El sindicalista que se disfraza de Bin Landen, se apropia de la marca del Che y apoya a Miguel Vargas Maldonado, un negociante furibundo que basa su éxito en el trueque neoliberal. El comunista que se va de turismo por los campamentos selváticos de una narcoguerrilla y después se pasea por la ciudad en su BMW, al cual le ha puesto una pegatina roja y negra.Los cantautores que componen jingles de 8 a 6, melodías fáciles para estimular el consumo de bebidas alcohólicas y cigarrillos en los más jóvenes; para luego, en la noche, de 8 a 12, cantar panfletos comprometidos, escritos rabiosamente contra el capitalismo, la explotación del hombre por el hombre y la economía de mercado.
El periodista que no se pierde una Liga de la Toronja y va de estadio en estadio, comiendo manjares y agradeciendo obsequios a las estrellas del Big Show; para luego, ya de vuelta a casa, celebrar que Fidel Castro prive a los cubanos de ver las Grandes Ligas, ese "asqueante espectáculo". Cada uno de estos ejemplares son, en mayor o menor medida, muestras de la involución de la especie revolucionaria.



