23 enero 2012

Patos de la Florida

El significado de las cosas
se modifica con las geografías.
Allá adentro, en las escuelas,
los cañaverales
y los parques de provincia,
los patos de la Florida
eran los muchachos débiles
y vestiditos de limpio.

Aquellos que no corrían el riesgo
de deslizarse en home
ni siquiera cuando la victoria
se decidía con sus piernas.
Los que no se atrevían
a lanzarse de cabeza
en la ciénaga de un verano.
Los que no tenían valor
para escupir una oreja
o tumbar una paja
en el hombro del abusador.

Allá los patos de la Florida
andaban almidonados
y con camisas de guinga,
sombríos
y silenciosos.
Todo lo contrario
de estas aves bulliciosas
que, aquí afuera,
pasan como proyectiles
a ras del canal,
cortando en dos las señales
de la calle Alhambra
y haciéndose cargo de los ruidos
que tendrá el domingo.

Eso fue lo que vimos
por la pequeña ventana del baño,
cuando buscabas en el espejo
la cicatriz que la lucidez
te ha dejado en el cuello.
Recuerda que me pediste
que enumerara las escuelas,
los cañaverales
y los parques de provincia
de aquel lugar donde
ni siquiera las especies comunes
son capaces de ser lo que su nombre indica.

21 enero 2012

La cocina de Aramís

En la cocina de mis tíos Aramís y Miriam, cerca de Coral Gables, encontré la mayoría de los olores que tenía la cocina de mi abuela Atlántida, en la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones. En verdad son demasiados, desde el cilantro de las sopas hasta la vainilla negra de los flanes.
Pero hay uno que predomina por encima de todos, que flota en el aire como una nube espesa. A las once de la mañana, sin importar la época del año ni el arribo de la más feroz tormenta, el aire de mi pueblo olía a comino. Ese mismo olor invade la casa de Aramís y Miriam a la misma hora.
El café con leche y el pan con mantequilla del desayuno, los frijoles negros y la cherna asada del almuerzo, la sopa de sustancia o el cocido de la comida. Cada sabor, por breve que sea, me sienta de nuevo en la mesa que había en el pasillo, entre la ventana del andén de Cumanayagua y la escalera del patio.
Ayer por la tarde, lloroso por los efectos de la nostalgia y el Jack Daniels, Aramís me contó sus últimos meses en Cuba. Aunque era un perseguido que cumplía tres años de trabajo forzado en el campo, sentía una seguridad indescriptible cada vez que regresaba a su casa y se sentaba junto a su padre frente a un plato de comida.
Entonces entendí lo que me estaba pasando a mí mismo. Más allá de todas las lejanías y pérdidas, la cocina de Aramís me había devuelto aquella seguridad indescriptible que yo sentía, cada vez que volvía y me sentaba a la mesa con Aurelio y Atlántida.

20 enero 2012

Tela metálica

Siempre me ha gustado mirar por las ventanas con tela metálica. Ese filtro tejido que media entre el interior y el exterior, hace que la luz se comporte de una manera diferente en ambos lados. Los colores y las dimensiones de los fondos también se trastocan.
La tela metálica de las ventanas de la estación de Camarones lograban extraños efectos. Como mi abuela Atlántida les había puesto varios parches (estaban tostadas por el sol y se rompían con facilidad), la gente parecía acercarse cuando en verdad se alejaba y viceversa.
Si salía un sol fuerte después de un largo aguacero, se convertían en unas lupas insoportables. No había manera de mirar a través de ellas hasta que el agua se escurría del todo. Mientras eso sucedía, las moscas que se acercaban parecían tan grandes como las que salen en las malas películas de ciencia ficción.
Hace una semana que miro, cada vez que tengo tiempo, a través de esta ventana. Desde ella se alcanzan a ver un pequeño jardín, la confluencia de dos calles, un puente y un canal. Hay un momento, justo al amanecer y cuando comienza la noche, en que las distancias se truecan.
Los patos que nadan a lo lejos, en el canal, dan la impresión de hacerlo ahí mismo, por el aire. En cambio, los vecinos que pasan trotando por la calle se alejan tanto que parecen hacerlo sobre el agua cenagosa. Si se quita la tela metálica, Coral Gables vuelve a la normalidad. Pero, al menos desde aquí, lo prefiero con ese filtro tejido que media entre el interior y el exterior.

19 enero 2012

El cementerio marino

En un punto de la costa de Miami, frente a la bahía de Biscayne, está la Ermita de la Caridad. El pequeño santuario es visitado a diario por cientos de exiliados cubanos. A cualquier hora se puede oír allí ese tajante acento que llevan consigo los nacidos en Alto Songo, Camagüey, Jatibonico, Manicaragua o Isabel Rubio.
Cubanos de cualquier parte son convocados por una mujer vestida de amarillo a la que llaman de muchas maneras. Unos le dicen Caridad, otros Cachita y no pocos Ochún. La mayoría se aproxima a ella a través de oraciones. Pero algunos prefieren un diálogo más directo. Estos últimos la tratan de tú y llegan a ponerle condiciones a cada una de sus súplicas.
Al fondo de la Ermita hay un muro, está después de un césped y aislados cocoteros. Justo allí hay un extenso cartel. Le explica a los visitantes las reglas a seguir con relación al mar. Advierte que está prohibido bañarse, pescar o lanzar cenizas humanas.
Pero la advertencia no ha sido suficiente. Muchos seres queridos se han vertido allí con la esperanza de que alcancen la Corriente del Golfo. Hasta 1959 el más grande cementerio cubano estaba en La Habana. Ahora queda en el Estrecho de la Florida.
En ese cementerio marino yacen los que nunca llegaron y muchos de los que no pudieron volver. Desde su Ermita, la Virgen que llegó a principios de 1961 parece despedirlos. A ella no le importan los lugares de procedencia. Da lo mismo que sean de Alto Songo, Camagüey, Jatibonico, Manicaragua o Isabel Rubio.

18 enero 2012

Los mudos de la pared transparente

Hay una escena de Memorias del subdesarrollo donde los que se van de Cuba no se oyen. Todo lo que dicen resulta inaudible del otro lado de la pecera del aeropuerto. Por más que se esmeran en hacerse entender, solo consiguen que sus interlocutores se encojan de hombros.
En el restaurante Versailles, uno de los íconos del exilio cubano en Miami, se pueden reencontrar muchos de aquellos personajes. Algunos, incluso, conservan intactos los trajes, el maquillaje y los peinados. Es como si el avión los hubiera dejado allí 50 años después.
El único cambio notable es que esta vez se está del mismo lado de las voces. Las conversaciones se escuchan claramente. Incluso los que están en las mesas más alejadas se dejan oír. Los mudos de la pared transparente allí tienen sonido y se ven en colores.
Esos rostros atemporales bastan para responder algunas de las interrogantes que se hizo, en 1967, el protagonista de la película. Es tanta la vigencia de la obra de Tomás Gutiérrez Alea, que muchos de sus personajes no cesan de interpretar el papel que les asignó su circunstancia.
Aun en contra de su voluntad, permanecen dentro del filme, como si estuvieran esperando a que Sergio los mire por el telescopio.

14 enero 2012

Perla Negra

Fue mi embarcación durante casi un lustro. Con ella hice travesías tan memorables como las de Jacques Cousteau. Aunque nuestros mares fueron siempre las rutas dominicanas, logramos rebasar muchos límites. Como aquella tarde en que subimos, junto a mi hija Ana Rosario, hasta las pirámides que coronan uno de los extremos de la Cordillera.
—¿Y cómo eso llegó hasta aquí? —preguntó alguien con desconcierto.
En su tablero conserva una cicatriz, se la dejaron los vidrios rotos de un sábado en la noche. La alfombra del lado del chofer tiene los hoyos de tacones lejanos. En sus bocinas las canciones de Andrés Calamaro se oyen de manera voluntaria, sin que nadie haga nada para que suenen.
En una de las escenas más inolvidables de Piratas del Caribe, Jack Sparrow mira al horizonte con nostalgia filibustera. “Es la segunda vez que veo a ese hombre partir con mi barco”, dice compungido. Ya no sé cuántas veces he visto a Alejandro Aguilar alejándose al timón de Perla Negra.
A diferencia de Jack, que siempre pierde su nave a manos enemigas, yo puedo respirar con alivio. El nuevo dueño de mi antigua embarcación, además de ser mi hermano, ha prometido cuidarla con el mismo celo que yo lo hacía. Es lo mejor  que nos puede pasar a todos. A mí, a él y a los recuerdos que dejé encerrados allá adentro.
Solo le pedí que no baje nunca los vidrios. No quiero que se salga ese perfume que aún no sé cómo se llama, pero que no olvidaré nunca.