08 febrero 2018

Amanecí feliz hoy

Cada vez me cuesta más trabajo apropiarme de lo ajeno. Perdonen que lo haya dicho más de una vez; pero creo que, pasados los 50, se adquiere el derecho a ser reiterativo. Los himnos, las banderas y los símbolos que alguien alguna vez le achacó a eso que llamamos patria; no me dicen más de lo que expresan por ellos mismos.
Cuando Beny Moré entona "me gusta ver cómo baja/ del monte el Hanabanilla/ y cómo choca en la orilla/ de la roca que lo ataja./ Me gusta ver cómo encaja/ el Escambray en el llano,/ me gusta el rancho de guano/ donde guajiro nací/ pero más me gusta a mí/ Cienfuegos por ser cubano", siento que estoy oyendo mi himno nacional.
Sin embargo, cada vez que Perucho insiste en decirme bayamés y empieza con la letanía de que al combate tengo que correr; me veo aún más distante. Comprobé eso anoche, una vez más, cuando mis Águilas Cibaeñas volvieron a derrotar al equipo de Granma en la Serie del Caribe.
Mi sentido de pertenencia, como yo, no es firme en sus principios sino en sus sentimientos. Gracias a eso, amanecí feliz hoy.

07 febrero 2018

RAÚL MARTÍN: “Cuba es, y parece que va a ser siempre, una incógnita”

Nos conocimos a mediados de la década del 80, en una escuela de teatro que tenía a los mejores profesores posibles. Eso, por fuerza, nos convirtió en buenos alumnos. No por lo que aprendimos, ni siquiera por lo que hicimos, sino por todas las experiencias que compartimos.
Entonces, estábamos convencidos de que cargaríamos con el peso de la isla por el resto de nuestras vidas y que nos dedicaríamos, en cuerpo y alma, a crear obras y espectadores que fueran capaces de transformar la realidad que nos había tocado como generación.
Pero con la caída del Muro de Berlín se derrumbaron la inmensa mayoría de nuestros sueños. Fueron muy pocos los que resistieron y persistieron, tanto en el teatro como en el país. Uno de ellos fue Raúl Martín, quien es hoy uno de los más importantes directores teatrales de Cuba.
Aunque nos hemos visto muy pocas veces en los últimos 20 años, conservamos la cercanía y el cariño que nos unió cuando éramos condiscípulos en una escuela, una ciudad y un país que no volverán. Eso hace que esta entrevista intente ser, de una manera irremediable, un camino de regreso.

Cuando entraste a la Escuela de Arte de Cubanacán eras un pepillito de El Vedado. Cuando saliste, estabas listo para convertirte en uno de los más importantes directores de teatro de Cuba. ¿Qué le debe Raúl Martín a los profesores y compañeros de aula con los que compartió aquella experiencia?
 Entrar en la Escuela Nacional de Teatro fue una casualidad, un “accidente” que realmente definió mi camino. Años 80, en los preuniversitarios se hacían unas reuniones para que la Unión de Jóvenes Comunistas te diera el aval para ingresar a la Universidad.
Imagínate, yo era rockero, “friki”, mis libretas estaban llenas de dibujos, nombres de grupos musicales, canciones en inglés. Yo modificaba los pantalones del uniforme para estrecharlos lo más posible, no me peinaba, bailaba tirado por el piso en las escuelas al campo.
Reunía todas las “condiciones” para que me negaran el aval y, por supuesto, me lo negaron. Por eso no pude hacer la prueba de ingreso al Instituto Superior de Arte (ISA), donde quería para estudiar actuación. Mi madre inició una apelación al Ministerio de Educación Superior y… ¡¡¡Me investigaron!!!
Gané la apelación unos meses después, pero ya no estaba a tiempo de ingresar en el ISA. Ya tenía aval, pero no podía optar por mi carrera preferida. Ahí fue cuando alguien me habló de la ENA, para la que sí estaba a tiempo.
Y para allá fui.  Tampoco fue llegar y entrar. Un profesor que estaba en el tribunal, cuando vio mi estampa de “friki”, me hizo preguntas muy teóricas que yo no estaba preparado para responder y determinó que yo me había equivocado de escuela.
Al final, las mujeres del tribunal se unieron y logramos una segunda oportunidad. Meses después, me pasaron directo a la prueba práctica y logré matricular. Este largo preámbulo es para contar cómo todos estos “accidentes” incidieron en mi camino. La suerte quiso que pasara por esa escuela que cambió mi forma de entender y asumir el teatro.
Teníamos a extraordinario profesores. Irrepetibles, diría yo. Ellos me llevaron a enamorarme de la profesión de director. Me enseñaron, además, atrezzo, teatro de títeres, diseño de escenografía, luces y vestuario; historia del arte, del teatro y del traje...
También tenía a talentosísimos compañeros de clase que provocaban que cada experiencia fuera muy fértil. Así fue que me gradué con todos los honores y elogios con una tesis que constituyó, junto a la tuya, Camilo, uno de los dos mejores trabajos de graduación. Era el año 1987, si no me equivoco.

Eres uno de los directores cubanos que más ha insistido en el teatro de Virgilio Piñera. ¿Por qué vuelves a él una y otra vez, qué buscas en Virgilio que no encuentras en ninguna otra parte?
Creo que de las mejores cosas que le debo al Instituto Superior de Arte, a donde entro a estudiar Dirección Teatral, es haber sido el único alumno del gran Roberto Blanco. A él le debo mi primer acercamiento a Virgilio Piñera. Fui su asistente en Dos viejos pánicos (1990), un espectáculo que logró romper el silencio oficial alrededor de Virgilio.
Roberto me insistió, como parte de su enseñanza, que yo debía trabajar con buenos actores y buenos personajes. Nada mejor para eso que la inagotable galería de grandes personajes que creó Virgilio. Personajes profundos, singulares y muy cubanos.
Me enamoré de su obra dramatúrgica, poética, narrativa, de sus deliciosos relatos de vida, de todo lo que tenía que ver con ese genio. Sentí que su mirada paródica y burlona ante la imposibilidad de encontrar soluciones, era lo que yo sentía y quería decir.
Comencé a expresarme a través de sus palabras, sus personajes y obras me ayudaron a encontrar un lenguaje, lo que podría llamarse un “estilo” de hacer teatro y este tenía que ver, por supuesto, con mi forma de entenderlo y de tratar de entender el mundo a través de él.
Así me convertí, sin darme cuenta, en el más virgiliano de los directores cubanos. Participé incansablemente de una década que puede llamarse “virgiliana” en la historia del teatro cubano: Los 90. Monté varias de sus obras, llevé a la danza-teatro sus poemas, sus relatos. Tienes razón, y lo hago consciente con tu pregunta, en Virgilio encontré lo que estaba buscando para expresarme en el teatro.
Encontré, como en nadie, la legitimación poética de los personajes comunes, del lenguaje popular, la elegía a lo pedestre, el hallazgo de un absurdo cubano y el humor en su más elevada expresión. Descubrí que soy un “humorista” y que nada me complace más que la risa como catarsis.
Ese “bacilo”, el de Virgilio, me contaminó y marcó hasta mi relación con otros grandes que monté y hasta escribieron para mí, como Abilio Estévez y Alberto Pedro. Abilio me regaló el más virgiliano de sus textos: El enano en la botella. Alberto reescribió para mi grupo El banquete infinito y me confesó que Virgilio se le había “posado” durante esa reescritura.

Eres uno de los más grandes habaneros que he conocido. Desde mediado de los años 80 del siglo pasado, cuando nos encontramos por primera vez en las aulas de la ENA, tú y la ciudad han cambiado muchísimo. ¿Cómo está la relación de ustedes en este momento, qué han perdido y qué han ganado?
 ¡La Habana! ¡La Habana! Tengo, hace 17 años, una vista muy habanera desde la sala de mi casa. La contemplo desde mi hamaca y son momentos que siempre añoro cuando estoy de viaje. Desde este balcón se han despedido de la ciudad muchos amigos. Con ella de fondo hemos hecho tertulias, proyecciones de películas, trabajos de mesa para montajes.
Con ella de testigo también se ha hecho el amor. Un amigo, una vez, estaba cantando en mi balcón y lo descubro emocionado. “¿Por qué siempre que uno mira La Habana siente que tendrá que dejarla algún día?”, me preguntó. Poco después se fue en una lancha; no estaba en sus planes, pero se fue.
Creo que se refería a esa energía indescriptible que tiene la ciudad, esa que nada ni nadie ha podido quitarle. ¡Y mira que la han maltratado! Abilio Estévez la llama “la energía del adiós”. Sí, claro, los dos hemos cambiado mucho. En la ciudad no hay grandes cambios visibles; pero su gente ha cambiado y eso, por supuesto, cambia su energía.
Yo escucho a quienes dicen que ya La Habana no es tan querida por los más jóvenes. Puede que les falte la posibilidad de comparar o puede que estén desapareciendo las singularidades que provocan el amor por ella. Es difícil para mí descubrir las causas, creo que, inconscientemente, lucho para que no me pase lo que le pasó a un gran escritor y amigo. Un día le dije que La Habana le dolía, que se veía en lo que escribía. “Ya me está doliendo menos”, me respondió y se fue del país.
Intento no cansarme, porque la necesito para hacer teatro. Intento no asociarla con la dificultad para seguir extrañándola en mis frecuentes viajes. Es un intento difícil que hasta ahora he logrado, como ha logrado sobrevivir mi ciudad.
Recibí tus preguntas en el aeropuerto de Miami, antes de volar a La Habana, con esa sensación que se sigue sintiendo, la de regresar a lo tuyo, acompañada con la misma pregunta: “¿qué me espera?”. Esa pregunta marca el cambio de mi relación con La Habana. En cada regreso es una pregunta que se hace aún más difícil de responder.

Siempre has defendido tus convicciones y tu estética por encima de todas las modas y tendencias. ¿Cuál es el precio que has tenido que pagar por eso, cuál ha sido la recompensa?
Roberto Blanco dijo una vez que prefería hablar de buen teatro y mal teatro, más allá de tendencias, estilos, estéticas… Pretendía decir que eso es lo único concreto, que valida o no, una experiencia teatral. Y eso sigue siendo una verdad incuestionable. 
Nosotros que hacemos un teatro de autor, partiendo de obras escritas, defendemos el rigor y la creatividad en el estudio de los personajes, en el conocimiento y práctica de la técnica actoral, en el estudio filosófico de lo que los autores escriben y de tu propia realidad, de lo que vives a diario en esta convulsa ciudad.
Podría decir que el precio es ese: incitar al estudio a una generación llena de talento, pero sin hábitos de estudiar. El esfuerzo se redobla porque la formación se ha debilitado notablemente con la crisis de todos los centros de estudios. Un esfuerzo extra, agotador, un desgaste mucho mayor que en otros tiempos.
Hay muchas modas y tendencias que se ajustan a la realidad de hoy y, por necesidad, renuncian a estos recursos. Como dictó Roberto, el buen teatro se impone y en estas tendencias tenemos ejemplos espléndidos que nos nutren y otros ejemplos lamentables.
No es lo mismo ser pobre de recursos que de ideas. Sigo creyendo en el actor como centro del discurso escénico y encamino todos mis esfuerzos hacia él. Sí, en estos tiempos, es más duro lograrlo porque hay muchas realidades y experiencias que intentan minimizar el trabajo del actor y yo sigo creyendo en él.
Me interesa lo nuevo, estar pisando la actualidad y diciendo lo que creo que necesita el espectador de hoy. Eso es, en definitiva, lo que hemos hecho siempre; no sólo con mi grupo, también en cada una de mis experiencias con otras compañías y disciplinas.
Ejemplos muy fértiles son mis trabajos con la gran Marianela Boán, siempre buscando, siempre rompiendo, borrando fronteras y profundizando. La gran recompensa: Los teatros llenos de público y las ovaciones cerradas.

Cuba ha sido un personaje protagónico de tu teatro. Si tuvieras que presentársela a un espectador que no tiene la más mínima idea de quién es ella, ¿cómo la describirías?
Creo que le regalaría La isla en peso de Virgilio Piñera. No sé si podría describírsela o presentársela mejor. Haría lo que mejor sabemos hacer los teatristas, apropiarnos de las palabras ajenas y recrearlas. O trataría de responder, lo mejor posible, cada una de sus preguntas.
Cuba es, y parece que va a ser siempre, una incógnita. Trataría de estar a la altura de sus incógnitas y estoy seguro de que yo mismo me sorprendería de mis respuestas.

El acento de la neblina

Cuando llegamos a la Loma de Thoreau ya la neblina estaba en todas partes. Era muy densa, apenas podíamos ver unos metros hacia delante. El pueblo de Jarabacoa, el cañón de Manabao y el Mogote se habían borrado por completo. Nuestro único paisaje era aquel celaje húmedo que inundó la cabaña en cuanto abrimos las puertas y ventanas.
Durante el viaje, habíamos estado hablando del Cibao, ese territorio cultural que ocupa el norte de República Dominicana, desde Bonao hasta Puerto Plata y desde Samaná hasta Dajabón. En algún momento, recordé los apuntes que hizo Martí en su Diario sobre el acento de los cibaeños.
“A la moza que pasa, desgoznada la cintura, poco al seno el talle, atado en nudo flojo el pañuelo amarillo, y con la flor de Campeche al pelo negro —relata—: ‘¡Qué buena está esa pailita de freír para mis chicharrones!’”. Antes, aseguró que “la frase aquí es añeja, pintoresca, concisa, sentenciosa: y como filosofía natural”.
Según Pedro Henríquez Ureña anota en su obra El Español en Santo Domingo, la sustitución que los cibaeños hacen de las consonantes l y r por la vocal i (ej. “llovei”, “comei”, “sueido”, “poiqué”…), son formas portuguesas que tal vez se difundieron en las Antillas a través de los esclavos del siglo XVI.
Estábamos en ese punto cuando se oyó un enorme trueno. Desde la tupida masa blanca en la que se había convertido el bosque, se oyó un grito.
—¡¡¡Ei diablo!!!                           
Nunca llegamos a ver quién había hecho esa exclamación. Luego nos embargó una duda. Es probable que en la Loma de Thoreau la neblina también hable con la i.

05 febrero 2018

ALEJANDRO AGUILAR: “Escribir es la única respuesta a cualquier interrogante”

Alejandro Aguilar, Marianela Boán y Pina Aguilar Boán en Santo Domingo.
Su vida ha sido intensa y ha estado llena de giros inesperados. Lo más destacable de todo eso, es que cada día ha sido enfrentado desde una honestidad y una creatividad absolutas. El fruto de eso son los libros que ha publicado y los que siguen esperando la oportunidad de llegar a la imprenta y ser compartidos.
En el año 2000, unas semanas antes de que yo viniera a vivir a República Dominicana, Alejandro Aguilar y yo aparecemos juntos en una fotografía. Tenemos al malecón de La Habana de fondo. Si no recuerdo mal, esa fue la única vez que coincidimos en Cuba.
Nos encontramos allá por Freddy Ginebra, que era amigo de ambos, y nos reencontramos aquí también por él. Fue así que pasamos de ser dos desconocidos que posaban juntos, a dos hermanos que ya cuesta trabajo encontrarlos por separado en las fotografías.
Desde hace años, cada vez que nos reunimos para compartir rones, problemas, soluciones, ideas o sueños, Alejandro y yo acabamos teniendo largos diálogos sobre las sociedades donde nos ha tocado vivir y sobre los libros que hemos podido leer o escribir.
Esta entrevista pudo estar tomada de esos intercambios, aunque es bueno aclarar que yo me tomé el trabajo de elegir las preguntas y él de redactar las respuestas. Es muy probable que, en nuestras conversaciones las cosas se digan de otra manera. Palabras más, palabras menos, esto es lo que se repite una y otra vez.

Cuando volviste a Cuba, después de dejar tu empleo como representante en la Federación Mundial de Juventudes Democráticas (FMJD), en Budapest, conociste a Marianela Boán. ¿Qué significó para ti que ella te presentara al país del que habías estado ausente por años, cómo eso cambió tu vida?
Había pasado casi una década entendiendo al mundo a través del prisma de la política internacional y de la ideología en los tiempos álgidos de la Guerra Fría. La pulsión del aprendiz de artista que había sido durante mi adolescencia y la vida universitaria había quedado enterrada por incontables capas de sustancia política. Y me había ausentado de Cuba durante los años de la eclosión del arte bajo la influencia de los aires de cambio que estremecían Europa en los ochenta.
Para inicios de 1992, yo era un ser derrotado, confuso, hundido en una crisis existencial que abarcaba mi sistema de valores y mi racionalidad, mi vida sentimental, mi familia y por supuesto, mi difícil relación con la Cuba a la que hacía unos meses había regresado.
Marianela llegó para salvarme del estado anímico que me aplastaba. Ella significó la recuperación del amor y de una razón de ser; una conexión con Cuba desde un ángulo distinto, esencial. A través de su mirada aprendí y acaso aprehendí todo esa zona convulsa y germinal a un tiempo, los 80 de Cuba y más allá, hasta llegar a las fuentes de la cultura nacional.
Marianela me devolvió todo eso y sobre todo, me ayudó a recuperar mi centro; mi vocación artística y a superar el ostracismo al que me habían condenado mis antiguos colegas. De no ser por ella, no creo que hubiera sobrevivido civil y humanamente en el ambiente no amigable que se me impuso. Nuestra relación recuperó a mi verdadero yo, me ayudó a crecer como escritor, a rehacerme como persona. A pesar de lo terrible de esos años 90’s, pude sentir felicidad y libertad.

En Casa de cambio cuentas la desilusión desde el punto de vista de Antonio, un ingeniero cubano que llega a Budapest en el momento en que se derrumba el socialismo en Europa del este. Aunque todos tus libros son una biografía velada, ¿qué le faltó decir por ti a tu personaje, qué no dijo él en aquel entonces que tú hubieras dicho ahora?
Más que “desilusión” yo le llamo descreer, un largo y doloroso proceso… Casa de cambio es una ficción fuertemente afincada en el testimonio de lo que estaba sucediendo en el Este en los años 80. Quería que pudiera leerla la gente en Cuba. Necesitaba compartir mis experiencias como testigo de primera fila del derrumbe de los regímenes de Europa oriental y todo lo que eso me permitió conocer de las verdaderas esencias del sistema.
Antonio es un ser que ve minadas sus convicciones por los hechos y al verse envuelto en circunstancias oscuras, tiene que huir hacia Occidente; pero sus acciones dejan en claro que es un hombre con valores éticos y morales, no un delincuente. Quería que el personaje se mantuviera limpio moralmente, a pesar de que se veía empujado a huir al derrumbarse a su alrededor su proyecto de vida, sus convicciones. No quería que el lector lo viera como “traidor”.
Antonio se liberaba, actuaba según sus convicciones, pero yo como autor tampoco necesitaba que el personaje lo proclamara entonces como una decisión política. Hoy tampoco lo reescribiría de otro modo. Sus acciones lo definen. Su aparente cobardía al huir implicaba un acto de valentía y una toma de posición.
Como era de esperar, en Cuba silenciaron la novela y por supuesto, no se publicó sino años más tarde en New Hampshire, Estados Unidos, cuando ya me había residenciado en Filadelfia. Personaje y autor corrimos suertes similares.

Viviste en Cuba toda la década de los 90, es decir, esa terrible crisis que fue disfrazada por el eufemismo de Periodo Especial. Durante todos esos años tuviste una intensa producción literaria. ¿Tienen razón los que dicen que la felicidad es estéril y el desasosiego inspirador?
Por raro que parezca, agradezco haber vivido los noventa en Cuba. Esos años que llamo ‘terribles y heroicos’, acabaron de descubrirme las esencias del sistema en Cuba y, en consecuencias, de definirme. Antes de regresar de Hungría quedaban reductos en mi conciencia que decían “eso pasa en Europa, pero Cuba es diferente”.
Los 90 me demostraron lo equivocado que estaba. Ya liberado de esos residuos tóxicos, en una situación en la que no había nada más que sobrevivir a fuerza de alcoholes groseros para olvidar el hambre, y de café, para mantenerme despierto; escribir era una necesidad insoslayable y un modo de salvarme. Pero no veo como un absoluto la correspondencia biunívoca que mencionas.
Cada contexto tiene su carga de desasosiego y sus momentos de felicidad. Así fue mi experiencia incluso en la Cuba de los 90’s, en Estados Unidos luego, y así es hoy en Dominicana, cada uno con sus bemoles. La escritura no ha faltado nunca, unas veces fruto de momentos duros, difíciles; otras, cosechada en medio del goce y el placer de vivir.

Has vivido en Cuba, Hungría, Estados Unidos y República Dominicana. ¿Como escritor, qué le debes a cada uno de esos lugares?
Soy un producto de la cultura cubana, nacido en ese territorio al que le debo toda esa herencia de la que bebo sin remedio, y que me debe, por el impacto que ha tenido su proceso político en muchos ámbitos de mi existencia.
Budapest, además de hermosa y entrañable, fue la base desde la cual conocí el mundo, entré en contacto con más de 50 países de todos los continentes y sus realidades socioculturales; acopié enorme material existencial que luego fue la fuente nutriente de mi obra creativa. Fue una enorme escuela de formación como lo es Estados Unidos; otra etapa de aprendizaje, de liberarme de prejuicios y mitos con los que había crecido, de sentir la frustración de escribir en español en un país de habla inglesa aunque soy bilingüe, pero no al extremo de crear en inglés.
República Dominicana ha sido una estación de llegada que me ha recibido con más bondad y hospitalidad que la que nunca recibí. De todos estos hogares he aprendido y en todos sigo aprendiendo; ellos me definen en un buen grado.

A propósito de vidas y de lugares, ¿podrías volver a vivir en Cuba?
No puedo predecir el futuro; pero sospecho que me sería muy difícil. La visito con frecuencia por razones disímiles y cada vez más siento que no tenemos mucho que decirnos, que no nos comprendemos.
Pesan más entre nosotros los recuerdos que cualquier añoranza hacia adelante. Pero nunca digas no a las posibilidades que encierra el futuro. No soy capaz de predecir lo que pasará en mi vida ni en el plazo de una semana. Cada vez más mañana es hoy y se va pronto, por la velocidad con la que vivimos
¿Cómo voy a poder saber qué será de mí, de Cuba, del mundo en, digamos, cinco años más? ¿Cómo será Cuba? ¿Aun andaré por aquí? ¿Existirá el mundo como lo conocemos hoy? Escribir es la única respuesta a cualquier interrogante, para seguir llenándose de preguntas.

02 febrero 2018

La manzana en la cabeza de Fidelito

Lo vi en persona una sola vez. Fue en la oscuridad del club Imágenes, en el Vedado. Corría el último año del siglo XX. Todos bebíamos ron en espera de Pedro Luis Ferrer y su guitarra. Él no era la excepción. Estaba sentado en una mesa delante de la nuestra, acompañado por Pachito Alonso y dos mujeres.
Aplaudió con una sonrisa canciones y chistes, incluso el de “Ay, mamá Inés, ya ni los blancos tomamos café”. Todos susurraban el mismo comentario, que era igualito a Fidel. En honor a la verdad, visto desde aquella sofocante penumbra, sus siluetas eran idénticas.
Recuerdo que unos días después el periódico Granma anunció que Fidel Castro Díaz-Balart había sido nombrado asesor del Ministerio de la Industria Básica. Volvía a la luz pública después de permanecer 7 años en una oscuridad similar a la del club Imágenes. Su propio padre había explicado las razones del castigo: “ineficiencia en el desempeño de sus funciones”.
Hace unos años, en República Dominicana, un ministro del gobierno de Leonel Fernández me contó que el presidente le había encargado atender al hijo de Fidel durante su estancia en el país. “Estaba obsesionado con conocer Casa de Campo y Punta Cana —me dijo—. Leonel autorizó que lo lleváramos en un helicóptero. Parecía un niño fascinado con los campos de golf y los hoteles”.
Hoy el Granma le informa al pueblo de Cuba que Fidelito atentó contra su vida. Llama poderosamente la atención la profusión de detalles en un medio que se caracteriza por la parquedad: “venía siendo atendido por un grupo de médicos desde hace varios meses con motivo de un estado depresivo profundo”.
En una de sus canciones, Carlos Varela hace una analogía entre una leyenda del siglo XV y la revolución cubana: “Guillermo Tell no comprendió a su hijo/ que un día se aburrió de la manzana en la cabeza”, dice el trovador. El primogénito del dictador cubano también parece haberse cansado del peso que llevaba sobre su cabeza.
Y como su padre ya no es quien tiene la ballesta, acabó por quitárselo él mismo.

23 enero 2018

La huella que dejamos

Tienes razón,
algún recuerdo
tuvimos
que dejar
en el agua
cuando 2011
nos daba
por el cuello
y septiembre
era el único lugar
donde podíamos
refugiarnos.

Tienes razón
en eso,
somos nosotros
los que vamos
perdiendo
el rastro.
Por eso quiero
que nos
hundamos
en 2018
aunque no
logremos
dar pie.
A fin de cuentas,
todo lo que
esperábamos
de enero
ya sucedió.
Ahora nos queda
el resto del año
para encontrar
la huella
que dejamos
en un río
que solo volverá
a existir
si regresamos.