05 julio 2012

Nosotros sí estamos pidiendo poco, Alarcón

No sé por qué siempre me he imaginado a Bartleby, el escribiente, con el cuerpo y las muecas de Ricardo Alarcón. Nunca sabré que extraña analogía se gestó en mi cabeza cuando abrí el libro y, fascinado, entré por primera vez en el despacho del célebre abogado de Wall Street.
Recuerdo que una vez, durante un congreso de escritores y artistas en La Habana, le vi llegar al Palacio de las Convenciones en compañía de tres edecanes. Aquello me pareció una casualidad espeluznante y se lo comenté al amigo que tenía al lado: “Ahí viene Bartleby con Turkey, Nippers y Ginger Nut”.
Si el personaje de Herman Melville fue un precursor del existencialismo y el absurdo en la literatura, el político cubano recondena nuestra existencia con sus absurdos. El jueves pasado, con una parsimonia digna de Bartleby, Alarcón aseguró que Cuba le pide poco a Obama: indultar a los cinco espías.
Cuando menciona el nombre del país, el funcionario se refiere únicamente al régimen que representa. Por eso pasa por alto que los cubanos tienen problemas mucho más apremiantes que resolver. A pesar de la incesante propaganda, la suerte de esos convictos no está entre las prioridades de la gente.
Si el presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular tuviera la misma voluntad que le está exigiendo a Obama, podría resolver de la manera más sencilla un verdadero problema: las humillantes prohibiciones que le impiden a los cubanos entrar y salir de su propio país con libertad.
Eso que estamos pidiendo sí es poco. Pero sospecho que Alarcón tiene una respuesta parecida a la que daba Bartleby cuando le reclamaban algo. El funcionario habla muy bien el inglés, puede repetir con acento neoyorquino la frase original del escribiente: “I would prefer not to”.

03 julio 2012

Miguel Pérez, el Chino

 
Aunque nacimos y nos criamos a unos pocos kilómetros de distancia, lo conocí en La Habana de 1983. Ese año comenzamos a estudiar teatro en la Escuela Nacional de Arte. Miguel Pérez, el Chino, se convirtió en un hermano en apenas unas semanas. Teníamos más de una coartada para eso.
Además de la solidaridad municipal (el Paradero de Camarones pertenece a Cruces), nos unían las mismas concepciones sobre el arte teatral y algunos principios que ninguno de los dos estaba dispuesto a negociar. El Chino era muy talentoso como actor, pero también tenía mucho talento como ser humano.
La vida real (eso que quedaba fuera de los muros de barro cocido de Cubanacán), acabó por distanciarnos. Pero siempre que nos reencontrábamos, nos poníamos al día con un fuerte abrazo y unas pocas frases. Eso no ocurre hace más de 14 años.
He vuelto a dar con él en esta foto. Está teñido de azul y armado con una banderola. Conozco muy bien ese escenario. Es en Cruces, a unos pasos del Prado y la estación de ferrocarril. Me encantaría estar dentro de esa imagen, disfrutando al Chino en lo que más él disfruta: provocar al espectador.
Es probable que cuando nos reencontremos seamos mucho más viejos aún. Pero todos nuestros recuerdos en común sucedieron hace ya tanto tiempo, que volveremos a ser jóvenes de una manera irremediable. Al fin y al cabo aquella escuela, aquella Habana y aquella Cuba, era todo lo que necesitábamos para ser lo que queríamos ser.

29 junio 2012

La casa de Alicia en un pueblo sin maravillas

 
En esa casa vivía mi tía Alicia Gallart. Está en la calle Oriente, en Manicaragua, un pueblo que fue perdiendo cada una de sus maravillas. Alicia era sobrina de mi abuela Atlántida, pero sus hijas Alla, Mermo y Milvia son como hermanas para mi madre. Esa fue la razón por la que Dalgis y Milvis se convirtieron en primas primeras.
Ese portal vacío está lleno de recuerdos fijos, de esos que te vienen a la cabeza sin pedir permiso, el día menos pensado. Allí los adolescentes que fuimos encontramos el espacio ideal para tratar de explicarnos el mundo (en aquel entonces no tenía muro ni puerta).
Estaba tan desolado que no me atreví a entrar. Para poder hacerlo necesitaba la compañía de Dalgis, Osbel, Fernandito, Belkis y Gustavito. Sin ellos, todo eso no es más que una preciosa casa en ruinas. Tampoco tenía sentido pasar si adentro no me esperaba Alicia, con su abrazo de lleno de palabras cariñosas, colonia y talco.
Hablo de la época en que un cubano acababa de llegar al cosmos. Lo poco que sabíamos del mundo exterior, lo decían las canciones que bailábamos en el Dancing Light Baikonur. Manicaragua era un pueblo perdido en una esquina de un sistema montañoso. Para nosotros, en cambio, era el centro del universo.
Cuando uno empieza a envejecer, logra muchas de las cosas con las que soñaba de adolescente. Pero entonces cae en cuenta de que no puede compartirlas con los que provocaron ese anhelo. 
Parado frente a esa casa, con el peso de su silencio encima, esa frustración se me hizo mucho, muchísimo más grande.

28 junio 2012

Aclaración No. 2

La publicación en El Fogonero del post Créeme, Vicente Feliú, cuando te digo que son unos fascistas, ha provocado muchas reacciones. La inmensa mayoría de ellas son de asombro. A nadie en su sano juicio le cabe en la cabeza que un artista inste a un gobierno a censurar y reprimir. 
Aunque los comentarios en este blog no se moderan, una tal Tamara Bunker (¿les suena?) no ha parado de enviarme emails con insultos y amenazas. Siempre empieza conminándome a retirar el post y acaba por mencionar a mi madre, después de asegurar que Vicente Feliú es más hombre que yo.
Lo primero no sucederá jamás. No suelo suprimir ningún post y bajo amenazas, menos que menos. Respecto a mi madre, solo lamento que la tal Tamara (¿será prima de Yohandry?) no la conozca. Es una cubana preciosa que hace los mejores frijoles negros del mundo. La felicidad que le procuro está fuera del alcance de cualquier cobardía.
Por último, creo que Vicente Feliú, en lugar de empecinarse en ser más hombre que nadie, debería concentrarse en tratar de ser mejor trovador que alguien. En mi caso particular, estoy dispuesto a darle mucha ventaja. Tanta, que en un mes cumplo 45 años y aún no sé cómo se toca una guitarra.

José Luis Rodríguez

 
Se convirtió en el jefe de estación del Paradero de Camarones después que mi abuelo se jubiló. Es el padre de Alexis (uno de mis mejores amigos de la infancia. Fuimos inseparables por años). Todas esas canas le salieron un mismo día, cuando el oculista le dijo que ya no podía seguir trabajando en las operaciones ferroviarias.
Lloraba como un niño mientras recogía sus pertenencias: uno manojo de lápices afiladísimos, una poderosa linterna de seis pilas y una regla con el borde de acero (que había sido de su padre, un gallego que también perdió su puesto de jefe de estación en el Machadato, cuando dejaron cesantes a todos los extranjeros).
José Luis me enseñó a despachar bultos por el expreso, a conciliar el boletinero después que pasaba el mixto de Cumanayagua y a dar las vías con arco (lo cual tenía que hacer a escondidas de mi abuela Atlántida, porque los trenes pasaban a mucha velocidad y las locomotoras soviéticas eran muy altas).
Lo encontré en el mismo lugar que lo dejé, a unas pulgadas del televisor (sus problemas de la vista han empeorado), viendo alguna película, la que sea. Mientras hablábamos se oyó el pitazo de una locomotora. No me volvió a hacer caso hasta que cesó el ruido.
Desde su casa no se ve la línea, por eso tiene que intuir lo que pasa leyendo el sonido de los hierros. Aunque hace más de veinte años que se jubiló, la razón de su existencia sigue siendo el ferrocarril. Cuando no tiene un tren delante, lo recuerda o se lo imagina.
No es que quiera irse a ninguna parte, es que necesita decirle adiós a algo. 

27 junio 2012

Nota informativa

 
En estos momentos trabajamos en la edición del libro La vuelta a Cuba, donde se recogen las crónicas del viaje de regreso a la Isla en septiembre de 2011. Algunos apuntes o fotos hechos entonces, han provocado nuevos textos. Como no quiero publicar nada que no esté en el blog, los estoy intercalando entre los nuevos post.
El mayor valor que tendrá el libro impreso será las ilustraciones del artista cubano Ángel Urrely. Su relectura de nuestro viaje ha generado una nueva (re)visión de lo que Diana Sarlabous y yo vimos y vivimos. El proceso creativo con Ángel me ha obligado a revalorizar cosas que antes había descartado.
En la introducción del libro se hace una advertencia que me gustaría repetir aquí. Durante los 16 días que permanecimos allí, no intentamos conocer ni entender la Cuba actual. Las experiencias que tuvimos sucedieron dentro de la ruta que nos habíamos trazado: los amigos más entrañables que quedan en La Habana y los familiares que aún viven en Las Villas y Oriente.
La vuelta a Cuba será el fruto de esos encuentros y de varios cotejos: nostalgia y presente, pasado y realidad, literatura y olvido.