24 junio 2008

Piedra

En el andén de la estación de Mataguá había un viejo coche de madera. El vagón estaba pintado de amarillo y había sido el albergue de las tripulaciones del mixto. Pero cuando cerraron el ramal y aquel tren, mitad de viajeros mitad de carga, dejó de circular, el coche de madera se convirtió en la casa de Piedra.
Del pasado del viejo coche y del viejo hombre sólo se sabían las cosas que resaltaban a simple vista. El vagón había sido construido en Chicago en 1908. Por los rótulos que han ido quedado al descubierto, primero perteneció a la Union Pacific, en Estados Unidos, y luego a los Ferrocarriles Unidos de La Habana.
Piedra era negro como el betún, debía tener unos 80 años, era cojo y apenas veía. La única persona que de verdad sabía algo de él era David Sánchez, el jefe de estación, pero nunca dijo nada. Sólo se limitó a impedir que lo molestaran y pidió excusas por su silencio. “Es difícil de explicar la vida de ese hombre”, esto lo que dijo.
Una mañana de noviembre el viejo coche de madera amaneció envuelto en llamas. No hubo forma de apagar aquellos listones curtidos por la brea de la línea y los soles de un siglo. Tampoco fue posible saber si entre todas aquellas cenizas estaban los restos de Piedra. Lo cierto es que ambas historias se consumieron el mismo día.
Lo único que sobrevive en el lugar es una plancha de hierro. Una plancha de hierro y el silencio. El silencio y el andén vacío de la estación de Mataguá.

Estación Central

La Estación Central de La Habana mereció la portada de la revista Bohemia del 8 de diciembre de 1912. “La inauguración resultó en sí un acto solemne, al que prestaron brillo nuestras primeras autoridades, entre ellas el Ilmo. señor Obispo quien bendijo el local y las líneas”, dice el primer párrafo de la crónica.
Luego, se burla de la campaña mediática que desató el canje de los terrenos de la antigua estación de Villanueva por los del Arsenal y le reclama a la prensa que de cuenta de nuevos “chivos”, siempre y cuando otro trozo de la capital se revalore y se convierta “en un barrio hermoso y rico”.
En el momento de su construcción, en la Estación Central de los ferrocarriles cubanos confluían las líneas de las principales compañías del país y era la más moderna y activa del continente. “La Habana cuenta con un nuevo edificio, propio de una gran ciudad. Alegrémonos, y esperemos que otros la hagan digna del nombre de que disfruta en el mundo”, concluía el reportaje.
96 años después de su inauguración, la Estación Central luce un edificio exageradamente grande e innecesario. Su Salón de Espera es ridículamente amplio para la cantidad de pasajeros que se embarcan y sus líneas demasiadas para los trenes que llegan o parten.
La Estación Central, la puerta por donde casi todos los guajiros entremos a La Habana, ahora es un sitio donde los recuerdos tienen más espacio que los viajeros. El edificio, como la ciudad misma, se ha convertido en un lugar perfecto para perder el tiempo o esperar algo, cualquier cosa que no sea un tren.

23 junio 2008

Fidel, el navegante

En su más reciente Reflexión, el Comandante en Jefe confiesa que navega. “Solicité los servicios de Internet para analizar el sustantivo diatriba. Respuesta: Discusión o escrito violento e injurioso contra persona o cosa”.
Luego de un punto y aparte, el Máximo Líder hace otra búsqueda en Google o quizás directamente en Wikipedia: “Pido definición de injuria. Respuesta: Hecho o dicho contra razón y justicia”, escribe (o dicta, ese es un dato que nunca sabremos a ciencia cierta).
En uno de sus últimos escritos, Fidel sostiene una diatriba con Yoani Sánchez y acaba injuriándola. Si nos apegamos a su propia definición, Las reflexiones del Comandante en Jefe son una especie de blog, como Generación Y. En ambos espacios cada quien dice lo que piensa con absoluta libertad. La única diferencia es que él tiene libre acceso a Internet, algo que ella tiene prohibido.

Rodolfo

Son once canciones y fueron grabadas el día en que Fito Páez decidió volverse a llamar Rodolfo. “Como al disco lo hice sólo en mi casa con mi piano, decidí ponerle el nombre que me dio mi padre”, esa es la única excusa que tiene el músico para presentar a su más reciente criatura.
La discografía de Fito Páez está llena de obras osadas, hechas a contracorriente y con las que el autor de El mundo cabe en una canción se nota dispuesto a correr cualquier riesgo. Pero hasta ahora ninguna había sido tan atrevida como Rodolfo.
Ahora, el hecho de que el rockero se haya quedado a solas con su piano, no quiere decir que se trate de una obra caprichosa o autocomplaciente. Los temas, los puntos de vista y la intensidad siguen siendo las mismas, sólo que aquí el silencio tiene más oportunidades de oírse. Rodolfo es el mismo Fito de siempre, pero encerrado en una habitación, como si nadie lo estuviera escuchando.

20 junio 2008

Perfumito

Perfumito era colero. Su oficio consistía en viajar en el último vagón de los trenes de carga. Todas las tardes, poco después de las cuatro, pasaba por Camarones, diciendo adiós desde el caboose de un largo convoy de azúcar que circulaba entre Cienfuegos y Sagua la Grande.
­−¡Yeroooo! −Le gritaba a mi abuelo desde el estribo, mientras se alejaba.
−¡Perfumitooo! −Le respondía mi abuelo, haciendo un largo gesto con sus brazos.
Durante aquellos años, hablo de la década del setenta del siglo pasado, desaparecieron muchísimas cosas, costumbres y personajes a nuestro alrededor; en cambio Perfumito nunca faltó a su cita con la abúlica tarde de mi pueblo. Poco después de las cuatro, se sucedían los dos pitazos de la locomotora y los dos gritos de los ferroviarios.
−¡Yeroooo!
−¡Perfumitooo!
Olvidé un detalle, la razón del nombrete. El insoportable olor a Coronilla de su aliento era la evidencia de que aquel viejo negro ahogaba todas sus malas noches en aguardiente, debajo de un mosquitero lleno de grasa, en el albergue de la Hermandad Ferroviaria.
La última tarde de su vida, Perfumito no llegó a pasar por Camarones. Unos kilómetros antes, en la estación de Palmira, el tren se detuvo para levantar unos vagones de un apartadero. Él mejor que nadie conocía aquella pendiente; pero tratando de ganar tiempo, no calzó al cabouse ni le puso la retranca.
A duras penas logró subirse al vagón. Rodríguez asegura que pasó a cien kilómetros por el patio de Candelaria. Dice que Perfumito iba aterrorizado, sujetándose con ambas manos de la baranda. En Cienfuegos cambiaron todos los chuchos para que cayera al mar sin chocar contra nada.
A la mañana siguiente trataron de rescatar al cabouse con la grúa del Auxilio Mayor, pero desistieron cuando el día se puso oscuro. Dicen que todavía pueden verse sus hierros oxidados si baja mucho la marea. El cuerpo de Perfumito, en cambio, nunca apareció. Nadie se explica la forma en que se lo tragó la bahía, ahí mismo, en la orilla.
Al cabo de los años, poco después de las cuatro, cada vez que pasaba el largo tren de carga, se oían los dos gritos con nitidez. En la década del setenta del siglo pasado, desaparecieron muchísimas cosas, costumbres y personajes a nuestro alrededor; pero Perfumito nunca faltó a su cita con la abúlica tarde de mi pueblo, ni siquiera después de muerto.
−¡Yeroooo!
−¡Perfumitooo!

Adivina adivinador

La noticia corrió como la pólvora. En Malezas, un apeadero que está entre Camarones y San Fernando, vivía un adivinador. Era la segunda vez que la gente oía hablar de Malezas. La primera fue cuando un Mig 15 envuelto en llamas se estrelló a pocos metros del caserío. Sólo murió la tripulación de la nave de combate, pero durante meses la gente fue hasta allí para ver el cráter que había dejado el artefacto. 
Malezas está en el kilómetro 7,1 del ramal Cumanayagua. Un chucho de caña, una tienda del pueblo, dos barracones para macheteros voluntarios, una ceiba y un adivino. Juan Caramé vivía en una casa de guano y tablas de palma. Pero se pasaba el día debajo de la sombra de la ceiba, recostado en un taburete. Aunque tenía más de noventa años, aún caminaba con cierta firmeza. Más de sesenta zafras no habían sido suficientes para mellar sus vértebras.
“Adivina adivinador”, eso era todo cuanto había que decir para que Juan Caramé encontrara las cosas. Jamás se equivocó. El viejo no tenía que encender velas ni decir oraciones. Una señal de su dedo índice era más que suficiente para que todos los misterios se esclarecieran de inmediato. Caballos, monedas, retratos, vacas, vestidos, relojes, cotorras, novias, sortijas, perfumes y hasta pequeñísimos azabaches. Nunca cobró un centavo por sus auxilios, sólo exigía que se libraran de sus nudos las tiras rojas que la gente llevaba en las manos.
–Suelte a san Dimas, que ya encontré lo que usted anda buscando –decía y se lavaba las manos en una palangana llena de espuma.
Estaba casi ciego, pero era imposible que algo se ocultara de su dedo índice entre el cielo y la tierra. La gente llegaba afligida en el tren de la mañana y se iba feliz en el de la tarde. Juan Caramé lo estuvo encontrando todo hasta que él mismo se perdió. Nadie lo vio irse. De él no quedó más indicio que su casa vacía y un silencio inexplicable debajo de la sombra de la ceiba.
–¡Adivina adivinador! –Gritaban todos a coro–. ¡Adivina adivinador!
Pero nadie respondió. Ni él, ni san Dimas, ni el cielo, ni la tierra.