25 octubre 2013

NG, la bandada

En Cuba, a finales de los 80, el flautista José Luis Cortés armó una orquesta con una nueva generación de músicos. Aquella idea acabó llamándose NG la Banda y, a principios de los 90, revolucionó la música cubana. Algunas de sus piezas componen el soundtrack de aquella gran depresión que nombraron con un eufemismo: Período Especial.
Admito que durante muchos años fui muy pesimista. Creía insuperable la crisis moral y ética que dos décadas de parálisis habían dejado en los cubanos. Se me hacía difícil creer que una generación, que nació y creció dentro de la sobrevivencia extrema, pudiera reponerse a eso. Calculé mal. Subestimé a los míos. Afortunadamente, me equivoqué.
Por primera vez, en muchísimos años, Cuba produce en mí alguna esperanza. Durante los 7 días que estuve en mi país conocí a una nueva generación de cubanos que, parafraseando la necedad de Silvio Rodríguez, están dispuestos a jugar a lo ganado. Aún con casi todo en contra, ellos trabajan como si disfrutaran del viento a favor.
Es cierto que las ruinas se extienden por todo el país, es obvio que la producción estatal está paralizada, no hay dudas de que todavía se está tocando fondo; pero la capacidad emprendedora de esa bandada de muchachos, que solo reclaman libertad para producir bienestar, me ha devuelto el optimismo.
Ellos están dispuestos a arar el porvenir. Solo necesitan que los viejos bueyes acaben de soltar el arado.

23 octubre 2013

7 días en La Habana

Aterrizamos sobre una tarde espléndida en Rancho Boyeros. Durante los pocos minutos que dura la travesía entre la costa de Batabanó y la pista del Aeropuerto, estuvimos pendiente de la geografía cubana, como si ese mapa que se ve desde lo alto nos sirviera para empezar a entender.
El avión, un Boeing 737-800, estaba prácticamente vacío. En Tocumén, poco antes de que cerraran la puerta de la aeronave, Freddy Ginebra gritó sorprendido: “¡Miren a Omar Valiño!”. Todos pensamos lo mismo, que era otra de sus tantas bromas, que debía ser alguien que se parecía a Omar (con quien nos veríamos esa misma noche en casa de Norberto Codina). 
Pero no, gracias a un retraso de su vuelo de Montevideo a Panamá, el azar nos reunió antes de tiempo. Las azafatas quedaron conmovidas con tantos abrazos y efusividad. Quizás por eso fueron aún más generosas. No faltó whisky en ninguno de los vasos durante las dos horas y media que duró el trayecto. 
En Santo Domingo y luego en Panamá le había hecho una advertencia a Alejandro Aguilar: el problema de la llegada son los colores. No lo volvimos a comentar en tierra, pero era obvio que él estaba reparando en eso. Lo vi buscando los colores reales de nuestro país dentro de esa inexplicable sucesión de ocres y sepias. 
Omar, solidario, esperó a que hiciéramos todos los trámites y rentáramos el carro. Como llegué a Cuba sin Diana, estaba doblemente torpe. Por eso no encontré el iPad y puse un disco sin marcar que llevaba en el bolsillo de una maleta. Resultó ser el último de Santiago Feliú. Con esa música nos recibió La Habana: 
“Son unos pocos días/ prestados por el tiempo,/ la suma de restar/ las cicatrices de los más tristes momentos./ La vida es una sola/ entre todas las vidas,/ una esperanza gris,/ un pestañear y un beso,/ una melancolía,/ un niño de regreso./ La vida siempre así:/ qué te pudiera yo decir más de la vida”, dijo Santiago sin que nosotros nos atreviéramos a interrumpirlo. 
Cuatro días después nos quedamos varados. Al final fueron siete días en La Habana.

15 octubre 2013

Hasta más ver


La idea del viaje surgió en un segundo, pero lo hemos estado preparando por semanas. Cuando Alejandro Aguilar nos dijo que viajaría a La Habana junto a Freddy Ginebra, para presentar el Premio Internacional de Novela Casa de Teatro 2013, Diana y yo nos miramos a los ojos.
El iPad estaba encima de la mesa, junto a los Brugal on the rocks. Armamos el itinerario mientras Diana compraba los boletos en la página de Copa. Aún no se había consumado la transacción y ya no teníamos ni siquiera una hora libre. Para celebrar la súbita decisión insistimos en el nuevo disco de Calamaro.
Aunque estaremos muy poco tiempo, no puedo viajar a Cuba sin ir a ver a mi Paradero de Camarones. Será la ida por la vuelta. Quiero que Alejandro conozca a los personajes y los escenarios de los que le hablo con tanta insistencia cada vez que nos emborrachamos (algo que también hacemos con cierta insistencia).
Como en Cuba no me queda más que un tío, cuatro primos y un candado en la puerta de la que fue mi casa, lo que siempre persigo a mi regreso son los abrazos: Aldo, Lizandra y Alahím Yero, Lázaro Venegas, Milvia Hómen, Dalgis López, Norberto Codina, Omar Valiño, Emilio Comas, Alex Fleites, Cuty, Leonardo Padura, Arturo Arango, Bladimir Zamora, Luis Lorente…
Hay algo más. Llegaré solo a La Habana. Me encontraré con Diana al día siguiente. Esperar por ella en Cuba es algo en lo que nunca había pensado. Pero el azar, como dijo el viejo Serrat, es más caprichoso de lo que siempre somos capaces de calcular.
Hasta más ver. Mientras tanto, búsquenme ahí, en cualquiera de esos pixeles.

07 octubre 2013

Calle Obispo


Cuando llegues a la calle Obispo
y el olor a gas de La Habana Vieja
comience a mostrarte
las ruinas de nuestro viaje,
no te distraigas demasiado.
Fijate bien
en los cristales empañados,
en uno de ellos
encontrarás la cara de sorpresa
de un muchacho de provincia.
Desgreñado y escurridizo,
como un gorrión municipal,
te veré pasar de mi brazo.

Muerto de envidia, Diana,
les estaré diciendo adiós.
Tú pasarás tan entretenida
con el Camilo que soy,
que no me advertirás,
mucho más joven
y bueno,
libre todavía
de todos los naufragios
que me pervirtieron.

Ah, si lograras verme,
mujer mía,
si por un segundo
advirtieras
que ese infeliz,
flaco
y desharrapado,
es lo mejor
que te puedo ofrecer
de todo lo que te espera.
Nada que haga
de ahora en adelante
será más puro
que la mirada
ojerosa
y
tierna
que verás
en los cristales empañados.

05 octubre 2013

Cuando las aves de paso se quedan para siempre


(Escrito para la columna Como si fuera sábado, de la revista Estilos. La imagen es una obra del artista dominicano Jorge Pineda)

Hace dos semanas, una sentencia del Tribunal Constitucional de República Dominicana convirtió a generaciones enteras en aves de paso. Ese plumazo, que parece dado en las postrimerías del siglo XVIII y no en el XXI, niega lo innegable, insiste en dividir y delimitar lo que la realidad ha juntado.
Es comprensible, se trata de una élite que se resiste a asumir su verdadera identidad y hace lo que tenga que hacer para creer que son la que desean ser. Ya una vez Rafael Leonidas Trujillo se inventó una raza: el indio. Ese eufemismo le servía para sentenciar que el color de muchos dominicanos no era como se veía, sino como él se lo imaginaba.
En el libro “Duarte en mi corazón de niño”, Juan Gilberto Núñez apela a una ingenuidad realmente infantil para que nos creamos que Juan Pablo Duarte era un rubio de ojos azules. Es así que suplanta al prócer mestizo, que promovió el (re)nacimiento de una verdadera nación dominicana, por una especie de káiser tropical.
A propósito de la sentencia del Tribunal Constitucional, tratando de justificar lo injustificable, un legislador se hizo una pregunta en Twitter: ¿Quien define la nacionalidad, los poderes públicos de República Dominicana o los poderes foráneos?
Aunque el principio de funcionamiento de las redes sociales es el diálogo, el congresista no respondió ninguna de las interacciones. Aun cuando el cuestionamiento solo se refería a la nacionalidad que se asienta en los documentos oficiales, no dejaba de tener una implicación cultural. Es en ella que me centraré.
No habrá Senado, ni Congreso, ni Presidente ni Dios que pueda hacer de esta media isla lo que no es. La cultura y las identidades de una nación no son legislables, tampoco pueden acatar una sentencia ni ser administradas o modificadas de acuerdo a los intereses o las ilusiones de una élite.
Uno de los libros que mejor me han explicado a República Dominicana es “La isla tal como es”, la respuesta de Rafael Emilio Yunén a esa falacia que Joaquín Balaguer llamó “La isla al revés”. Esas pocas páginas de Yunén merecen estar en todas las escuelas del país. Serían de una gran ayuda para que los estudiantes entiendan lo que son y dónde viven.
Llama poderosamente la atención que, el mismo día que el Tribunal Constitucional de República Dominicana sentenció que aquí el futuro debía permanecer atado al pasado; en Alemania, ¡en Alemania!, eran elegidos 34 diputados extranjeros para ocupar puestos en el Parlamento. La mayoría de ellos son emigrantes africanos.
No hay un solo lugar de la geografía dominicana donde uno pueda permanecer ajeno a la inmensa y riquísima diversidad cultural de este país. Pocos lugares en el planeta presumen de un mestizaje tan definitorio y rotundo.
Váyase a la región que se vaya, sea en la dirección que sea, en esta mitad de la Isla de La Española se hallarán los frutos incuestionables de la multiculturalidad. Probablemente lo más arduo aquí sea encontrar rubios de ojos azules como el Duarte que trataron de pintarnos, amparados en la ausencia de una iconografía real.
Aunque se trata de una élite muy reducida, han logrado una increíble capacidad para imponerse a lo largo de la historia, desde la atroces años de la dictadura de Trujillo hasta nuestros días. Por eso es difícil imaginar cuándo las aves de paso dejarán de serlo.
El día que eso cambie, podremos hablar aún con más orgullo de los éxitos y los logros de la diáspora dominicana en Norteamérica. Aquellas aves de paso que sí pudieron quedarse para siempre, sin que nadie tratara de quitarles el derecho a volar.

25 septiembre 2013

Rebelión en la granja


Este fue uno de mis juguetes preferidos. Volver a verlo me ha producido una gran alegría. Gracias al blog Cuba Material, donde se atesoran verdaderas joyas de la antropología cubana, pude armar por piezas algunos de los momentos más felices de mi infancia.
Los que fuimos niños en la Cuba de los 60 y los 70 teníamos derecho a 3 juguetes al año. Siempre llegaban en julio (para que quedara claro que no tenían nada que ver con los Reyes Magos) y estaban divididos en categorías: básico, no básico y dirigido.
La granja fue uno de mis primeros básicos y casi de inmediato se convirtió en una estación de trenes. Los animales viajaban por toda la casa en un largo carguero que me hizo mi padre con pedazos de madera y latas vacías de puré de tomate, sardinas y Spam (aclaro esto para que se imaginen los vagones).
Las cercas eran los límites de mi patio ferroviario, el camión y el carretón repartían a domicilio los paquetes que llegaban en el vagón de equipajes, el tractor era usado para reparar las vías (que se extendían desde la sala hasta la cocina) y el estanque de los patos era el jardín por el que entraban los viajeros.
La cosechadora se ocupaba de mantener las líneas principales y los ramales libres de malas hierbas. En Hong Kong diseñaron una granja modelo, pero eso era algo muy difícil de entender por un niño rodeado de cañaverales por todas partes.
La caja sugiere un modo de disponer las 103 piezas, pero jamás le hice caso. En el mundo ferroviario los límites se establecen de una manera diferente y eso fue lo que hice. Les presento a la Estación Central de mi infancia. Noten el túnel que tiene debajo del balcón, de ahí salieron todos los trenes que conduje mientras fui niño.