05 febrero 2018

ALEJANDRO AGUILAR: “Escribir es la única respuesta a cualquier interrogante”

Alejandro Aguilar, Marianela Boán y Pina Aguilar Boán en Santo Domingo.
Su vida ha sido intensa y ha estado llena de giros inesperados. Lo más destacable de todo eso, es que cada día ha sido enfrentado desde una honestidad y una creatividad absolutas. El fruto de eso son los libros que ha publicado y los que siguen esperando la oportunidad de llegar a la imprenta y ser compartidos.
En el año 2000, unas semanas antes de que yo viniera a vivir a República Dominicana, Alejandro Aguilar y yo aparecemos juntos en una fotografía. Tenemos al malecón de La Habana de fondo. Si no recuerdo mal, esa fue la única vez que coincidimos en Cuba.
Nos encontramos allá por Freddy Ginebra, que era amigo de ambos, y nos reencontramos aquí también por él. Fue así que pasamos de ser dos desconocidos que posaban juntos, a dos hermanos que ya cuesta trabajo encontrarlos por separado en las fotografías.
Desde hace años, cada vez que nos reunimos para compartir rones, problemas, soluciones, ideas o sueños, Alejandro y yo acabamos teniendo largos diálogos sobre las sociedades donde nos ha tocado vivir y sobre los libros que hemos podido leer o escribir.
Esta entrevista pudo estar tomada de esos intercambios, aunque es bueno aclarar que yo me tomé el trabajo de elegir las preguntas y él de redactar las respuestas. Es muy probable que, en nuestras conversaciones las cosas se digan de otra manera. Palabras más, palabras menos, esto es lo que se repite una y otra vez.

Cuando volviste a Cuba, después de dejar tu empleo como representante en la Federación Mundial de Juventudes Democráticas (FMJD), en Budapest, conociste a Marianela Boán. ¿Qué significó para ti que ella te presentara al país del que habías estado ausente por años, cómo eso cambió tu vida?
Había pasado casi una década entendiendo al mundo a través del prisma de la política internacional y de la ideología en los tiempos álgidos de la Guerra Fría. La pulsión del aprendiz de artista que había sido durante mi adolescencia y la vida universitaria había quedado enterrada por incontables capas de sustancia política. Y me había ausentado de Cuba durante los años de la eclosión del arte bajo la influencia de los aires de cambio que estremecían Europa en los ochenta.
Para inicios de 1992, yo era un ser derrotado, confuso, hundido en una crisis existencial que abarcaba mi sistema de valores y mi racionalidad, mi vida sentimental, mi familia y por supuesto, mi difícil relación con la Cuba a la que hacía unos meses había regresado.
Marianela llegó para salvarme del estado anímico que me aplastaba. Ella significó la recuperación del amor y de una razón de ser; una conexión con Cuba desde un ángulo distinto, esencial. A través de su mirada aprendí y acaso aprehendí todo esa zona convulsa y germinal a un tiempo, los 80 de Cuba y más allá, hasta llegar a las fuentes de la cultura nacional.
Marianela me devolvió todo eso y sobre todo, me ayudó a recuperar mi centro; mi vocación artística y a superar el ostracismo al que me habían condenado mis antiguos colegas. De no ser por ella, no creo que hubiera sobrevivido civil y humanamente en el ambiente no amigable que se me impuso. Nuestra relación recuperó a mi verdadero yo, me ayudó a crecer como escritor, a rehacerme como persona. A pesar de lo terrible de esos años 90’s, pude sentir felicidad y libertad.

En Casa de cambio cuentas la desilusión desde el punto de vista de Antonio, un ingeniero cubano que llega a Budapest en el momento en que se derrumba el socialismo en Europa del este. Aunque todos tus libros son una biografía velada, ¿qué le faltó decir por ti a tu personaje, qué no dijo él en aquel entonces que tú hubieras dicho ahora?
Más que “desilusión” yo le llamo descreer, un largo y doloroso proceso… Casa de cambio es una ficción fuertemente afincada en el testimonio de lo que estaba sucediendo en el Este en los años 80. Quería que pudiera leerla la gente en Cuba. Necesitaba compartir mis experiencias como testigo de primera fila del derrumbe de los regímenes de Europa oriental y todo lo que eso me permitió conocer de las verdaderas esencias del sistema.
Antonio es un ser que ve minadas sus convicciones por los hechos y al verse envuelto en circunstancias oscuras, tiene que huir hacia Occidente; pero sus acciones dejan en claro que es un hombre con valores éticos y morales, no un delincuente. Quería que el personaje se mantuviera limpio moralmente, a pesar de que se veía empujado a huir al derrumbarse a su alrededor su proyecto de vida, sus convicciones. No quería que el lector lo viera como “traidor”.
Antonio se liberaba, actuaba según sus convicciones, pero yo como autor tampoco necesitaba que el personaje lo proclamara entonces como una decisión política. Hoy tampoco lo reescribiría de otro modo. Sus acciones lo definen. Su aparente cobardía al huir implicaba un acto de valentía y una toma de posición.
Como era de esperar, en Cuba silenciaron la novela y por supuesto, no se publicó sino años más tarde en New Hampshire, Estados Unidos, cuando ya me había residenciado en Filadelfia. Personaje y autor corrimos suertes similares.

Viviste en Cuba toda la década de los 90, es decir, esa terrible crisis que fue disfrazada por el eufemismo de Periodo Especial. Durante todos esos años tuviste una intensa producción literaria. ¿Tienen razón los que dicen que la felicidad es estéril y el desasosiego inspirador?
Por raro que parezca, agradezco haber vivido los noventa en Cuba. Esos años que llamo ‘terribles y heroicos’, acabaron de descubrirme las esencias del sistema en Cuba y, en consecuencias, de definirme. Antes de regresar de Hungría quedaban reductos en mi conciencia que decían “eso pasa en Europa, pero Cuba es diferente”.
Los 90 me demostraron lo equivocado que estaba. Ya liberado de esos residuos tóxicos, en una situación en la que no había nada más que sobrevivir a fuerza de alcoholes groseros para olvidar el hambre, y de café, para mantenerme despierto; escribir era una necesidad insoslayable y un modo de salvarme. Pero no veo como un absoluto la correspondencia biunívoca que mencionas.
Cada contexto tiene su carga de desasosiego y sus momentos de felicidad. Así fue mi experiencia incluso en la Cuba de los 90’s, en Estados Unidos luego, y así es hoy en Dominicana, cada uno con sus bemoles. La escritura no ha faltado nunca, unas veces fruto de momentos duros, difíciles; otras, cosechada en medio del goce y el placer de vivir.

Has vivido en Cuba, Hungría, Estados Unidos y República Dominicana. ¿Como escritor, qué le debes a cada uno de esos lugares?
Soy un producto de la cultura cubana, nacido en ese territorio al que le debo toda esa herencia de la que bebo sin remedio, y que me debe, por el impacto que ha tenido su proceso político en muchos ámbitos de mi existencia.
Budapest, además de hermosa y entrañable, fue la base desde la cual conocí el mundo, entré en contacto con más de 50 países de todos los continentes y sus realidades socioculturales; acopié enorme material existencial que luego fue la fuente nutriente de mi obra creativa. Fue una enorme escuela de formación como lo es Estados Unidos; otra etapa de aprendizaje, de liberarme de prejuicios y mitos con los que había crecido, de sentir la frustración de escribir en español en un país de habla inglesa aunque soy bilingüe, pero no al extremo de crear en inglés.
República Dominicana ha sido una estación de llegada que me ha recibido con más bondad y hospitalidad que la que nunca recibí. De todos estos hogares he aprendido y en todos sigo aprendiendo; ellos me definen en un buen grado.

A propósito de vidas y de lugares, ¿podrías volver a vivir en Cuba?
No puedo predecir el futuro; pero sospecho que me sería muy difícil. La visito con frecuencia por razones disímiles y cada vez más siento que no tenemos mucho que decirnos, que no nos comprendemos.
Pesan más entre nosotros los recuerdos que cualquier añoranza hacia adelante. Pero nunca digas no a las posibilidades que encierra el futuro. No soy capaz de predecir lo que pasará en mi vida ni en el plazo de una semana. Cada vez más mañana es hoy y se va pronto, por la velocidad con la que vivimos
¿Cómo voy a poder saber qué será de mí, de Cuba, del mundo en, digamos, cinco años más? ¿Cómo será Cuba? ¿Aun andaré por aquí? ¿Existirá el mundo como lo conocemos hoy? Escribir es la única respuesta a cualquier interrogante, para seguir llenándose de preguntas.

02 febrero 2018

La manzana en la cabeza de Fidelito

Lo vi en persona una sola vez. Fue en la oscuridad del club Imágenes, en el Vedado. Corría el último año del siglo XX. Todos bebíamos ron en espera de Pedro Luis Ferrer y su guitarra. Él no era la excepción. Estaba sentado en una mesa delante de la nuestra, acompañado por Pachito Alonso y dos mujeres.
Aplaudió con una sonrisa canciones y chistes, incluso el de “Ay, mamá Inés, ya ni los blancos tomamos café”. Todos susurraban el mismo comentario, que era igualito a Fidel. En honor a la verdad, visto desde aquella sofocante penumbra, sus siluetas eran idénticas.
Recuerdo que unos días después el periódico Granma anunció que Fidel Castro Díaz-Balart había sido nombrado asesor del Ministerio de la Industria Básica. Volvía a la luz pública después de permanecer 7 años en una oscuridad similar a la del club Imágenes. Su propio padre había explicado las razones del castigo: “ineficiencia en el desempeño de sus funciones”.
Hace unos años, en República Dominicana, un ministro del gobierno de Leonel Fernández me contó que el presidente le había encargado atender al hijo de Fidel durante su estancia en el país. “Estaba obsesionado con conocer Casa de Campo y Punta Cana —me dijo—. Leonel autorizó que lo lleváramos en un helicóptero. Parecía un niño fascinado con los campos de golf y los hoteles”.
Hoy el Granma le informa al pueblo de Cuba que Fidelito atentó contra su vida. Llama poderosamente la atención la profusión de detalles en un medio que se caracteriza por la parquedad: “venía siendo atendido por un grupo de médicos desde hace varios meses con motivo de un estado depresivo profundo”.
En una de sus canciones, Carlos Varela hace una analogía entre una leyenda del siglo XV y la revolución cubana: “Guillermo Tell no comprendió a su hijo/ que un día se aburrió de la manzana en la cabeza”, dice el trovador. El primogénito del dictador cubano también parece haberse cansado del peso que llevaba sobre su cabeza.
Y como su padre ya no es quien tiene la ballesta, acabó por quitárselo él mismo.

23 enero 2018

La huella que dejamos

Tienes razón,
algún recuerdo
tuvimos
que dejar
en el agua
cuando 2011
nos daba
por el cuello
y septiembre
era el único lugar
donde podíamos
refugiarnos.

Tienes razón
en eso,
somos nosotros
los que vamos
perdiendo
el rastro.
Por eso quiero
que nos
hundamos
en 2018
aunque no
logremos
dar pie.
A fin de cuentas,
todo lo que
esperábamos
de enero
ya sucedió.
Ahora nos queda
el resto del año
para encontrar
la huella
que dejamos
en un río
que solo volverá
a existir
si regresamos.

21 enero 2018

Algunos pasajes de Bolivia

Barbieri,
nuestro gato,
nos abandonó.
Alito lo buscó
por toda la loma.
Diana y María
lo llamaron
desesperadamente
y, cuando
lo dieron
por muerto,
lloraron.
Anoche fuimos
a un bautizo
y lo encontramos.
Le falta un pedazo
de la boca
y tiene la cola
destrozada.
Vive en una casa club
y dirige una pandilla.
Roba comida,
pelea por sus gatas,
sobrevive...
Lo llamamos
y vino a saludarnos.
Maulló,
pasó su lomo
sobre las piernas
de María
y volvió a su vida.

Diana trató,
en vano,
de convencerlo
de que volviera
a casa.
María expresó,
por primera vez,
su gran desilusión.
Yo puse algunos
pasajes de Bolivia.
No hay nada
que un saxofón
no pueda curar,
incluso
respecto
a Gato Barbieri.

16 enero 2018

MARIANELA BOÁN: “La danza como fuente, como inicio, pero nunca como fin”

Más de una vez he descrito el instante en que la conocí. Habana, día de un año de mil novecientos ochenta y pico. Ella fumaba con impaciencia y nosotros, un grupo de alumnos asfixiados por el humo intimidante de su presencia, esperábamos que nos revelara todos los secretos que se esconden sobre un escenario.
Más de una vez, también, he descrito todo lo que hemos compartido desde que ella y su esposo, el escritor Alejandro Aguilar, se mudaron para Santo Domingo y se convirtieron en nuestra familia. Como cada vez que nos reunimos no paramos de hablar, esta entrevista se ha estado haciendo por semanas, meses, años…
Desde que tengo una idea más o menos clara de lo que debe ser un artista, Marianela Boán está entre los creadores que más admiro y creo. Su honestidad es directamente proporcional a su talento y eso, en los tiempos que corren, la convierten en una especie en extinción.
Hemos hablado tanto, que cuando le hice estas preguntas creía saber sus respuestas. Pero Marianela se reinventa tanto que es incapaz de volver a decir nada del mismo modo. Por tanto, a partir de esta línea soy un lector más. Como cualquiera de ustedes, me siento a mirar el movimiento que tienen las palabras cuando están en boca de Marianela Boán.

¿Cuál es tu mayor deuda con la Escuela Nacional de Arte de Cubanacán?
Viví fuera de Cuba hasta los 9 años y a los 11 comencé a entenderla, a través de la Escuela Nacional de Arte (ENA) y de la danza. Desde entonces danza, vida y creación son para mí lo mismo. Pero la danza está en la base de la comprensión de todo lo demás. Desde el cuerpo de la niña que se vuelve adolescente mientras baila, viví el choque frontal y la transformación de la vida, la cultura y la política cubanas entre 1966 y 1973, años de grandes conflictos ideológicos y éticos.
La idea de apertura y contaminación, esenciales en mi obra, tienen su origen en la educación integral que recibí en la ENA una educación que preconizaba que cada artista debía tener el mayor conocimiento posible de todas las artes. En esa época, la escuela tenía una vocación ecuménica que trataba de poner en relación las diferentes artes y artistas; que veía la especialidad excesiva como un límite y la apertura e inclusión de otras artes como algo fundamental.
Desde entonces empecé a ver la danza como un acto colaborativo, que se expande y se contrae con la intervención de otras artes. La danza como fuente, como inicio, pero nunca como fin.

Vistas desde ahora, ¿qué significan para ti las experiencias de Danza Contemporánea de Cuba y DanzAbierta?
Danza Contemporánea: el lugar donde aprendí el oficio.
DanzAbierta: el lugar donde me desaprendí de él.

¿Por qué te fuiste de La Habana?
No me fui de La Habana ni legal ni espiritualmente. Uno puede estar físicamente en un lugar y no estar presente… y viceversa. Cada vez que visito Cuba siento que la distancia me ha hecho más presente. Definitivamente, el plano en que un artista y su obra se perciben, no es geográfico.
En Cuba las palabras “irse” o “quedarse” están llenas de un contenido que me es ajeno. No obstante, hace tres lustros que no vivo geográficamente en La Habana. Después de 15 años en Danza Contemporánea de Cuba y 15 en DanzAbierta y a mis casi cincuenta, necesitaba estudiar.
Sentía que ya había dado demasiado y que debía poner en riesgo todas las seguridades del estatus y la aceptación; experimentar con tecnología, con otras formas de producción, con otras culturas y cuerpos. Reinventarme para crecer. Siendo una coreógrafa tan alimentada de la realidad circundante, necesitaba un cambio, con realidad incluida.

¿Por qué te fuiste de Filadelfia?
En Filadelfia nunca estuve con carácter permanente por lo que tampoco me fui. Filadelfia es una de las mejores ciudades para la danza contemporánea en Estados Unidos. Allí decidí pasar un curso de primer mundo mientras hacía un Master en danza.
Allí estrené obras para la compañía BoanDanz Action, que fundé con bailarines americanos. Con ella, realicé giras internacionales y participé en algunos de los más importantes festivales de Estados Unidos. Me proyecté por todo el país y pude absorber, investigar y crear con intensidad todo lo que necesitaba sobre ese mundo postecnológico en crisis (Bush, la guerra de Irak, la crisis financiera del 2008) que me tocó vivir.
Ese período me cambió, me aportó, fue fascinante, pero también me reveló la importancia de tener una misión: “ser mejor que mi misma en sí mismo”, sin la ilusión de que a través de la obra estás cambiando algo afuera, no tiene sentido para mí.
Entonces descubrí que el Caribe aún me dolía y que “el curso” había llegado a su fin.

¿Por qué te quedaste en Santo Domingo?
Me quedé en Santo Domingo porque estoy en el tiempo de dar y el sentido de misión es aquí lo más importante. Cada acción artística que ejecuto está destinada a fundar, formar o enseñar. Aquí soy creadora, curadora, gestora y formadora.
La sed de aprender de los jóvenes con los que formé la Compañía Nacional de Danza Contemporánea del Ministerio de Cultura y el interés de las autoridades, los intelectuales, los artistas y el público por la danza contemporánea me cautivaron. Pero aún más me ha cautivado ver cómo la danza contemporánea ha ganado terreno y respeto en estos siete años.
Me quedé en Santo Domingo porque me da el don de la ubicuidad. Desde aquí puedo seguir interactuando con Cuba y Estados Unidos. Cada año viajo a ambos países, creando, presentando obras y enseñando.
Los territorios conquistados se vuelven un archipiélago alrededor de esta isla.

El ombligo del mundo queda en un país que ya no existe

(Prólogo de la novela El ombligo del mundo, de Jorge Luis García Fuentes)

A Jorge Luis García Fuentes lo conocí a principios de la década de los 80 del siglo pasado. Coincidimos en una ciudad irrecuperable, en un país que dejó de existir. Una gran escenografía de ladrillos y cúpulas se alzaba sobre el antiguo campo de golf del Country Club de La Habana. Era la Escuela Nacional de Arte de Cubanacán y estábamos en el primer día de clases.
Yo comenzaba en segundo año y él en primero. Los reincidentes solo teníamos tiempo para abrazarnos y ponernos al día, después de haber estado sin vernos durante todo el verano. Según él me cuenta, alguien le dijo quién yo era. No nos conocimos por nosotros sino por la música que más oíamos entonces.
Esta parte de la historia a mí se me había olvidado y la recuperé gracias a él, porque mi más viejo recuerdo suyo era en otra parte: en el proscenio del teatro Miramar, escondido detrás de sus sempiternas gafitas a lo John Lennon, recitando en voz alta un homenaje suyo a Aquiles Nazoa. Tenía una agenda soviética entre las manos.
–¿Me dijeron que aquí el fanático de Silvio eres tú? –dice que me dijo. Y yo seguramente que asentí, porque en aquella época blandía las creaciones de Silvio Rodríguez con necio fundamentalismo. “Causas y azares”, “No hacen falta alas” y “Monólogo”, entre muchas otras, fueron la contraseña de nuestra amistad.
Me veo claramente en una de aquellas noches, junto a Jorge Luis, gritando a voz en cuello “¡un helado gigaaaaante!”, mientras Silvio saltaba para ponerle fin a uno de aquellos conciertos que hacía año tras año en nuestra escuela.
Pero más que el teatro y nuestro fanatismo por Silvio, creo que quien mejor nos unió fue la poesía. Los dos empezamos a garabatear versos al mismo tiempo y nos leíamos aquellas primeras cosas una y otra vez, hasta que se convertían en una obra colectiva de tanto manoseo.
Poco después de graduarnos nos perdimos de vista y solo coincidimos una vez más en La Habana. Recuerdo que fue hasta mi casa y le presté unos videocasetes donde había grabado varios capítulos de El narrador de cuentos, la inolvidable serie que protagonizó John Hurt.
Durante todo el tiempo que dejamos de vernos en Cuba, él protagonizó una película ­—Vals de la Habana Vieja (Luis Felipe Bernaza, 1988)— y escribió para la televisión cubana. Nunca más supe de su poesía, jamás escuché su nombre entre los briosos nuevos pinos de la literatura cubana.
La próxima vez que nos encontramos fue en Facebook. Él ya estaba en Hermosillo, México, y yo en Santo Domingo, República Dominicana. Los mapas habían cambiado de color y no pocos países de nombre. Cuba, inamovible, se seguía derrumbando. Nosotros, sin embargo, aún pensábamos muy parecido. Habíamos llegado a las mismas conclusiones por separado.
Gracias a eso recuperamos intacta nuestra antigua complicidad. Ahora los dos sentimos el mismo rechazo por el ciudadano Silvio y coincidimos en la inmensa mayoría de las cosas que se debaten en las redes. Él, desde el desierto calcinante, y yo, desde el Caribe, nos resistimos a abandonar el país imaginario del que nos fuimos.
Ambos nos valemos de las palabras para seguir en Cuba. Lo mismo a través de nuestros respectivos blogs, que en teewts, post o discusiones en la red. Es así que nos reencontramos a menudo. Aunque no nos es posible abrazarnos, el cariño se sostiene a base de coincidencias y hasta de reincidencias.
Hace unas semanas, me dijo que estaba a punto de publicar una novela. La noticia me dio mucha alegría, pero me puse muchísimo más feliz cuando me pidió que escribiera el prólogo. Lo dicho hasta aquí, son los antecedentes fundamentales con los que hice doble clic y empecé a leer El ombligo del mundo.
La imaginación de Jorge Luis fue siempre hiperactiva. Incluso en los trabajos de clase, era incapaz de conformarse con la realidad (o las realidades) que le exigían. Nunca se contentaba con dejar las ideas en su estado natural. Esa es la razón por lo que todo lo que pasaba por sus manos acaba en lo surreal, en el absurdo, en lo apócrifo…
Esta novela no es la excepción. La trama de Jorge Luis no sucede en los trillos del realismo sucio, esos estrechos senderos que tantos cubanos de su generación han dejado prácticamente intransitable. La isla a la que llega el conde Saint-Germain es menos obvia y mucho más alucinante.
Aunque las ruinas físicas y morales del país son inocultables, nos sumergimos en ellas con una cartografía diferente. La búsqueda en Cuba del Umbilicus Mundi se convierte en un hermosísimo homenaje a los signos de identidad que definen al cubano y a los maestros de Jorge Luis, desde Virgilio Piñera hasta Umberto Eco, desde Juan Padrón hasta Steven Spielberg.
Como en las grandes novelas de aventuras —tan injustamente separadas de las grandes novelas a secas—, la trama de El ombligo del mundo salta de épocas, de geografías y de escenarios, hasta lograr que el mundo entero quepa en el interior del teatro Monserrat.
Los antologadores y críticos de la literatura cubana más reciente han ignorado hasta ahora a Jorge Luis García Fuentes. A pesar de que él nunca dejó de escribir y su obra es una de las más ingeniosas, honestas y valiosas de su generación; jamás notaron su presencia. Ante El ombligo del mundo, no podrán seguir siendo indiferentes.
Pero si fue un grave error no incluir el nombre de Jorge Luis entre los mejores escritores de su generación; pero aún será tratar de etiquetarlo y buscarle un lugarcito en un sitio donde ya no tiene espacio. Aunque es una obra escrita por un cubano y Cuba es uno de sus escenarios, escapa a todas las clasificaciones al uso.
Los años de exilio le han ofrecido a Jorge Luis toda la autonomía de vuelo que necesitaba para escribir un libro como este. El autor consigue escaparse con mucha habilidad de lo autorreferencial. También logra liberarse de los agobios de la censura y —sobre todo— de la autocensura.
El ombligo del mundo también escapa a esos vicios y temores que tanto lastran la literatura cubana actual, incluso de autores muy premiados y reconocidos internacionalmente. Más que por un cubano, la novela está escrita por un hombre libre, cual solamente puede ser libre.
En la próxima página comienzan las aventuras, venturas y desventuras del inmortal conde Saint-Germain. Ellas le llevarán a conocer a Álvaro Medina, un historiador de arte que labora como encargado de conservación del teatro Monserrat.
Cuando conozcan a Álvaro, se sentirán como yo el día que conocí a Jorge Luis. A simple vista parecen tipos comunes, pero una vez que se hacen sus amigos, querrán tenerlos cerca por siempre; aunque una isla, un golfo y un desierto medien entre ustedes.
No los demoro más. Sean bienvenidos a bordo. ¡Feliz viaje al ombligo del mundo!
La Loma de Thoreau, 6 de diciembre de 2017