16 noviembre 2019

Felicidades, Habana mía

No soy habanero. Nunca logré serlo. A pesar de que estudié y viví muchos años en ella, jamás sentí que sus espacios me pertenecían. Ni siquiera en la calle 50 de los Venegas, esos pocos metros cuadrados donde Cipriano, Monga, Sixta y Paulino dirimían sus angustias. Tampoco bastaron los años que compartí con mi hija.
Soy campesino. Me debo a esa Cuba que media entre Jatibonico y Aguada de Pasajeros. El centro de la isla delimita mi sentido de pertenencia. Sin embargo, no sería cubano del todo sin la Calzada de Puentes Grandes, esa serpiente que, después de superar tantas ruinas, une al Almendares con el cielo.
Tampoco podría ser totalmente yo sin la calle 11, ese atajo que sube desde el mar hasta el corazón sentimental de El Vedado, allí donde las puertas, las verjas y los jardines se proyectan como Memorias del subdesarrollo. Algunos metros cuadrados de esa vía me definen.
No soy habanero, pero aprender a vivir sin La Habana me tomó más de la mitad de mi vida. Muchísimas veces he soñado que vuelvo a llegar en un tren nocturno a su bahía. Nunca olvidaré todos los años que me mantuve dándole a los pedales para subsistir en ella.
Feliz aniversario, La Habana. No creo que me quede tiempo para volver a ti, pero estaré recordándote mientras me quede memoria. Si eso no te parece suficiente, es porque eres una mal agradecida. Feliz aniversario, La Habana. Si nos volvemos a ver algún día, es muy probable que ninguno de los dos nos reconozcamos.

15 noviembre 2019

El Rey pasmado

Obra de © Alen Lauzán.
Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco I y Felipe VI tienen algo más en común que los números romanos que acompañan sus nombres: la ingenuidad con la que viajaron Cuba, juntándose con los líderes de una dictadura criminal que ha arruinado una nación y obligado a su pueblo a vivir sin libertad o a tener que escapar.
Todos, algunos un poquito más que otros, hablaron de democracia, de derechos humanos y de tolerancia. Pero lo hicieron siempre dentro de frases camufladas y párrafos encriptados, como si hasta ellos mismos temieran acabar en lo más oscuro de Villa Marista, a solas con el torturador de turno.
El viaje de Felipe VI y su impertérrita consorte, en teoría, era para celebrar los 500 años de La Habana, que a estas alturas es como festejar los treinta siglos de Pompeya. Pero empezaron por retratarse delante de la silueta del Che Guevara (el extranjero que más cubanos ha fusilado) y acabaron saludando en privado al dictador Raúl Castro.
Antes de la pasmosa llegada de Felipe VI, la dictadura encerró a periodistas independientes y activistas políticos. Al mismo tiempo, perpetró la más grande matanza de perros callejeros que se recuerde en la isla. Se aseguraron de que el Rey paseara tranquilamente con dos seres visiblemente demacrados: Eusebio Leal y La Habana.
Mientras la visita oficial transcurría, en una de las tantas mazmorras de la dictadura, José Daniel Ferrer seguía siendo salvajemente torturado. Aunque no llegó al extremo de Barack Obama (a quien por poco le levantan el brazo en un descuido, como al camarada Leonid Ilich Brézhnev), no tiene excusas Felipe VI.
En la celebración de sus 600 años, La Habana será aún más parecida a Pompeya. Entonces un nieto de Felipe VI deberá ser el rey de España y será recibido en Rancho Boyeros por Puesto a Dedo IV o V. Con seguridad para esa fecha ya habrán sido exterminados en Cuba los perros callejeros, los periodistas independientes, los activistas políticos… puede que hasta los cubanos.

31 octubre 2019

Tony Soprano me explica lo que significa Miami para mí

Tony Soprano y Paulie en Satriale's, 
la carnicería italiana de Nueva Jersey.
El cuarto capítulo de la segunda temporada de Los Soprano, esa obra maestra del arte cinematográfico que dura 4.300 minutos, me ayudó a entender a Miami y lo que esa ciudad significa para mí. Antes de tomar un avión, que lo llevará de Nueva Jersey a Italia, Tony responde una pregunta.
Están en la oficina del Bada Bing, tratando de ver El padrino en un DVD. “Ton, ¿cuál es tu escena preferida”, le pregunta Paulie. Primero evita hablar, pero segundos después no resiste la tentación: “La villa de Don Ciccio —confiesa—. Cuando Vito regresa a Sicilia. Los grillos, la vieja casa…”
“¡El país natal! —Dice Paulie cuando se baja del taxi y respira el aire de Nápoles— ¡Aquí está todo lo auténtico!”. Pero poco después comienza a decepcionarse. La comida italiana de Nueva Jersey le gusta más que la de Nápoles. Le da asco ir a los baños. Acaba por no entender la manera de ser de los napolitanos actuales.
Miami es para mí lo que Nueva Jersey para ellos. Cuba es mi Nápoles, un lugar donde lo perdí todo y al que ya no logro comprender. Sé que hay muchísimos Miami, porque cada quien debe tener el suyo. El mío, sobre todas las cosas, gira alrededor de la familia y las comidas.
La cocina de mis tíos Miriam y Aramís es el único lugar donde encuentro el mundo de los Yero tal y como yo lo conocí. Por eso disfruto tanto cada cosa que me como allí. Si vuelvo al Paradero de Camarones, es probable que apenas aparezcan las razones por las que sigo perteneciendo a ese lugar.
En casa de Miriam y Aramís, en cambio, siguen estando todas. Como también están en la Camaronera, donde me espera siempre una minuta de pez perro, exactamente con el mismo sabor que tenían las que vendía el gordo Riverón en el andén de la estación de Cienfuegos Carga.
Ir a Miami es la única manera que me queda de volver a mi cultura. Es por eso que me parece ridícula (y mal agradecida, también hay que decirlo) esa obstinación que tienen algunos cubanos por quejarse de ella. ¿Será que nada de su Cuba merece ser salvado?

30 octubre 2019

The Venetian

Volví de Las Vegas sin haber hecho
ni siquiera una apuesta.
Mientras los dados
caían a mi alrededor,
yo me concentré
en distinguir
a tus ojos
entre todas las luces
de tantos carteles.
Ya en el desierto,
pasé sobre 
los cadáveres 
que usó Martin Scorsese
para atemorizar
a los espectadores de Casino.
Lloramos en el circo
y brindamos con bourbon
cuando la noche de Nevada
cayó sobre la tarde
que traíamos en las maletas.
Por momentos creí
que era parte
de una vieja película,
pero minutos después
me vi en Venecia,
navegando 
en una góndola 
imaginaria,
bajo un cielo falso,
al final
de un día
que jamás existió.

Dar con tus ojos,
entre todas las luces
de tantos carteles,
fue mi mejor jugada.
Por más que caigan
los dados
a mi alrededor,
nunca intentaré tirarlos.

23 octubre 2019

El camino de las lomas

Con el camino de la Loma de Thoreau recuperé, de alguna manera, los viajes que hacía junto a mi padre al Escambray. Los 150 kilómetros que recorro todos los viernes, desde Santo Domingo hasta Quintas del Bosque, me sirven para volver a Veguitas, Jibacoa, Can Cán, La Felicidad, Topes de Collantes, Hanabanilla, Crucecitas, El Nicho... 
Tenía apenas 5 años cuando mi padre me enseñó a lidiar con la Loma del Sijú. Sentado en sus piernas y asistido por él en las curvas más difíciles, logré que su viejo camión Dodge superara el tramo más difícil de la carretera de Manicaragua a Jibacoa. “Tú solo tienes que oír el motor –insistía–, él te dice lo que hay que hacer”.
Serafín, mi Grand Cherokee (se llama así en honor a él), no necesita que me mantenga atento a su motor. Los frenos responden de manera autónoma y su sistema de suspensión garantiza el agarre en casi todas las situaciones. Cada vez que el Jeep me avisa de cambios que hará en la tracción o en la altura de los ejes, le digo a Diana que Papi se volvería loco con esas cosas.
En El equipaje del viajero, José Saramago asegura que “el mito del paraíso perdido es la infancia, no hay otro. Lo demás son realidades por conquistar, soñadas en el presente, guardadas en el futuro inalcanzable”. Siempre que voy camino a las lomas, regreso a mi paraíso perdido. De una forma o de otra, Serafín Venegas va conmigo.

17 octubre 2019

Alicia tampoco era eterna

Nadie se parece más a la Cuba revolucionaria que Alicia Alonso, ni siquiera el dictador Fidel Castro. Virtuosa, única en el universo de la danza clásica, excepcional bailarina y coreógrafa, dedicó las últimas décadas de su vida a dirigir de manera implacable y empobrecedora el Ballet Nacional de Cuba.
Su legado, tan cuestionable como sus años postreros como bailarina, deja el sabor de algo delicioso que se descompuso hasta el extremo de ser intragable. A finales de la década de los ochenta, cuando aún estudiaba teatro en la escuela de Cubanacán, tuve que ir a verla bailar por un trabajo de clase.
Si no iba al teatro, desaprobaba la asignatura de Estética Marxista. Forzado por las circunstancias, me vestí de mangas largas y me subí a una 132 (la mítica ruta que cruzaba a La Habana, desde la playa de Marianao hasta la Estación Central). Visto desde el palco, el escenario parecía una pista de aterrizaje.
Franjas fosforescentes le indicaban a la ciega anciana la dirección y los límites de sus movimientos. Salió a escena cargada por un bailarín, quien la sostuvo todo el tiempo, mientras ella movía los brazos y la cabeza. Un séquito de locas de época, histéricas y poseídas, gritaba adjetivos desconocidos para mí.
No voy a ser hipócrita, siempre detesté a Alicia Alonso y lo que ella representaba. No me alegro de su muerte (a diferencia de la de Fidel, de cuyo júbilo no me recupero), pero tampoco dispararé salvas ni me pondré a la altura de las circunstancias. 
Alicia Alonso acaba de demostrar que ella tampoco era eterna. Ahora, como la nación cubana y los signos de identidad que nos hicieron como somos, tendrá que empezar a podrirse.