe y las ambiciones apenas sirven para saber que no has llegado aún, que por mucho que avances siempre hay un más allá a donde ir, un sitio inexplorado, un puente que nunca has atravesado, pero que sabes que alguna vez… No tiene límites esa provincia.

Nunca salí de Cabaiguán hasta que salí de Cuba, ahora que lo pienso, porque quizás no me hacía falta.

 

Para alguien que nunca salió de su pueblo, ¿qué significa salir de su país?

Creo que el exilio es traumático para la mayoría de los exiliados, pero para una mujer de campo, a quien absolutamente nadie espera del otro lado, y que tiene que aprender de nuevo a hacerlo casi todo, con un hijo, pocos recursos y muchos propósitos, es muy complicado. 

Estuvimos en Costa Rica cuatro años, en los cuales entendí muchísimas cosas del mundo y de mí misma que en Cuba probablemente no hubiera entendido nunca. 

Recibí tanto cariño, encontré tan buenos amigos, incluso algunas oportunidades y ocasión de sopesar la nostalgia de algo que no era Cuba en sí, sino mi abuela, ciertos sitios, algunas conversaciones, una ventana con orquídeas… 

En Tenerife estaba la familia, esa abundancia que proporciona estar cerca de los que quieres, un clima estupendo, un paisaje nuevo, diverso, de una belleza única. Mi hijo se integró y se abrió paso como uno más y, en ese trasiego de sitios, mudanzas y desapegos, a veces creímos no haberlo hecho tan bien, pero nunca nos hemos arrepentido de huir de Cuba. Yo volví en el 2000 y francamente, aparte de los afectos, allí quedaba muy poquito mío. 

En Tenerife encontré menos amigos, pero más oportunidades. Quizás porque me voy poniendo vieja y mucho más drástica, menos flexible en algunas cosas, lo que hace más difícil entrar en los espacios extraordinarios de la amistad con nuevas personas. Siempre he sido de pocos amigos, así que me va bien.

Tengo casi todo lo que quiero, el resto puedo inventarlo, porque tengo esa libertad, y doy gracias por ella, con la madurez se aprende que lo bueno de saber inventar es que aquieta, lo creado tiene un valor añadido en cuanto puede ser modificado sin que sea tan doloroso.

 

¿Qué cambió en tu literatura el hecho de tener que escribir fuera de la geografía donde te hiciste escritora? 

Aunque desde que empecé a responder tus preguntas estoy diciendo que en mi caso la geografía tiene poca incidencia en la creación, he recordado ahora que Gumersido Pacheco y yo bromeábamos con aquello de que si Beethoven hubiera nacido en Cabaiguán no tendríamos la “Sinfonía No. 9”, puede que ni siquiera tuviéramos Beethoven.

Para empezar, veníamos de un espacio muy cerrado, de lecturas muy concretas. En Cuba los amigos trabajaban días con un texto tuyo, le dedicaban tiempo, te hacían sugerencias, le daban tanto que lo dejaban en cueros. Acá eso parecería una insolencia. Señalar algo, incluso, podría ser motivo de que te aparten. No es que una manera sea buena y otra mala, es sólo que son distintas.

Aunque escribo mucho, como siempre (confieso que con más sosiego), no me siento tentada a publicar todo lo que escribo, es más, cada día menos cosas de las que escribo me parece que tengan la calidad que merece un lector, sobre todo de poesía.  

Pero escribir, escribo aquí de la misma forma que en cualquier otro sitio, como una desquiciada, mientras voy en el tranvía o limpio la casa, en pequeños trozos de papel que agarro de lo que sea, mientras hago mi trabajo, mientras como o hago la compra en el súper, al tiempo que vivo, no sé si podría escribir poesía si me siento delante del ordenador con la idea expresa de escribirla. 

La narrativa, en cambio, es otra cosa, necesita otro reposo, colocar lo visceral en un rincón, informarse, amasar mucho la idea antes de extenderla, ponerle los ingredientes, escribirla. Luego, para mí la geografía, es sólo eso, un lugar. Lo que escribo, es otra cosa. Cuando alguien me dijo que yo era escritora, en concreto poeta, y que aquello que estaba escrito en unas hojas mías eran poemas, me reí mucho, y luego me asusté un poco. 

Casi nunca pienso en que soy escritora, pero si lo pienso me vuelve a pasar lo mismo. La verdad es que vivir en Cabaiguán, o en Tenerife, cambia muy poco lo que escribo. Lo que cambia cuando sales de Cabaiguán (y de Cuba), es tu forma de ver el mundo, tus lecturas, tu experiencia vital, tus urgencias, y eso sí definitivamente tiene un impacto en lo que escribes.

 

¿Cuáles son las razones por las que sigues haciendo literatura en 2020?

Las mismas por las que escribía a los diez o doce años, en 1974 o 76: alivia. Alivia mucho cierto prurito mental, las ganas de salir corriendo y no parar hasta que se acaben el mundo o las fuerzas, alivia cuando por ahí cuentan sus muertos en pandemias y guerras, cuando algunos ponen las ideologías más rancias por encima de familia, amistad, humanidad, Dios…, cuando por ahí algunos tienen un hambre o una sed que sabes no puedes resolver. Y a veces también agota, pero compensa. Y todo eso, que más da si algo te lo proporciona a los 10 o a los 56 años.

Escribo porque no sé hacer otra cosa para sobrevivir. Si las razones fueran otras quizás no escribiría.

 

Cuando miras a Cabaiguán desde el otro lado de océano, ¿qué ves?, ¿podrías volver a él?, ¿le queda algún camino de regreso a Sonia Díaz Corrales? 

Casi nunca miro a Cabaiguán desde aquí. A veces rememoro los vitrales de la iglesia o alguna noche en particular en que llovía, ese sonido cansino del agua cayendo en el patio, las estrellas del cielo que se veía desde el techo de mi casa, el viento en los árboles del Paseo o el Parque Martí, el silencio de la Biblioteca Municipal, la estación de trenes, el Puente de los buenos, que estaba antes de llegar al Cementerio, y era donde despedíamos a los muertos, la Colonia Española, el Club Campestre, donde fui a mis primeros bailes, los rostros de la gente que quería y quiero… 

Pero los veo como fragmentos aislados de un sitio que ya no existe y no existiría igual si estuviera en Cabaiguán, porque hasta donde sé ninguno de estos sitios o personas son ya lo que eran. Del otro lado del océano es muy lejos, después de todo este tiempo es más lejos aún. Volver podría, pero, ¿a qué?, ¿a qué sitios?, ¿a qué personas?, ¿a qué vida que ya no es mía?

Hace dieciocho años que estoy en Tenerife, veinte que no voy a Cuba, puede que no vuelva nunca más, lo tengo asumido. Si fuera así, no hay amargura en ello. Hay tantos sitios cautivadores, preciosos, a los que no he ido, tanto verde por ahí esperándome, tanta comida y bebida apetecible o exótica, tanto libro, tanto cine, tanta exposición, tanta arquitectura, tanta música, tanta belleza… que no le encuentro sentido a volver a donde “no te quieren ni te necesitan”, a donde sabes que será difícil encontrar un camino, menos aún una meta para el regreso.  

 Y sobre los caminos del regreso creo algo importante, decía mi abuela, que era una sabia, que a veces “cuando llega el sombrero, ya no hay cabeza…”. Para no odiar ese sombrero que no llega, esa cabeza que se cansa de esperar, se necesita estar muy centrado en tu vida, en la certeza de que los caminos que has escogido sirvieron de algo, los del regreso, en mi caso, siempre llevan a sitios seguros, a mi familia, a la poesía, a los libros, a esos pocos amigos fieles y amados, a Dios, a mí misma, a mi provincia íntima en la que siempre soy bienvenida y encuentro paz. 

Mi gratitud a Dios y a esos a los que regreso, es infinita. Sinceramente, no necesito nada más.