14 agosto 2012

Norge Espinosa

 
Yo no sé si Bladimir Zamora, Ramón Fernández Larrea o Luis Alberto García recuerdan la fecha exacta. Los menciono a ellos tres porque estuvieron vinculados de distintas maneras al suceso. Bladimir lo organizó, Ramoncito lo desorganizó y Luisito llevó a Carlos Varela para que estrenara “Jalisco Park”.
Era uno de los años finales de la década del 80 y estábamos en el primer y último Festival del Caimán Barbudo. Desde todas las provincias de la isla acudimos jóvenes poetas. La única condición era haber publicado en Por Primera Vez, la sección para principiantes de la revista. Recuerdo que ese día, por más señas, conocí a Sigfredo Ariel.
Pero es de otro poeta de Santa Clara que quiero hablar, de un muchacho jovencísimo (en aquel entonces) que recitaba unos versos preciosos y desfachatados, como si pudiera darse un Arthur Rimbaud en la ciudad que posee la isla en el centro. Leyó un poema que se llamaba “Vestido de novia”. Todos aplaudieron mucho. No pocos lloraron.
Norge Espinosa acabó convirtiéndose en un intelectual mayor de edad. Su trayectoria en el teatro cubano ya es tan importante como su obra poética. Sus ensayos, reportajes, críticas y opiniones no pueden dejar de ser tomadas en cuenta ni siquiera por los que piensan diferente a él.
Recuerdo que en los años 90 le ofrecieron dirigir una librería. Era en un sótano de la calle Línea, en El Vedado. No pocas mañanas fui hasta allá para compartir canciones, tragos de ron peleón y cizañas. Hoy pasó por mi muro de Facebook y me dejó un disco de Marta Valdés. Entonces recordé aquel evento cuya fecha solo deben saber Bladimir, Ramoncito y Luisito.
Busqué en el perfil de Norge una foto para acompañar este texto. Ya no se parece tanto al muchachito que conocí a finales de los 80. Ahora es infinitamente más libre, por eso es capaz de vestirse de lo que le venga en gana, incluso de mar.
Busquen su versos, quiero compartir ese privilegio con ustedes.

El otro andén de Camarones

 
La estación del Paradero de Camarones tiene dos andenes. Uno está en la principal, que es la Línea Cienfuegos-Santa Clara, y el otro en el Ramal Cumanayagua (que fue demolido a finales de los años 90). Como el tren mixto retrocedía para internarse por la otra pata del triángulo, ese andén se usaba la mayoría de las veces para apartadero.
Durante meses, ahí pernoctaban los campamentos de reparadores. Cuando estaba desocupado, enchuchaban tolvas en mal estado, vagones que no cabían en el taller de Cruces y hasta locomotoras. Cada vez que eso sucedía, el andén se convertía en nuestra zona de “guerra”.
El Chiqui, Ernesto, Norberto, Gabi, Osiris, Alexis, Wilita y yo nos convertíamos en asaltantes del lejano Oeste o en guerrilleros, capaces de correr y saltar por un estrecho pasillo que tenían las tolvas en el techo. Luego, como premio, abríamos las compuertas y comíamos las piedras del azúcar que quedaba en las paredes.
Solo había dos personas capaces de ponerle fin a aquellas aventuras: Barbarita (la madre del Chiqui) o mi abuela Atlántida. Barbarita prefería un cuje de guásima y mi abuela la chancleta, pero ambas eran igual de efectivas con sus armas. Siempre nos dejaban la marca de su regaño por más de una semana.
Un día entendimos el por qué de aquellas amonestaciones. Estábamos en medio de un encarnizado combate con tirachapas y nos escondimos debajo de las ruedas de unas tolvas. Ni el Chiqui ni yo sentimos el cambio de chucho y el ruido de la locomotora. No nos dimos cuenta hasta el golpe del acople.
Salimos ilesos por centésimas de segundos. Nunca le dijimos nada a nadie. Eso hubiera implicado un castigo de meses. Fue uno de los tantos secretos que dejamos guardados en el otro andén de Camarones, que también tenía túneles y pasadizos donde habitaban un majá y muchísimos hurones.
Ya no está la línea. Ya no pueden pernoctar los campamentos de reparadores. Tampoco es posible dejar vagones o locomotoras en mal estado. Ahí solo circula la nostalgia y ella, ya se sabe, no conduce a ningún lugar tangible.

13 agosto 2012

Mis símbolos patrios

 
No soy de los que cargan con el peso de los símbolos patrios. Nunca he llevado una bandera de Cuba colgada del retrovisor. Cuando suena el himno de mi país en las Olimpiadas, no me aqueja esa excesiva emotividad que suele arrancar lágrimas o producir escalofríos.
El escudo de Las Villas me conmueve más que el de la nación entera. Un arado, encajado en el medio de un campo, para mí tiene un mejor significado que la llave del Golfo. El humo de un central en plena zafra me representa mejor que las ramas de laurel y encina.
Pero si hay dos cosas de mi país que de verdad me estremecen son el cielo de mi provincia y el parque de mi ciudad. Cuando niño, cada vez que mi madre me llevaba del brazo por el parque Martí, cerraba un ojo para poder descifrar la cabeza del Apóstol entre la claridad de los celajes.
Eso hice el día que volví a poner los pies encima de la marca donde, dice la leyenda, acamparon los fundadores de Cienfuegos. Cerré un ojo para mirar en dirección a Martí y, cuando logré enfocar, descubrí que Diana había abierto la verja de hierro y se había escabullido dentro del monumento.
No soy de los que cargan con el peso de los símbolos patrios. Pero tampoco mentiría si digo que casi todo lo que me une a mi país estaba delante de mis ojos, como una postal, dispuesto con la forma que toman las cosas cuando se les necesita para siempre.

09 agosto 2012

Yolanda Farr, la mujer que borraron de Memorias del subdesarrollo

 
Si pregunto quién es Yolanda Farr, pocos de mi generación sabrían decir. Pero si les enseño cualquier fotografía suya, incluso las actuales, la reconocerían de inmediato. Ella, junto a Sergio Corrieri, protagonizó una de las escenas más memorables del cine cubano.
Todo lo que yo sabía de su existencia se limitaba a su nombre, puesto en letras temblorosas, sobre el fondo en el que pasan los créditos de Memorias del subdesarrollo (1968), el clásico de Tomás Gutiérrez Alea. Gracias a un amigo, el cineasta cubano Mario Crespo, conocí el blog donde la actriz española cuenta su vida.
En su más reciente post, Yolanda ofrece detalles hasta ahora desconocidos del proceso de creación de Memorias del subdesarrollo: “Titón sabía bien lo que quería y me hizo ignorar el dialogo escrito para crear una situación más real y humana”, recuerda la actriz.
Cuando por fin vieron el resultado de tantas improvisaciones y horas de trabajo en la moviola, todos aplaudieron. Fue entonces que Titón le pidió un último sacrificio: hacer el primer desnudo del cine cubano. “Si alguien tenía la labia suficiente para convencer a una jovencita entusiasta del cine, ese alguien era aquel hombre serio y profesional cuya labor yo tanto admiraba”, confiesa.
Aunque el desnudo quedó en la versión final de la película, según Yolanda, casi toda sus escenas fueron eliminadas. La razón no fue artística sino política. Poco después de concluido el rodaje, la actriz decidió marcharse de Cuba. Eso provocó un retraso en la fecha del estreno y un cambio radical en la edición final.
“Años más tarde, ya en España, sufrí el shock de mi vida al comprobar que estaba prácticamente eliminada de la pantalla, que casi únicamente quedaba mi voz en off sobre close-ups de Sergio Corrieri y larguísimos planos, cámara en mano, de nuestra habitación desierta”, relata desconcertada.
Años después, otra película de Tomás Gutiérrez Alea sufrió una drástica censura. Algunos testigos reconocen que la idea de Hasta cierto punto era mucho mejor que el resultado final. Afortunadamente, en Memorias… Titón logró soluciones tan ingeniosas que ahora nos cuesta creer que no estaban en su plan original.
¿Cómo sería Memorias… con esa secuencia del Conney Island que Yolanda describe divertida y de la que muestra, en efecto, un gracioso fotograma en su blog? ¿Hubiera sido mejor la despedida en el aeropuerto como se rodó originalmente y no con ese plano que sigue a la actriz de espalda hasta que se sube al avión?
A Titón le exigieron que borrara lo más que pudiera a Yolanda Farr de su película. Algunos de los recursos que ideó para complacer a los censores, a mi modo de ver, hicieron a la película aún más interesante. Pero, ¿cuántas veces sucedió lo contrario?
La obra cinematográfica de Tomás Gutiérrez Alea es lo más importante del cine cubano. El post de Yolanda Farr demuestra que siempre estuvo bajo la presión de la censura, incluso en su obra cumbre. ¿Cómo hubiera sido el cine de un Titón completamente libre? ¿Qué más habría dicho sin la autocensura que cargó sobre sus hombros?
Ahora tengo un nuevo pretexto para volver a ver Memorias del subdesarrollo. Esta vez trataré de imaginarme a la película de otra manera, buscaré el rastro del filme que no le permitieron hacer a Titón.

El Salmón llegó otra vez al final del río

 
Andrés Calamaro está grabando un nuevo disco y eso, al menos para mí, es una gran noticia. La música del Salmón ha sido, en los últimos 12 años, una de mis mayores fuentes de inspiración. Todos los días, en algún momento, oigo algo suyo y eso siempre me reconforta.
A mediados de la década del 80, el rock argentino influyó de una manera decisiva a buena parte de mi generación. Aquellas grabaciones precarias que llegaron a La Habana de Charly García, Luis Alberto Spinetta, Juan Carlos Baglietto y Fito Páez nos enseñaron nuevos significados de la palabra la libertad.
Luego, cuando descubrí a Calamaro, sintonicé por completo con unas convicciones estéticas que reafirman mi identidad. Acabo de revisar el contador de mi iTunes y lo confirmo. Oigo mucho más rock argentino que trovas cubanas (con excepción de Carlos Varela y Polito Ibañez, quienes son referencias y auxilios indispensables).
El estudio de grabaciones de Andrés Calamaro se llama Deep Camboya. Es un homenaje a Apocalipsis Now (1979). La película de Francis Ford Coppola transcurre durante un viaje río arriba, idéntico al que hacen los salmones cuando van a fecundar.
Entre marzo y julio, el Salmón ha registrado más de 200 grabaciones. Según  Pablo Plotkin, de Rolling Stone Argentina, ya hay material suficiente para un nuevo disco. Solo falta que Andrés decida cómo va a compartir lo que aún está inédito (ya ha subido buena parte de ese material a su SoundCloud).
“Ya nadie tiene paciencia ni para escuchar una canción entera –se queja el Salmón–. ¡Es mentira que la gente quiere música gratis en Internet! La gente sólo quiere pagar fortunas para ir a un show a cantar las canciones que conoce”.
Aunque eso es cierto, aún quedamos vivos millones de inquilinos del siglo pasado. Para nosotros sí tiene sentido que esas canciones estén disponibles cuanto antes. Yo no necesito ir a un concierto de Calamaro, de hecho nunca he ido a ninguno, para mí lo indispensable es oírlo.
Vamos, Andrés, hay que ganar todo el tiempo que se pueda. Si Fabio Zerpa llega a tener toda la razón, esos marcianos acabarán copando el mundo a traición.

02 agosto 2012

Los 70 años del maestro Juan Formell

 
Cada generación de cubanos tiene una orquesta de música bailable que la define. Le época de mis abuelos se oye con absoluta nitidez en los discos de Beny Moré. Cada uno de los pasos que dieron mis padres se escucha en los ritmos de la Orquesta Aragón. Todo lo que quisimos ser y todo lo que no fuimos nosotros, suena en cualquier momento de los Van Van.
Desde 1970 hasta la fecha, no hay en mi país nada que describa mejor su cultura sonora que la trayectoria de esa charanga. Una vez le oí decir a Francisco López Sacha que los Van Van eran los Rolling Stones de la música cubana. Nunca más he podido oír a ninguno de los dos sin recordar esa precisa (y preciosa) analogía.
Le deben su nombre a uno de los fracasos más estrepitosos de la revolución cubana. Nacieron en una época en que a Fidel Castro se le ocurrió que era posible producir diez millones de toneladas de azúcar. Para que todos creyeran realizable la quimera, proclamó una consigna: “¡Los diez millones van, de que van, van!”
Al final el mejor producto de aquella zafra no fue extraído de la caña de azúcar sino de la dulzura que emanaba de todos los cubanos. Década tras década, Van Van ha ido descifrando los códigos de un pueblo que baila y luego existe. Ese milagro de creatividad y permanencia se debe a Juan Formell, un genio que hoy cumple 70 años.
No es posible hacer una antología con los éxitos indispensable de los Van Van con menos de 30 canciones. Eso puede dar una idea de las verdaderas dimensiones y la trascendencia de una agrupación que fue definiendo el tumbao de un país, década tras década.
En un chiste popular de los años 80, te preguntaban qué dirían de Fidel Castro las enciclopedias del futuro: “Dictador cubano que fue contemporáneo de Juan Formell y los Van Van”, decía la respuesta. En el momento que surgió parecía un poco exagerado. Pero ahora empieza a dejar de ser cosa de broma.
Al final los Van Van fueron los que de verdad fueron; de que fueron, fueron. ¡Feliz cumpleaños, maestro Juan Formell!