24 junio 2011

Rot es más que suficiente

Ariel Eduardo Rotenberg Gutnik. Un nombre así tenía que ser abreviado y su dueño no se anduvo con miramientos. Paró justo cuando a su apellido solo le quedaban tres letras. Una menos que su hermana, Cecilia, que para aparecer en los créditos de las películas le agregó una hache inexistente.
Ariel Rot es el otro Rodríguez, el autor de de la “Milonga del marinero el capitán”, la voz que se oye detrás de Calamaro. Algunos, con injusticia, superficialmente, le describen como el Salieri de aquel dúo milagroso. Si la obra anterior de Ariel no alcanzara para desmentir semejante disparate, su nuevo disco sería más que suficiente.
Si algo hay que reprocharle a Solo Ariel, es que suena como si todavía estuviéramos en los noventa. Pero ese acto retrospectivo, al menos para mí, está perfecto. Tan perfecto, que a veces me quedo esperando a que aparezca la voz de Andrés en una de las pistas.
Cuando uno oye de un tirón las 13 canciones de un disco y vuelve a empezar por el principio,  eso quiere decir que lo que está sonando va a acompañarnos por un buen tiempo. Vivimos en una época de nubarrones, tsunamis y tornados. Cada vez se hace más difícil hallar diez o doce canciones que mantengan el hilo, la coherencia del discurso.
Hoy fue un día afortunado para mí. Solo Rot estará sonando a mí alrededor por un buen tiempo. ¿No lo oyen?: “El barco se hunde, el gato se escapa, mi chica me pega. La, lala la lala, la lala, la lala…”.

¿Por qué los cubanos no tienen libre acceso a Internet?

Hace unos días, una joven dominicana me hizo una pregunta. Antes debo ofrecer un antecedente. Cuando la conocí, sentía una gran admiración por la revolución cubana. Desconocía la vergonzosa realidad de un país que se ha hundido en la peor crisis económica y moral de su historia. Me hice cargo de que cambiara de parecer. Dos conversaciones fueron suficientes.
Cuando llegamos al tema del Internet, quedó desconcertada. “Espera, espera… ¿Cómo así? ¿Por qué los cubanos no tienen libre acceso a Internet?”, me preguntó. Antes de responderle, le enseñé cómo Silvio Rodríguez se hizo un blog. Entré a Youtube y busqué la entrevista que Amaury Pérez le hizo para el final de Con dos que se quieran, su programa de entrevistas.
Busqué justo el momento en que el trovador cuenta que estaba leyendo un blog de un cantautor venezolano. “Cuando iba a cerrar la página, miré arriba y decía: ¿Quiere hacer un blog? Pinche aquí y entonces yo dije: Bueno, no puede ser tan fácil”, confesó.
“Pinché y me abrió una página. Ponga su nombre, puse el nombre. Pinche aquí. ¡Ya usted tiene un blog! No, espérate, no puede ser así. Y fue así. Entonces hice un primer escrito, que le llaman post en el mundo de los blogs, y ya, y de pronto empezó a meterse gente, a decir cosas, a dar opiniones y a participar…”, detalló un Silvio aún estupefacto.
Entonces le hice una pregunta a la joven dominicana. “¿Qué pasaría si el resto de los cubanos descubren que tienen acceso al mismo nivel de libertad que disfruta Silvio, qué consecuencias tendría si comienzan a darle uso?”. “¡Aaahhhhh!”, fue su única respuesta. Ayer descubrí que le había dado varios retweets a cosas de Orlando Luis Pardo y Yoani Sánchez.
Hasta hace unos días tarareaba con ingenuidad viejas canciones de la Nueva Trova. Ahora quiere de verdad que los cubanos sean libres, libres como el sueño de la libertad.

23 junio 2011

Río Negro

Cuando la noche por fin llega al lago Hanabanilla,
el cielo del Escambray comienza a mecerse
hasta que logra dar una vuelta de campana.
Entonces lo barcos pasan a ras de las nubes,
flotando sobre los estratos y el humo,
como si quisieran darle alcance
a un verano que nunca llegó a cruzar
la frontera de farallones, cafetales y espesura.
Solo el río Negro sabe lo que pasa
debajo del agua.
No existe otro testigo.
Nadie más conoce ni ha visto
a los que viven
allá abajo,
en las casas líquidas del valle.
 
Mientras la materia se desvanece
y prosigue
el avance porfiado
de la masa de agua,
aquí,
en este imperceptible recodo,
hay un testigo que hace silencio
y espera sin inmutarse
a que las cosas vuelvan a estar en su lugar.

22 junio 2011

Mi Estadio Azteca, 25 años después

Recuerdo cada segundo de aquel momento. Estaba en casa de mis tías, las Venegas, en el Parque de Ceiba. Mi padre se había empinado ya media botella de Carta Oro. Ya estaba sin camisa y tenía sus pantalones remangados, como si eso le sirviera para ayudar en algo a los jugadores de Argentina.
En el minuto 54 del partido, Diego Armando Maradona quedó a cargo de la pelota, más allá del medio campo, y nunca más se deshizo de ella. Al final de 44 pasos y 12 toques, después de dejar a 6 ingleses tendidos en el campo, metió el gol más genial de la historia del fútbol.
Papi no sabía nada de fútbol hasta que Maradona aterrizó en México D.F. y se lo explicó todo en apenas unos minutos de juego. Afortunadamente, los comentaristas cubanos aún no se atrevían a entrometerse con los mundiales. Gracias a eso, oímos la narración de Víctor Hugo Morales:
“Ahí la tiene Maradona. Le marcan dos. Pisa Maradona. Arranca por la derecha el genio del fútbol mundial. Puede tocar para Burruchaga… Siempre Maradona. ¡Genio! ¡Genio! ¡Genio! ¡Tá, tá, tá, tá, tá…! ¡Goooooool! ¡La jugada de todos los tiempos! ¡Barrilete cósmico! ¡Gooooooooool! ¡Quiero llorar, Dios Santo, viva el fútbol! ¡Golazo! ¡Diegoool! ¡Es para llorar, perdónenme!  ¡Maradona en recorrida memorable, en la jugada de todos los tiempos! ¿De qué planeta viniste para dejar en el camino a tanto inglés? ¡Para que el país sea un puño apretado gritando por Argentina! ¡Argentina dos, Inglaterra cero! ¡Diegol! ¡Diegol! ¡Gracias, Dios, por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas, por este Argentina dos, Inglaterra cero!".
Lo que vino después es historia… y canciones. Fito Páez compuso un himno, “Y dale alegría a mi corazón”, y Andrés Calamaro dos obras cumbres: “Maradona” y “Estadio Azteca”. El 22 de junio de 1986 es un día inolvidable para millones de fanáticos y para mí. Gracias a aquel gol, mi padre y yo nos dimos uno de los abrazos más grandes que yo recuerde.

21 junio 2011

Guaraguao

Abrió una herida en la Luna de Quintas
y se hundió en el espejo quebrado de la noche.

Como una navaja recién afilada,
letal,
resplandeciente,
el gavilán descendió en picada
para llevarse consigo
los restos que conservábamos de la tarde.

No hay nadie que no tenga
algo que contar
de la bestia.
Algunos le hacen ofrendas
y otros la maldicen,
pero siempre acaban celebrando
ese conmovedor silencio  
que gira en torno suyo
y despedaza
todo lo que se mueve a su alcance.

Ya desapareció de nuestra vista,
no hay huellas reconocibles
de su vuelo raso,
escalofriante.
Solo ha quedado al descubierto
la frágil materia de la montaña
y el rostro ensangrentado del cuarto menguante.

20 junio 2011

La prehistoria que tendrá mi futuro

Hace una semana me pasé casi todo un día en las oficinas de un cliente. El  trabajo que debíamos hacer era muy complejo y prometía extenderse hasta la madrugada. Me busqué un lugar dentro de aquel enorme espacio abierto. Justo al lado de mi mesa había una gran cantidad de DVDs apilados.
Eran del Concierto para el pueblo dominicano, de Silvio Rodríguez. Pregunté qué hacían allí y si podía tomar uno. “¡Llévate todos los que quieras!”, respondió un coro a mis espaldas. Entonces me contaron que alguien los había mandado como cortesía, pero que en verdad a muy pocos de ellos les interesaba aquello. “La oferta ha sido mucho mayor que la demanda”, dijo una jovencita que escuchaba a Gustavo Cerati.
Al día siguiente, cuando cayó la noche, me serví un largo trago de ron y me dispuse a disfrutar del video. Antes debo aclarar que la noche en que sucedió el concierto, el 30 de abril de 2007, me negué a ir al Estadio Quisqueya. Aunque me hubiera gustado disfrutar en vivo algunas versiones que logran el Trío Trovarroco, Niurka González y Oliver Valdés, quise ahorrarme el incómodo viaje al pasado que suponía casi todo lo demás.
Me alegró reencontrarme con el “Escaramujo”, “Judith” y algunas canciones más. Logré abstraerme de muchas cosas y atendí exclusivamente hacia el interior de esas obras de arte que son parte del ADN de mi generación. Pero en otras el acto de constricción me fue imposible. El mal gusto del ambiente (durante casi todo el concierto ondea un injerto de la bandera cubana con la dominicana, algo parecido a esas delirantes insignias que hay por Oceanía) y la longevidad del público me fueron deprimiendo.
Al ver las reacciones de los que coreaban en el concierto, entendí por qué a los jóvenes de aquella oficina no les interesaba el DVD. En la extensa jornada que compartí con ellos, le puse atención a la música que oían: Cerati, Bunbury, Drexler, Calamaro, Marlango, algo de blues y rock en inglés. Es más o menos lo mismo que yo oigo, solo que su futuro está libre de la prehistoria que ya pesa sobre el mío.