19 agosto 2016

Excubano


Un día como hoy, hace 10 años, escribí el primer post en El Fogonero. Una década después, repito los mismos gestos y las mismas palabras que me convencieron de hacer este blog. Mientras los dinosaurios sigan allí y yo tenga libre acceso a internet, habrá Fogonero. Es mi manera de no dejar de pertenecer a todo lo que me arrebataron.

Cuando un cubano adversa a la dictadura de mi país o, simplemente, decide abandonar la isla en busca de un futuro mejor, de inmediato se convierte en una no persona. A partir de ese momento tiene, además del suyo, otro nombre: traidor, gusano, escoria…
Ayer se hizo viral en las redes sociales una frase de Randy Alonso. A propósito de las Olimpiadas Río 2016, el locutor de la televisión cubana llamó excubano al atleta Orlando Ortega, quien compitió por España y ganó la medalla de plata en 110 metros con vallas.
Entre todas las reacciones que se produjeron, elijo la del cineasta Jorge Dalton en Facebook:
“El deportista cubano Orlando Ortega es y será cubano hasta el final de sus días, corra por España, Nigeria o por el pueblo mas intrincado del mundo. Ese negro lo vi llorar después de su victoria y yo salté de alegría por su triunfo bien merecido, sentí orgullo porque ante todo es y será cubano siempre aunque sostenga la bandera española y cualquier cubano que triunfe fuera, debe ser motivo de orgullo y es también un triunfo latinoamericano. Pude percibir que las lágrimas de Orlando Ortega, no solo eran emotivas por su victoria, por su esfuerzo, por su familia, sino de una honda tristeza por su tragedia personal que tiene que ver con su patria definitiva que es y será Cuba”.
Son tantas las humillaciones, privaciones y restricciones con las que se nacen en Cuba desde 1959, que luego nos cuesta muchísimo adaptarnos a vivir en libertad. Constantemente y de manera involuntaria, nos salen las taras que llevamos con nosotros. Somos reses marcadas por el absolutismo, el radicalismo, el nacionalismo y la demagogia de un dictador que nos dejó a todos sin futuro y a muchos sin país.
Según Randy Alonso, yo también soy un excubano. Y es probable que tenga razón: me quitaron el documento de identidad del país donde nací; para volver a mi pueblo, tengo que pedirle permiso a las autoridades del régimen; en Cuba no puedo tener una casa, ni sembrar un árbol o inscribir un hijo.
Por eso, y por muchísimas razones más, todos los días del mundo le doy las gracias a República Dominicana. Este país no solo me adoptó, también me devolvió la dignidad y todos los derechos que en el mío me habían negado desde que nací. Aquí, aun sin Cuba, tengo la libertad de ser yo mismo… y de sembrar.

15 agosto 2016

ARTURO ARANGO: “Nadie va a entregarles el futuro. Háganlo ustedes mismos, a su medida”

El 19 de agosto de 2006, abrí una cuenta en Blogger y publiqué el primer post en El Fogonero. Para celebrar los 10 años de esta bitácora, le haré pequeñas entrevistas a creadores cubanos que han sido importantes para mí por alguna razón. Quiero que sus palabras se conviertan en mi fiesta.

He laborado en muchos lugares. Aunque pertenezco a la generación X, pudiera considerárseme un pionero de esa obsesión que tienen los millennials por buscar, constantemente, nuevas experiencias. De todos los empleos que he tenido, mi puesto en la mesa de redacción de La Gaceta de Cuba es el que recuerdo con más cariño.
En esta entrevista, Arturo Arango da con la clave: “Más que trabajar, conspiramos”. Como él aún es parte de ese equipo, habla en presente. Yo, al menos mientras le leo, asisto otra vez a los pocos metros cuadrados donde Norberto Codina, Omar Valiño, Arturo y yo hacíamos la revista.
Lo que aprendí allí, sobre todo en las largas conversaciones que teníamos a diario, antes o después de trabajar en el número que nos ocupaba, me ha servido para ser todo lo que he sido los 16 años que llevo fuera de Cuba. Salí de aquel cuartico (que aún está igualito) con una caja de herramientas universales que me han servido en cada nueva cosa que hago.
Durante todo el tiempo que estuvimos sin vernos, la enorme complicidad que Arturo y yo teníamos se fue debilitando lentamente. Hace unas semanas volvimos a encontrarnos y, cuando nos dimos el abrazo de despedida, advertí que mi relación con él, al igual que con Norberto y Omar, trasciende cualquier tipo de vínculo.
Les debo demasiado para tratar de ser otra cosa que no sea lo que fuimos. Esto no es una entrevista, es un viaje de regreso a una parte esencial de mí mismo.

Cuando elegiste 1970, en aquel dossier que hicimos en La Gaceta para despedir al siglo XX, recordaste una noche en particular, la del 19 de mayo, cuando Fidel admitió que los 10 millones no iban. Recuerdo un párrafo en el que Silvio y Pablo cantaban, desde el techo de un camión, “nuestro es también el revés, nuestras serán las victorias”. ¿Qué año elegirías hoy, qué música tendría, qué verso citarías?
Elegiría el mismo año. Fue muy importante en mi vida, como escribí entonces. En enero de ese año, por una cadena de circunstancias, dejé mi ciudad natal, Manzanillo, de unos 60 o 70 mil habitantes en aquella época, y me fui a estudiar a La Habana. Muchas veces me he preguntado quién hubiese sido yo de no haber dado aquel paso. Llegué a la capital con catorce años y una enorme avidez cultural. En Manzanillo mi vida cultural se reducía a leer, ver televisión y escuchar la radio.
La música seguiría siendo de Silvio y Pablo. Más de Silvio. Mientras vivía en Manzanillo, casi toda la música que yo escuchaba era la que ponían por la radio. Ante todo, The Beatles. Luego, el pop español, que era horroroso, pero me lo sabía de memoria y al yo de entonces le gustaba. Ahora, si la escucho, me da gracia, más que nostalgia.
Cuando me fui a estudiar a La Habana, internado, viviendo en mansiones que pertenecieron a la gran burguesía cubana, cambié la banda sonora de mi adolescencia. No había radios, solo televisión. Después la enriquecí, con compañeros de grupo que escuchaban el rock que llegaba por emisoras extranjeras, o asistiendo a pequeños conciertos, que no tenían difusión alguna, de lo que luego se llamó la Nueva Trova.
¿Recuerdas de qué año es “Te doy una canción”? Puede ser del 70, o anterior. Tengo un recuerdo curioso: algún fin de semana merodeaba por El Vedado, quizás con muy poco dinero en mis bolsillos, y descubrí que en el teatro Mella había un festival de artistas aficionados, me imagino que de estudiantes universitarios, con entrada gratuita. Por el escenario desfilaron no menos de tres trovadores que cantaron la misma pieza: “Te doy una canción”. ¿Dónde la encontraron? Ni idea.
En  1970 yo tenía una idea muy primitiva de la poesía. Para mí, poesía era algo con rima, anticuado, con tendencia a provocar actitudes ridículas en quienes se atrevían a declamarla. Te debo el verso.

Compartí mesa de trabajo contigo y sé que gustas de hacer balances. Como ya es tiempo de resumir, me gustaría que —contando lo bueno y lo malo— resuelvas en tres párrafos lo que le debes a cada una de las siguientes experiencias: Casa de las Américas, La Gaceta de Cuba y la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños.
Son tres momentos muy distintos en mi vida. Ingresé en la Casa de las Américas en 1981, con veintiséis años. He dicho en otra parte que todo lo que he escrito luego lo debo a la Casa, pero si hubiera permanecido allí no hubiera podido escribir casi nada. Tuve la enorme fortuna de ser subordinado de Roberto Fernández Retamar, quien no solo es un gran poeta sino un sabio que, casi sin darse cuenta, ejerce el magisterio a tiempo completo.
No tengo maestrías ni doctorados, pero trabajar junto a Roberto por nueve años me permitió aprender muchísimo. Cada conversación con él era una clase. Allí, con él, con los muchos intelectuales con quienes me relacioné, acabé de formar una cosmovisión con la que he sido coherente hasta hoy. Mientras estuve allí, lo malo de la Casa era que se trabajaba demasiado, con horarios cerrados. Eso, sin embargo, me hizo de una disciplina de trabajo que también agradezco. Lo peor de mi trabajo en la Casa no fue ella, sino yo. Pero esa es otra historia.
Si en Casa me formé como hacedor de revistas (revistero, decimos), en La Gaceta de Cuba he podido realizarme durante muchos años. Quizás más de la cuenta. En La Gaceta… el aprendizaje ha sido de otro tipo: estar atento al curso de la cultura cubana, al contexto, a las renovaciones y cambios, y hacerlo con un equipo mínimo, de amigos o de personas que pueden llegar a ser amigos. Más que trabajar, conspiramos.
Hay una parte de aprendizaje en la que tú tienes algo que ver: la apreciación del diseño gráfico. Eso no lo aprendí en Casa sino en La Gaceta…, a la que tú impulsaste en ese sentido. Hemos tenido excelentes diseñadores, pero llegamos a una imagen, a una nueva identidad, por tu inconformidad, por tu buen gusto, por tu insistencia. Si lamento algo de La Gaceta… es que es demasiado cubana. Por su perfil, permite poco intercambio con otros ámbitos culturales.
Comencé a trabajar en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños en 2006. Para mí, era un lugar mítico. Cuando se fundó, yo había terminado mis estudios universitarios hacía nueve años, pero si algo lamenté fue no haber podido estudiar allí. En general, los jefes de cátedra están en la escuela por períodos cortos. Yo cumplí diez años al frente de la Cátedra de Guion.
Creo que en la EICTV recuperé ese ámbito cultural latinoamericano que me falta en La Gaceta…, con el añadido de que no solo estoy en relación constante con cineastas y artistas de todo el mundo, sino también, o sobre todo, con jóvenes. Si en la Casa me formé dentro de un pensamiento descolonizador, la EICTV es, sin dudas, el principal centro de creación descolonizada en este continente.
Es un espacio fundado en la idea de la diversidad, que se alimenta de todas las tendencias, de todas las poéticas, para liberar a los estudiantes, y liberarnos a nosotros mismos, de la hegemonía de una sola de ellas. A eso se le puede llamar libertad.
Como la Casa, la EICTV es muy absorbente, y por eso acabo de renunciar a la dirección de la cátedra. O me liberaba de ella, ya sea parcialmente, o dejo de considerarme un escritor. La Escuela, del 2013 a la fecha, ha atravesado por momentos complicados. Su sostenimiento material es difícil, y requiere condiciones que ahora mismo, en Cuba, son complejas. Pero afrontar esas crisis me ha reforzado mi compromiso con su sobrevivencia, con su destino.

En una entrevista publicada recientemente en El Fogonero, Rafael Rojas asegura que la revolución produjo una relocalización de Cuba en el mundo y una experiencia cultural “que forma parte del legado de los cubanos en el siglo XXI”. El ICAIC, donde se han filmado tres películas con guiones tuyos, jugó un rol decisivo en eso. ¿Cuáles son, para ti, la razones fundamentales por las que una institución tan importante en otras épocas perdió su protagonismo dentro de la cultura y la sociedad cubana?
Cuando se fundó el ICAIC, el Estado cubano podía ejercer un mecenazgo casi ilimitado. Los fundadores del ICAIC, además de cineastas, eran intelectuales que ejercían, de distintas formas, un pensamiento crítico, inconforme, en el que se formaron las siguientes promociones. Pienso, sobre todo, en Alfredo Guevara, Tomás Gutiérrez Alea y Julio García-Espinosa. Podemos discutir virtudes y defectos de cada uno de ellos, pero lo que digo es indiscutible.
Ese ICAIC desapareció a partir de 1991, cuando sacan a Julio de la presidencia. Regresa Guevara, se estrena Fresa y chocolate, pero tanto las personas como el país son otros. En medio de la terrible crisis económica, carecía de recursos para emprender solo la realización de cualquier película, por modesta que fuese, y a la vez dejó de ser un sitio donde se gestaba un pensamiento en torno a la cultura, incluso al país.
Y llegaron las nuevas tecnologías. Hasta los 90, incluso, si querías ser cineasta en Cuba tenías que hacer lo imposible para ingresar en el ICAIC. Desde los 2000, ya no se depende de la institución. No tardaron en aparecer productoras independientes. Como es natural, la mayoría de ellas se probó en cortometrajes.
Hasta que una, 5ta Avenida, produjo Personal belongings, de Alejandro Brugués. Demostraron que era posible. Sin dinero, sin liderazgo, con una plantilla laboral cada vez más envejecida, con normas burocráticas que lo obligaban a producir como en los grandes estudios, el ICAIC comenzó a agonizar.
Su salvación puede ocurrir, pero si se concibe como un centro de gestión del sistema del cine cubano en su conjunto. Es decir, hay que pensar un todo que hoy es muy distinto, y todavía cambiante, para después refundar esa pieza central, imprescindible. Hay muchas ideas en proceso, se han  elaborado documentos ya consensuados con cineastas de todas las generaciones, pero los cambios demoran demasiado.

Aunque mantienes una columna en OnCuba donde comentas con regularidad la Cuba actual, no quiero perder la oportunidad de pedirte un “resumen ejecutivo”. ¿Si tuvieras que explicarle el país a un recién llegado, alguien que no tiene la más mínima idea de lo que está sucediendo, qué le dirías?
Le diría que salga a la calle, camine provincias y barrios diversos, converse con todo el que pueda y saque sus propias conclusiones. Con la pregunta, creo que me sobreestimas. Entre otras razones, escribo esa columna para tratar de comprender lo que sucede en Cuba. En alguno de esos artículos me he inventado personajes alternativos con los que discuto: ambos soy yo mismo, que piensa lo uno y lo otro.

Esta pregunta se me ocurrió por la escena de Madagascar (Fernando Pérez, 1994) que comentamos hace unos días, cuando nos reencontramos. Vuelve a la noche del 19 de mayo de 1970. ¿Si logras encontrar al jovencito Arturo Arango en la multitud, qué le dirías, qué consejo le darías, de qué advertirías a los que iban con él?
Trataría de advertirle que cuide más su tiempo (“¿Dónde queda la vida?”), pero ya sabemos que los jóvenes, los adolescentes, no suelen experimentar por cabeza ajena. Le diría que viva de acuerdo con él mismo, con sus propias necesidades.
Lo que pueda decirle desde la perspectiva de hoy le servirá de poco. Siempre vivimos atrapados en el presente, luchando en el presente, contra el presente. Un error frecuente es analizar acciones, decisiones, sucesos del pasado sin considerar lo que suele llamarse “el espíritu de la época”. Siempre estamos atrapados en ese espíritu, que nos condiciona.
Tengo una novela en proceso, “Después de todo” (“¿Y después de todo, qué?”, canta Jenny con Los Van Van), que puede o debe ser el punto de partida de casi toda la ficción que he escrito o estoy escribiendo. Me di cuenta de que esos libros tenían algunas ideas y personajes comunes, algunas “reincidencias”.
A partir de ahora, advertiré al lector que pertenecen al ciclo “No estaba el futuro”. La idea es que nunca está el futuro; siempre lo estamos diseñando, haciendo. Es otro consejo que puedo dar a aquel muchachito y sus compañeros: nadie va a entregarles el futuro. Háganlo ustedes mismos, a su medida.                                    

10 agosto 2016

SIGFREDO ARIEL: "No solo camino por lo chapeado"

La primera vez que intenté escribir poesía, no había otro poeta cubano que me desafiara más que Sigfredo Ariel. Aunque era apenas cinco años mayor que yo, encontraba versos inolvidables por donde quiera que pasaba, ya fuera en el parque de Ranchuelo, en una calle de Guadalajara o en la playa de Caibarién.
Aun cuando nos hicimos amigos y acabamos queriéndonos mucho, no conseguí dejar de mirarle con la distancia que produce la admiración más sincera, esa que se parece tanto a la envidia. Por él aprendí a darle significados a cosas que hasta ese momento no eran para mí más que lugares comunes o vida cotidiana.
Su natural cubanía me enseñó algo que las escuelas siempre distorsionan y envilecen: ver a Cuba con naturalidad. Le he visto apartar un vaso de ron y escribir un gran poema como la misma facilidad que alguien pide permiso para apuntar teléfono o una dirección.
Caminé junto a él por las más inolvidables oscuridades de La Habana y andamos la ciudad en una misma bicicleta. Mientras yo pedaleaba, él iba gritando cosas que ahora, 20 años después, suenan en mi cabeza con esa armonía perfecta que siempre tiene la melancolía.  

Tuve el privilegio de verte hacer programas de radio. Aunque siempre me admiraba de todo lo que eras capaz de hacer dentro de aquellos pequeños estudios, no fue hasta mucho después que entendí que había sido testigo de un arte que se extinguía. ¿Qué significó para ti ser un hombre de radio?
La radio es un recurso que pertenece totalmente a la imaginación, como yo la entiendo y trabajé en ella durante unos veinte años. Para los periodistas la radio es otra cosa, claro, y para los productores musicales, también.
Yo alcancé los últimos días de un periodo artesanal (que se había iniciado en los años 20) cuando la mecánica formaba parte de la realidad: un tocadiscos que había que engrasar para que no se escuchara el ruido del motor, por ejemplo, la tragedia de las agujas, el enmascaramiento del scratch con agua sobre las estrías… Las cintas magnetofónicas grabadas una y otra vez, los efectos sonoros hechos en el estudio…
Pude hacer todo: dramatizados, programas infantiles, espectáculos con públicos, espacios experimentales, con bastante libertad. Con la digitalización, olvídate, se acabó aquella radio artesanal  para siempre. Sucedió para mí también con la imprenta, que es mi oficio primero. Adiós, son cosas que no existen.

Dulce María Loynaz decía que la poesía era un arte de la juventud. Tú has alcanzado los 50 años y sigues escribiendo poemas espléndidos. ¿Por qué no has podido dejar de escribir poesía, qué diferencias hay entre el joven poeta de “la luz, bróder, la luz” y el poeta que eres hoy?
Siempre me pareció que la Sra. Loynaz inventó eso de la poesía y la edad por dos (o tal vez tres) razones, que son:
1. La poesía no la visitó más tras “La novia de Lázaro”. (A propósito, no era exactamente una muchacha cuando escribió ese poema que alude a un episodio muy fuerte de su vida). Ahí mismo se secó, misteriosamente.
2. La frase era una indirecta con Nicolás Guillén (nacido como ella en 1902), quien muy viejo publicaba de vez en cuando versos en periódicos y revistas. A veces no muy buenos, por cierto. Esa pulla a Nicolás la Loynaz la soltó en Bohemia, cuando la descongelaron tras años de indiferencia (llamemos así al ninguneo) por parte de las instituciones oficiales. Los jóvenes de los 80 comentamos mucho el asunto, nos regocijó el brete.
3. La Loynaz adoraba hacer frases agudas, generalmente amargas. Por teléfono daba unos raspes magnos, en persona, dicen, también. Cuando escribía no tenía un ápice de humor. Tuve poco trato con ella. No me interesó conocerla ni visitar su casa, exigía adoración y eso siempre me ha parecido ridículo.
A pesar de ese axioma de Loynaz que detesto (ya te habrás dado cuenta), hay muchos ejemplos de grandes poetas que han escrito hasta última hora, con edades avanzadas. Pienso, por ejemplo en Auden, y entre los vivos, Leonard Cohen, por poner dos ejemplos, solamente de obras grandes, consistentes. Borges podría ser otro candidato para desdecir el fatalismo.
En mi caso, ahora, con 50, miro al muchacho de “La luz, bróder, la luz” y pienso que hubiera podido hacerlo mejor en la poesía si hubiera estado más atento a sus alrededores (y quizás estudiado, leído más) y no andar metido en tanto loco amorío y en tanta camaradería callejera.
Pero así éramos los chicos de los 80. No lamento nada del pasado, extraño ausencias donde quiera que estoy y me desorientan los cambios extremos que alguna gente experimenta así como así. Creo que por allá adentro soy el mismo. No sé si eso es bueno o no.

Eres el más habanero de todos los provincianos que conozco; sin embargo, algunos de tus mejores poemas convierten en universales las cosas más simples de la vida municipal. Ayúdame a explicar mejor esas dos mitades de Sigfredo Ariel.
Tú sabes que esas cosas no tienen explicación. Hay personas que desmenuzan los caminos y los tratos que la poesía tiene con uno, pero es inútil. Nadie sabe ni sabrá lo que hace la poesía con la cabeza de uno. Siempre he creído, por ejemplo, que escribo con claridad, para que todos entiendan, y tristemente no es así.
No lo comprendía, hasta que años después leí mi primer libro y advertí que algunas cosas quedaban oscuras, incluso para mí. Dice Chesterton que a Robert Browning le pasó algo por el estilo, o peor: olvidó el significado de un extenso poema suyo, dramático.
Sé que en mis poemas aparecen fondas, bares, calles, patios provinciales, pero, mira, andar una noche solo por la calle Colón de Santa Clara no es para mí distinto a caminar otra noche por Diagonal, en Barcelona, o en Carlos III de La Habana.
El escenario no es para mí esencial, sino lo que pasa por dentro de uno. Pertenezco a un grupo de poetas que, aunque parezca otra cosa a la crítica superficial (siempre en Belén con los pastores), somos unos ensimismados colosales.
Hace años escribí una línea al final de un soneto que fue interpretada como un piropo a Santa Clara: «parva ciudad, la única en que existo» que en realidad contiene la idea de que donde exista yo, existe la ciudad, no a la inversa, pues no hubiera salido de allí.

Me es imposible pensar en La Habana (en la Habana que fue mía y perdí, quiero decir) sin que Sigfredo Ariel me pase por la cabeza. ¿Quiénes te pasan a ti por la cabeza cuando piensas en todas las Habana que has perdido?
No sé cómo uno puede vivir con tanta pérdida. No solo hablo de los muertos, que ya son un montoncito. La mayoría de mis amigos se ha ido de Cuba. Son huecos enormes. Siempre pienso en el tiempo que hemos perdido de estar juntos y hacernos bien.
Dependo del amor filial, por eso mis cuentas de teléfono son estratosféricas y aparezco en Facebook con frecuencia. El caso es que, cuando me he ido a vivir a otro país, soy feliz con mis amigos de allá, pero echo de menos a los de acá y los que están en otras partes. Lo ideal sería de vez en cuando ir como un tren lechero por el mundo.
Aunque por ahora vivo en un lugar de La Habana que siempre caminé con gusto, conozco bien, todavía comprendo con cariño y lo disfruto (Centro Habana), la ruina gana día a día un pedazo más, la gente modifica dramáticamente sus casas, sus vidas, como puede, y se modifica a sí misma, claro está.
Me gusta irme al parque Trillo, caminar por la horrible calzada de Zanja. Intento integrarme al entorno, irme al mercado agrícola con sus precios de miedo y oír conversaciones entre personas desconocidas. Pateo Neptuno arriba-Neptuno abajo al menos una vez al día.
Lamento muchísimo que muchos edificios se estén desmoronando, pero veo a partir de las primeras plantas como una voluntad de salir de la ruina y la basura: cualquiera que ande por aquí lo puede advertir, si levanta los ojos. Eso me esperanza, me alegra, me hace pensar que es “La Habana que vuelve”, como se llama una zarzuela del maestro Prats.

Gran parte de la banda sonora de mi vida se la debo a mis abuelos Aurelio y Atlántida, a Bladimir Zamora y ti. La música que sonaba alrededor de esas personas me ha seguido acompañando y salvando. Como apenas nos hemos visto un par de veces en los últimos 16 años, tengo que hacerte esta pregunta: ¿qué música acompaña y salva hoy a Sigfredo Ariel?
Soy afortunado: mi bar de la esquina tiene cada semana al conjunto Chappottín, al Arsenio Rodríguez, a Rumberos de Cuba, que es mi grupo de rumba favorito ahora mismo. Por si fuera poco, cada martes está el Septeto Habanero en la misma calle donde vivo, San Miguel, en el Palacio de la Rumba. La entrada equivale a un dólar, que no es desangrarse.
En casa oigo jazz, sobre todo cool jazz hasta el be-bop, ahí se paró mi tren. Vuelvo de vez en cuando a los sones viejos al modo habanero (Boloña, Nacional, Munamar, Occidente, Apolo, de los años 20), por estos días oigo a Miguel Poveda, Mayte Martín con las pianistas Labeque y otros discos nuevos, claro, que van llegando y uno consigue por ahí.
Me gusta oír demos, maquetas, muchas veces inconclusas o in progress, y luego ver cómo se van completando, en ocasiones, perdiendo zonas, instrumentos, no solo añadiendo. Es bonito que la gente confíe en uno y le dé cosas así para escuchar. Hay dos precios que pagar en esos casos: sinceridad absoluta y discreción total.
Mira, hay un CD que acaba de salir con un concierto en vivo medio olvidado de Emiliano Salvador en Bellas Artes (que tiene un tremendo Llora, de Marta Valdés, piano solo) y espero conseguir en cuanto salga Day Break, de Norah Jones, ahora en octubre. En realidad, oigo de todo, Camilo, me conoces: no sólo camino por lo chapeado.

08 agosto 2016

María

María tenía cinco años cuando llegué a su vida. La primera vez me miró con recelo. La segunda, me dio un beso. La tercera, un beso y un abrazo fuerte. Ya tiene 10 años y dice que cuando está conmigo no le teme a nada. 
El sábado pasado yo iba subiendo por un estrecho tablón a la parte alta de la cabaña que estamos construyendo, cuando oí que Diana gritó asustada; María venía detrás de mí. Una de las cosas que más disfruto es verla andar por el campo, subiendo lomas o explorando cañadas. 
Poco a poco, le he ido regalando palabras de mi infancia campesina que ella ahora usa a menudo. Todas las noches se mete en nuestra cama hasta quedarse dormida, entonces yo la llevo cargada para su habitación. En el camino, siempre se despierta, me da un beso y me dice que me quiere mucho. Cuando llegamos a su cama, le digo "¡Entra, guabina*!" y, mientras la arropo, ella se vuelve a dormir con una sonrisa cómplice. 
A veces, cuando vamos camino a la loma, ella se pone a identificar árboles y cada vez que acierta me mira para que yo me sienta orgulloso. Y en verdad lo estoy, porque sé que algunas de las cosas que le he enseñado le servirán para ser útil y buena. Ella, a cambio, me hace feliz todos los días.

*"La guabina" es una antigua guaracha que Cheo Portal Nodal cantaba, acompañado por una pita y una lata, en las estaciones de trenes de Las Villas. Yo me la aprendí por mi abuelo:
La mulata Celestina
le ha cogido miedo al mar,
porque una vez fue a nadar
y la mordió una guabina.
Entra, entra, guabina,
por la puerta de la cocina.
Dice doña Severina
que le gusta el mazapán,
pero más el catalán
cuando canta "La guabina".
Entra, entra, guabina,
por la puerta de la cocina.
Ayer mandé a Catalina
a la plaza del mercado
que me trajera dorado
y me le dieron guabina.
Entra, entra, guabina,
por la puerta de la cocina.

29 julio 2016

RAFAEL ROJAS: “La idea de que la identidad nacional cubana está ‘amenazada’ o en ‘vías de extinción’ me parece conservadora y equivocada”

El 19 de agosto de 2006, abrí una cuenta en Blogger y publiqué el primer post en El Fogonero. Para celebrar los 10 años de esta bitácora, le haré pequeñas entrevistas a creadores cubanos que han sido importantes para mí por alguna razón. Quiero que sus palabras se conviertan en mi fiesta.

Nunca me encontré con él en Cuba, tampoco hemos coincidido fuera. Aunque intercambiamos emails, tuits, links, saludos y hasta abrazos electrónicos, no puedo decir que somos amigos. Sin embargo, siempre le leo como si fuera alguien muy cercano.
Una vez le oí decir a uno de los intelectuales cubanos que suelen ser identificados como parte de la oficialidad de la isla, que Rafael Rojas era la mente más organizada que había dado nuestro país después de José Raúl Capablanca. Lo curioso es que lo dijo en un momento en que trataba de quitarle la razón a una tesis suya.
Encima de mi mesa de trabajo solo tengo los libros que más reviso, la mayoría tratan sobre la naturaleza de Cuba o República Dominicana. También tengo los Diarios de José Martí (los uso como una guía del territorio en el que vivo) y todo lo que he conseguido de Rafael Rojas.
Al no estar en mi país, al no poder entrar y salir de mi cultura como quisiera, nadie me mantiene más atento que él.    

La historia que nos enseñan en las escuelas cubanas está trucada y a veces hasta trocada… Por eso tus libros, al menos a mí, me han servido para ir llenando vacíos. ¿Cómo se gestó en ti la desconfianza, en qué momento dejaste de creer en lo que nos contaban los vencedores?
No sé si la palabra desconfianza capta correctamente las primeras dudas y cuestionamientos frente a la historia oficial, que creo haber sentido desde mis años de estudios de Filosofía en la Universidad de la Habana, a fines de los 80. Mi interés por intelectuales de la tradición liberal o republicana de la isla, como Francisco de Arango y Parreño, José Antonio Saco, Enrique José Varona, Fernando Ortiz y Jorge Mañach, surgió en aquellos años. Diría que mis primeras reacciones contra el discurso hegemónico adoptaron la forma de una demanda de mayor pluralidad en la historia de las ideas que se hacía entonces en Cuba.

A menudo los cubanos comparten en las redes sociales comparaciones de la República con la Revolución. Aun en los balances más insulsos, la primera mitad del siglo XX parece haber sido mucho mejor aprovechada que el periodo que va desde 1959 hasta hoy. ¿Cuál es, para ti, la manera más objetiva de cotejar las dos mitades de la Cuba contemporánea?
Tu pregunta parte de una premisa fundamental: reconocer que el tiempo moderno de Cuba está partido en esas dos mitades, la republicana y la revolucionaria, sin obviar las diferencias entre ambas entidades. Lo que llamamos “periodo republicano” fue una sucesión de gobiernos democráticos y autoritarios, de soberanía limitada o intervenida, de corrupción y demagogia, pero también de crecimiento económico sostenido, de riqueza cultural, de modernidad de la esfera pública y de dinamismo de la sociedad civil.
Lo que entendemos por periodo “revolucionario” no es, a mi juicio, algo equivalente a una “Revolución” de 57 años, como sostiene la propaganda gubernamental, sino a un cambio, en efecto, revolucionario, producido entre los años 60 y 70, que es sucedido por un nuevo Estado y una nueva sociedad, que entran en crisis en los 90 y que dos décadas después de la desaparición del sistema soviético, que fue su referente y soporte, colapsan.
En mi opinión, el balance en términos económicos, jurídicos y políticos es favorable al periodo republicano, pero no tiene sentido ignorar que la mitad revolucionaria produce una relocalización de Cuba en el mundo y una experiencia cultural e, incluso, moral, en forma de politización utópica o de resistencia o compensación del totalitarismo, disidencia, crítica o exilio, que forma parte del legado de los cubanos en el siglo XXI.

Muchos afirman que la nación cubana, como la industria azucarera o La Habana, está en ruinas. ¿Cómo valoras el estado actual de los intangibles que ayudan a definir lo cubano?
He llegado a la conclusión, tal vez por mi formación filosófica e histórica, que las naciones, especialmente las americanas, que surgieron de procesos de descolonización, no decaen o se agotan sino que mutan y se transforman. La idea de que la identidad nacional cubana está “amenazada” o en “vías de extinción”, que leemos sintomáticamente en medios de la isla y del exilio, desde perspectivas, naturalmente, antagónicas, me parece conservadora y equivocada.
El país de las ruinas, las tribus urbanas, el reggaetón, el paquete, la desigualdad creciente, los nuevos ricos, los empresarios y los burócratas, la precariedad y la represión, pero también de Yoani Sánchez y Jorge Enrique Lage y Ahmel Echevarría, de Los Carpinteros y Tania Bruguera, de los nuevos documentalistas y Harold López Nussa y Michel Herrera, no es la negación de lo nacional sino su nueva fase.
Prefiero pensar que el problema cubano es centralmente político —la ausencia de democracia— y no cultural porque confundir la crisis del Estado con el colapso de la nación conduce, alternativamente, al nacionalismo o al nihilismo.  

 ¿Qué tiempo hace que no vuelves a Cuba? ¿Cómo se piensa tanto en Cuba (y hablo de ideas, no de nostalgia) sin poder poner un pie en ella?
Mi último viaje en condiciones normales a La Habana fue en 1994, cuando pasé unas vacaciones allí, mientras estudiada el doctorado en Historia en El Colegio de México. En diciembre de 2009 recibí un permiso humanitario de cinco días para visitar a mi padre, antes de morir, en el hospital Ameijeiras.
No siento que en esos pocos días haya estado realmente en La Habana. Estuve en otro lugar y no, precisamente, porque la ciudad me resultara ajena. Sabía que viajaba a un sitio muy distinto al que dejé veinte años atrás. Pero no creo que la distancia o la ausencia imposibiliten el conocimiento o la intervención pública sobre un país, menos en el siglo XXI.
Hay un “saber de ausencia”, como diría Gustavo Pérez Firmat, que se intensifica con la fisonomía migratoria de nuestra época. Para mí, el trabajo intelectual sobre Cuba forma parte cada vez más de la observación y el estudio de la realidad latinoamericana y caribeña. Es algo incorporado a mi práctica académica y crítica con total naturalidad y soy consciente de que la globalización lo facilita.   

En tu libro Isla sin fin reproduces un graffitti habanero: “Letrados sin ciudad por un patriotismo suave”. Si ahora mismo pudieras escribir en una pared de La Habana, ¿qué pondrías?
“Lo perdido, lo irremediablemente perdido, sólo se recupera por medio de la escritura”, una frase, más o menos, de Roberto Bolaño.

23 julio 2016

La paciencia del águila harpía

(Escrito para la columna Como si fuera sábado de la revista Estilos)

El águila harpía es la especie del reino animal que cuida por más tiempo de sus crías. Esta rapaz, considerada la más poderosa del mundo, invierte hasta cuatro años en una camada. Durante todo ese tiempo, se hacen cargo de entrenar y alimentar a los futuros cazadores.
Llega un punto en que los hijos son del mismo tamaño que los padres (hasta dos metros de envergadura) y su manutención se hace cada vez más agotadora; pero eso no desalienta al cabeza de familia, que recorre a diario enormes distancias en busca de monos y perezosos para sus crías.
Ese gigantesco esfuerzo para que sus hijos reinen en los cielos del bosque tiene una fecha límite. A los cuatro años, si alguno no ha sido capaz de valerse por sí mismo, es sacrificado por su propio padre; quien se asegura de que su pareja ponga huevos y comience otra vez el exigente arte de formar a un águila harpía.
En mi infancia tuve dos figuras paternas: mi abuelo Aurelio Yero y mi padre Serafín Venegas. Eran individuos totalmente diferentes, por eso acabé teniendo —como el personaje de Italo Calvino— dos mitades. Hay un Camilo que se parece mucho a mi abuelo y hay otro idéntico a mi padre.
Aurelio murió en 1987 y Serafín en 1993. Eso no ha impedido que mi vínculo con ellos se mantenga intacto y los tenga presentes en cada uno de mis actos. Mi abuelo era ferroviario, pero amaba el campo. Cada vez que siembro un árbol, le agradezco que me inculcara el amor a la tierra.
Mi padre era un gran aventurero (de hecho fue guerrillero, participó en la lucha contra Batista junto a Camilo Cienfuegos, de ahí mi nombre); cuando ando por el monte, le agradezco poder disfrutarlo como lo disfruto. A mis 49 años, cada vez que hago algo mal, pienso en ellos y me avergüenzo.
Cuando era joven, me empeñaba en encontrar las cosas que me diferenciaban de mi abuelo y mi padre. Una vez tuve una discusión enorme con Serafín, quien solo leía diarios de campaña y libro de aventuras. Con ínfulas adolescentes, traté de imponerme leyéndole una cita de “Padres e hijos”, la novela de Iván Turguénev.
—Eso será así en Rusia —me respondió—, pero en Manicaragua las cosas son diferentes y mucho más sencillas.
Cuando mi abuelo enfermó, le producía una gran impotencia no poder ocuparse de sus vacas. Era muy meticuloso en todo y no soportaba que se hicieran las cosas de otro modo. Un tarde me pidió que llenara la tina donde le daba de beber a su ganado.
Le gustaba hacer eso lentamente, para que el asiento del fondo no se revolviera. Cuando se dio cuenta de que yo estaba tratando de acabar rápido, me llamó la atención.
—¡Así no! —me advirtió— ¡Así no!
No le hice caso. Cuando la tina estuvo llena, lo miré y sacudí las manos en el aire. No dijo nada. Se levantó trabajosamente (estaba recién operado de un cáncer), bajó hasta el potrero y le quitó el tapón a la tina. Cuando estuvo totalmente vacía, empezó a llenarla a su ritmo.
Tengo sus fotos en mi escritorio. Cada vez que abro una botella de ron, pienso en ellos y, dentro de mi cabeza, les brindo. A menudo, cuando trato de tomar una decisión difícil, intento buscar en mis recuerdos alguno de sus tantos consejos.
El día que vi en Netflix el documental sobre el águila harpía, también pensé en mis padres. Es probable que por momentos tuvieran deseos de matarme; pero, a diferencia de lo que hace la rapaz, no me entrenaron para reinar, les bastaba que fuera honrado y bueno.
En lo esencial, creo que ninguna de mis dos mitades los ha defraudado. Por eso, aunque ya hace mucho que no están, siempre celebro junto a ellos el Día de los Padres.