08 enero 2013

Tiempos de exposición


Enrique Meneses, el célebre reportero español, fue el primer fotógrafo extranjero que subió a la Sierra Maestra. Sus imágenes de la guerrilla y sus líderes contribuyeron a generar el fetichismo que siempre envolvió a la revolución cubana.
Por estos días, con la excusa de su muerte, se han reeditado algunos de los mejores reportajes gráficos de Meneses. Junto a los retratos de reyes, artistas y líderes de toda calaña, se encuentran los rostros de los hermanos Castro, el Che Guevara y Camilo Cienfuegos.
Cubadebate no se quiso quedar atrás y publicó las imágenes cubanas del español, acompañadas por un reportaje de El País y algunos pies de fotos. En uno de ellos, se recuerda que “Meneses presumía siempre de buen pulso y de no necesitar el flash”.
Fue así que logró esa magnífica instantánea donde Fidel redacta un mensaje en medio de la noche del campamento, mientras una mujer le alumbra el papel con una vela. Fueron necesarios 60 segundos de exposición, durante los cuales el fotógrafo no pudo hacer el más mínimo movimiento.
Muchas de las imágenes de Enrique Meneses han sido reproducidas hasta la saciedad por el régimen cubano. Ellas son parte esencial de la iconografía revolucionaria y han apuntalado, con su simbología, un tiempo de exposición mucho mayor.
Durante 53 años los cubanos han tenido que permanecer inmóviles y evitar el más mínimo gesto contradictorio. Esa hemiplejía también ha afectado a la nación, que medio siglo después exhibe un paisaje de ruinas vergonzosas. Es cierto que la foto de Meneses no salió movida, pero contribuyó a que nos paralizaran a todos.

05 enero 2013

Mis aniversarios


Desde niño me vi forzado a celebrar aniversarios ajenos. Natalicios, desapariciones, caídas en combate, desembarcos, batallas, victorias, derrotas… Demasiadas fechas se vitoreaban en mi país sin esperar ni siquiera por los años redondos.
De un tiempo a esta parte he empezado a celebrar aniversarios propios. Me ocurre a menudo con sucesos que cambiaron mi vida (o las de todo el mundo) y que han cumplido muchísimos años a una velocidad que me produce vértigo. No hablo de hechos históricos, me refiero a cosas más esenciales aún.
El día que descubrí en una vidriera el DVD por los 20 años de ET me quedé paralizado. No podía ser que aquella fría noche del cine Justo, en el Paradero de Camarones, anduviera ya tan lejos. Algo parecido me sucedió con La guerra de las galaxias. ¿Cómo es que esas obras siguen intactas mientras yo envejezco tanto?, me he preguntado muchas veces.
Desde hace unos días un disco que suena sin parar en mi iTunes. Es el concierto donde Fito Páez celebra el XX aniversario de El amor después del amor. Recuerdo claramente el día que una grabación pirata del álbum original cayó en mis manos. Mi hija estaba por nacer y La Habana comenzaba a derrumbarse.
Oyendo esas canciones armé su cuna, pinté su cuarto y la dormí en mi pecho por primera vez.  Pronto Ana Rosario también cumplirá 20 años. Justo ayer, mientras yo oía el disco con unos audífonos, ella entró a mi habitación y se acostó a mi lado. Puso su cabeza en mi hombro y se hizo la dormida.
El amor después del amor tal vez se parezca a eso. Ya nadie puede forzarme a contar aniversarios ajenos, pero los míos los celebro por todo lo alto. Tipos como Fito me han enseñado a que no se puede vivir sin ellos.

04 enero 2013

El secreto como estrategia


Una vez mi abuelo me contó sobre un tren muy raro que pasó por el Paradero de Camarones. Un día antes de su llegada, un hombre que jamás le dirigió la palabra se le sentó al lado, con los codos apoyados en la mesa del Jefe de Estación, a medio metro de los teléfonos.
En los puentes, alcantarillas y cruces a nivel también se apostaron individuos igual de silentes. Los niños que entonces tenía mi pueblo, le dijeron adiós al convoy como si fuera cargado de misteriosos juguetes. En verdad eso parecían aquellas cosas alargadas, cubiertas como esculturas sin desvelar.
Luego se supo, por una crisis que estuvo a punto de provocar el fin del mundo, que eran cohetes nucleares. Estoy convencido de que ni el maquinista sabía lo que llevaba su tren. Debió atar los cabos al ver a Kennedy, con tono amenazante, en la televisión.
Aún cuando ninguno había participado en la decisión de convertir a su país en un arsenal atómico, la mayoría de los cubanos salieron a las calles a insultar a Kruschev por haber decidió llevarse los cohetes de regreso a Moscú.
—¡Nikita, mariquita, lo que se da no se quita! —Gritaban con una explosiva mezcla de euforia con ignorancia.
La situación actual de Venezuela y la manera en que se han manejado desde La Habana los partes del paciente Hugo Chávez, me recordó aquella historia de mi abuelo en la que el secreto era la parte más importante de la estrategia.
Esta vez el mundo está fuera de peligro, pero Cuba vuelve a situarse en la misma encrucijada. Los niños que le dijeron adiós al tren con los cohetes velados, se han convertido en prematuros ancianos. El exceso de esperanza les hizo perder hasta la más mínima ilusión.
Aunque la mezcla de sus estados de ánimo ya no es explosiva, tendrá las mismas consecuencias. Al final se verán obligados a salir a las calles a gritar contra alguien, que acabará siendo el culpable de la nueva crisis que les espera si Chávez no responde a los antibióticos.

26 diciembre 2012

Dos cuentos de Navidad


(Escrito para la columna Como si fuera sábado, de la revista Estilos)

María tiene 6 años y le tocó hacer de pastorcita en una obra de teatro. Se trataba de una representación del nacimiento de Jesús en el patio de su colegio. Cuando su abuela se enteró de tamaña responsabilidad, fue a una mercería a comprar cada cosa que se necesitaba para el vestuario.
Trabajaron sin parar durante toda la noche. Con la ayuda de otra abuela, cosieron el traje y los accesorios. Terminaron exhaustas, pero felices. Habían construido, con sus propias manos, eso que luego la niña recordaría como uno de los momentos más inolvidables de su infancia.
Pero al día siguiente María regresó llorando del colegio. Sus amiguitas se habían pasado el día burlándose de ella. Era la única que no llevaba un “traje comprado”. Ataviadas como sultanas, princesas y hasta geishas, no pararon de criticar la sencillez de la indumentaria producida por las ancianas.
Una vez que concluyó la obra, la directora del colegio reflexionó al respecto. Le recordó a todos el verdadero sentido del acto. Lástima que muchos no la oyeron, estaban entretenidos en filmar a sus hijos como si desfilaran por una pasarela.
Casa de Teatro realiza todos los años una cena donde los mozos son artistas, personalidades y amigos de Freddy Ginebra. Los que nos disfrazamos de camareros ese día, apoyamos de manera incondicional los sueños, las locuras y hasta los delirios de Freddy.
Como se trata de recabar fondos para ayudar a los que más lo necesitan, el banquete suele ser los menos importante. En una de las mesas que me tocó atender se quejaron de eso. No entendían que no hubiera bebidas importadas, tampoco que la cerveza no fuera de su marca preferida.
Tratamos de explicárselo en dominicano, en cubano y en colombiano, pero no entendieron ninguno de los tres idiomas. A regañadientes, aceptaron los cocteles que les ofrecimos. Cada vez que nos acercábamos a ellos, nos hacían saber que estaban muy incómodos.
Cuando ya la fiesta se acercaba a su final, aparecieron los niños de la Escuelita Rayo de Sol. Venían disfrazados de ángeles y abrazaron a Freddy para darle las gracias. Todo lo que se había recaudado esa noche era para la Fundación que los acoge.
Los niños provienen de los barrios más vulnerables de Santo Domingo y, por su condición, no pueden articular palabras. Pero repartieron abrazos y besos mesa por mesa. Las luces y la niebla lograban un raro efecto en sus alas de cartón: a veces parecían batir.
Todavía conmovido volví a la mesa de los “disgustados” para ver si necesitaban algo. Todos estaban llorando. No solo se disculparon, también me pidieron que me sentara a compartir un trago. Brindamos por la solidaridad en estado puro, sin echarle ni siquiera  hielo.
En esta época se pone de moda aquel “Cuento de Navidad” que escribió Charles Dickens en 1843. La historia del avaro Ebenezer Scrooge no pierde vigencia ni deja de compungirnos. Pero ya el problema no está en celebrarla, sino en lo que se entiende por su espíritu.
Los centros comerciales y las revistas del corazón han pervertido esta época a tal extremo, que se va convirtiendo en una simulación tras otra. Lo que en un principio fue una lección de austeridad y humanismo, se ha trocado en un carnaval de las ostentaciones.
No hay que ser religioso para creer en pequeños ángeles con alas de cartón. No hace falta saber ningún idioma para entender la mudez de sus abrazos. Esos son los verdaderos milagros de la Navidad. Lo otro es vulgar apariencia, descarado derroche.

23 diciembre 2012

Por esta vez, los premios fueron los premiados


En 2012, Leonardo Padura ha salvado con su nombre al más importante reconocimiento literario de Cuba. De un tiempo a esta parte, el Premio Nacional de Literatura de mi país se había convertido en un penoso inventario de escritores prescindibles.
Con Padura, además, por fin se alcanza una generación que se había evitado durante más de una década. Por culpa de esa tozuda resistencia, el Premio llegó a extremos tan innecesarios como Guane, el más occidental municipio de la Isla.
Ojalá que en 2013 se supere otro trauma más y se incluya entre los candidatos al reconocimiento a cubanos en el exilio. Nada justifica, por ejemplo, que Nersy Felipe ostente el Premio antes que Abilio Estévez o José Kózer. Eso lo entendería hasta el mismísimo Cochero Azul.
Otro acto de justicia fue el Premio Nacional de Edición a Alfredo Zaldívar. En los años 90, cuando la caída del Muro de Berlín derrumbó la industria editorial cubana, las Ediciones Vigía se convirtieron en un refugio, tanto para los escritores emergentes como para los clásicos que aún vivían.
Ni siquiera la mediocridad provinciana logró desalentar a Zaldívar, quien se vio forzado a refundar las Ediciones Matanzas cuando los oportunistas se apropiaron de su taller artesanal. Ahora ya se sabe que el encanto no estaba en los libros hechos a mano, sino en quien hacía posible aquel acto de iluminación.
Gracias a Leonardo Padura y Alfredo Zaldívar ambos reconocimientos tienen más credibilidad y peso que unos meses atrás. Por esta vez, los premios fueron los premiados.