Una vez le oí decir a Dulce María Loynaz que se era poeta hasta los 40 años. "Uno puede seguir escribiendo poemas a partir de esa edad —recuerdo que advirtió—, pero ya sin el estado de gracia que se tiene cuando se es joven". A mis 47, aún tengo la recurrente necesidad de escribir versos.
Cuando cuelgo un post en El Fogonero o me siento a contar una historia, mi principal objetivo es compartirlo con los lectores que pasan por el blog o los que luego alcanzarán a tener el libro. Los poemas, en cambio, se me ocurren y punto. No es algo que me propongo o planeo.
Ese es el caso de este poemita, uno de los últimos que escribí en 2014. Estábamos haciendo las maletas, ya era hora de irnos, y el tipo insistió tanto que me tuve que sentar a escribirlo. No me preocupa si es bueno o malo. Lo que disfruto es la constancia, el hecho de que quede por escrito un acto tan efímero e indescriptible.
Dulce María Loynaz fue una mujer muy lúcida hasta el fin de sus días. Sus frases eran acertadas y tajantes, como los machetazo de su padre. Sin embargo, creo que respecto a la fecha de vencimiento del poeta estaba equivocada.
ESTA NOCHE SUBIREMOS A LA MONTAÑA
Esta noche subiremos a la montaña.
La idea es llegar
antes de que las aves
hagan caer los restos de la tarde.
Allí nos espera el final de diciembre,
los días y las noches
que el año sirve a la mesa
antes de marcharse.
Estaremos allá arriba lo suficiente.
No queremos volver
hasta asegurarnos
de que todo aquí abajo haya acabado.
Ya le pusimos punto final a las dolencias
y al inexplicable desasosiego
que nos produce,
al final de diciembre,
el recuerdo
de aquella vez
—hace ya medio siglo—
en que enero
salió de la neblina
y destruyó todo
lo que habían servido a la mesa.



